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5 sugerencias para iniciarse como swinger: del placer en pareja al placer en parejas

5 sugerencias para iniciarse como swinger: del placer en pareja al placer en parejas

¿Tienes algún conocido que sea sex swinger? ¿No sabes qué es eso de las parejas liberales? Quizás nunca has oído hablar de ello o probablemente has recibido mala información del tipo: “el swinging sólo existe en películas como Eyes Wide Shut”; “sólo los ricos pueden ser swingers”; “el intercambio de parejas aboca al fracaso de las relaciones”; o incluso, “esas cosas las hacen matrimonios que quieren experimentar con travestis”. Pues bien, esas excusas se encuentran muy lejos de la realidad y son consecuencia de la falta de conocimiento sobre este mundo. Está claro que tampoco es culpa del que lo ignora ya que los swingers son personas muy reservadas, con gran aprecio por su vida íntima. ¿Quieres saber en qué consiste el swinging?


Swinger


Dejémoslo claro desde el principio: el swinging es una práctica por la que los contactos sexuales se realizan, en mayor o menor grado, de unas formas u otras, en casi cualquier país por heterosexuales y homosexuales; por parejas de cualquier clase social; y en cuyas reuniones, fiestas o clubs (con o sin travestis) se fortalecen –normalmente– los lazos entre los individuos que constituyen una relación.

 
Te preguntarás: ¿Cómo puedo fortalecer mi relación si mi pareja está haciéndolo con otra persona en mis narices?



Vamos a asumir que tu par y tú habéis tenido esa conversación en la que expresasteis vuestro común  interés por materializar fantasías con terceros. ¡Felicidades!, esa es generalmente la parte más difícil. Además, esos imaginarios en los que se encuentran “otros” no tienen por qué conllevar que aquellos estén realizando el acto sexual con “nuestros” amantes, sino simplemente puede que nos estén mirando (¡o nosotros viendo lo que hacen ellos!).


Si tu pareja y tú habéis acordado que es algo que queréis explorar juntos, el swinging será una manera valiente y estimulante de revitalizar vuestra vida amorosa. Pero como también es difícil de iniciar, te ofrecemos algunos consejos y sugerencias básicas para convertirte en swinger: ¿quieres saber dónde ir, cómo comportarte o qué esperar del swinging?



Dónde empezar a ser un swinger



Internet es la herramienta para comenzar tu aventura como swinger. Muchas de las parejas experimentadas son realmente cautelosas y no dejan que nadie sepa sobre su estilo de vida, así que puede ser muy difícil encontrarse con otros swingers de modo normal. De hecho, tus mejores amigos podrían serlo y nunca lo descubrirías. Entonces, ¿por dónde empiezo?


Hay montones de webs fiables que puedes explorar, foros swingers, clubes y reuniones por localidad en los que encontrar parejas liberales. Configurad cuentas conjuntas en distintas páginas y sopesad cuál de ellas ofrece los resultados más interesantes para centraros en ella.



Adore me


Antes de empezar, tenéis que seguir el siguiente consejo como algo sagrado: el swinging se basa en la confianza, y ésta es particularmente frágil en los inicios. Por lo tanto, cuando estéis configurando vuestras cuentas aseguraos de que el contenido os refleja a ambos; que los dos contribuís a partes iguales; y que, tanto el uno como el otro, puede acceder a la cuenta en cuestión. Hacerlo de forma separada sólo puede generar desconfianza, debido a la posibilidad de enviar y recibir mensajes privados de otros miembros, y eso choca frontalmente contra el principio fundamental de cualquier relación en la que se practique el swinging: sinceridad total.



¿Cuál es tu fantasía?



La buena comunicación es la clave cuando tomas esta singladura. Necesitáis hablar en profundidad sobre lo que buscáis, antes de empezar a compartir experiencias: hay que estar preparad@ para oír las fantasías de tu amante, e incluso, para hacer tratos o pactar límites. Por ejemplo, si uno está obsesionado con poner a una mujer en la cama, otro podría desear que fuera un hombre o una pareja en su lugar.


De forma parecida, necesitáis mostrar vuestros niveles de perversión desde el primer momento para poner rumbo a unos u otros locales. Un club swinger o una reunión son, por regla general, muy sensuales y convencionales. Si estás buscando un club para que te den azotes o donde se practique BDSM, tendrás que emplearte más a fondo. Aunque, también es verdad que estos se pueden encontrar en la mayor parte de las grandes ciudades.


Dicho esto, ¡prepárate para evolucionar en el terreno sexual!



¿Clubes o parejas?



Ahora, te enfrentas a tomar una decisión difícil: ¿dónde empezar la práctica? Pongámonos en situación: conoces a un soltero o a una pareja en Internet con quien te gustaría quedar, pero esta es tu primera vez así que, ¿cómo llevas la conversación sobre el terreno?


En los inicios, lo más recomendable es asistir a una fiesta o a algún tipo de reunión masiva de swingers. Hay una razón muy sencilla para esto: la sensación de seguridad es fundamental. Cuando hay mucha gente alrededor es mucho más fácil comprender cómo interactúan entre ellos, y darse cuenta de que nunca existe la obligación de unirse a ninguna actividad sexual. Montones de parejas asisten a fiestas swingers simplemente para observar, y ésta es la mejor forma de aprender. También es la manera ideal de conocer a otros pares que piensan como vosotros y, probablemente, tan sólo estén mirando sin participar de manera directa. Además, puede que descubras que te encanta el voyeurismo



¿Qué cosas ocurren en un club de swingers?



Las fiestas swingers varían sustancialmente de un club a otro, así que es difícil darte una idea precisa de cómo es cada una. Lo que está claro es que NO es una orgía. El swinging son pequeños grupos de personas que tienen sexo u observan cómo otros lo realizan. Normalmente, los clubes de swingers tienen muchas habitaciones y frecuentemente están decoradas con distintas temáticas, cada una con actividades y sensibilidades diferentes. Una habitación oscura donde se anima a que los extraños se toquen y jueguen sin saber quién es el receptor; otra habitación para intercambiar pareja; otra, simplemente para mirar a otros… Es difícil decir exactamente qué ocurrirá y ¡eso es sólo la mitad del suspense de la noche!


Los clubes de swingers utilizan distintas señas y códigos. A veces, son pulseras para comunicar si se está disponible o si una pareja en particular está buscando integrar un hombre, una mujer u otra pareja. Algunos clubes usan pajitas de distintos colores con el mismo fin que las pulseras, pero hay otros en los que se anima a la gente a que hable para averiguar qué están buscando. En resumen, cada club elige el medio para que sus integrantes se comuniquen. De cualquier modo, si te vieses en una reunión y no supieras qué hacer, te aconsejamos que preguntes. Al fin y al cabo, los swingers son de mentalidad abierta y no les importará romper el hielo indicándote la forma en la que expresan sus deseos.


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Si eliges un club, fíjate si exigen hacer una reserva de antemano. Ello suele significar que los organizadores han revisado y aprobado personalmente cada una de las solicitudes, para asegurarse que los asistentes a la fiesta puedan sintonizar fácilmente.



Lo más importante…



Lo dijimos con antelación, pero tenemos que insistir en que una comunicación abierta entre tu pareja y tú es esencial para desarrollar un estilo de vida swinger. Los celos y la inseguridad son verdaderas amenazas en una relación cuando se presentan terceros, y ambos tendréis que trabajar duro para cerciorar que todo es seguro y vuestro círculo de amigos genere la misma confianza. Cuanto más hables sobre tus sentimientos y deseos, más sencillo será que se plasmen en la realidad. Eso es un círculo virtuoso.











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Exhibicionismo: ¿Puede ser un juego erótico?

Exhibicionismo: ¿Puede ser un juego erótico?

Cuando mentamos exhibicionismo, lo primero que viene a la cabeza es ese hombre desnudo, cubierto por una gabardina, que aguarda en un callejón oscuro para mostrar su pene a la víctima. No hay pues nada extraño en que el exhibicionismo, visto así, esté penado en la mayoría de los países. Y es que toda conducta que fuerce a terceros a cosas indeseadas, es moralmente reprobable y legalmente punible.


Ahora bien, el concepto de exhibicionismo es mucho más amplio que esa imagen perversa o sátira, existen diversas manifestaciones, tipos y, sobre todo, formas de clasificarlas en función de la cultura o país del que hablemos. ¿O es que se ve de la misma manera ir desnudo a ciertos parques en Suecia que hacerlo en México?


Juegos eróticos


La diferencia entre nudismo y exhibicionismo se suele fijar en la excitación de quien lo practica. Nos desagrade o nos sorprenda, situaciones tan típicas como hacer topless en playas españolas, resultan impensables o ilegales en países como Estados Unidos. En otros, como China, usan facekini para resguardar su cara de la luz solar, y la mayoría se baña en el mar con camiseta, e incluso con pantalón (y esto no es precisamente debido a la exposición a los rayos solares).



¿Qué es el exhibicionismo? 



El exhibicionismo ha sido tratado en la historia moderna exclusivamente como una patología. Recientemente encontramos más textos que desvinculan algunas actitudes exhibicionistas de aquella imagen clásica del hombre pervertido. En realidad, como ya hemos dicho, etiquetar una conducta como propiamente exhibicionista está en función, en gran medida, de la cultura en la que se observe.


Ante todo, depende de la clasificación: descrita como aquella actitud de mostración de la desnudez, normalmente de los órganos genitales en público, el exhibicionismo puede ser:


Delictivo o criminal: se asocia a acciones de violencia ulterior.


Puro: aquel en el que la persona exhibicionista simplemente disfruta con mostrar sus órganos genitales.


Fantasioso o imaginario: cuando el exhibicionista simplemente se excita con la idea de saberse observado en su desnudez.


Privado, íntimo y/o exclusivo: esta tipología no solo está dentro de la teoría de parafilias, sino que también contiene un catálogo de conductas, entre las que se podría incluir desde el narcisismo sexual (por ejemplo, alcanzar la mayor excitación cuando se masturban frente a un espejo), hasta el candaulismo, que explicaremos a continuación.


TUX de HIRO


Tipos de exhibicionismo



Anasyrma, mooning (“hacer un calvo”), flashing, streaking y topless


Aunque no son lo mismo, los ponemos todos juntos porque, en principio, ninguno de estos tipos responde a la idea de mostrar los genitales con el fin de excitarse sexualmente. Sin embargo, al mismo tiempo, ninguno de ellos niega tal posibilidad.


Así, el anasyrma es el acto de levantarse las faltas y mostrar el pubis o la vulva. Flashing también puede incluir los genitales, pero normalmente se asocia con mostrar el pecho. Igual que el topless, si bien este se practica para coger moreno. Intención que dista de la de quienes nos hacen un calvo. Que tampoco tiene que ver con el streaking, que, por resumir, consiste en correr desnudos en un sitio público, repleto de gente (efectivamente, ese que interrumpe los partidos de fútbol).


Como veis, la mayoría implican un efecto sorpresivo o cómico, pero ¿podemos asegurar que no les excite? Y si así fuere, ¿sería tan malo?


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Martimaclia




Este nombre tan raro sirve para definir una de las parafilias más comunes: la excitación de tener sexo, mientras otras personas observan. De hecho, está tan extendido que tiene una subcategoría denominada cancaneo o dogging, para aquellos individuos que se excitan con la ejecución del acto sexual en parajes naturales como parques o bosques. Si bien no todos encuentran la pulsión libidinal en ser necesariamente observados, lo cierto es que el cancaneo nace en Inglaterra como una especie de swinging esporádico; la idea del dogging era ir a sacar al perro al parque para tener encuentros sexuales casuales, con otras personas que también sacaban a su mejor amigo de paseo.


Precisamente, el mundo anglosajón ha creado un término para un nuevo tipo de exhibicionismo que, en realidad, es una forma de la martimaclia o de cancaneo, según se mire. Llaman reflectoporn a la excitación que sobreviene de publicar en Internet un selfie reflejando el desnudo sobre un objeto.


También se habla de la escatología telefónica, como variante exhibicionista. Básicamente, consiste en excitarse con lo que la mayoría hemos conocido como “decir guarrerías por teléfono”.


Candaulismo 



Si pensabais que el exhibicionismo era lo contrario del voyerismo, estabais equivocados. En realidad, son opuestos, y eso es lo que les permite convivir como filia paralela. Es precisamente en el candaulismo donde podemos comprender que las dos sucedan simultáneas en un mismo individuo, o separadamente en los dos miembros de la pareja.


Por candaulismo se entiende desde la conducta que se aproxima a la excitación del sujeto por la mera mostración de la imagen de su pareja (en una fotografía o un vídeo, por ejemplo); o bien, por la exhibición de la misma en persona, que puede desembocar en la visualización del acto sexual con otros u otras. De hecho, esto es tanto una conducta denominada cuckold (el individuo se excita viendo cómo su pareja mantiene relaciones sexuales), como el primer paso de muchos y muchas swingers, antes de hacer intercambios de pareja totales y/o tríos. Es más, un efecto común del candaulismo es desembocar en una relación estable a tres (triolismo y ménage à trois).


Así que, como veis, se trata, más que de una parafilia exhibicionista, de una conducta voyerista, pues quien se exhibe no es precisamente la persona que se excita (aunque aquello también ocurra), esta es la que ve cómo la libido se dispara, cuando observa a su amante tener sexo con otra u otro.


PINO


El exhibicionismo como juego erótico


Hablemos un poco más claro: a excepción de patologías, hay muchísimas personas que tienen, cuanto menos, un puntito exhibicionista… ¡y voyerista!


¿Cuál es el atractivo?



La verdad es que la mitad del atractivo reside en la posibilidad de ser pillados, en el simple hecho de estar prohibido o no ser lo convencionalmente aceptado. Vernos, o sencillamente imaginarnos en esa situación, es suficiente para elevar la presión sanguínea, arder en deseo y saltar de cabeza nuevas aventuras sexuales. La otra mitad depende de los gustos. No son pocas las parejas que nos preguntan cómo iniciarse y avanzar en el swinging, por ejemplo.



Cómo desarrollar un sano exhibicionismo


La clave para explorar en el fetiche del exhibicionismo es casi la misma que para otras parafilias o aventuras: si no tenemos seguridad en lo que deseamos, lo mejor es parar, pensar, hablar y entender las sensaciones. Y estas han de ser compartidas en pareja, o en parejas, para deleitarse en la única forma en la que se puede disfrutar del sexo: sabiendo a ciencia cierta que todos participan del mismo juego, aunque tengan roles opuestos.


Para aquellas personas que se adentren en juegos sexuales candaulistas o en el mundo swinger, os recordamos que los preservativos son de obligado uso. Ahora bien, si vais a practicar el exhibicionismo masturbándoos a solas frente a vuestras parejas, el sexo por Skype sería una excepción.




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El trío (I): cómo encontrar a la media naranja del ménage à trois

El trío (I): cómo encontrar a la media naranja del ménage à trois

Del dicho al hecho hay… un montón de vergüenza, indecisiones y nervios (¡muchos nervios!) a la hora de plantear que quieres hacer un trío. ¿Qué? ¿Cómo? ¡Yo no soy de esas! ¿Por quién me has tomado? O ellos: ¡Ni hablar! ¡Nadie va a tocarle un pelo a mi pareja! En fin, cuestiones capilares aparte, el trío es una fantasía de hombres y mujeres que, con total independencia de su orientación sexual, incluye las mismas resistencias morales hacia su consecución.

Chica-chico-chica, chico-chico-chica, chica-chica-chica, chico-chico-chico, chico-chica-osito de peluche… Si quieres hacer un trío olvídate de beber a mansalva para liberar tus deseos con palabras, chatear gratis por la Red o escribir comentarios en foros para conocer a gente. Tampoco te tomes en serio lo del osito de peluche (¡pobre!) y construye una estrategia realista con tu pareja. ¿Estás preparad@?


Ménage à trois


Podrías decirme que en un trío no hay ‘medias naranjas’, sino tercios. Pero no es cierto, por suerte o por desgracia las relaciones humanas no suelen regirse por fórmulas matemáticas. Así que, puestos a hacer cálculos, lo primero que tienes que asumir antes de hablar con tu pareja es que ambos debéis comportaros como una sola persona… en lo que a gustos se refiere.



Este artículo va de hacer un trío por primera vez. Si estás buscando consejos para intercambiar pareja, te recomiendo visitar mis artículos para iniciarse como swinger o una historia real sobre la primera incursión de un joven matrimonio en un club. Lo más habitual entre amantes jóvenes (y no tan jóvenes) es que quieran experimentar ciertas fantasías universales, quizás tan sólo por materializar juntos un anhelo omnipresente. Si este es tu caso, sigue los siguientes consejos:








 
Lyla 2


El pacto


A diferencia de los trapicheos entre políticos, el consenso es la parte más complicada del ménage à trois. Casi con toda probabilidad, en lo único que vais a estar de acuerdo es en hacer un trío. Y es que antes de proceder a la búsqueda hay que atar muchos flecos sueltos que creías bien sujetos. ¿Cómo? ¿Quieres que toque a otra chica mientras lo haces con ella? ¿No era yo la única que te excitaba?

 
No, no eras la única. Y si lo piensas un segundo, él –o ella– no es el único que te excita. En este mundo hay muchas personas que –atractivas o no– te seducirán, aunque sólo sea por el segundo de morbo que provoca su voz o el simple sueño de imaginártelos en la cama. Y no, esto no significa que algo vaya mal en tu relación. Lo único que hay que hacer es ser más sinceros al hablar sobre la atracción sexual.
 


Que le gustaría penetrarte a la vez que tocas a otro hombre… Pues puede que te apetezca o puede que no. La honestidad y el rango de tolerancia determinarán que vuestra negociación llegue a buen puerto. Sobre la dialéctica conocid@s o extrañ@s, tienes que evaluar el nivel de seguridad emocional. Es decir, si sabes que os amáis y que la persona conocida es de vuestra total confianza, ¡adelante! Bueno, no tan rápido. Si se trata de alguien desconocido, tendréis que generar cierta confianza para poder disfrutar del trío. De otro modo, tanto tu pareja como tú no podréis concentraros en lo realmente importante, que es obtener un placer extra en la materialización de esta fantasía. Además, aún quedan otros flecos que atar: ¿cuáles son los límites sexuales? Y, sobre todo, ¿cuál es el sexo del partenaire en vuestra romántica aventura?







Condones


La media naranja  


Ahora que ya sabes si es conocid@ o extrañ@, tienes que pactar el género deseado. Esto sí que es matemático: los dos queréis a un hombre o a una mujer = va bien; quieres que sea hombre y tu pareja, mujer = o pactas dos tríos con personas distintas o abandonas; queréis hacerlo con el osito de peluche = sustitúyelo por un masajeador para parejas que vibre y rote al mismo tiempo y probad su Kamasutra ilustrado.


¿Cómo acordáis lo que se va a hacer en la cama? Siempre he dicho que los mejores estudios son los que se realizan in situ: dormitorio, salón o cuarto de baño, haced el amor. Y hablad, hablad durante el acto de lo que haríais con otra persona o lo que le pediríais que os hiciera. No sólo descubrirás si realmente queréis hacer un trío, también fijaréis lógica y emocionalmente los límites sexuales del ménage à trois.


Entre tanto, prueba a conversar con tu pareja (la sensualidad va más allá del sexo) y descubre todo lo que le pueda gustar en la alcoba (los disfraces y stripteases son una buena forma de perder la vergüenza y explorar fantasías comunes)… Y practica, practica mucho.





¿Quieres saber cómo desenvolverte en la cama con una tercera persona, tener sexo en grupo, cómo comportarte en una orgía o en un club swinger? Abajo encontrarás consejos sexuales y relatos eróticos de interés.



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Una historia bondage (I): las consecuencias – Relatos eróticos

Una historia bondage (I): las consecuencias – Relatos eróticos

Este es el primero de una serie de cuatro relatos eróticos que nos envía nuestra nueva colaboradora Mimmi Kass. Sin prisas, pero sin pausas, desde un sexting imaginativo y el recuerdo de sensuales arañazos, el bondage de esta historia erótica nos irá atando a la intensa relación sexual de Carolina y Miguel.


Relatos eróticos, Historias de sexo y Relatos porno
«Todavía me arden los arañazos de la espalda».


Carolina leyó el mensaje en su móvil, disimulado bajo la mesa, y consiguió reprimir una sonrisa sibilina. Se movió sobre la butaca de cuero de la Sala de Juntas, ansiosa, para intentar calmar el calor entre sus piernas. Miguel la había bombardeado con mensajes subidos de tono todo el día y eso le generaba una deliciosa desazón.


Intentó poner atención a la charla sobre resultados económicos de la empresa, pero solo podía pensar en saltar al coche y salir al encuentro de Miguel. Llevaban cinco días sin verse. Toda una eternidad.


Consideró seriamente levantarse e ir al cuarto de baño a masturbarse. Buscó a ciegas con la mano dentro de su bolso hasta acariciar la superficie satinada de su discreto vibrador con forma de pintalabios, y revivió las dulces sensaciones que le provocaba. Mala idea. Muy mala idea: el calor entre sus piernas aumentó y se hizo más consciente del roce del encaje del sujetador sobre sus pezones…


Su colega de Marketing seguía hablando, entusiasta e infatigable. Ella no era capaz de escuchar más que un murmullo inconexo de palabras. Su respiración se agitó y cerró los muslos con fuerza. Necesitaba salir de allí. Ya.


La casi imperceptible vibración del móvil entre sus dedos volvió a llamar su atención.


«Tengo preparadas varias sorpresas. No tardes. Voy a necesitar mucho, mucho tiempo».


“¡Maldito cabrón!”, le insultó hacia sus adentros. La estaba poniendo a cien.


Por fin acabó la reunión. Sus compañeros discutían dónde tomar algo; era el ritual de todos los viernes.


Su jefe la agarró del brazo con suavidad.


—Esta vez no te escapas, Carolina. Ven con nosotros a tomar una copa —Su sonrisa apreciativa dejaba bien a las claras que estaba interesado en invitarla a varias, pero ella, a pesar de que era muy atractivo, solo podía pensar en recorrer el cuerpo duro y trabajado de Miguel. Ya habría tiempo para valorar su oferta.


—¡Lo siento mucho! Tengo un compromiso, pero la próxima vez prometo acompañarte.


“Acompañarte”. Lo había dejado claro: a él, no al grupo.


Añadió una sonrisa sugerente a su respuesta y, con ella, pareció aplacarlo. Ya buscaría una nueva excusa la semana siguiente. O no.


La música en el coche no hizo más que aumentar su excitación.  Los Artic Monkeys sonaban a todo volumen y la boca perversa de Miguel aparecía cada vez que Alex Turner se lamentaba con ese Crawling back to you. Carolina sintió de nuevo la embriagadora sensación de poder al recordar sus uñas clavándose en la espalda masculina,  y fantaseó con tenerlo rendido y enjaulado entre sus cuatro extremidades, acorralado como la presa de una gata en celo. Pero el atasco en la M40 hacía que salir de Madrid fuera una locura.


Repiqueteó las uñas rojo sangre sobre el volante de cuero, incapaz de contenerse. En cuanto pudo apretar el acelerador en dirección a la Sierra, activó el manos-libres del coche y llamó a Miguel. La voz al contestar, grave y sensual, evocó el tacto húmedo y exigente de la boca masculina sobre su sexo, que se tensó hasta el dolor.


—¿Qué me tienes preparado? No puedo esperar —preguntó, tras contestar a su saludo. Él se echó a reír, como si ocultara un gran secreto.


—Algo especial. ¿Cómo has pasado el día? —El tono de su voz indicaba a las claras que era una pregunta con segundas intenciones.


—Incómoda. Excitada. Cada vez que leía uno de tus mensajes… —Carolina se interrumpió, dejando la frase en el aire. Él murmuró una aprobación.


—¿Excitada? Quiero que lo compruebes. Tócate y dime lo mojada que estás.


Carolina miró al techo del coche y soltó una risita pícara.


—Eso no es necesario. Te aseguro que lo estoy.


—Métete los dedos y dime lo mojada que estás. Ahora. —La autoridad de su voz no palidecía, pese a estar al otro lado del teléfono—. Hazlo. Despacio. Primero acaríciate el interior de los muslos.


Carolina agarró el volante con una mano. Rodaba a poco más de ciento veinte kilómetros por hora, así que puso atención en controlar la velocidad. No era la primera vez que hacían esto, y sabía que hundiría el pie en el acelerador si la llevaba hasta el final. Se acarició la suave piel desnuda, por encima de la línea de sus medias, y llevó dos dedos hasta la entrepierna de sus bragas. Desplazó la tela a un lado, y comenzó a acariciarse con un movimiento circular que abarcaba el clítoris y su hendidura. Estaba húmeda y endulzada.


—Estoy empapada —murmuró, con la voz atenazada. Los acordes de Closer, de Nine Inch Nails sustituyeron al sensual pop inglés , y su excitación se disparó, sin posibilidad ni deseo de controlar la velocidad.




—No puedo esperar a arrancarte esas bragas y comprobarlo con la boca yo mismo —respondió Miguel. Carolina reprimió un gemido y profundizó con sus dedos un par de centímetros más.


—Estás loco —jadeó—. ¿Sigo?


—No. Quiero que te concentres en la carretera. Hace mucho frío y podría ser peligroso. Nos vemos en media hora. No tardes.


Y colgó.


“¡Cabrón!”, pensó Carolina. Retiró los dedos de su interior y limpió la humedad de su sexo en la boca, mientras sentía crecer su irritación. Frotó sus muslos, intentando apagar el fuego entre ellos, sin resultado. Sabía que la estaba provocando a propósito y esbozó una sonrisa torcida. Se lo haría pagar en la cama. Y ya no quedaba mucho para llegar.


La puerta corredera que daba acceso a su chalet se abrió sin necesidad de llamar. Miguel la estaba esperando. Aparcó frente a la entrada, y se ciñó la chaqueta de cuero sobre el pecho. Hacía un frío de  mil demonios. La puerta se abrió de improviso antes de llamar al timbre, y se vio arrastrada hacia adentro por Miguel, que la placó contra la entrada.


—Has tardado una eternidad —murmuró sobre sus labios.


Su rodilla se abría paso ya entre sus muslos para abrirle las piernas y sus manos tiraban de la ropa. Carolina se aferró a sus bíceps, para no perder el equilibrio ante su empuje.


—Empezó a caer aguanieve. Tuve que venir con cuidado —respondió, justificándose como una niña que llega tarde a clase.


Desabrochó uno a uno los botones de su camisa blanca y le acarició los pectorales. Deslizó las manos por su espalda y encontró las líneas duras de los arañazos que se había ganado el fin de semana anterior.


—¡Oh! No pensé que fuera para tanto —susurró, fingiendo un tono compungido.


Él soltó un gruñido mientras la despojaba de la blusa a tirones y le quitaba la falda.


—Cada vez que la camisa me rozaba las heridas, me ponía duro. —Empujó su erección contra el abdomen de Carolina, demostrando sus palabras—. He pasado toda la semana pensando en cómo castigarte por ello.


—¿Castigarme? —preguntó ella con una sonrisa angelical.


—Sí. He tomado medidas para que no se repita.


Bondage


Se apartó un poco y sacó del bolsillo de su pantalón unas largas tiras de satén de color púrpura. Carolina sintió el núcleo de su placer vibrar con rabia ante la visión de las ataduras. Nunca antes la habían atado…



Ya puedes continuar con la segunda parte aquí: Una historia bondage (II): el castigo – Relatos eróticos


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Una historia bondage (IV): tablas – Relatos eróticos

Una historia bondage (IV): tablas – Relatos eróticos

La serie de relatos eróticos bondage de Mimmi Kass toca a su fin, con una intensa historia de sexo y amor adornada con las ataduras del arte japonés del Shibari. Más allá del BDSM iniciático, más acá del juego sexual, esta historia erótica no te dejará indiferente.

Si deseas comenzar la serie en los relatos previos, puedes hacerlo desde aquí:

Una historia bondage (I): las consecuencias – Relatos eróticos
Una historia bondage (II): el castigo – Relatoticos
Una historia bondage (III): la venganza – Relatos eróticos

O entra de lleno en el bondage más sensual…


Relatos eróticos
 Por cortesía de Tentesion.


Carolina esperó con impaciencia, tamborileando con los dedos en el volante, a que se abriera la puerta corredera del chalet de Miguel. Aparcó junto a la entrada y respiró profundo. Estaba preparada para que le devolviera el golpe: dejarlo a medias después de haber follado con Martín, con él mirando y esposado, había sido una jugada sucia. Esperaba una réplica a la altura de Miguel. La idea de lo que podría recibir la preocupaba, pero sobre todo, la excitaba.

Entró por la puerta entreabierta y miró a su alrededor, extrañada. El vestíbulo estaba en penumbra, y podía oír la música suave de Coldplay que llegaba desde el salón, a bajo volumen. No pudo evitar recordar la agonía y el placer que vivió atada a aquella puerta, y se dio unos minutos para estudiar el ambiente. Esta vez, Miguel no la pillaría por sorpresa.

—Estoy en el salón.

La voz masculina interrumpió sus cavilaciones y se acercó hasta él. Estaba sentado en el sofá frente a la chimenea, vestido con un pantalón gris de algodón y una sencilla camiseta blanca. Descalzo. ¿Qué estaría tramando?

—¿Estamos solos? —preguntó Carolina, algo brusca. Él esbozó una sonrisa imperceptible al verla examinar la estancia con el ceño fruncido.

—Estamos solos. Ven, siéntate conmigo.

Carolina ignoró su invitación y se acercó al fuego. Extendió los dedos hacia las llamas, y se quedó allí durante unos minutos, incapaz de deshacerse de las conspiraciones en su cabeza. Miguel parecía tranquilo y relajado. No parecía que se fuera a abalanzar sobre ella en busca del orgasmo negado, o que fuera a vengarse. En vez de eso, se acercó desde atrás y la abrazó por la cintura.

—Tengo una propuesta para ti: quiero atarte de nuevo. —Carolina lo miró durante un segundo, se echó a reír y comenzó a negar con la cabeza. Pero Miguel la detuvo—. Sé que te gustó.

—No me gustó sentirme indefensa. Quiero decir —rectificó, dándose la vuelta para mirar a Miguel a los ojos—, quiero poder defenderme con todas mis armas.

—No hay nada de lo que tengas que defenderte.

—¿No? —preguntó Carolina, con tono retador. Miguel volvió a sonreír. Parecía cansado.

—No. Quiero que dejemos de lado el pulso absurdo que nos traemos. Ha sido divertido —reconoció—, pero ahora necesitamos algo distinto.

Carolina se relajó al escuchar sus palabras. En unos segundos, pareció que le quitaban una losa de encima. Llevaba toda la semana preguntándose lo que la esperaba. Con un suspiro, se descalzó los tacones y rodeó el cuello de Miguel con los brazos,

—¿Qué tienes en mente?

Recorrió sus labios con la lengua, y se besaron despacio, con más calidez que lascivia. Deslizó la mano hasta su entrepierna con el objetivo de encenderlo, pero Miguel la apartó ligeramente y señaló unas cuerdas en el suelo.

—¿Sabes para lo que son?

Ella las examinó con atención. Eran delgadas, gráciles. Estaban colocadas en hatillos ordenados y el calor de las llamas les daba un sutil color dorado. Todo su cuerpo se tensó.

—Para Shibari.

Su piel se erizó con expectación al pensar en los preciosos grabados japoneses que decoraban la habitación de Miguel. Siempre la fascinaron, pero hasta ahora Miguel no había dado señales de saber hacerlo, o de querer hacerlo con ella.

—Desnúdate.

Carolina se quitó el vestido de lana por encima de la cabeza. Miguel esbozó de nuevo esa sonrisa depredadora que le decía a gritos que se la follaría en ese mismo instante, pero no se movió. Manipulaba uno de los hatillos entre sus manos expertas, sin apartar la mirada de ella. Dobló la cuerda por la mitad, y la dejó extendida a sus pies sobre la alfombra.

El precioso juego de lencería gris y las medias de Carolina siguieron el mismo camino del vestido sin que él prestara la menor atención. Eso sí era una novedad. Carolina se irguió ante él, y por primera vez sintió la vulnerabilidad de su desnudez.

Miguel se arrodilló junto a la chimenea, y arrastró a Carolina frente a él.

—Tiéndete en la alfombra —le ordenó. Carolina estaba reacia, seguía pensando que, en cualquier momento, Miguel la sorprendería con alguna jugada—. Tiéndete—repitió, empujándola con gentileza, con la palma de la mano apoyada entre sus pechos.

Carolina obedeció y se acostó de espaldas.  Su respiración comenzaba a acelerarse. El calor de la chimenea se derramaba sobre su piel y observó a Miguel, arrodillado a sus pies. El fuego otorgaba a sus ojos un brillo extraño.

La acarició desde la rodilla hasta el pie y ella se revolvió, anhelante. Contuvo el aliento cuando Miguel le rodeó el tobillo con la cuerda, menos áspera de lo que habría esperado, e hizo un nudo firme. Percibió con claridad cómo su cuerpo comenzaba a despertar entre sus manos.

Tirando de las hebras, la obligó a acercar el talón hasta que tocó su trasero y, con calma, envolvió con varias vueltas de la cuerda su pierna flexionada. Carolina la sentía clavarse en su piel como una serpiente, sedosa y firme. Cuando Miguel terminó, estaba totalmente inmovilizada.

—Es precioso —murmuró, al contemplar el contraste de las ataduras sobre su piel pálida.

Miguel asintió sin decir nada. Estaba concentrado, con los párpados entornados y pendiente de sus reacciones. Siguió con la otra pierna. Esta vez, Carolina fue más consciente de las caricias de los dedos masculinos sobre la piel, que dejaban un reguero de fuego, haciéndola más sensible al tacto de la cuerda. Cuando acabó, tenía las dos extremidades envueltas en sendas espirales doradas. No podía moverlas ni un milímetro, sentía su abrazo firme y constante, y por un segundo, sintió miedo.

—¿Cómo se llama? —Carolina sabía que cada atadura respondía a un nombre, y quería grabarlo en su memoria junto con la imagen exótica de su cuerpo.

Futomomo —respondió Miguel, lacónico.

Su tono de voz hizo que lo mirara con atención. Tenía los ojos fijos en su sexo, y Carolina abrió las rodillas para exhibirlo frente a él. Las hebras se enroscaron en sus piernas, acomodándose a la nueva postura. Miguel se desplazó entre sus muslos inmovilizados y deslizó las yemas de los dedos justo entre los labios empapados de su entrada. Ella dio un respingo ante lo inesperado de la caricia y arqueó la espalda como invitación, pero Miguel extendió la humedad hacia su monte de Venus, haciendo que su piel se erizara, y negó con la cabeza.

—Aún falta mucho, Carolina.

Sus pezones se endurecieron, y su interior se licuó como el hierro fundido ante la promesa.

Miguel gateó a su lado, sin romper el contacto visual y la ayudó a incorporarse, situándola entre sus piernas. Carolina se recostó en su pecho, y odió el tacto de la tela de algodón que lo separaba de ella.

—Quítatela. La camiseta, quítatela. Quiero sentir tu piel —exigió.

Miguel se desprendió de la prenda y Carolina se recostó sobre su tórax desnudo. Experimentó una inesperada sensación de alivio al apoyar su espalda en él, que la estrechó por un segundo entre sus brazos. La música seguía impregnando el ambiente y se inició una de las canciones favoritas de Carolina…
 



Miguel escogió ese preciso momento para incorporarla y llevarle los brazos hacia atrás. Comenzó a atarle los antebrazos, de manera que cada una de sus manos sostenía un codo. Sus pechos saltaron hacia adelante en una postura forzada. Carolina se derretía con cada roce de los dedos de Miguel sobre la piel, cada caricia de las cuerdas bailando al compás de la desgarradora canción.  El abrazo de las hebras doradas frunció sus pezones hasta el dolor, su sexo expuesto destilaba la miel que delataba su excitación y su deseo. Miguel trabajaba infatigable, concentrado en tensar, anudar y rodear su cuerpo, con la boca muy cerca del cuello de Carolina, haciéndola estremecer con cada exhalación de su aliento cálido.

Takatekote —murmuró, cuando hubo terminado la obra en su torso y sus brazos.

Carolina apenas le prestó atención, solo podía sentir con la piel. Apoyó la cabeza en su hombro, arqueando la espalda para darle acceso y entreabrió los labios, como una ofrenda. Miguel por fin la besó. Sus manos la acariciaban desde atrás, recorriendo los pezones atrapados entre las cuerdas. Cuando su mano se dejó caer hasta su sexo inundado, Carolina jadeó, moviendo sus caderas con exigencia.

—Te necesito —murmuró.

No era una súplica, ni una orden. Era la realidad más pura y descarnada, sin subterfugios, sin trampas ni juegos, y Miguel así lo entendió.

La sujetó con fuerza de las cuerdas a su espalda y la tendió contra el suelo. Carolina se vio obligada a apoyarse sobre sus piernas flexionadas y abiertas, exhibiendo sus orificios ávidos. Miguel se bajó el pantalón por las caderas para descubrir su erección, y se enterró en ella a la vez que ambos emitían un gemido agónico de alivio.

Comenzó a moverse en su interior sin que Carolina pudiese hacer nada. Inmovilizada, indefensa, se dejó invadir por el torrente de placer que cada embestida de Miguel desencadenaba en ella. La música del Stay de Rihanna acompañaba las lentas y profundas acometidas. Miguel de pronto, se retiró de su interior y Carolina se giró para pedir explicaciones por su súbito abandono, pero Miguel no la hizo esperar. Extendiendo su lubricación hacia el ano, la penetró con cuidado, hasta el fondo. El gemido de Carolina expresó la combinación exacta de placer, aderezado con un punto de dolor, para hacerlo tocar el cielo.

Ambos bailaron coordinados. Carolina se sentía abrumada por el doble abrazo de Miguel y de las cuerdas, y se dejó caer en un exquisito, angustioso y sublime orgasmo. Miguel se derramaba en ella poco después, tras asegurarse que yacía deshecha entre sus brazos.

Permanecieron así una eternidad, al calor del fuego, hasta que Miguel se despegó de su piel sudorosa con delicadeza. Poco a poco, con movimientos suaves, fue liberándola de las ataduras. Con un masaje continuo y firme, devolvió a la vida sus extremidades entumecidas por la postura forzada. Una languidez y un bienestar que había olvidado se apoderaron de Carolina. Miguel la acunó junto al fuego, susurrando palabras de consuelo. Carolina llevaba tiempo llorando sin percatarse. Las lágrimas se mezclaban con su pelo revuelto y lavaban el estrés y las preocupaciones que, en su día a día, la acorralaban. Se refugió en los brazos de Miguel, deshaciéndose en una catarsis inesperada de toda la tensión, mientras recorría con los dedos las marcas que las cuerdas habían dejado sobre su piel.

—Has ganado —susurró Carolina, con la falsa certeza de que su derrota era mucho más que algo físico, sin entender aún la dulce victoria de su alma.

—No, Carolina —negó él, intensificando su abrazo–. Este juego no tiene combinaciones ganadoras. Nuestros movimientos siempre desembocan en tablas.

—No me dejes sola —murmuró, al sentir que Miguel se incorporaba.

—Jamás —replicó él, en un susurro.


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La levantó entre sus brazos y la llevó hasta el sofá, envolviéndola en una manta suave. Al calor del fuego, las cuerdas en el suelo fueron testigos mudos de sus emociones. Los suspiros entrecortados de su sueño hablaban de un juego todavía más grande.

Ya puedes continuar con la historia de Miguel y Carolina, aquí: El imperio de los sentidos: mirar y no tocar

 

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