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Relatos ero: Squirting – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: Squirting – Relatos eróticos cortos

Adentrarse en estas historias de Squirting es ir mucho más allá de la simple experiencia del vídeo porno. Y es que Brenda B. Lennox relata la pasión por la Kunyaza con maestría poética.
Sigue leyendo…


Relatos eróticos cortos

Relatos ero: Squirting



Kunyaza – Relato erótico corto (1)


N.A.
Kunyaza es un término dado a una práctica sexual tradicional, desarrollada y practicada principalmente en África Central (en algunas regiones de Ruanda, Congo, este de Uganda y este de Tanzania) y la región de los Grandes Lagos de África Oriental, que está destinada a facilitar la eyaculación femenina. 
Amavangigo: Líquido segregado durante la kunyaza, es espeso, transparente, levemente pegajoso e inodoro. Lo consideran fuente de vida.
 
Conocí a Kamagere en la presentación del libro Gaal gui. El cayuco, de mi amigo Youssouf Sow, en el que cuenta su odisea desde Senegal hasta Mauritania y su travesía en cayuco hasta España. Kamagere también había emigrado y sufrido la esclavitud en fábricas inhumanas, el abuso de las mafias, el largo viaje a través del Mediterráneo desafiando a la muerte, el profundo dolor de ver morir a compañeros cuyos cadáveres arrojaban al mar, la impotencia de ser recluido en los centros de internamiento a su llegada a la «Tierra prometida», la humillación de vender DVDs piratas. Sin embargo, una sonrisa perpetua iluminaba su rostro de ébano. Estaba vivo, no como todos los amigos y familiares a los que mataron a machetazos durante el genocidio. Estaba vivo, sí. Y honraba a la vida.


Me invitó a un café en su casa. Acepté. Hablamos de su país, Ruanda, el de los grandes lagos, el de las mil colinas, el del millón de muertos.


—¿Qué significa tu nombre? —pregunté. Se sonrojó.


—Cuentan que hace muchos muchos años, la reina le pidió a un soldado llamado Kamagere que la satisfaciera. El rey estaba siempre ausente en sus campañas militares y ella sentía el fuego de los volcanes ardiendo en su interior. Kamagere estaba nervioso, su cuerpo temblaba incontrolable y el temblor dio tal placer a la reina que de su sexo brotó agua. Desde entonces, los hombres buscamos en el interior de las mujeres el manantial sagrado. Y cuando fluye, nos bañamos en el agua que mana de su tierra, fuente de la vida, en un bautismo de fuego.


Me excité. Quería sentir el placer de la reina,  la vibración de su miembro en mi sexo, el fluir de mi manantial sobre su cara. Le besé y su boca me respondió. Las lenguas jugaron mientras nos desnudábamos. Los cuerpos se entrelazaron en un yin y yang perfecto.


Me tumbó en la cama y abrió mis piernas. Estiró mis labios inferiores y los chupó para humedecerlos. Acercó su miembro erecto a mi vulva y la acarició trazando líneas, círculos, espirales. Introdujo el glande y elevé la cadera, pero me sujetó con suavidad y se quedó inmóvil. Sus ojos ordenaron y me rendí. Siguió follándome la entrada con figuras geométricas, metiéndola despacio hasta golpear el mismo fondo, sacándola de nuevo para acariciar mi vulva, follándome la entrada con figuras geométricas, metiéndola despacio hasta golpear el mismo fondo. Una y otra vez, y otra vez, y otra vez…


Las paredes de mi vagina vibraron como un tambor. Mi cuerpo bailó al compás de su música ancestral. Su ritmo atávico resquebrajó la presa y fluí como una cascada.


¡Amavangigo! —gritó, mientras se bañaba en ella.




Tierra – Relato erótico corto (2)



Renací con Kamagere y languidecí cuando se marchó. Ruanda necesitaba su fuerza para resurgir tras el dolor y la muerte. Me dolía, los dos sabíamos que era el fin de lo nuestro, pero ¿quién era yo para impedir el retorno de un hijo? Los meses se sucedían y yo me marchitaba sin su voz contándome leyendas, sin su sonrisa espantando mis demonios, sin el agua sagrada que él hacía brotar de mi sexo.
No pude evitarlo, le llamé para confesar que le echaba de menos.


—Me siento vacía sin ti. Tú me convertiste en reina, en tierra, en río.


—Hija de la tierra, tierra, por lo tanto, fuente de vida. El agua sagrada te habita. ¿Acaso un manantial necesita un hombre para fluir como un río tras la lluvia?


Vibradores HIRO


Los pitidos de fin de llamada resonaron como un tambor: agua, vida, tierra, tierra, TIERRA… me tumbé en la cama y recorrí, despacio, la que conformaba mi cuerpo: los picos montañosos, las colinas fértiles, el monte tapizado de hierba. Me adentré en sus profundidades, con los ojos cerrados, guiándome con los dedos. Las paredes rezumaban como las de un cenote, ardían como un tubo volcánico, vibraban anunciando la corriente subterránea. Horadé la grieta que me separaba de ella y el agua sagrada brotó como un río, desbordó mi sexo, fluyó entre mis muslos. Y la recibí con las manos para llover sobre mi tierra y ser fértil de nuevo.


Amavangigo —susurré—. Amavangigo, Kamagere. Amavangigo.


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Relatos ero: sexo en la playa – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: sexo en la playa – Relatos eróticos cortos

Hoy, dos relatos eróticos cortos de verano, por Brenda B. Lennox. Dos historias de sexo en la playa, que se funden con la imagen de los idealizados amores de verano. No te las pierdas, sigue leyendo:


Relatos eróticos cortos


Relatos ero: sexo en la playa



Piedras y vidrios – Relato erótico corto (1)



Observábamos el mar en silencio, al abrigo de aquel zoco de piedra volcánica. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. La ruptura no fue fácil, aunque encajara con dignidad que solo podíamos ser amigos. Pensé que la distancia  había cerrado las heridas, pero estaba equivocada, seguían abiertas, supuraban bajo las vendas… O tal vez sí estaban cerradas y yo las había abierto con mi regreso a la isla. Tanto daba. Le dolía, y a mí también.


Intentaba aparentar normalidad, pero la rabia y el rencor le carcomían el alma. Alternaba calidez y frialdad, caricias y golpes. Yo agradecía las primeras y encajaba los segundos. Los merecía, hay mil maneras de herir a alguien. Yo le había  herido con todas.


Las doradas se amontonaban a nuestro lado y la euforia me concedió una tregua. Reímos recordando viejas anécdotas y  nos emocionamos con otras en las que la luna  fue testigo de nuestra amistad perdida. Nos bañamos, chapoteando entre las olas que nos lamían los pies, soportando el embate de las que rompían contra nuestros cuerpos. Más caricias. Más golpes. Tal vez en eso consistía la vida. Soportar hasta ser como el callao que cogí como recuerdo, como los fragmentos de vidrio redondeados por el agua.


Nos tumbamos de nuevo. Atardecía, pero  la calima espesaba el aire y el sol me quemaba la piel.

 
—¿Te importa ponerme bronceador?


—No —Se arrodilló entre mis piernas y lo extendió con suavidad por mis hombros, mi espalda, mis glúteos… Se demoró en ellos y su respiración se agitó. Le dejé hacer. Apretaba, separaba, apretaba, separaba… hasta que se armó de coraje, separó el bikini  y me acarició la vulva. Su humedad le dio carta blanca. Hundió los dedos en su interior y yo gemí. Placer, placer, placer…


Deseé que siguiera, hacer el amor de nuevo, recibir a nuestra luna fundidos en un solo cuerpo.  Ser, de nuevo. Sentí  su peso y la locura dio paso a la razón. «Pueden vernos. No está bien». No, no lo estaba. No porque pudieran pillarnos, sino porque nunca seríamos aquellos que fuimos y debíamos parar, por respeto.
 
                                                                                                                                                              N.A: Dorada: cerveza típica canaria.

Meditación – Relato erótico corto (2)



Cierra los ojos.


Estás en una playa desierta. La luz del crepúsculo tiñe la superficie del mar y una leve brisa la eriza. Hay un silencio sagrado; solo se escucha el graznido de las gaviotas y el rumor de las olas que lamen tus pies. Caminas hacia el horizonte.  Te sumerges y buceas como un niño en el seno de su madre. Eres gota y océano. Y aire, cuando emerges y renaces.


El mar borbotea frente a ti. Sobre su superficie se expanden círculos concéntricos. De su centro, emerge lentamente tu deseo encarnado, tu lujuria hecha mujer. El agua cae en cascadas sobre su cara, sus hombros y sus pechos desnudos. Clava su mirada en la tuya. Sonríe. El tiempo se detiene.


Acaricia tu rostro con sus manos cálidas, húmedas, suaves. Las desliza por tu cuello, por tus hombros, por  tu pecho. Se acerca y su vientre busca el tuyo; su boca, tu boca; sus labios, tu miembro… que crece y se refugia en ellos. Se frota contra ti, cada vez con más urgencia. Sus gemidos resuenan en tu garganta; los tuyos, en la suya. Se ciñe a tu cadera con sus piernas. La sostienes. La penetras. Su interior es como sus manos; cálido, húmedo y suave. Se amolda a tu sexo. Lo acaricia, lo engulle, lo aprisiona. El placer te invade en oleadas. Te atraviesa como un rayo. Te sacude como una tormenta. Buceas, como un hombre en el seno de una marejada. Eres aire, gota. Y océano cuando te vacías.


Vibradores femeninos


El mar borbotea frente a ti. Sobre su superficie se expanden círculos concéntricos. Ella te besa y sonríe antes de sumergirse lentamente. Regresa el silencio. Su beso sigue ardiendo en tus labios, pero no te sientes triste, sino feliz. Sabes que ella te esperará, que cumplirá todos sus deseos, que podrás regresar. Siempre.


Abre los ojos.




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Sexting veraniego: 6 mensajes eróticos para derretirse vía Whatsapp

Sexting veraniego: 6 mensajes eróticos para derretirse vía Whatsapp

El verano no es precisamente la estación de las sutilezas, pero, por favor, no perdamos la elegancia. Por mucho sudor o pachangueo, un lenguaje mínimamente sofisticado es, en la mayoría de los casos, sinónimo de deseo y sexo pasional. Y a eso hemos venido, tanto si se va a expresar en el kiki del sexo más casual como si nos vamos a dedicar en cuerpo y alma tántrica a nuestra pareja, redactar los anhelos, escribir con la constante nostalgia de derretirnos en erotismo provocará el ansia esperada, estimulará los sentidos y generará el ambiente preliminar que buscan nuestros genitales. Recordad que ellos, nuestros sexos, se comunican de otra forma, si bien tampoco está de más transmitir algo de lo que nos están pidiendo… Al fin y al cabo, os vamos a proponer frases de apetitos muy sexuales en 6 mensajes eróticos, para que el verano se convierta en un oasis de placer. Solo tenéis que abrir Whatsapp…


Sexting


Sin pecar de excesivo romanticismo (aún queda para San Valentín), pero sin caer en la evidencia pornográfica, busquemos ese punto medio que llegue al corazón, dibuje una sonrisa y lleve la lengua a los labios en señal de aprobación, de deseo, de un sí quiero ya tenerte aquí y ahora, y deshacernos, derretirnos bajo el calor hasta quedar exhaustos. 


Nota: aunque los hemos dividido en 3 mensajes para mujeres y 3 para hombres, los seis son válidos para ambos sexos. Solo habría que cambiar los géneros.
 

6 mensajes eróticos muy calientes para enviar por Whatsapp



Mensajes eróticos para enviar a mujeres



En la playa


Como un tifón y sus olas gigantescas apareces en mis recuerdos, bañada en arena, gimiendo en la oscuridad de la playa o el barco que hizo sonar sus sirenas al compás de mis embestidas. Ahora, esos sonidos son la ruta de mi memoria que se ahoga en la oscuridad de mis manos. Naveguemos esta noche hacia el faro…


Bolas chinas


En la montaña


No hay senderos que valgan para subir hacia cima alguna, porque hoy todo es cúspide sin ti. Azorado, me refiero, enconado por no poder tocar tu piel. Sí, también conspicuamente firme, paseo por los montes y te imagino sobre las hojas, entre los árboles, desnuda, jugando conmigo. Vuelve pronto y abrázame con tus piernas, pon tus pies sobre mi pecho y no dejes de decírselo a dios; dile que es tuyo…


En la ciudad


No es el calor. No soy yo. Son los ecos de tus gemidos y la fragancia de perfume fresco veraniego que dejaste sobre mis sábanas. Las he cambiado para que no te puedas encontrar, y vuelvas a chillar al compás de mi lengua, empujes mi cabeza contra tu pubis y después te maldigas por armar un escándalo. Y te recordaré que mis vecinos están fuera, de vacaciones…


Mensajes eróticos para enviar a hombres 



En la playa


Sudar es una maldición, pero, al menos, he tenido un sueño refrescante: estábamos en la playa, en la calita en la que te conocí. No había nadie, quizás algún mirón, y yo me agarraba con los muslos sobre tus caderas y brincaba cada vez que se acercaba una ola. Y sentía tu pene dentro, muy dentro… Quizás no fue tan refrescante, y quizás no tenga por qué ser solo un sueño, ¿no crees?


Vibrador grande


En la montaña


Corre una leve brisa entre mis muslos, no es frío, es verano, es ardor. Fuera, los árboles cimbrean, dentro, espero en la bañera. No corre brisa alguna, son los dedos que te emulan en mi vulva, bajo el agua te espera.

En la ciudad


La ciudad está agotada, vacía, quema. Yo ardo. Con tan solo pensar que me penetras, transpiro y me mojo. Con tan solo pensarlo, me toco. No dejes que me agote yo sola, llámame, ven y lléname.
Y si los tenéis mejores, no dudéis en dejar un comentario más abajo. Estaremos encantadas de confirmar cuán elegante y creativa es nuestra audiencia.





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Relatos ero: sexo en la piscina y en el cine – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: sexo en la piscina y en el cine – Relatos eróticos cortos

No todo el mundo puede irse de vacaciones, pero eso no significa que no tengan el mismo deseo sexual desmedido del verano. Y eso es lo que Brenda B. Lennox nos cuenta: dos historias de sexo explícito, con un estilo directo, en la piscina y en el cine. Disfruta…


Sexo en verano

Relatos ero: sexo en la piscina y en el cine


Fetiche Relato erótico corto (1)



Nos quedamos sin vacaciones por mi culpa, así que no dije ni mu cuando apareció con aquel armatoste para la piscina. Un flotador gigante, naranja fosforito, con forma de sillón. Creí que sería un capricho pasajero, pero se convirtió en su segunda piel, los fines de semana de aquel tórrido verano. Se apoltronaba, con un libro, aceitunas  y varias cervezas,  mientras yo escribía en mi despacho, agradeciendo  que ese amor desmedido fuera su único parecido con Homer Simpson.


Aquel sábado, la luz del ocaso se filtraba entre las ramas de los árboles y confería a su rostro un aura mágica. Observaba desde la ventana el brillo del agua en su barba, en el vello de su pecho, en su sexo desnudo. Me apremió la sed. Apagué el portátil y salí al jardín. La bata se deslizó  hasta mis pies y me zambullí desnuda. Buceé hasta sus piernas y emergí entre ellas con las fauces abiertas. Su miembro creció en mi boca. Sabía a cloro, y jugué con él hasta que las primeras gotas lubricaron mis labios. Lo engullí hasta la garganta mientras atenazaba sus muslos. Quería que se corriese y llenarme de él.


Me detuvo agarrándome del pelo y se sumergió a mi lado. Me alzó de cara al sillón y lubricó mi culo con aceite bronceador.  Hundió un dedo en él, dos, tres… y, cuando alcé la cadera pidiendo más, me penetró hasta el fondo. El agua lamía mi sexo como una lengua gigante, y su polla me taladraba con el ritmo que imprimían sus brazos a la colchoneta.  Me corrí cuando pinzó mi clítoris, y él, cuando apreté los glúteos apresándole dentro de mí.


Ese sillón también se convirtió en mi segunda piel hasta que lo reventé con las uñas un día que me follaba de frente, con mis pies apoyados en sus hombros, y sus manos aferradas a mis pechos. Compré otro.




L’oeil du prince* – Relato erótico corto (2)



Observaba  la cartelera del cine, y una voz me sacó del ensimismamiento.


—¿Dudando cuál escoger?— Le miré. Flequillo revuelto, frente ancha, mandíbula prominente y labios firmes. El Eastwood del Jinete Pálido me dirigía la palabra.


—No hay mucho donde elegir…


—Me han recomendado esta…  ¿La vemos juntos?— No esperó mi respuesta y compró dos entradas mientras yo escrutaba su espalda. Hombros rectos, cintura estrecha y culo firme. Mmmm. Le seguí como un perrito obediente hasta la sala, aunque me rebelé y elegí los asientos. Séptima fila, ¡faltaría más!


Me embriagaba su perfume, el magnetismo de su cuerpo y el calor de sus muslos,  pero intenté centrarme en el argumento. Un cuarto de hora me bastó para comprender que no había ninguno. ¡La película era malísima!


—El que te la recomendó no es un cinéfilo —le susurré.


—Te mentí —Sonrió con picardía.


El deseo ardía en el fondo de sus ojos, y le prendió fuego a mi vientre. No dijimos nada más. Nos escabullimos a los servicios. Nuestras bocas se devoraron mientras nos arrancábamos la ropa. Me giró con fuerza y me recostó sobre los lavabos. Sentí la frialdad del mármol en mis pechos, la lacerante presión de sus uñas en mi cadera, la dureza de su miembro en mi sexo. Me follaba como si no hubiera un mañana, duro, fuerte, profundo;  y yo le recibía como si solo existiera el hoy, apretando, girando, saliendo a su encuentro.


Nos mirábamos en el espejo y este nos devolvía la imagen: mis pechos balanceándose, su torso contrayéndose con cada embestida.  Parecíamos dos animales rabiosos. Probablemente lo éramos, porque le clavé las uñas en los muslos, y él, los dientes en mi espalda, cuando nos corrimos.


—¿Regresamos a la sala?—pregunté, sin convicción, mientras se quitaba el preservativo.


—¿Vamos a mi casa?


Vibradores femeninos


No aprobé ni una.


(*) Séptima fila. Punto imaginario en el cine o en el teatro, considerado el mejor lugar para presenciar el evento puesto que representa la misma distancia entre el ancho del escenario y el punto donde se ubica el eje central del público. En francés, se le conoce como L’oeil du prince (el ojo del príncipe).



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Relatos ero: masturbación en pareja – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: masturbación en pareja – Relatos eróticos cortos

Con Instrucciones para disfrutar de un reloj y Mímica, Brenda B. Lennox expone la masturbación en pareja como cualquier otra forma del sexo, una parte indispensable de la relación y un juego más que deseable. Disfruta sus relatos más abajo…


Relatos eróticos


Relatos ero: masturbación en pareja


Instrucciones para disfrutar de un reloj Relato erótico corto (1)



Relatos eróticos


 Me tendió un paquete envuelto en papel de regalo.


—Feliz cumpleaños.


Lo desenvolví, nerviosa, rogando que fuera el reloj que le había mencionado, con más o menos sutileza, durante toda la semana. ¡Sí! ¡Era su estuche!


—Ábrelo.


Lo hice y me llevé la sorpresa de mi vida. Saqué el botecito de lubricante y le sonreí, coqueta, disimulando la decepción.


—Me parece que este regalo es para ti.


—No. Es para ti. Dámelo.



Abrió la tapa, se untó los dedos y deslizó la mano por debajo de la mesa. Separé las piernas.


—¿Por eso me pediste que viniera sin ropa interior?


Me miró, perverso, mientras sus dedos lubricados acariciaban mi vulva y trazaban círculos alrededor de mi clítoris, con tanta lentitud, que creí enloquecer. El camarero entró en el reservado para retirar los platos y preguntarnos si queríamos postre. Disimulé como pude, aunque el bote estaba abierto sobre la mesa, olía a sexo y los gemidos pugnaban por salir de mi garganta. Hundió tres dedos en mi interior y me folló con ellos, mientras, con voz sibilina, contestaba que él no, que quería un café.


— Como debe ser. Ya sabe, negro como la noche, dulce como el amor y caliente como el infierno. ¿Y tú que quieres, amor?


Susurré que lo mismo, mientras me corría y mi orgasmo humedecía mis muslos. Cuando el camarero se fue, sacó los dedos de mi interior y los chupó con avidez.


— Bueno, puede que también sea para mí, por eso lo escogí sin sabor.


Entonces fui yo la que se llenó la mano de lubricante mientras que, con la otra, sacaba su miembro erecto de la prisión de sus boxer. Comencé a masturbarle, pero me detuvo.


—En casa te espera el reloj, pero no te hará falta. Hoy, no. Quiero que me masturbes despacio y luego follarte como si el tiempo no existiera.


Y lo hizo.


Mímica – Relato erótico corto (2)


Yaces en el sillón, con tu cabeza apoyada en mi regazo. En la televisión se suceden imágenes sin sentido, palabras sin importancia. Te acaricio. Las yemas de mis dedos se enredan en tu pelo y lo alborotan. Ronroneas como un gato mientras se deslizan suavemente por tu rostro, siguiendo el contorno de tus cejas, de tus párpados. Trazan en la comisura de tus labios una sonrisa y buscan tu lengua que los humedece para que sigan dibujando tus contornos, la curva de tu nuez, la línea de tu cuello, el ángulo de tus hombros. Descienden por tu pecho y juegan con tus pezones que se endurecen al tacto. Exhalas un gemido que los guía hasta tu miembro, que pugna por salir del boxer. Lo liberan para apresarlo en la cárcel de la mano que lo tortura sin tregua. Arde, duro y lubricado, mientras te masturbo despacio, de abajo arriba, de arriba abajo. Tu respiración se acelera, y con ella, el ritmo, hasta que tu espalda se arquea y te corres entre mis dedos, gritando mi nombre.


Yazco en el sillón, con la cabeza apoyada en tu regazo. En la televisión se suceden imágenes sin sentido, palabras sin importancia. Me acaricias. Las yemas de tus dedos se enredan en mi pelo y lo alborotan. Ronroneo como un gato mientras se deslizan suavemente por mi rostro, siguiendo el contorno de mis cejas, de mis párpados. Trazan en la comisura de mis labios una sonrisa y buscan mi lengua que los humedece para que sigan dibujando mis contornos, el ángulo de mi mandíbula, la línea de mi cuello, la curva de mis hombros. Descienden por mi pecho y juegan con mis pezones que se endurecen al tacto. Exhalo un gemido que los guía hasta mi sexo, que impregna el encaje del tanga. Lo liberan para apresarlo en la cárcel de tu mano que lo tortura sin tregua. Arde, suave y lubricado, mientras me masturbas despacio. Mi respiración se acelera, y con ella, el ritmo, hasta que mi espalda se arquea y me corro entre tus dedos, gritando tu nombre.




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Relatos ero: masturbación masculina – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: masturbación masculina – Relatos eróticos cortos

Brenda B. Lennox nos regala originalidad e intensidad a raudales en estos relatos eróticos cortos de masturbación masculina. Si piensas que el sexo es más que penetración y que el onanismo es parte de las relaciones, incluso después de que hayan terminado, entonces, no te pierdas estas excelentes miniaturas.


Relatos eróticos


Relatos ero: masturbación masculina


Grítalo – Relato erótico corto (1)



Sé que me lees. Escudriñas las palabras buscando lo que no fuimos, lo que no somos, lo que no seremos. O, tal vez, lo que sí fuimos, lo que somos sin saberlo, lo que seremos. Preguntándote si el recuerdo subsiste, si las huellas son cicatrices o heridas abiertas, si he cerrado la puerta, si la has cerrado tú. Rabiando por no encontrar las migas de pan, el hilo que te sacaría del laberinto, las pistas para resolver el enigma.


Me odias, cuando esperas en el acantilado la llegada de una botella, cuando la descubres y te desuellas para recogerla, cuando la destapas y el mensaje no lleva tu nombre. Y cuando sí lo lleva, y el deseo te arrastra, y sacas tu miembro, y te acaricias en la penumbra, y te odias. Te odias tanto como a mí.


Dime qué fantasía guía tu mano, qué quieres hacerme, qué quieres que te haga. ¡Grítalo! Grítalo hasta que caigan los muros, hasta que tornen puentes. Grítalo y te tocaré en la distancia, con la ternura que ellas no mostraron, con el deseo voraz que fingieron.


Grítalo y te masturbaré despacio como si el tiempo no existiera, de la raíz a la punta excitando cada poro, hasta que la pequeña muerte te devuelva a la vida, y mis dedos brillen por la humedad de tu sexo.




Película – Relato erótico corto (2)



Durante muchos años odié el invierno. Despertaba recuerdos que revelaban que las heridas seguían abiertas, que el tiempo no las había cicatrizado, que el pasado subsistía en el presente. Odiaba el invierno, sí, porque fue en invierno cuando descubrí que mi realidad era la ilusión de The Thirteenth Floor, el experimento de Dark City, el código binario de Matrix. 


Llevaba meses distante. Problemas en la empresa que le ocupaban las tardes, que le mantenían silencioso durante la cena, que provocaban su negativa cuando quería hacer el amor. Por eso quise darle una sorpresa: una cita romántica entre semana, una cena en su restaurante favorito.


Me aposté cerca de su oficina. Contra todo pronóstico, salió a su hora y, cuando iba a correr a su encuentro, observé que tomaba la dirección opuesta a casa. Se despertó mi instinto y detuvo la carrera. Le seguí a hurtadillas, con el corazón acelerado y las manos sudorosas; una copia ridícula  de Bogart en El Halcón Maltés. La persecución terminó en la filmoteca, una rubia le esperaba con una sonrisa luminosa. Mi mundo comenzó a desmoronarse. Pensé que, tal vez, nuestra historia fuera sombras en la pared de una caverna, pero me negué a mirar a la hoguera y me aferré a la ilusión.


Aguardé unos minutos, compré el ticket, y entré en la sala cuando apagaron las luces. Los localicé a pesar de la penumbra y me senté detrás. Cuando aparecieron en la pantalla los créditos iniciales, sonreí con amargura; proyectaban Mogambo, ¡qué apropiado!… el safari en la jungla, la morena despechada, el cazador cazado.


Ninguno veíamos la película. Ellos se comían a besos y yo les observaba sintiendo que el velo se rasgaba y la cruda realidad aparecía ante mis ojos. ¡Cómo pude estar tan ciega!


El hombro de ella comenzó a moverse, rítmico, y comprendí lo que sucedía. Le estaba masturbando y él se retorcía de placer. Imaginé su miembro firme, duro y cálido creciendo en su mano, rezumando su perfume, perlado por la lubricación. ¿Cuánto hacía que no lo masturbaba, que no lo saboreaba, que no lo sentía ardiendo en mi interior? ¿Qué le daba ella que no le daba yo?


Me sentía como Charlton Heston, paralizada ante la Marabunta, arrodillada en la playa del Planeta de los Simios,  gritando enloquecida en Soylent Green. Solo que el grito se había congelado en mi garganta, mi cuerpo de hielo se trizaba en esquirlas, el lago se resquebrajaba y yo me hundía en las aguas gélidas. Ella sí gritó cuando me senté a su lado y susurré su nombre, y su grito se fundió con el gemido del orgasmo, y la lava me salpicó la cara abrasándome.


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Él abrió los ojos y me miró y, en ese fugaz instante, comprendimos que el fotograma se había atascado en el proyector, que comenzaba a arder prendiéndole fuego a todo el rollo, que la película que habíamos protagonizado se estaba reduciendo a cenizas.




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