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Gracias a mi marido

Relatos ero: Gracias a mi marido – Relatos erótico  


Soy Eugenia, una madura y caliente mujer de 55 años, que a tan tardía edad y gracias a la colaboración y ánimos de mi marido, conocí de verdad lo que es disfrutar del sexo y sentirme, por primera vez, realizada y llena de la buena y joven polla de Diego. Diego me convirtió en una verdadera zorra pues logró meter su grueso miembro en mi culo diciéndome:

– Así, cariño, así, ¿ves como la tragas toda también por atrás? Ahora sí que eres una verdadera zorra, pues ya tienes tus agujeros bien taladrados.

Relatos eróticos

Gracias a mi marido – Relato erótico 



Ahora voy a contar un nuevo encuentro con un desconocido, que tuvo lugar hace unas semanas aunque, como siempre, en una comunidad ajena a la nuestra, como simple medida de seguridad. Pero esta vez lo que quiero contar no es solamente lo ocurrido simple y llanamente, sino el comportamiento que tiene mi marido, asumiendo no solamente los cuernos que su mujer le pone, sino también su manera de actuar, como comprobaréis con lo sucesos ocurridos y que me dispongo a relatar. Nos desplazamos a Cantabria. Los primeros días los dedicamos a conocer la ciudad y alrededores pero el sábado nos fuimos a un club de intercambio de parejas. Había mucha gente, tanto hombres como mujeres, que iban por libres y al ver esto, mi esposo me animó a que me comportara como si hubiera acudido yo sola, para lo cual él se quedó en la barra tomándose una copa y yo, con la mía, me senté en una mesa que estaba libre.

´ Para la ocasión yo llevaba un minivestido rojo bien escotado, que dejaba ver no solo el canalillo sino buena parte de mis pechos y otra buena parte de mis muslos, aunque eso estando de pie pues al sentarme y cruzar las piernas, la visión subía hasta casi verse las braguitas. Con esta pinta no era de extrañar que rápidamente fueran varios los que se acercaran a mi y si bien charlé con algunos y bailé con otros, por una u otra causa no terminaban de llenarme ninguno hasta que apareció un señor de unos cuarenta y tantos años que me invitó a una copa y comenzó a charlar conmigo. Su conversación era amena y poco a poco, nos fuimos encontrando a gusto y al rato salíamos a bailar.

Yo, entre las copas y su simpatía, no tardé en poner mis manos en su cuello mientras él, con las suyas, dibujaba mi silueta, deteniéndose en el cierre del sujetador y en el elástico de mis braguitas, hasta que apoyó con fuerza sus manos en mis nalgas, apretándome contra su bragueta. Yo, que ya me encontraba cachonda y caliente, lejos de retroceder ante sus caricias, me pegaba a él como una lapa al tiempo que me besaba con pasión y susurraba piropos y palabras dulces en mis oídos. Todo ello y el morbo que observaba en la mirada de mi esposo, que no perdía detalle del lote que su mujer se estaba dando con aquel desconocido, hicieron que notara la humedad que se apoderaba de mi chocho y que me empezaba a humedecer las braguitas. Entonces aproveché un descanso para ir al servicio y mi marido, al verme, me siguió y cuando llegó a mi altura, sin pararnos, me dijo:

– ¡Vaya lote que os estáis dando, cariño, se te ven las bragas por detrás y se la estás poniendo dura a alguno, más que a mí!

– Eso ya lo sé – le respondí – El primero es mi acompañante que ya ha logrado que se me mojen las bragas al sentir su buen paquete restregándose contra mi chocho.

Cuando volví a bailar con Alberto, que ese era su nombre, poco a poco me fue llevando hacia una esquina donde una columna nos protegía y donde la luz solo permitía ver el bulto pero sin distinguir con facilidad de quien se trataba. Llegado este momento, Alberto me había sacado los pechos y yo sentía, ante su caricias, la dureza de mis pezones y saliendo de mi boca, los primeros gemidos de placer. Desde luego que si seguía así era capaz de hacerme correr en pleno baile. Yo seguía notando la dureza de su “paquete” y al preguntarle si aquello era todo verdad, sin dudarlo ni un instante, se desabrochó su bragueta y cogiéndome una mano me puso en ella una durísima y palpitante polla que, si bien no era tan larga como la de mi primer amante, sí era extraordinariamente gruesa. Ante sus besos y caricias en mis pechos y su polla en contacto con mi mano, se la pelaba lentamente y sin poder evitarlo comencé a gemir y a temblar del orgasmo que de mí se apoderó, sintiendo como mis líquidos vaginales se desbordaban de mis braguitas y se deslizaban por mis muslos. Alberto, viendo el cariz que aquello iba tomando, me abrazó con fuerza y me susurró al oído:

– Mira como me tienes, tía, necesito follar y meterla hasta los huevos en el coño de la caliente y madura mujer que tengo entre mis brazos.

Yo, a estas alturas, sintiendo la humedad entre mis muslos, como es de suponer no me opuse pues es lo que hacía rato estaba deseando, sentir aquella polla en mis entrañas. No obstante le pregunté:

– Pero Alberto, no vamos a ponernos a follar aquí… ¿dónde vamos?

Recompusimos nuestras ropas, él cerró su bragueta, yo recogí en el vestido mis sobados pechos y cogiéndome de la mano, nos dirigimos, cruzando la pista, hasta el otro extremo de la misma, cruzando también por delante de la barra viendo como mi marido sonreía al ver el comportamiento de su esposa al tiempo que me guiñaba un ojo, como animándome a que disfrutara plenamente de la follada que me esperaba. Me llevó a una especie de almacén y oficina. Una vez dentro me abrazó con fuerza comenzando a meterme la lengua en la boca, subiéndome el vestido hasta la cintura y apartando mis bragas introdujo un dedo en mi mojado chochito. A pesar de que me gustaba lo que me estaba haciendo, yo tenía ganas de mear y así se lo dije. Como allí había un servicio, me dispuse a hacerlo y de pie, tal y como estaba, me abrí de piernas, aparté mi braga y abriéndome los labios de mi coño, me dispuse a mear. Alberto, al ver mi postura, se sacó su endurecida polla, pelándosela y al tiempo que miraba mi abundante meada, me decía: – ¡Vaya coñazo que tienes, zorra, menudo desagüe y como echa, pero no te apures que para él tengo yo un buen tapón para tapar el agujero a una guarra como tú!

Cuando terminé mi meada, Alberto me colocó de rodillas y sin más preámbulos, alojó todo lo que pudo su endurecido miembro en mi boca y digo todo lo que pudo porque, a pesar de abrir al máximo la boca aquello era muy grueso y no me cabía, por lo que yo le chupaba el glande y deslizando mis labios, llegué a sus huevos, que lamí con ansia.

Él no quería terminar tan pronto por lo que, haciéndome incorporar, sacó mis pechos fuera y colocó su polla entre ellos apresurándome yo a hacerle una cubana al tiempo que, con mi lengua, lamía su glande haciéndole exclamar:

– ¡Así, frótamela bien y chúpamela… vaya calentorra que eres… verás cuando te la meta como vas a gritar de placer!

A estas alturas, yo estaba tan caliente como una fragua, deseando sentir como aquella polla se apoderaba de mi ya encharcado coño para llenarme del placer que una mujer madura como yo deseaba en ese momento. Cuando Alberto se colocó a mis espaldas haciéndome agachar y al tener mi vestido por la cintura, se apoderó de mis braguitas apretándomelas con saña por mi coño y mi culo, haciéndome suspirar de placer y pedirle que me la metiera, que la quería sentir dentro.

Sin quitarme la prenda, comenzó a frotar su polla por mi chocho, haciendo que mi calentura subiera hasta límites insospechados y de un fuerte empujón me clavó medio polla en el coño, que parecía abrirse en dos ante tamaña invasión pues si, como dije antes, no era muy larga, sí era extremadamente gruesa, escapándoseme un pequeño grito diciéndole:

– ¡Despacio, cabrón, que me vas a romper el coño, métemela despacio hasta el fondo, la quiero sentir toda hasta el fondo!

Él, con sus manos, estrujaba mis ya doloridos pezones y amasaba mis tetas al tiempo que bombeaba sobre mi diciéndome:

– ¡Toma y calla, putón, no te quejes que tienes un enorme coñazo, mira como siento mi polla entrar y que mojada estás, desde luego vaya caliente que me saliste!

No tardé en sufrir un nuevo orgasmo ante sus acometidas. La verdad es que mi pobre chochito debía de estar abierto en grado sumo pues sentía la tirantez en mis labios vaginales, pero todo ello hacía que el orgasmo fuera mayor, hasta hacerme exclamar:

– ¡Así, así, mira como me corro, que gusto me da… dame más caña. cabrón, que necesito más para calmar mi caliente chocho!

Él seguía follándome al tiempo que parecía querer ordeñar mis pechos los cuales tenía doloridos, uno por la extrema dureza que presentaban mis pezones y otro por sus continuos pellizcos sobre los mismos. Al arreciar en sus embestidas, que anunciaban su inminente corrida, le dije:

– ¡Aguanta un poco más, que si no me dejas a medias, quiero correrme contigo y sentir tu leche llenándome el coño!

Aguantó lo suficiente para llevarme a un nuevo orgasmo, cuyo placer se multiplicó cuando comencé a sentir la abundante y caliente leche llenando mis entrañas. Nunca mi coño estuvo tan bien regado, al tiempo que me decía:

– ¡Ahora, zorra, ahora toma leche, toda para tu coñazo de puta, mira como me corro dentro, toda para ti, tía caliente!

– ¡Sí, como la siento, cabrón, vaya polvo que me echaste y vaya cantidad de leche… siento mi coño lleno de ella, pero me gusta! – le contestaba yo.

Después de esto, él deseaba que se la volviera a chupar para ponerse otra vez en plan y volverme a follar. Además alababa mi culo queriendo perforármelo, pero yo, colocándome las ropas, le dije que no podía ser ya que, en la barra del bar me estaba esperando mi marido. Ante aquella confesión se quedó cortado, aunque acertó a decirme:

– ¡No me jodas que te espera tu marido y que me acabo de follar a una casada!

– Pues sí, Alberto, acabas de tirarte a una casada y gracias por el buen polvo que me brindaste.

Por la cara que puso parecía que no acababa de creerse lo que yo le decía y al verme abandonar la estancia, observé que estaba pendiente de mis movimientos por lo que vio como me iba a la barra al encuentro de Juan, como le cogía del brazo y como nos marchábamos. Ante la extrañeza de mi marido por querer abandonar el lugar tan pronto, le dije que por el camino se lo contaría y nos dirigimos hacia el coche. Cuando subí en él, volví la vista y observé como Alberto, que no había perdido detalle, me lanzaba un beso en señal de despedida. Seguro que ahora sí se creería que aquella madura y caliente mujer que no solo tuvo entre sus brazos, sino que se la folló bien follada, era de verdad una mujer casada.

Cuando íbamos camino del hotel, mi esposo me hacía preguntas sobre lo ocurrido y que yo le respondía. Aquí fue cuando, tal como decía al principio, descubrí el extraño comportamiento de mi marido el cual no solo le encantaba que su mujer le pusiera una buena y abundante cornamenta, sino que fue mucho más lejos de lo que yo nunca pude imaginar. Durante el trayecto, yo sentía brotar de mi coño y deslizarse por mis muslos, la leche que Alberto había depositado en mí, por lo que le dije a mi marido: – Cariño, estoy sintiendo como me escurre la leche por mis muslos, menuda corrida me echó, nunca tuve tanta leche en mi coño. Este comentario le excitó enormemente hasta el punto de llevar una mano a mi entrepierna para cerciorarse de lo que su mujer le decía. Pasó su mano por mi chocho y se la llevó, ante mi asombro, a la boca, dejándome perpleja tal actitud. Una vez en el hotel y cuando me iba a la ducha para bañarme, me hizo dar la vuelta y echándome sobre la cama, me despojó de mis mojadas braguitas y abriéndome de piernas, apoyó su boca contra mi coño comenzando a limpiármelo, no solo de mis corridas, sino de la abundante leche que Alberto había depositado en el mismo. Yo, al ver su actitud, no pude menos que exclamar:

– ¡Pero qué cabrón eres, no solo te gusta que se follen a tu mujer, poniéndote unos bonitos cuernos, sino que te gusta limpiarle el coño de la leche de sus amantes!

– Sí, cariño, me gusta verte disfrutar y que te follen bien follada como merece un putón como el que tú eres, y luego me gusta dejarte limpio tu hermoso coño.

– ¿Así que esto es lo que te gusta? – contesté – Pues no te apures que si te gusta ya se encargará tu mujer de que estés bien alimentado chupando la leche que otros depositen en mí…

Y así fue, los próximos encuentros que tuve ya os los contaré en otra ocasión.





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¡Adios a mi virginidad!

Relatos ero: ¡Adios a mi virginidad! – Relatos erótico  


Amigos de HIROelplacer, esta historia ocurrió cuando tenía 19 años y fue cuando perdí la virginidad. Me llamo Luisa y vivía en ese entonces sola con mi padre porque mis progenitores estaban divorciados y vivía un tiempo con uno y otro con mi madre. Vivir con mi padre me gustaba porque era su consentida y podía hacer lo que quería sin tantas prohibiciones porque por esto teníamos mucha confianza y nunca, a pesar de salir y llegar tarde, ni me había pasado ni había hecho nada con los novios que tuve y por eso a mis 19 años todavía era virgen.

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¡Adios a mi virginidad! – Relato erótico 



Pienso que soy atractiva, con un buen cuerpo y aunque no soy exuberante de formas, me gusta a mí y siempre me dicen que tengo muy bonito cuerpo. Mido 1,67 y peso 55 kg, cabello negro y mis ojos son verdes como los de mi madre. Mis medidas son 89-60-95 y por ellas os daréis cuanta cual era la parte que más les gustaba mirar y a mí me gustaba que me miraran.

Mi padre tenía un amigo que se llamaba Jeremías, con 50 años, tres más que mi padre y que desde que recuerdo ha sido su mejor amigo. Yo llevaba años conociéndolo aunque solo con un saludo y los últimos años porque notaba que me miraba diferente y sabía que yo le gustaba.

Mi padre venía a veces después de salir a divertirse pero nunca dejaba que sus amigos entraran a la casa si me encontraba en ella, solo dejaba pasar a Jeremías. Y así llegó un sábado en el que salí con mi novio y regresamos como a la una de la madrugada, pero esa noche aunque estuve muy dulce con él, no me animé a continuar y preferí regresar a casa sin que nada pasara. Ya en casa, no habían pasado ni 10 minutos cuando llegaron mi padre y su amigo. Mi padre venía bebido como nunca lo había visto, no podía estarse de pie, así que primero lo sentamos en el sofá, pero luego Jeremías dijo que lo lleváramos a su habitación para que se durmiera.

Cuando volvimos a la sala, él se despidió de mí, pero como también estaba algo bebido, le dije que si quería quedarse un rato mientras se reponía un poco y le ofrecí algo de comer, pero él prefirió una cerveza, que le serví. Estuvimos hablando del por qué llegaban así y él tampoco se explicaba por qué se habían puesto tan borrachos.

De repente me di cuenta que me miraba fijamente a los pechos y como crecía un bulto en su pantalón hasta que noté perfectamente cómo se marcaba su polla bajo la tela y me impresionaron las dimensiones que se notaban. El se dio cuenta de que lo miraba y trató de taparse y como ya había terminado su cerveza, se despidió de mí dándome un beso en la mejilla, pero antes cogió la cadena que siempre uso en el cuello y me dijo que le gustaba pero al cogerla rozó mis tetas y no quitó sus manos de allí. Eso me sacó de onda un poco y me incomodó pero no sé por qué le dije que si se quería quedarse por mí no había problemas y si no hubiera dicho eso, tal vez nada de lo que después pasaría no hubiera ocurrido.

Se quedó y empezó a mírame más fijamente y a decir que a mi edad ya era una mujercita que sin dificultan provocaba a cualquier hombre por mi cuerpo, de que como envidiaba a mi novio que merecía tener un hombre y no un chavalín como él era. Así siguió y ya quería que se fuera porque me ponía nerviosa hasta que me preguntó si era virgen, a lo que me quedé muda por unos minutos y no sé por qué le conteste en vez de echarlo de casa y le dije que sí, que nunca lo había hecho. Su mirada cambió, como de alegría no sé y me dijo que al él le gustaban mucho las jovencitas y que desde hacía tiempo tenía ganas de hacerlo y desvirgar a una y me preguntó qué pensaba de eso pero no le respondí, me quedé en silencio y fue cuando me cogió las tetas y empezó a besarlas y aunque quería apartarlo, algo dentro de mi me lo impedía.

Con sus manos agarraba con fuerza mi culo y con su boca me mordía los pechos por encima de la blusa hasta que se detuvo y me dijo que me la quitara toda. Por un momento no supe qué hacer, pero acabé quitándome la blusa y el sujetador y él me quitó el pantalón y las bragas dejándome desnuda por completo. Se me quedó mirando y dijo que estaba más buena de lo que se imaginaba, que era su gatita y me empezó a besar de nuevo metiendo sus dedos en mi coño.

Todo aquello me estaba gustando, y él se daba cuenta. Siguió besándome, y poco a poco, fue bajando hasta llega a mi chocho. En cuanto noté su lengua en mi raja empecé a mojarme, y él, al notarlo, él me dijo que ya estaba lista pero paró y se lo quitó todo. Mis ojos se pusieron como platos cuando vi su polla, morena, enorme y además de lo larga era muy gorda, muy ancha. Era la más grande que había visto.

Me asustó un poco, pero también me puso cachonda y más cuando separó mis piernas y la colocó en mi coño diciendo, con una sonrisa en los labios:

– Vamos a comprobar si dijiste la verdad y eres virgen.

Lo intentó pero no pudo meterla. Así que cogió mis piernas, las colocó encima de sus hombros e intentó de nuevo hasta que lo logró, Fue muy doloroso pero no grite para no despertar a mi padre, hasta que no puede resistirlo y solté un gemido cuando me penetró del todo y dijo:

– Decías la verdad y eres virgen.

Cada vez la metía más y cada vez sentía que me partía por dentro hasta que llegó el momento en que estaba tan mojada que ya no sentía el dolor y fui cambiando la sensación por algo que me estaba gustando. Sentía cómo me movía toda con cada una de sus embestidas hasta que se corrió dentro de mí. Fue algo que nunca me imaginaba que así fuera, sentir cómo descargaba su leche dentro de mí y ese calor que sentía fue maravilloso.

Estaba cansada y él también y quedamos recostados en el sofá pero no pasó mucho tiempo y cuando traté de levantarme, no me dejó y me dijo:

– ¿A dónde vas, si no terminamos todavía? Nos falta algo – se levantó, me puso contra uno de los brazos del sofá y añadió – Date la vuelta que ese culito es lo que más deseo.

No supe qué hacer hasta me dio la vuelta y así quedé casi de cuatro patas en el sofá. El estaba detrás de mí, con sus manos separó mis nalgas y empezó a meter unos dedos en el ano, Yo sabía que eso sería aún más doloroso por el tamaño que tenía su polla, pero en un instante sólo sentí cómo lo colocaba en la entrada de mi culito y empezaba a metérmelo, pero al igual que la otra vez no pudo sino hasta varios intentos hasta que lo logró. Fueron inmensos los dolores al principio hasta que fue cediendo poco a poco y me fui acostumbrando a sus embestidas, no sin antes lanzar unos gritos y gemidos que lo único que hacían era que él me follara más fuerte. Me estaba gustando y me corrí. Sorprendentemente él, aún siendo un hombre mayor, volvió a correrse.

Nos relajamos y al cabo de un ratito me dijo que se sentía avergonzado. Dijo que había bebido mucho y que no sabía muy bien lo que hacía.

Yo lo mire sonriendo, y le dije que no disimulara, pero sobre todo, que no se preocupara, ya que había disfrutado muchísimo, y que mejor para ser mi primera vez que me hubiera “estrenado” él que era un hombre con experiencia.

Por supuesto quedó claro que no le contaría nada a mi padre, podían perder las amistades con un tema como este.

Aquella relación con Jeremías no acabó con aquel encuentro. Para mí fue un “maestro” del sexo y reconozco que nadie me satisfizo como él durante varios años.

Actualmente estoy casada, mi marido es bastante mayor que yo y siempre he pensado que quizá aquella relación me condicionó a la hora de casarme.



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Cumpleaños feliz y muy caliente

Relatos ero: Cumpleaños feliz y muy caliente – Relatos erótico  


Era mi cumpleaños y un amigo me había regalado una invitación para ir a un local de boys. Como no quería ir sola le dije a una amiga si me acompañaba y allí nos fuimos las dos. Ninguna de la dos había ido antes a un lugar así, por lo tanto estábamos muy excitadas por la salida, cuando llegamos al local, un hombre nos atendió nos pregunto a nombre de quién estaba hecha la reserva y luego nos acompañó hasta la mesa.

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Cumpleaños feliz y muy caliente – Relato erótico 



Era en un sótano, había muchas mesas iluminadas con velas, un escenario al frente y una barra a la entrada. Las paredes estaban decoradas con fotos de jóvenes súper apuestos y musculosos, vestidos con un pequeño tanga que marcaba el paquete.

Al cabo de un rato, comenzaron a llegar más mujeres, cuando ya estaba todo el lugar lleno, subió el presentador, vestido de mujer y relatándonos su vida matrimonial y consiguientes divorcios y dijo que uno a uno iban a ir desfilando sus “ex maridos”.

Las luces se apagaron, la música comenzó a sonar y un hombre vestido de pantera se deslizaba entre las mesas. Luego subió al escenario y al son de la música se fue quitando la ropa muy sugestivamente, hasta quedar con tan solo un diminuto tanguita mostrando su hermoso y musculoso culo. Las mujeres gritaban y se lanzaban sobre él, tocándolo y queriéndolo agarrar.

Con mi amiga nos reíamos muchísimo, pues nos hacía mucha gracia, ver a esas mujeres como desesperadas por un hombre semidesnudo bailando en un escenario. Uno a uno fueron pasando los supuestos “esposos” de la anfitriona, todos muy apuestos y mostrando sus atributos físicos. Hasta el momento todos nos habían parecido con muy buenos físicos, y sumamente seductores. De pronto la música del film Rocky comenzó a oírse y un joven vestido de boxeador sube al escenario, tenía puesta una bata de raso azul brillante y guantes de boxeo. Puesto que nuestra mesa estaba al lado de la tarima donde ellos bailaban podía ver sus cuerpos perfectamente. Cuando lo vi quedé impactada, no era muy alto aproximadamente 1.75, comparado con los demás chicos, su cuerpo era perfecto, como esculpido por un escultor, sus ojos grises me miraban con picardía, al tiempo que con su mano me hacía un gesto de invitarme a bailar con él.

Si bien no soy nada tímida, toda la situación era nueva para mí y me daba algo de vergüenza ir a bailar con él, pero dado que era mi cumpleaños, decidí divertirme. Me tomó por la cintura y bailamos salsa, sus ojos no dejaban de mirarme y sus suaves manos se posaban en mi cuerpo. Cuando terminó la canción me acompañó hasta mi mesa y continuó él bailando solo, pero no dejaba de mirarme. Mi amiga me dijo, estas de suerte, es uno de los chicos más guapos que han desfilado y parece que le gustas.

Cuando el show terminó, todos los que habían actuado hicieron una fila al lado de la puerta, despidiendo y agradeciendo al público sus aplausos y elogios. Estaban con el torso desnudo, un vaquero con los botones de la bragueta abierta dejaba claro que no llevaban nada más debajo.

Una chica sentada en la barra decía a la medida que íbamos pasando:

-Se mira y no se toca.

Mi amiga estaba súper excitada por todo el show que habíamos presenciado y me comentó que jamás había visto en su vida cuerpos tan bien formados y jóvenes tan hermosos. Yo me reí, si bien el espectáculo me había gustado, no me había excitado demasiado. Cuando subíamos la escalera para irnos, me acerqué al chico con el que había bailado y le dije al oído:

-Eres lo mejor de la noche, te felicito.

Me mira, me sonríe y me da un beso que roza a penas mis labios, se lo agradezco y le comentó que fue el mejor regalo de cumpleaños que podía haberme dado. Ni bien termino de decir esas palabras, me toma de la nuca y me besa de tal forma que podía sentir su lengua hacerme cosquillas en mi campanilla. Fue un beso que me estremeció todo el cuerpo, como besaba, que impresionante. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Ricardo.

En la puerta del local, mi amiga me cogió del brazo y me dijo:

– ¿y nos vamos a ir así sin pedirle el teléfono?

-Estos chicos cobran, ¿quieres pagar? Nunca he pagado por estar con un y no lo voy a hacer ahora. –le dije-

– Por favor Paula, baja y pídele el teléfono, con la calentura que tengo, yo pago.

La mire, me reí y baje de nuevo las escaleras, me acerque a él y le pregunté si podía darme el teléfono. Dijo que tenía que hablar con su manager y me señaló a la chica que continuaba repitiendo que no se tocaba la mercadería. Me di vuelta, la miro, lo miro a él de nuevo y le dije al oído:

– No trato con intermediarios, si te interesa, estamos en el coche blanco que está aparcado en la puerta y me fui.

Una vez en el coche, mi amiga me preguntó que había pasado y se lo conté. Le dije que esperaríamos unos minutos y si no venia nos íbamos.

Al cabo de un rato, cuando ya estábamos dispuestas a irnos, oímos unos golpecitos en la ventanilla, era él con un amigo. Bajé el vidrio y dijo:

– ¿Podemos subir?

– Por supuesto -le contesto-

Mi amiga iba al volante, nos presentamos y nos fuimos al apartamento de mi Noelia, mi amiga. Durante el trayecto fuimos hablando sobre el espectáculo y preguntándoles desde cuando trabajaban allí y si les gustaba lo que hacían. Ellos muy amables nos fueron contestando a todo, como empezaron y desde cuando eran “boys”. No puedo negar que la situación me entusiasmaba, pero a la vez me ponía algo nerviosa.

Llegamos al apartamento de Noelia, un piso hermoso con una vista al mar espectacular.

Nos servimos unas copas, pusimos música, nos sentamos en los sillones del salón y continuamos conversando como si nos conociéramos de siempre. Noelia es un poco más alta que yo, rubia de ojos marrones, delgada y muy buen físico, se había puesto un pantalón negro de cuero que resaltaba bien su anatomía y un top ajustado al cuerpo. En cambio yo, me había puesto un vestido de lycra negro muy ajustado al cuerpo, minifalda y portaligas con medias negras y tacones altos. El otro chico se llamaba Juan, medía cerca de 1.85, era castaño claro, ojos verdes y había hecho el show del “Párroco”. Mi amiga y yo le dijimos que queríamos “confesarnos” por los pecados cometidos. Ellos se reían de nuestras ocurrencias y parecían divertirse con nosotras, en ningún momento tuvimos la sensación de que eran dos “boys” que estaban con nosotras porque les íbamos a pagar los favores otorgados.

De pronto, Ricardo se levanta, me toma de la mano y me invita a bailar lento, a penas sus manos tocaban mi cuerpo y con su boca iba rozando mi rostro y mi cuello, sentí como una corriente eléctrica que recorría por la columna vertebral desde la cabeza hasta el culo. Cerré los ojos y me deje llevar por esa deliciosa sensación. Cuando abrí mis ojos, vi a Noelia, besándose con Juan desenfrenadamente en el sillón, el cierre de su pantalón estaba abierto y los dedos de Juan exploraban su sexo.

Esa visión hizo que me excitara aún más y pude sentir como mi sexo se iba mojando. Ricardo me apretó aún más hacía su cuerpo, pudiendo así comprobar su erección, su lengua jugaba con el lóbulo de mi oreja, mientras sus manos se dedicaban a desvestirme lentamente. Así semi desnuda, solo con mi conjunto de encaje negro y mi portaligas seguí bailando abrazada a él.

Nos cruzamos las miradas con Noelia y nos sonreímos. Poco a poco lo fui desvistiendo, a medida que iba abriendo los botones de su camisa, mi lengua rozaba su pecho, así fui desnudándolo hasta llegar a su pantalón. Los botones de su bragueta se fueron abriendo uno a uno, dejando libre su polla erecta. De un solo tirón, logré bajarle el pantalón, dejando todo su sexo expuesto, ya que no llevaba ropa interior. Me quito los zapatos, las medias y así desnudos continuamos bailando.

Juan aún continuaba vestido al igual que Noelia. Fui hacia el equipo de música y puse el CD de Joe Coker. En cuanto Noelia oyó la canción, se subió a la mesa y empezó a hacer un strip al mejor estilo de Kim Bassinger en Nueve semanas y media.

Los chicos miraban como contorneaba su cuerpo como si fuese una profesional del tema. Sus aullidos la incitaban a que continuara con el show, Ricardo me dijo al oído que subiera con ella a la mesa y también mostrara mis atributos.

Poca ropa tenía para quitarme, pero la idea me sedujo y sin pensarlo demasiado subí a la mesa y junto a Noelia le demostramos a los boys como se hacía un striptis. Noelia muy hábilmente fue quitándome el sujetador, al tiempo que con sus suaves manos rozaba mis pechos, los silbidos de los chicos nos incitaban a seguir con el juego, así que al son de la música nos fuimos desnudando una a la otra, intercalando caricias y besos. Desnudas, sobre la mesa continuamos brindándoles a ellos el mejor show lésbico que jamás habían visto. Nuestras manos jugaban al igual que nuestras lenguas por todo nuestros cuerpos, sin dejar ningún lugar por explorar.

Los chicos se habían sentado frente a nosotras con sus pollas erectas a presenciar el show, al tiempo que sus manos se iban masturbando suavemente. Nosotras nos perdimos la una en la otra, dejándonos llevar por la música y el entorno, nuestras bocas hambrientas buscaban nuestros sexos mojados, acostadas en la mesa en posición 69 nos chupamos hasta saciar nuestra sed con nuestros propios jugos que emanaban como de una fuente.

En cuanto acabamos, nos bajamos de la mesa y nos arrodillamos frente a los chicos, tomamos sus vergas con nuestras manos, les acariciamos un poco y nos las metimos en la boca, no podíamos dejar de chupar esas vergas tiesas y enormes que se levantaban frente a nosotras. Las chupábamos y luego nos besábamos para intercambiar sabores, estaban exquisitas, sólo queríamos devorarlas. De pronto dos chorros de leche espesa y tibia nos inundaron, continuamos mamando hasta dejarlas limpias y luego nos besamos apasionadamente.

A pesar de la mamada celestial que les habíamos hecho, todo el espectáculo presenciado los había excitado muchísimo. Al poco rato, sus vergas estaban duras nuevamente. Nos colocaron sobre la alfombra a cuatro patas. Sus lenguas fueron dilatando nuestros anos y sin mediar palabra nos embistieron frenéticamente.

Nuestros cuerpos comenzaron a moverse al ritmo de ellos, los dedos de Noelia buscaban desesperadamente mi clítoris a la vez que los míos el suyo. Así cabalgadas por esos dos potros y ayudadas por nuestros dedos nos corrimos los cuatro en un orgasmo descomunal.

Un grito de placer inundó la habitación. Nos quedamos los cuatro tirados sobre la alfombra, exhaustos de tanto goce.

Cuando ya salía sol, los chicos se vistieron, cuando le preguntamos el precio, nos dijeron:

– ¿El precio? Esta vez creo que deberíamos pagar nosotros, jamás antes habíamos visto semejante espectáculo.

Fue un cumpleaños divino y Noelia y yo hemos pensado que algún día los volveremos a llamar.



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Morbo en la playa

Relatos ero: Morbo en la playa – Relatos erótico  


Hola me llamo Nuria, tengo 33 años, soy morena con buenos pechos y con curvas. Estoy casada con mi marido Ignacio de 35 años, buen físico. Aunque su polla no es descomunal, sabe como utilizarla. Nos podemos considerar una pareja liberal. Nunca antes había hecho un relato erótico pero a petición de mi marido ahora lo hago y os voy a relatar algo que sucedió este verano pasado.

Relatos eróticos

Morbo en la playa – Relato erótico 




Tanto a mi marido como a mí nos encanta el nudismo y siempre que podemos vamos a la playa. El año pasado comenzamos a ir sobre marzo, época en la que no suele haber mucha gente. Ese día apenas habría unas veinte personas en la playa. Estábamos tomando el sol cuando se acercó un hombre de unos cuarenta años, con entradas y un poco barrigón, y se colocó justo debajo de nosotros. Al rato observé que no paraba de mirarme, quizás porque suelo depilarme el chochito y el tío estaba disfrutando. Se lo dije a mi marido y él me dijo:

– Pues caliéntalo a ver que pasa.

Yo inmediatamente comencé disimuladamente a abrir y cerrar mis piernas, incluso me abría mi coñito como si tuviera tierra y me la tenía que quitar.

Al rato volví a mirar y al tío se le iban a salir los ojos y encima estaba empalmado. Aquello me excitó muchísimo y mi marido al darse cuenta también así que, tras comentarlo, decidí acercarme al hombre. Me puse delante de él y me agaché en cuclillas abriendo las piernas de forma que mi coño le quedó a un palmo de su cara y le pedí fuego. El tío se puso nervioso y tras buscarlo en su bolsa me dio el mechero, encendí un cigarrillo y como no paraba de mirarme la entrepierna le dije:

– ¿Quieres que te acerquemos a algún sitio cuando marchemos?.

– Gracias, si me hacéis un favor me podéis llevar a casa ya que he venido con un amigo pero se ha ido a pescar y no me apetece estar aquí toda la mañana – respondió tímidamente.

Recogimos las cosas y nos montamos en el coche. Yo iba delante con mi marido y tras arrancar el coche, miré hacia atrás para hablar con aquel hombre y observé como por debajo de su bañador aún seguía con la polla tiesa. Aquello unido a la excitación que llevaba ya me puso como loca y le dije a mi marido:

– A este hombre le va a dar algo, voy a tener que arreglarlo, ¿no te parece?.

Me respondió que sí, que fuera detrás. Y eso hice, y al pasarme detrás el hombre se quedó estupefacto. Le bajé el bañador y le salió aquel pedazo de polla tan tiesa. La acaricié, primero con los dedos y después con la mano y cuando lo vi a cien, me agaché y me la metí en la boca. Ni yo misma me podía creer lo que estaba haciendo, pero estaba muy caliente y mi marido no paraba de decir:

– ¡Chúpasela, cielo!.

Así que empecé a chupársela, poco a poco y llenándola de saliva y al poco rato noté que iba a correrse y pare diciéndole;

– Espera, aguanta un poco que vamos a nuestra casa, y me apetece follar contigo.

El tío no podía creérselo, pero cerró los ojos y por lo visto se puso a pensar en algo que le fue bajando el rabo.

Llegamos a casa y nos dimos una ducha los tres. Esto sirvió para calmar un poco el ambiente y relajarnos. Nos tomamos unas copas y pusimos una peli porno. Aquellas imágenes volvieron a ponernos a cien.

En la pantalla veíamos a una rubia con grandes tetas que se la estaban follando dos tíos. Uno por el culo y el otro por el chocho y aproveché para decirle a mi marido:

– Cariño, que te parece si nos montamos una escenita como esta. Por supuesto, si Toni quiere.

Fue dicho y hecho. Se quitaron la toalla y me arrodille delante de ellos. Primero quería hacerles una buena mamada y ponerles los rabos duros.

En el coche y, por la calentura, no me había fijado de lo enorme que era la polla de Toni. Era larga, gorda y con un capullo con una cabeza como una seta. Además, tenía unos huevazos enormes.

Me la metí enterita en la boca, me llegaba hasta el fondo de la garganta. Me encantaba recorrerla con la lengua hasta que llegaba a los huevos. Se los masajeaba y después se los chupe y lamí. El tío estaba babeando y muy caliente.

Después me dediqué a mi marido. Toni, mientras tanto, miraba y se la iba pajeando despacio mientras gemía. Mi marido ya estaba a tope por el espectáculo que le había proporcionado. Cuando los tuve a los dos bien empalmados, nos fuimos a la cama. Que me enculara Toni, me impresionaba, pero, como mi marido no la tenia muy grande, me daba un morbo increíble.

Alguien tenía que prepararme el agujerito antes de metérmela, o sea, que saque el tubito de lubricante que tenemos en la mesita de noche y se lo pasé a mi marido. Hizo un buen trabajo, ya que a los pocos minutos, me cabían tres dedos en el culo.

Entonces, me coloqué de espaldas a Toni y poco a poco fui ensartándome aquel palo en el culo. Que entrara el capullo, fue un suplicio, pero cuando ya estaba dentro, me dio tanto gusto, que me corrí como una cerda. Ignacio aprovechó este momento para metérmela por el coño y empezamos a bombear como locos. Yo me corría al menos unas tres veces.

Cuando me avisaron que iban a correrse, nos levantamos, me tumbé en la cama y les pedí que me la metieran en la boca. Yo les sujetaba los huevos, ellos se pajeaban y así me llenaron la boca de leche calentita.

Cuando nos calmamos y hablamos resultó que Toni hacia dos semanas que se había mudado a nuestro barrio. Por supuesto, nos intercambiamos los teléfonos y nos vimos más veces.

Lo que nunca ha sabido mi marido es que en cuanto vi el pollón de Toni, me volví loca. Aún ahora es mi amante secreto, y con el he vivido unas veladas de sexo loco y sobre todo muy vicioso.



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