Tweets by HIRO__oficial

Otto, El Guardián del deseo (2)

Relatos ero: Otto, El Guardián del deseo (2) – Relato erótico 


Sergio se estaba desnudando en la misma habitación en la que la mujer más bella, con la que jamás siquiera hubiera podido hablar, se masturbaba frente a él. Pero no se trataba de la imagen sexual ideal, había algo inquietante: Otto, El Guardián del deseo o un dogo argentino que le observaba, babeando y en posición de ataque. Esta segunda parte es la conclusión de un viaje a través del miedo, con procedencia en el deseo y destino en la excitación. ¿Subes al tren?

Sigue leyendo…

Relatos eróticos

Otto, El Guardián del deseo (2) – Relato erótico



Entre las piernas dobladas de aquella mujer, tan largas que parecían haber menguado el techo de la habitación, Sergio, en un lado de la cama, apenas podía entrever un pubis poblado de vello oscuro, negro, tan negro como las fauces de Otto. Aun así, podía escuchar perfectamente, eso sí, los dedos que entreabrían los redondos y turgentes labios de su vulva, y que se sumergían en los húmedos preliminares de su firme vagina, resbalando por el untuoso caudal que su sexo hacía emerger. Pero a pesar del excitante ruido, Sergio no podía apartar la mirada de esa otra visión que tenía enfrente; la boca de Otto, chorreante de babas por entre sus labios oscuros y colgantes en los que se apreciaba, argénteo en la penumbra, el brillo de una dentadura blanca y firme, dispuesta a reducir a la nada cualquier cosa que se introdujera en ella.


Sergio comenzó, sin embargo, a descalzarse bajo la atenta mirada de Otto que, a cada gesto suyo, respondía con un sostenido sonido gutural. Una gota de sudor cayó de su frente sobre su camisa, en ese duelo inhumano entre la boca del perro y la entrepierna de ella. Se secó, lentamente, con el dorso de la mano. Cuando consiguió desabrocharse el cinturón, el gruñido de Otto se hizo más fuerte, así como el gemido de placer de ella. Mientras Sergio dejaba su camisa sobre el suelo, Otto hizo ademán de levantarse y emitió un nuevo gruñido, pero esta vez, lo hizo con la boca abierta y mostrando una dentadura que podía haber cortado el cable de sujeción del Golden Gate. Sergio se debatía entre mirar el cuerpo que yacía en la cama, temblando de placer, o sostener la mirada de la bestia que amenazaba, en cualquier momento, con acabar con él.

El divino cuerpo empezó a retorcerse, el ritmo de su respiración se aceleraba, sus dos pequeños seños apuntaban, con los pezones como arietes, al cielo. Sergio, con un zapato puesto y otro quitado, con el cinturón desabrochado y sin camisa, empapado ya en sudor sin haber estrechado todavía este cuerpazo frente a él; tembloroso e intentando tragar saliva, hizo el gesto de acercarse, despacito, hacia aquella jugosa entrepierna, de la que parecían brotar todos los placeres del mundo y que se encontraba apenas a unos centímetros de las fauces de Otto.


Entonces, no hubo duda.

El gemido celestial que ella profirió al alcanzar el orgasmo sobrecogió a Sergio, pero, más aún, le sobrecogió el poderosísimo ladrido de Otto que, puesto en pie, se abalanzó sobre él como un licántropo hambriento.

Sergio dejó la camisa, el zapato y la duda, y echó a correr por el pasillo notando el calor y el aliento de aquella bestia. La noche ya no se estaba portando bien con él. Al cerrar la puerta y notar el impacto del perro contra ella en su interior, Sergio siguió corriendo escaleras abajo, portal abajo, avenida abajo.

El perro dio media vuelta, tranquilo, hasta llegar a la habitación de su ama; olfateó el zapato que había abandonado Sergio en su huida, y empezó a jugar con él como si de un osito de peluche se tratara. Ella, medio ensoñada todavía por el maravilloso orgasmo, extendió la mano hasta acariciarle la cabeza.



Bolas chinas


–No sé qué haría sin ti, bebé –le susurró–. Nadie como tú para sacar el miedo… el miedo de esos hombres que tanto me pone.



Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria









La gravidez del ser – Relato erótico

La gravidez del ser – Relato erótico

Más acá de la conciencia de la muerte se encuentra la consciencia de que la vida es finita; desde pequeños problemas, hasta terribles noticias que dan un vuelco a nuestro corazón, pero también a todo nuestro mundo. Y, a veces, si sacamos la valentía suficiente para enfrentarlos, quizá, surja el mejor sexo de nuestra vida (ese que nos hace saber que seguimos ante lo infinito del mundo).

Sigue leyendo…

Relatos eróticos


La gravidez del ser – Relato erótico



Esta es la historia del eterno duelo entre Eros y Thanatos. Una historia más. Nuestra historia.

Perdí el miedo a morir hace unos siete meses.

Siempre me había gustado fantasear y me había imaginado de todo en mi interior; un pene descomunal con vaivén eterno, un dildo de porcelana cogido por un arnés de cuero y manejado por una mujer despampanante que me empotraba sin piedad; mi mano llena de lubricante, hurgando por montes desconocidos de tacto rugoso, un vibrador drone enorme chorreando vaselina y buscando mi vagina como si fuera un imán… Pero ¿eso?

Eso… Ya.

El diagnóstico no era alentador. El tumor estaba creciendo en mis entrañas como un asqueroso sapo. Hablo tantos idiomas que me resultó difícil comprender… El cortocircuito del lenguaje, tan propio del orgasmo, se manifestó de repente en una consulta médica aséptica. ¡Qué desperdicio! El ginecólogo se esforzaba en hacerme entender lo que pasaba, hablando despacito, como si yo fuera un bebé que todavía balbucea. Sé que no le miré, estaba demasiado ocupada en leer frases absurdas que aparecían como flashes en mi mente.

Mis ojos se posaron, no sé exactamente cuándo, en un póster que representaba la anatomía humana, colgado de una pared blanca. Inmaculada. Nada que ver conmigo, yo, la sucia, la maldecida, la enferma. Me preguntaba para mis adentros si podría, antes o después de la operación, seguir follando. Casi me río en su cara. Creo que fue más un reflejo nervioso que pura ironía. Pobre hombre. No tenía ni una pizca de psicología ese médico. Tampoco era su cometido, pero eso lo pensé después.

Cuando me preguntó si tenía alguna duda, las palabras empezaron a salir a borbotones, sin sentido. Luego, se hizo el silencio hasta que conseguí hablar:

–Pero sí que puedo tener relaciones sexuales, ¿verdad, doctor?

La irreverencia de mi pregunta le cogió por sorpresa y me hizo una señal afirmativa con la cabeza. Ya estaba todo dicho.

Salí de la consulta con la solemnidad propia de los feligreses que entran en una iglesia; la cabeza medio gacha, la sonrisa de la Mona Lisa dibujada en mis labios, pero con una certeza: Dios se estaba burlando de mí.

Los días siguientes, los pasé en la cama, con el móvil, llamando a todos mis amantes de agenda para anular mis citas. Y lloré. Lloré todo lo que no había llorado durante años.


El séptimo día, por la noche, ocurrió algo curioso. Me levanté, me arreglé y llamé a Fred, un francés que vivía desde hacía unos cuantos años, como yo, en España. Era lo más parecido a lo que consideraba un amante oficial.

–¿Nos podemos ver esta noche? –le pregunté, sin más contemplaciones.

Sabía que era mucho pedir, llamándole en el último minuto. Pero tenía algo a mi favor… A Fred le gustaba el sexo conmigo y sabía que, si tenía otra cosa prevista, la iba a anular con tal de poder vernos.

«El ego de la moribunda». Pensé.

«No, no me puede decir que no». Recé.

Me sentí despreciable por unos segundos. Oía voltear, al otro lado de la línea, las páginas de un cuaderno y el rascar de un bolígrafo mientras hablábamos. Lo estaba reorganizando todo para poder pasar la noche conmigo. Quedamos a las diez.

***

Cuando pasé el umbral de su casa, sabía que estaba radiante. Bajo ninguna circunstancia quería que se notara nada ni en mi rostro ni en mi actitud. Me había maquillado con esmero, no demasiado, lo justo para tener buena cara y me había puesto un vestido vintage, muy ceñido en la cintura, con falda larga tipo midi. Me cogió por la cadera y me levantó, feliz de verme. Y así, me llevó en brazos hasta la terraza de su ático. Había velas perfumadas en la mesa que temblaban ligeramente por el viento del mar, que siempre sopla más fuerte en las alturas. Me pareció tan romántico que tuve que reprimir unas lágrimas que amenazaban con brotar… Amenazaban con brotar como perlas de nácar.

Empezamos a hacer el amor con rabia en las baldosas de la terraza. No quería perder tiempo. Lo quería dentro de mí, como si, al penetrarme, pudiera matar al bicho que me estaba comiendo. Lo acerqué con fuerza y le pedí que me dijera cosas guarras, mientras guiaba su polla entre mis muslos. No recuerdo haber visto a Fred tan excitado como aquella noche.


El lateral de mis bragas le rozaba, pero no dijo nada. Al contrario, creo que le puso cachondo porque empujó, sin apartarlas, con más fuerza. Su aliento me quemaba la cara, sus manos agarraban mis piernas con tanta decisión que pensé que me iba a romper. Cuando relajó un poco la presión, le dije que “no” con la mirada. Quería que me aplastara contra el suelo frío, quería que me despedazase en ese mismo sitio, a la vista de todos. Quería desaparecer, bajo el peso de su cuerpo, por un verdadero propósito. Por algo que tuviera sentido. Gotas de sudor aparecieron en su frente y empezaron a caer sobre mi cara. La moví ligeramente para que mi boca pudiera recogerlas. Se puso a reír pero le paré en seco.

–Fóllame con toda la seriedad del mundo –le susurré, vehemente–. ¡Por favor!

Siempre me había gustado Fred porque, en el sexo, estaba atento a mi placer en todo momento.

Aquella noche, follamos como dos lobos feroces que se devoran. Aquella noche no quise sentirme ligera. Aquella noche quise sentir nuestros cuerpos pesados, llenos, a punto de reventar… y la torpeza de lo desconocido.

Cuando me desperté, Fred tenía los ojos abiertos. Me miró. Me sonrió. Me levanté para recoger mis bragas rotas, tiradas en el suelo. Él observaba mi ir y venir. De repente, me dijo que algo curioso había sucedido esa noche. Puse cara de desconcierto, me froté los ojos para quitar el resto de rímel corrido, me encogí de hombros y le di un beso en la boca.

Y me fui al mar.


                Sigue viviendo con pasión: Relatos eróticos





Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria









Publicación recomendada

SEXO Y RELACIONES

SEXO Y RELACIONES En nuestra sección de SEXO Y RELACIONES vas a disfrutar de un mundo de historias de sexo. Desde cuentos eróti...