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Porno para hombres: Una orgía divina

Porno para hombres: Una orgía divina

Dicen que las revoluciones literarias provienen de la ruptura con las leyes vigentes. Y es que parece que sólo encontramos escritos excelentes, cuando alguien se salta la norma. Eso es exactamente lo que ha hecho nuestra pluma colaboradora: nos escribió a la cuenta de Twitter porque no posee una web donde publicar sus escritos (requisito que fijamos para colaboradores), y nos envió Porno para hombres: Una orgía divina (una maravilla para nuestra colección de relatos eróticos).


Lo único que nos ha pedido es que la atribuyamos al pseudónimo “man in rumouR”. Disfrutad de una de las mejores historias de sexo que he leído en los últimos años.


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La habitación supuraba ecos de sus gemidos, contenidos en un aire grueso, irrespirable, pesado como el vacío de mi estómago, y denso como la angustia de la resaca que amartillaba mi cabeza. El colmo era la carencia de oxígeno drenando las pocas energías que restaban, tras el primer intento de bostezo.


El halo de millones de cigarrillos nocturnos permanecía en la habitación cual fosa séptica flotante. Un ejército fantasma impenitente secaba mi garganta, urgiendo a derramar agua sobre mi boca y desparramarla con ansia incontenida sobre mi torso, penosamente descubierto bajo una camiseta rasgada, apuñalada por uñas –según contaba mi piel. Aquí vienen los primeros recuerdos. Que los dioses me cojan confesado, si es que hay confesión que soporte las causas de las heridas que veo en mi miembro…


Aquello había sido una especie de bocado. Recuerdo su lengua recorrer mi pene desde los testículos hasta el glande y, sí… ¡Ah!, eso eran sus dientes masajeando con precisión cirujana el prepucio, llevándolo del ignominioso encubrimiento de su lacea y negra coronilla, hasta el rojizo resplandor de una inflamación adictivamente extenuante. Sutilmente rasgaba mi piel, ferozmente enfebrecía mi libido.


Historias de sexo Porno para hombres  Relatos eróticosCon sumisa dominación, posé mi mano sobre su cabeza mientras visualmente batía un rincón de mi habitación, que ahora era completamente desconocida. Allí –para asombro de mi gozo óptico– se encontraba una melena rubia, sustentando un pequeño y dorado cuerpo femenino que, encajado en un corsé negro, ardientemente lamía el sexo de una exuberante veinteañera. Su contorno se estremecía mientras Doranieves (su nombre surgió de repente) estrechaba la lengua en su vulva o… ¡quién sabe si la introducía en su vagina!


Doranieves no podía ocultar el movimiento frenético de unos codos que narraban una historia de excitación más allá de lo estrictamente convencional. Era sublime e iba a provocar que estallara en fluido… Pero la perversa devoradora aparto su boca de mi miembro.


– ¡Qué haces! –exclamé como si estuviera cometiendo un crimen de guerra.


– Deja de mirarlas y fóllame…


No era el momento de preguntarle nombre o dirección, siquiera por dónde quería que introdujera mi pene. La giré, se giró o fue la rotación de la Tierra, o el Bamboleo de Chandler el que provocó que su destellante y sedoso trasero se descubriera sin sutileza alguna. Mis ojos conducían los pulgares que ahora se posaban sobre sus tensas nalgas. Mis pupilas eran fanales que alumbraban las embestidas, simultáneas a los gritos que exhalaban palabras incomprensiblemente excitantes. ¿Era yo el protagonista de mi propia película porno?



Historias de sexo Porno para hombres Relatos eróticosLa pregunta perdió toda calidad de sentido cuando me percaté del tremendo ejemplar femenino que yacía masturbándose en el tresillo. Nos observaba… a todos. Se abría, encajando sus dedos –no sé cuántos– y su cara… Su cara. Dios debía existir y, definitivamente, era mujer.


De repente, como en las relaciones espacio-temporales de los sueños, Doranieves y su compañera oral se encontraban observando cómo penetraba analmente a la devoradora, a menos de un metro de nosotros. ¿Sus muecas pedían turno o el colocón que llevaba había marcado un nuevo hito en mi historial de despropósitos?


Cogiéndome de los brazos, me desencajaron quitando el condón que ni siquiera recordaba vestir. Abrió uno nuevo, se lo colocó en la boca y, de ahí, lo estrechó en mi pene con grácil y experta habilidad. No sé durante cuánto tiempo estuvo agitando su cabeza, pero aquella felación terminó cuando su compañera veinteañera me agarró con vehemencia posesa.



Historias de sexo Porno para hombres  Relatos eróticosUnos cuantos traspiés luego del forcejeo, terminaron con mi cuerpo entre sus piernas en lo que creo recordar como el más excitante de los misioneros, ya apuntado en la bitácora de maravillosas convencionalidades sexuales.


Creo que las maestras del sexo oral se estaban dando un festín sobre la mesa del salón, cuando alcé la mirada y volví a descubrir a mi diosa del sofá observándonos mientras se estimulaba con vibraciones.


– Mírame y penétrala… –me ordenó con la voz más sensual del mundo.


Mis recuerdos terminan aquí. Ahora sé que fui el protagonista de una película porno… proyectada para una diosa. Creo saber que disfruté, pero de lo que estoy seguro es que éramos el souvenir de su noche. La orgía que siempre quiso contemplar. La bacanal que, probablemente, sólo ella vivió. Y es que el porno para hombres sólo se goza como espectador.



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Relatos ero: BDSM – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: BDSM – Relatos eróticos cortos

Entre la difusa línea de lo dominante y lo sumiso y un toque de estética fetish, Brenda B. Lennox nos entrega estos dos relatos cortos con su habitual intensidad: potentes.

Sigue leyendo…


Relatos eróticos


Relatos ero: BDSM



Correctivo – Relato erótico corto (1)



Me había citado a las once de la mañana. Llegué a y diez. Llevaba meses tocándome la moral. Escribía un relato durante días, ¡días!, lo enviaba a su correo y, quince minutos de reloj después, lo recibía en el mío plagado de notitas. Ni que me pagara como a Rosa Montero. ¡No te jode! Y encima, «reunión urgente para pulir detalles». ¡Lo que faltaba!


Blusa de seda, falda de tubo ajustada y stilletos. No por él, claro. Seguro que era el típico editor de pelo grasiento, barriga sebosa y dientes amarillos; pero después haría una visita sorpresa a uno de mis amantes. Me moría de ganas de sentarme en su cara, masturbarme contra su perilla y correrme en sus labios.


Cuando llegué a la editorial, me  recibió un cuarentón rapado al cero, cuerpo fibroso y sonrisa  profident. ¡Puf! ¿Y si…? Y si nada. Comenzó a aleccionarme, parapetado tras su mesa, con voz engolada. Ni me ofreció asiento, ¡qué educado! Aguanté de pie, como una capitana en la proa del barco, jurando que si no se hundía, yo misma le prendería fuego.


Debí desconectar porque, cuando quise darme cuenta, estaba detrás de mí. Una mano me acarició los pezones por encima de la blusa; la otra encontró el liguero y jugó con él. Mi cerebro estaba indignado y mi sexo, húmedo. Se pusieron a discutir acaloradamente hasta que un azote les interrumpió. Mmmm. Pactaron una tregua, pero él se arrebató. Golpes rítmicos con la palma rígida y los dedos cerrados. Patético…


Atrapé su mano y le inmovilicé contra la mesa con una llave de aikido.


—No puse en el currículum que soy astable*, ¿verdad?

*Astable: Persona que, en el Spanking, oscila de la posición de azotador a azotado sin tener ninguna prefijada.
 


Ella – Relato erótico corto (2)



Despierta. Tensa los músculos y salta como una pantera o cierra los ojos planeando el encuentro o disfruta acurrucada del placer del nuevo día.  Decide que le gusta su olor a recién levantada o darse una ducha rápida con jabón neutro o tomar un baño de sales; depilarse totalmente o a la brasileña dejando una fina franja sobre su pubis o dejar su vello sedoso tapizando su sexo. Se viste. Minifalda, top y botas altas; o falda de tubo, camisa ajustada y stilletos; o vestido corto de vuelo, fular de seda y sandalias con una flor azul.


Sale. Se dirige al garaje para montar su Harley o coge el taxi que se detiene chirriando con un simple movimiento de su mano o pasea sin prisas disfrutando del sol que se filtra entre los árboles.


Llega a la casa de él, mete las llaves en la cerradura y entra. Le espera agazapada entre las sombras de la entrada o en el sofá del salón con un Chardonnay o regando las plantas moribundas de su terraza.


Él llega. Presiente que está allí antes de entrar. La mira a los ojos. Entiende.


Se arrodilla, sube la falda de cuero y hunde la cara en su sexo. Ella eleva la pierna, clava el tacón en su hombro y le atenaza para follarse mejor su boca. Chupa su vulva, la penetra con la lengua y hunde sus dedos en su culo. Ella se masturba contra su barba, acelera el ritmo y se corre en su lengua.


O le quita la copa de vino, la levanta con fuerza y la gira contra la mesa. Ella pega sus pechos al cristal, alza la cadera y separa las piernas. Ata sus manos con su cinturón, la azota por encima de la falda y luego la levanta para golpear la piel desnuda. Ella gime y suplica, pero sigue azotándola hasta que se corre entre estertores, cuando el semen quema sus glúteos.


O la abraza con ternura, la lleva en volandas a la habitación y la besa sin tiempo. Ella le desnuda con rubor en las mejillas, acaricia su pecho y le aprieta contra los suyos. Recorre cada poro con los dedos, juega con el vello ensortijado y la penetra con suavidad. Ella besa su nariz, sus párpados, sus mejillas y susurra un «Te quiero» cuando llega al orgasmo.


Luego, le da un beso tenue y fugaz y se marcha o disfruta del aftercare  y de otra copa de Chardonnay  o se acurruca entre sus brazos hasta que amanece.


Llega a casa. Se desnuda. Entra en mi pecho. Se ovilla. Duerme.




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Relatos ero: Swingers – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: Swingers – Relatos eróticos cortos

Con su habitual descaro, Brenda B. Lennox nos cuenta la primera experiencia de un intercambio de parejas y la de una mujer en un club swinger. No te pierdas estos dos súper excitantes relatos cortos…


Relatos eróticos


Relatos ero: Swingers



Un mundo nuevo – Relato erótico corto (1)



Al principio, era el ejemplo perfecto del folla-amigo ideal: llamada de teléfono, polvo interminable y despedida rápida;  pero el tiempo había hecho mella y «Tele-Polvo» se había convertido en «Tele-Muermo», así que cuando le propuso un intercambio de parejas, ella gritó mentalmente «¡Sí, sí, SÍ!».


Tantearon varias webs de swingers y acabaron registrándose en una que ofrecía «Todas las herramientas necesarias para conseguir intercambios de parejas: direcciones de locales, blog con información, fotos y vídeos calientes, chat privado, foro y más, mucho más». Ese «mucho más» era tríos, orgías, BDSM, gang-bang y fetichismos de todas las formas y colores imaginables. ¿Qué probar primero? «Intercambio y luego ya veremos».


Selección de pareja, chateo y cita en un pub tranquilo. Copas, conversación, risas. Miradas furtivas, miradas sugerentes, miradas directas. Registro en la recepción de un hotel, besos en el ascensor, caricias en la suite. Manos que se deslizan por debajo de su blusa, que aprietan sus pezones por encima del sujetador, que lo levantan para sentir la piel, que reptan por su vientre hasta las bragas de encaje, que las separan para masturbar su sexo, que inclinan su cuerpo sobre la cama, que guían el miembro a través de la vulva.


Abre los ojos. «Tele-Muermo» se masturba frenético intentando que se le ponga dura. La mujer se masturba mirando como su marido se la folla a ella. La invita con una sonrisa. La mujer gatea, se tumba boca arriba y hunde la cara entre sus piernas. La boca chupa, la polla horada, su coño vibra. Estalla un portazo, pero no le importa; un mundo nuevo se abre húmedo y perfumado, se inclina y lo devora.




Estallido – Relato erótico corto (2)



Relato sobre locales de swingers. Decido vivir la experiencia. Un sábado por la noche acudo al más recomendado. El timbre avisa, la mirilla observa, la puerta se abre. Me quedo inmóvil en el hall hasta que mis ojos se acostumbran a la penumbra. Decoración marinera, una barra ondulada, una pantalla plana con una película porno. Me aborda una relaciones públicas. «Nueva, ¿verdad?». Asiento. Me muestra las instalaciones con la naturalidad de un agente inmobiliario. «Aquí el jacuzzi, aquí el cuarto oscuro, aquí la piscina….»También las reglas: «Siempre con condón». «Una caricia es una invitación». «Un No es un NO». Asiento de nuevo. Se despide y me deja sola.


Pido una copa. Me aferro a ella como a una baliza y me sumerjo en las entrañas del local. En el pasillo francés, una mujer practica una felación a un pene negro que emerge de la pared; en la cama redonda, un organismo formado por una amalgama de cuerpos suda, tiembla y gime; en la mazmorra, una mujer con una máscara de caballo relincha de placer tras cada golpe de fusta… Y a su alrededor, mirones como yo. No, como yo no. Ellos desean, tocan, se tocan. Yo soy una extraña, un cuerpo atrapado en una pompa de jabón, una figura en una esfera de cristal. Volátil, ajena, inexpugnable.


Decido tomarme la última en una sala con mesas bajas dispuestas alrededor de una pequeña pista de baile. El sillón es mullido, la luz, tenue, la música, suave.  Me siento observada. Una mujer me mira en la distancia. Levanta su copa y sonríe. Le devuelvo el brindis aéreo. Se levanta y acerca contoneándose sobre sus stilettos rojos. Nunca he visto un animal más salvaje. Tiene una belleza  extraña, magnética, inquietante. Ardo en deseo. Lo percibe.  Me coge de la mano y me lleva a la pista. Bailamos. Su miembro erecto se clava en mi vientre. Ahora comprendo. Sigo ardiendo en deseo. Acaricio su nuez y le beso.


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Relatos ero: felaciones – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: felaciones – Relatos eróticos cortos

Hoy, Brenda B. Lennox absorbe la intensidad del erotismo y la comprime en dos relatos cortos de felaciones. A continuación, sus Relatos ero: Fiera y Refugio.


Relatos eróticos cortos de felaciones: Fiera y Refugio


Fiera – Relato erótico corto (1)

 

Es insano, destructivo, irracional. Le deseo como un animal. Mi hambre es primitiva, insaciable, voraz. No puedo parar. Sólo deseo follar, follar, FOLLAR. Sentirle horadando mis entrañas, invadiéndome hasta el centro del pecho, quemándome con su lava hasta prenderme fuego. Pero no es suficiente, nunca lo es.


Quiero hundir las garras en su pecho, saborear su carne, masticar hasta el tuétano. Lo sabe. Huelo su miedo aunque intenta amansarme: una brida, una orden, un trozo más de carne. Hunde su boca en mi sexo hasta que me corro. Me azota hasta que el placer del dolor me nubla. Me folla sin descanso hasta que mis piernas flaquean. Pero no aplaca a la bestia que sigue sedienta. No aplaca a la bestia que busca su polla. No aplaca a la bestia hechizada por el faquir. Y mi lengua se enreda como una serpiente, abro las fauces y engullo hasta la garganta, me alimento de ella hasta la última gota. Pero siempre quiero más, más, MÁS.


Es insano, destructivo, irracional. Le deseo como un animal. Mi hambre es primitiva, insaciable, voraz. No puedo parar. Ni quiero.




Refugio – Relato erótico corto (2)


Your love’s in a sacred place

The safest hiding place
My heart has been a lonely warrior before
Who’s been to war
So you can be sure
The Safest Place, Sade


Tuviste un mal día y te abandonaste al sueño. Te observo en la penumbra. Duermes con la placidez de un niño. Pareces un ángel, aunque el abismo ensombrezca tu rostro. Lo acaricio. Ojalá pudiera borrar los surcos que han labrado los recuerdos, los enemigos que acechan a tu espalda, los fantasmas que pueblan tus pesadillas.


Quiero resguardarte dentro de mi cuerpo. Que mi piel sea coraza que encaje todos los golpes. Que las sombras que te habitan se inclinen ante mi luz. Y que tú seas el esqueleto que me soporta, el pilar que me mantiene en pie, el centro del tornado.


Vibradores femeninos


Mi boca acoge tu miembro. Los labios lo apresan. Sigues dormido, pero él despierta. Crece sobre mi lengua, que describe en su carne figuras geométricas. Círculos, espirales, líneas rectas. Siento su dureza, la sangre que fluye por las venas. Chupo, chupo, chupo… despiertas. Guías mi cabeza, mueves la cadera y me anegas.




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Relatos ero: Rosario tailandés – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: Rosario tailandés – Relatos eróticos cortos

Si te preguntas qué es eso del “rosario tailandés”, te gustan los relatos sobre sexo anal y adoras la narrativa de Brenda B. Lennox, no te puedes perder estos dos intensísimos relatos cortos: Devoción y Vicio.

Sigue leyendo…


Relatos eróticos cortos


Relatos ero: Rosario tailandés



Devoción – Relato erótico corto (1)



El verano se había adelantado y, con él, mi ritual de tomar el sol desnuda en la piscina.  Adormilada, disfrutaba de la calidez de los rayos de sol y del frescor de la brisa de aquella tarde de mayo. No lo percibí hasta que sus manos frías y suaves se deslizaron por mi columna y se detuvieron en mi culo. Alcé la cadera y hundió su lengua en el mismo centro. Culebreaba, rítmica, arrancándome oleadas de placer. Intenté girarme, pero me aprisionó contra la tumbona y ató mis muñecas en los listones.


Sentí la cremosidad del lubricante y la dureza de sus dedos cuando me penetró. Uno en el culo, uno en el sexo. Dos en el culo, dos en el sexo.


—Fóllame con tres. Fóllame. Fóllame. ¡Fóllame!


Me silenció metiéndome en la boca un rosario tailandés.


—Te follaré con esto. ¡Chúpalo!— Lo chupé. Con avidez. Como si fueran sus «cuentas». Fiel devota de una nueva religión. Las introdujo despacio mientras trazaba círculos con los dedos. Mi culo las engullía una a una, palpitante, hasta que la última selló mi interior. Era enorme, aterciopelada, dura… pero no lo suficiente.


—Fóllame. Fóllame. ¡Fóllame!


—No.


Sus dedos horadaron mi sexo. Su boca apresó mi vulva. Chupaba sin tregua y yo me revolvía enloquecida sin importarme que las cuerdas me laceraran. Tiró del rosario y me convulsionó el estertor de la petite mort.


Lubricó su miembro con mi sexo, separó mis glúteos y me penetró.


—Ahora sí.




Vicio – Relato erótico corto (2)



Me volví adicta al rosario tailandés. No había nada de malo, lo sé, pero no quise confesarle ese vicio. Era mío, mío, ¡mío! Esperaba anhelante a que se fuera para jugar a solas. Llenaba mis dedos de lubricante y me penetraba el culo. Uno, dos, tres… hasta sentirme llena, hasta hacer tope con la palma de la mano. Entonces, empujaba hasta el fondo, describía círculos, pulsaba con fuerza. Luego me introducía las cuentas, una a una, disfrutando sin prisas de su textura, de su dureza, de su tamaño. Cuando llegaba a la última, apretaba el culo, me pinzaba el clítoris con dos dedos y me follaba con los otros tres. Placer, placer, placer… hasta que los espasmos sacudían mi vientre y tiraba con fuerza del rosario, y el orgasmo me convulsionaba, y mordía la almohada para ahogar los gemidos.


Un día, cuando disfrutaba de mi vicio secreto, entró en la habitación. Puede que llegara antes de la hora, puede que no, tanto daba. Me pilló con la cadera levantada y el rosario lubricado en las manos. Sentí vergüenza, remordimientos, miedo. ¿Y si se enfadaba? ¿Y si le molestaban mis juegos solitarios? Intenté girarme, formular una explicación, pero me aprisionó contra la cama y me arrebató el rosario.


—Viciosa. Mereces un castigo—. Se quitó el pañuelo de seda que llevaba al cuello y comenzó a hacerle pequeños nudos mientras mordía mi espalda. Luego, introdujo en el mismo centro de mis glúteos dos dedos lubricados y, cuando gemí pidiendo más, los sacó y metió  la punta del pañuelo. Despacio, nudo a nudo. Era suave, aterciopelado, exquisito… como su miembro cuando penetró mi sexo. Me folló con furia, azotando mis glúteos, clavando sus uñas en la carne. Placer, placer, placer…. Un tirón enérgico. Su lava quemando mi sexo. Mi orgasmo quemando el suyo.


Vibrador anal


Soy adicta, lo confieso. Le espero anhelante hasta que oigo el motor de su coche. Entonces, me desnudo y me tumbo de espaldas con el rosario tailandés lubricado en mi mano. Abre la puerta, me observa, se acerca. Finjo sorpresa, un giro, una explicación, pero me aprisiona contra la cama, me arrebata el rosario y susurra.


—Viciosa.




Todo relatos orgásmicos: Relatos eróticos





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