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Siempre hay una salida

Relatos ero: Siempre hay una salida – Relatos lésbicos 


Para empezar diré que me llamo Rosa. Tengo 41 años, mido 1.65, soy morena aunque actualmente llevo el pelo teñido de rubio platino y corto, ojos marrones, culo respingón, pechos grandes y con un cuerpo que nada tiene que envidiar a nadie. Lo que me dispongo a contar ocurrió hace ya unos seis años y es, en mi opinión, algo particular por la relación, no muy buena, que por entonces tenía con la que hoy es mi pareja, es decir, con mi prima Carlota.

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Siempre hay una salida – Relato lésbico



Por aquella época y por diversas circunstancias, ambas estábamos alejadas, aunque no por ello y en momentos difíciles, siempre que podíamos, nos ayudábamos mutuamente. Mi prima Carlota, es quince años mayor que yo. Su pelo es castaño y muy largo, tiene, más o menos, mi misma estatura y su cuerpo está lleno de curvas, al igual que el mío. Tiene un culito respingón y pechos también grandes que, a pesar de su edad, 56 años, aún se mantienen firmes.

Una vez expuesto todo lo que vuestros queridos lectores tienen que saber sobre nosotras, me dispongo a contar el comienzo de nuestra vida como pareja y las circunstancias que hicieron posible esta unión. Como he dicho, todo comenzó hace unos seis años. Yo, por aquel entonces, estaba casada. No tenía hijos y mi matrimonio no pasaba por su mejor momento. Mi marido y yo vivíamos en una urbanización de chalets adosados, con piscina y parque comunitario. En el chalet adosado al nuestro, vivía una pareja de lesbianas, quienes fueron, a la postre, una pieza clave en la relación entre mi prima y yo.

Yo las miraba con un poco de recelo, por tabúes y esas cosas que nos enseñaban desde niños, que las relaciones entre personas del mismo sexo iban contra natura y que por ello, eran pecaminosas, que esa gente eran unos pervertidos y cosas por el estilo. Pero claro, todos esos esquemas terminan por desaparecer cuando te das cuenta de que son gente normal.

Pues bien, resultó que estas vecinas, mi prima Carlota y yo, teníamos amigas comunes. Una de ellas era Claudia, compañera de trabajo de una de mis vecinas. Ambas trabajaban en una agencia inmobiliaria, e hija de una íntima amiga de mi prima y mía. Esta chica, Claudia, se casaba en fechas cercanas e invitó a las amigas y compañeras a su despedida de soltera.

A mi prima porque, a pesar de la diferencia de edad, ambas formaban parte de un grupo de chicas con una relativa “libertad de movimientos”, como suelen decir los machos en determinadas circunstancias, las cuales solían quedar los fines de semana para descargar tensiones sin tabúes, algunas veces, en discotecas, pubs de moda, etc. A mí me invitó porque, consciente de mi relación marital, quería que me olvidase por un rato de todo lo desagradable de tan funesta situación.

El fin de semana elegido para la celebración, mi marido había salido de viaje a una convención de trabajo, a las que iba muy a menudo y en grata compañía, como supe más tarde.

He de decir que yo estaba algo deprimida ya que durante esa semana, mi marido y yo habíamos discutido varias veces y la verdad no me apetecía nada salir de fiesta pero, entre unas y otras, me convencieron por lo que me di por vencida y acepté la invitación. Convenimos que, cuando quiera, volvería a casa, que Carlota me acompañaría en el momento en que yo decidiese que era hora de regresar y ella se quedaría a dormir en mi casa. Antes no lo dije pero mi prima estaba divorciada hacía mucho tiempo y es madre de dos hijos mayores.

Esa noche todo marchó a las mil maravillas. Todas bebimos mucho, demasiado a tenor de lo que pasó después, bailamos con “maromos” que hacían striptease en una sala de fiestas, les metimos y nos dejamos meter, mano, cosa que, junto al alcohol consumido, nos ayudó mucho a desinhibirnos y a prepararnos para lo que vendría después. Siendo ya altas horas de la madrugada, es decir, por la mañanita temprano, decidimos regresar las cuatro juntas, Carlota, mis dos vecinas y yo, pero al llegar a casa surgió un problema. ¡Me había dejado olvidadas las llaves en el interior de mi chalet! Para subsanar el percance, mis buenas vecinas, Natalia, 1,80 de estatura, rubia, pelo largo, ojos verdes y curvas de impresión y Silvia, pelirroja teñida, con el cabello a media melena, de similar estatura, ojos marrones muy penetrantes y en cuanto a curvas, nada que envidiarle a su amiga, nos ofrecieron pasar la noche o lo que quedara de ella, en su casa. Irremediablemente y a pesar de mis reparos, el cansancio pudo más que yo y acepté. Mi prima se negó a dejarme sola y me acompañó.

A pesar de lo bebido, que como ya he dicho, era mucho, no se puede decir que fuésemos de un borracho subido, pero sí que habíamos alcanzado “el punto”, como se suele decir de alguien que, después de unas copas, alcanza un estado de felicidad que si no se remedia puede llegar a provocar la caída en el “limbo” del cual una suele salir con una resaca de impresión. A esto había que añadir el estado de excitación alcanzado gracias a nuestros tonteos con los strippers. Natalia y Silvia nos prestaron uno de los dos dormitorios que había en la parte alta del chalet. Para nuestra sorpresa, la cama era de matrimonio por lo que las primas deberíamos dormir juntas. También había una televisión y su correspondiente video. Era una habitación tan normalita como pudiera serlo cualquier otra. Nos dieron unos pijamas limpios y nos dejaron solas.

Nos acostamos pero al cabo de un rato, ya que no podíamos conciliar el sueño, cosa que suele ocurrir después de una noche con excitantes emociones vívidas, le propuse a mi prima curiosear por la habitación para ver que guardaban nuestras amables anfitrionas. Mi prima aceptó con entusiasmo, ya que la curiosidad es innata en las mujeres de nuestra familia, y así pues, nos levantamos, con sigilo, cerramos la puerta del dormitorio para no ser descubiertas y nos pusimos manos a la obra.

Carlota se dedicó a mirar en un chifonier de seis cajones, mientras yo miraba en un mueble bajo de dos puertas, en el cual, para mi sorpresa, encontré una importante videoteca de películas porno de temática lésbica y mi prima, para mayor asombro de las dos, dio con una caja con muchos consoladores y vibradores de todo tipo y clases así como otros objetos para el placer de nosotras, las féminas.

A causa de la película y la visión de todos aquellos aparatos, nuestra excitación fue en aumento, hasta tal punto que, en un momento dado, mi prima, mientras se acariciaba la entrepierna con una mano, con la otra agarraba uno de los consoladores y se lo llevaba a la boca para saborearlo como si fuera un caramelo. Yo, por mi parte, me sentía arder. Un fuego interno quemaba mis entrañas y hacía que mi sexo destilara fluidos sin parar. Jamás en mi vida había sentido esto con tanta intensidad y para mi sorpresa hice lo inimaginable y aún hoy no he conseguido una respuesta para explicar mi reacción. Alargué mi mano izquierda y agarré uno de los pechos de mi prima. Tan sorprendida como yo, me miró a los ojos sin llegar a decir nada. Seguidamente me incliné hacia ella uniendo mis labios a los suyos. Ella me respondió abriendo la boca de par en par. A decir verdad es uno de los besos más apasionados que he dado y recibido, porque seguidamente, mi prima tomó la iniciativa en tan arrebatadora unión de nuestras bocas, que imitaban a las ventosas. Nuestras lenguas parecían dos serpientes, por la agilidad con la que se entrelazaban. Deshecha nuestra unión bucal, me dediqué a besarla desde la frente hasta los dedos de los pies, deteniéndome, claro está, en su sexo, que degusté con ganas. Era la primera vez que me comía semejante cosa y a pesar de mi inexperiencia, conseguí que Carlota tuviera dos orgasmos, lo cual hizo que aumentara la destilación de flujo que yo saboreé con inmenso placer. Estaba disfrutando del sexo como nunca lo había hecho y… ¡con una mujer que, además, era mi prima! Luego le tocó a ella saborear mi cuerpo. Que gozo. Encadené un orgasmo tras otro. Mi cuerpo temblaba con cada sacudida orgásmica. Tanto placer es imposible de imaginar si no se ha sentido alguna vez. Después le tocó el turno a los consoladores. Me coloqué uno de correas y me dispuse a penetrar a mi prima. Ella, al ver mis intenciones, se tumbó, con la espalda apoyada en la cama, se abrió de piernas y levantó la pelvis para quedar más ofrecida. Me miraba con ojos suplicantes, implorándome con ellos que no demorase ni un segundo más la penetración. Preparada, me incliné sobre ella y mientras mi lengua se introducía en su boca, la iba penetrando lentamente, como me gusta que me lo hagan a mi. Que placer aquella doble invasión a la que estaba sometiendo a mi prima. Carlota, al notarse totalmente llena con aquel portento de látex, entrelazó sus piernas en mi espalda y me aprisionó. No puedo decir con claridad quien le hizo el amor a quien, pero sí que disfruté como una loca, al igual que yo cuando fui poseída por mi prima. No sé cuánto tiempo estuvimos así, unidas la una a la otra, pero sí que ambas terminamos derrotadas y durmiendo abrazadas.

Así nos encontraron Natalia y Silvia, que nos despertaron y nos invitaron a desayunar. Las dos iban totalmente desnudas, por lo que Carlota y yo, decidimos bajar de igual manera al piso inferior, donde se encontraba la cocina. Mientras desayunábamos, a pesar de lo avanzado del día, mis vecinas nos contaron que nos habían oído hacer el amor pero que no habían querido intervenir para no molestarnos.

Nosotras les confesamos que era nuestra primera vez con otra mujer, que todo había surgido por casualidad, pero que nos había gustado mucho y estábamos dispuestas a repetirlo. Silvia, al oír esto, se ofreció junto a Natalia, enseñarnos a complacer a otra mujer. A Carlota y a mí nos agradó la idea y aceptamos encantadas. Así pues, acabamos de nuevo en el piso de arriba haciendo el amor las cuatro como locas, cambiamos varias veces de pareja e incluso en varias ocasiones acabamos, las cuatro juntas, sobre la cama.

Fue un fin de semana inolvidable. Acabé con todos los prejuicios sobre la homosexualidad, disfruté como nunca había disfrutado en la cama y por si fuera poco, delante de dos testigos de excepción, declaré mi amor a mi prima y nos prometimos. Nunca hasta este momento, habíamos sentido nada igual la una por la otra. En este momento nos dimos cuenta de que no queríamos, que lo que sentíamos era amor mutuo, amor de verdad. Esa semana me fui de casa y me separé de mi marido. Poco después conseguí el divorcio. Primero me fui unos días a vivir con mis vecinas las cuales me trataron como una reina y poco tiempo después, arreglado todo, me fui a casa de Carlota. A través de Silvia, compañera de Claudia, conseguí trabajo en la agencia inmobiliaria y unos meses más tarde, cuando completé mi instrucción profesional en la agencia, fui trasladada a otra ciudad como encargada de la nueva oficina inmobiliaria abierta en ella. A esta ciudad me acompañó mi prima. Hace ya seis años que las dos dimos este paso tan crucial en nuestras vidas. No estamos para nada arrepentidas. Seguimos tan felices como antes, o más, ya que desde hace unos pocos meses formamos una pareja de hecho, con todo derecho.

La ceremonia fue muy emocionante, con unos testigos muy especiales y que nosotras convertimos en nuestras madrinas, Natalia y Silvia. No nos hablamos con nadie de nuestra familia, pero no nos importa, seguimos siendo igual de felices. Desde aquí un fuerte abrazo a todas las personas y parejas que, como nosotras, se han decidido a dar el paso y hacerlo público a la familia y a los amigos. Los que aún no os habéis decidido a hacerlo, ánimo y un beso. No tengáis miedo, seguro que os llevaréis una sorpresa y encontraréis el apoyo donde menos lo esperáis.



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Cuando calienta el sol

Relatos ero: Cuando calienta el sol – Relatos erótico  


Era un día soleado y me encontraba tomando el sol junto a la piscina del hotel, estaba acostada en una de las sillas para tomar sol y llevaba puesto un pequeño bikini de color rojo fuerte, unas gafas oscuras y me puse un sombrero para protegerme la cara. Me había puesto crema bronceadora en todo el cuerpo y estaba escuchando música. Como llevaba gafas de sol, podía mirar sin que me vieran, y me dediqué a observar a dos chicos que estaban sentados al pie de la piscina conversando. Eran musculosos, altos y bien parecidos, y como soy tan cachonda me imaginaba cómo serían sus trancas, pues por encima del pantalón de baño se veía un bulto considerable. Me imaginaba mamándoselas. Solo de pensar esto mi coño empezaba a humedecerse y me ponía cachonda.

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Cuando calienta el sol – Relato erótico 



Para disimular y poder sobarme la raja, decidí girarme boca abajo, estiré el tanga hacia arriba y la tira se me clavó en el chocho, de esa forma, por poco que me moviese, me rozaba y me daba gusto. Estaba tan atareada que no me di cuenta de que se habían acercado a mi hamaca hasta que dijeron:

– Hola ¿podemos acompañarte, quieres que te pongamos bronceador en la espalda o cualquier otra cosa?

Yo los miré, sonreí y al mirar hacía la piscina pude ver que ya no había nadie más, solo los dos. Me giré boca arriba para poder hablar con los chicos, ellos se presentaron y después de hablar algunas cosas, uno de ellos me dijo:

– ¿Por qué no te giras de nuevo y nosotros te aplicamos bronceador en la espalda?

Yo acepté, solo para provocarlos con mi culo respingón y me los ligaba, ya que mi chocho iba loco por recibir uno de esos enormes y hermosos pedazos de carne. Entonces solté la tira del sujetador para que pudieran echarme crema en toda la espalda. Uno de ellos, muy suavemente, aplicaba la crema mientras me decía:

– Oye, tienes un bonito trasero ¿quieres que también también te ponga bronceador allí?

Yo le dirigí una mirada insinuante que los dos chicos entendieron y entonces echó un poco de crema en mis redondas y grandes nalgas y con movimientos insinuantes me las acariciaba, lo cual hizo que me encendiera aún más y sin pensarlo más, me giré y quitándome el sujetador dejé al descubierto mis enormes tetas, la cuales ya se encontraban erectas y mis pezones parecían dos chupetes de lo excitada que estaba.

Aquello se nos iba de las manos y estábamos al aire libre, les dije que no era muy sensato hacer según qué cosas allí en medio y me dijeron que si quería podían subir a mi habitación y allí nos fuimos a toda prisa.

En cuanto llegamos fuimos directamente a la habitación, volví a sacarme el sujetador y le dije a uno de los chicos que me las chupara. No se hizo esperar y metiéndose una en la boca empezó a chupármela mientras que, con la lengua, acariciaba mi pezón y con la otra mano estiraba mi otro pezón.

Entonces el otro chico apartó mi braguita con una de sus manos y metió la cabeza entre mis piernas empezando a acariciarme el clítoris, con la lengua, humedeciendo aún más mi coño.

El otro no se hizo esperar. Sacó su enorme polla y me la acercó a la cara. La cogí con una mano y tras acariciarla un poco, me la metí en la boca y me la tragué de un solo bocado. Siempre me han dicho que soy una buena mamona ya que es que mi boca es grande. Normalmente me llaman “garganta profunda”. Mientras la chupaba la recorría con mi lengua y acariciaba sus gordos huevos hasta que, de pronto noté algo enorme estaba intentando abrirse paso en mi chocho. Me había hecho una buena “comidita” y lo tenía completamente lubricado, por lo tanto, con un pequeño empujón le bastó para metérmela hasta el fondo. En cuanto vio que la tenía dentro empezó a bombear con rapidez.

El chico al que se la estaba chupando me decía:

– Sigue chupando así, que lo haces de maravilla y me vas a sacar la leche con esa mamada que me estás haciendo, y amigo si vieras cómo mama de bien.

Al oír esto, el que me estaba follando, la sacó y rápidamente me la metió en la boca, por supuesto el compañero, ni corto ni perezoso, ocupo su lugar y me la clavó en el coño. Por lo visto, la tenía más gorda porque en cuanto empezó a follarme, me corrí como una loca.

Estaba excitadísima y disfrutando como una cerda. Con un rabo en la boca y otro en el chocho, que más se puede desear. De pronto, me dio la sensación de que alguien nos estaba observando. Por lo visto, un amigo de ellos, nos había visto entrar en mi apartamento y nos siguió. La puerta no estaba cerrada y estaba mirándonos con cara de vicioso.

– Venga, únete a nosotros – contestaron ellos – Es tan caliente que nos va a dar placer a los tres.

El nuevo, sin pensarlo más sacó su tranca del pantalón y al verla me quedé asombrada al constatar cómo era de gruesa, estaba ansiosa por probarla, y pude hacerlo pronto, ya que al que se la estaba chupando, y sin avisar, me lleno la boca de leche. Por supuesto, me tragué la corrida y automáticamente. De pronto noté algo caliente que humedecía mi vientre. Era la leche del que me estaba follando el chocho, que estaba “barnizando” mi cuerpo.

Entonces el chico que llegó el último me hizo levantar con el pretexto de ver mis nalgas pero en realidad era para sobar, con su gorda tranca, mi culo. Primero me abrió las nalgas, metiendo su legua en el ano fue lubricándolo, y fue algo maravilloso sentir su lengua en mi culo y yo le decía:

– ¡Ah, qué gusto, que lengua tan sabia, cómo la sabes usar de bien!

– Tienes un culo glorioso, descomunal mira cómo está de excitado, mira cómo se abre tu ano con solo tocártelo, no necesitas que te lo moje porque él solito se moja.

Yo estaba tan excitada que hacía movimientos insinuantes y le decía que por favor me la metiera rápido, que no aguantaba más las ganas de que me abriera el culo con ese aparato tan hermoso y él, después de sobar con la punta de la verga el hueco de mi ano, fue abriéndolo poco a poco hasta meterla toda dentro. Sentía su gorda verga cómo tocaba fondo y con movimientos fuertes la metía y la sacaba y de vez en cuando golpeaba mis nalgas.

Mientras esto ocurría, yo mamaba las pollas de los otros chicos, hasta que uno de ellos dijo:

– ¡Follémosla por todas partes al mismo tiempo!

Dicho esto se tendió en el suelo y yo traté de acostarme encima de él sin que se me saliera la polla del culo, pues estaba disfrutando al máximo esta enculada y le decía;

– No la dejes salir, por favor, no quiero tenerla fuera, tienes una polla increíble.

Cuando ya estuve acomodada con la polla del otro chico dentro del coño, le dije al que me estaba dando por el culo que se moviera más fuerte para sentir la polla en mi coño, que me excita mucho sentir que me tienen clavada por los dos agujeros donde más les gusta a los hombres meter sus pollas. Así lo hizo y también le dije que no quería que se corriera rápido, que nunca me habían dado por el culo con una verga tan gorda. Yo seguía mamando la polla del otro chico y como me follaban con tanta fuerza esto hacía que yo chupara más rápido. Esto duró un buen rato hasta que el chico al que se la estaba chupando dijo al que me daba por el culo:

– ¿Puede ser que le quepan dos pollas en el culo?

– Tiene el culo tan abierto que le caben dos pollas y se las traga hasta los huevos – contestó el otro. La sacó un poco y de pronto noté cómo intentaba entrar la del otro tío. Me dolía un poco, pero cerré los ojos e imagine mi culo, abierto a tope y con dos pollas intentando abrirse paso en mi agujerito. Era una locura. No se equivocaron, por lo visto mi culo era tan profundo y tragón como mi boca, en poco rato, tenia los dos rabos alojados y entrando y saliendo desaforadamente.

El otro chico que tenía debajo, dándome por el coño mientras me comía las tetas, ya que por los movimientos rápidos mis pechos le daban en la boca y él me los chupaba, me mordía los pezones y con sus manos me los retorcía.

– ¡Sigue chupándome las tetas que esto me pone más caliente! – le decía yo.

En unos momentos, la habitación se llenó de gemidos y de gritos.


Yo decía que iba a correrme, el que me follaba el chocho, se corrí, y los que me daban por el culo, gimiendo, sacaron sus palos de mi culo y me llenaron la espalda de leche.

Parecía el baño de Cleopatra, había leche por todos los lados. Me levanté como pude. Tenía las piernas dormidas por la posición y el culo roto por la follada de aquel par de ejemplares.




Sin decir nada, me dirigí al baño para ducharme y relajarme un poco. A los pocos minutos entraron en la bañera los tres tíos. No es que hubiera mucho espacio, pero tardamos poco en volver a meternos mano. Fue un precalentamiento ideal, ya que cuando salimos del baño, nos volvimos a enfrascar en un folleteo que ya os contaré en otra ocasión.



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Mi mujer, su amiga y mis cuernos

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Yo no podía dejar de estar pensando y pensando sin poder conciliar el sueño. Dormida, Raquel me pegó su caliente y divino cuerpo, apretándose contra mi pierna y así me fui quedando dormido, no sé por cuanto tiempo. A medida que el sol fue colándose en la habitación, me fui acordando más y más de la fiesta a la que habíamos ido la noche anterior.

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Mi mujer, su amiga y mis cuernos – Relato lésbico



Todo sucedió de la manera más inesperada. De repente la fiesta pareció cobrar brío. La gente había entrado en calor y se formaban parejas que desaparecían por todas partes. Comencé a buscar a Raquel, mi mujer.

Pasé más de media hora buscándola por toda la casa sin encontrarla. Fue cuando se me ocurrió buscarla fuera y. algo hizo que me fijara en nuestro coche. Estaba estacionado cerca de los matorrales que bordeaban la entrada para los vehículos. Me fui acercando al vehículo caminando sobre las puntas de los pies, sospechando que probablemente Raquel se encontraba ahí con otro hombre. Y me quedé petrificado, inmovilizado por la sorpresa.

Efectivamente, estaba allí, pero no con ningún tío, sino con una mujer, precisamente con Sonia. En la débil luz del farol del estacionamiento podía verle las torneadas piernas a Sonia levantadas encima del asiento, despatarrada, frotándole toda la peluda almeja en la cara a mi mujer.

Quedé de pie allí como un zombi alumbrado por la luna llena, todo sorprendido, incapaz de moverme o de pensar siguiera. Las luces largas de un coche que pasaba me alumbraron la escena aún más, y los ojos de Sonia y los míos chocaron. Su cara se heló, pero aún así no alertó a Raquel, quien continuó chupándole la raja como una loca. Salí del ensimismamiento cuando oí que un amigo mío se acercaba llamándome. Abandonando el lugar rápidamente, me uní a él y regresamos a la fiesta juntos fingiendo yo que no pasaba nada, cuando en el fondo estaba lleno de confusiones y contradicciones.

Y es que eso de sorprender a tu mujer en esa clase de movidas es algo verdaderamente impactante. Claro, uno espera, en el caso de que suceda, encontrarla enredada entre los brazos de un hombre, pero no entre las piernas de una mujer. Para un hombre, saber que prefiere el chocho de una mujer a otra polla, duele y jode, es que como si no valorara al macho que tiene en casa.

Ya de nuevo en la fiesta, me puse a beber y me reía como un estúpido, pero mí mente no paraba de rememorar la desconcertante escena que había visto en el coche. Me quedé solo en un rincón de la sala de la residencia, cavilando y minutos después vi a Sonia zigzagueando por entre el tumulto que había en la sala, tratando de llegar hasta donde estaba yo. Su mano sujetaba una copa. De solo saber que la muy zorra tenía el coño empapado con la saliva de mi mujer, se me puso dura, pero también estaba tremendamente cabreada.

¡La cabrona pervertida de Sonia, si yo la dejaba, iba a convertir a mi mujer en una bisexual! Cuando Sonia me preguntó lo que pensaba de todo aquello, se lo hice saber sin remilgo alguno en una sola expresión.

– ¡Vete a la porra!

– Quiero que sepas que no le he hecho nada a Raquel, cuando menos nada malo… tú eres el marido, su pareja a quien ama… – me contestó la muy cínica.

– ¡Y tú la marimacho …!

– Escucha Antonio, no es para que te pongas así, ya eso pasó, o te tranquilizas o tratas de resolver el asunto, pero nada ganas con molestarte…

– Lárgate… – le dije fríamente, con toda intención.

Pero ella me detuvo cogiéndome de un brazo cuando era yo el que se iba a marchar.

– Oye, espérate… ¿Por qué no hablamos…? En el piso de arriba podemos conversar un poco y hasta podríamos calmar un poco los ánimos, ¿vamos?

No sé por qué le hice caso, Pero la cosa es que subimos. Sonia me iba a explicar las cosas y yo lo que quería era poner las cosas muy claras, como se dice. Pues yo también tenía cosas que decirle. Así que llegamos a la habitación al final del pasillo y cerramos la puerta. Mirándola todavía con rabia, me senté en el marco de la ventana abierta mientras ella se paseaba nerviosamente de un lado a otro, diciéndome una sarta de cosas que yo escuchaba difícilmente por mi justificada irritación, explicándose. Hablándome algo de un idilio que había comenzado durante los años en que las dos habían sido estudiantes. La charla que me estaba dando no me hizo cambiar de opinión ni de sentir. Yo estaba completamente en contra del asunto, e iba a darle una buena vapuleada a Raquel cuando la agarrara por mi cuenta en casa.

Al fin Sonia comprendió que yo no iba a permitir que la fiesta de lengua en el coño continuara. Entonces vislumbré un asomo de lágrimas en el borde de sus ojos, algo así como lo que le ocurre al niño que sabe que su juguete favorito le ha sido confiscado. Y eso me hizo reflexionar un poco acerca de mi actitud tan agresiva. Sonia se marchó calladamente y hasta logré oír algunos sollozos, como si de verdad le pesara mi comportamiento. Yo salí como un vendaval de la habitación, viendo cómo Raquel trataba de consolar a su amante.

Cuando Sonia se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con los míos, se lanzó escaleras abajo a toda prisa. Tomé a Raquel por el brazo, la miré fijamente, y no la solté. No la hice partícipe de lo que había ocurrido entre Sonia y yo, pero le advertí que teníamos que hablar muy seriamente.

Apenas pasados un par de minutos nos marchamos de la fiesta y durante el trayecto a la casa no nos dirigimos ni media palabra. Cuando llegamos, Raquel llamó a Sonia por teléfono, pero nadie le contestó y tuvo que colgar. No tuve misericordia La empecé a bombardear verbalmente con todo lo que Sonia me había contado, incluyendo el modo que seguramente emplearon para manosearse durante las fiestas en pijamas que ellas protagonizaban, mientras eran estudiantes y que seguramente habían continuado a escondidas mías.

Cuando terminé el cañoneo, me sentí mejor, como si me hubiera liberado de un gran peso. Me había causado tremendo dolor el haberlas encontrado de aquella manera, haciéndolo y a espaldas mías, viéndome la cara de cornudo.

No sé qué me dolía más, si el secreto que Raquel nunca me había revelado, un secreto sin compartir con el hombre con el cual se vive, con el compañero, o el haberlas encontrado chupeteándose las rajas como las había visto. Nunca había sospechado ni ligeramente que Raquel y Sonia eran de esa clase da amantes. Vaya ni siquiera había pensado en la posibilidad siquiera de que ambas tuvieran esa clase de mañas.

Me dejé caer en el sillón como un pugilista que ha sido destrozado a golpes por el oponente, exhausto, vacío, con la mente toda liada por el impacto, por la vorágine de saber que mi mujercita tenía una amante con quien me había traicionado de la peor manera emocional y racionalmente. También, desde luego, me sentía confundido al enterarme de golpe y porrazo que la compañera de mi vida era bisexual. Todavía me sentía apabullado, pero la cólera se había apaciguado.

A medias, oí cómo Raquel se explicaba, hablando pausadamente en ese estilo meloso que la caracteriza, un estilo que no deja de tener una cierta efectividad; diciéndome que si me había escogido a mí como su pareja era porque yo, le gustaba mucho y que ella era capaz de hacerlo todo por mí… ¡Todo menos echar a Sonia a un lado…! Abandoné el sillón reclinable y me senté junto a ella. No sé por qué la besé, tal vez porque con su modo de hablar y las cosas, que me dijo me produjo cierta ternura porque, después de todo, la seguía considerando la mujer de mi vida, a la que sigo amando con toda mi alma. Quizás debió ser debilidad de mi parte, pero lo hice. En ese momento no tenía la solución a la mano para resolver el problema y una interrogante empezó a bailotear en mi mente: ¿Se iba a pique nuestro matrimonio? Oí que Raquel decía:

-Te amo, querido, y lo sabes muy bien… tú eres el único hombre en mí vida, el único…

Yo ya no sabía ni qué decirle y opté por lo más sano en esos momentos: irme a la cama y tratar de dormir. En la habitación tuve el impulso de hacer mi maleta e irme, dejando a Raquel en libertad de hacer lo que ella quisiera, incluso puse mi ropa en la maleta, pero al final la guardé con todo y ropa en el armario, me acosté y traté de dormir. A la mañana siguiente, lo primero que hice al despertarme, fue echarle ojo a mi hermosísima mujer que dormía como una gatita perezosa. Entonces sonó el teléfono, desnudo me apresuré a contestarlo, saliendo de la cama y dirigiéndome a la sala. ¡Era Sonia!

Al oír mi voz, ella debió quedar helada. Tal vez no esperaba que yo contestara su llamada. De todas maneras le informé que la cosa había terminado bien y que no había pasado a mayores, que no se había suscitado ningún tipo de pelea y menos una tragedia conyugal, aunque le dije que quizás me iría de casa para dejar que Raquel eligiera lo que más le convenía y que aceptaría la decisión que tomara.

Estábamos hablando con tanta cordialidad como si lo sucedido no tuviera tanta importancia. Afortunadamente mis horas de sueño habían logrado que se enfriara mi mente y ya no estaba tan encambronado, es más ya no lo estaba en lo mínimo. Habíamos hecho las “paces”, y Sonia, entonces, decidió ser completamente franca conmigo y me dijo:

– Antonio, ya te lo dije, Raquel y yo somos amigas desde pequeñitas, fuimos al colegio juntas. No sé cuales son tus pensamientos en estos momentos, pero el hecho de que estés casado con ella no quiere decir que tú seas su dueño, su amo o señor. Además, no le estamos causando daño a nadie. A lo mejor tú puedes ser el causante del daño…

– ¿Qué dices? ¿Daño? ¿Acaso no me habéis hecho daño vosotras a mí…?

– Sí, bueno, tienes razón pero, tú puedes causar daño también si no te das cuenta de que esto es una verdadera realidad que no podrás cambiar, si de veras la amas tienes que aceptarla como es, con sus virtudes y sus defectos, si es que a eso se le puede llamar defecto… – y luego, después de una breve pausa, añadió – Vamos Antonio, que tampoco tienes que sentirte molesto conmigo porque yo los quiero a los dos… ¿Quién arregló lo del banquete durante el día de tu boda…?

Pero en cierto modo Sonia tenía razón y yo tenía que aceptar la realidad y admitir que mi mujer era mi felicidad y ni placer, pero no era de mi absoluta propiedad aunque fuera otra mujer cuya lengua se interponía entre nosotros dos. Y luego ocurrió algo curioso y completamente involuntario. Resulta que a medida que hablaba con Sonia mi mujer nos escuchaba, ya se había levantado y oyó la parte en la que le hablaba a Sonia de irme de casa y ella había encontrado mi maleta en el armario.

Cuando Raquel salió de la alcoba, sus ojos estaban llenos de lágrimas, yo estaba de pie, desnudo y sosteniendo el teléfono, y no supe en ese momento qué pensar. Entonces le entregué el teléfono, pero ella me agarró la polla. Estuve hablando con Sonia como alrededor de unos cinco minutos, mientras Raquel me mamaba la verga hasta que se me endureció y entonces me dije: ¡Yo quiero seguir con mi mujer aunque no sea tan normal, porque la amo, porque la deseo y eso es lo único que me debe importar! Y para terminar de convencerme de que mi reflexión era correcta, me acerqué a Raquel blandiendo mi rígida verga con una mano y agarrándola de la nuca para obligarla a se comiera toda mi polla hasta las bolas, le empecé a empujar el miembro por la boca a mi asombrada mujer. Los gritos y protestas que ella daba eran ahogados por mis bombeos. Quien sabe qué cosas se estaría imaginando Sonia con todos esos ruiditos raros. Pero logré a oír como le decía:

– Raquel… ¿qué está pasando…?

Raquel se sacó la polla de la boca y le dijo a Sonia, relamiéndose los labios:

– Le estoy mamando la verga a Antonio… – y colgó.



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Relax y …

Relatos ero: Relax y … – Relatos lésbicos 


Era una mañana húmeda de primavera y estuvo lloviendo parte de la noche. En mi cama, con las sábanas alrededor de mi cuerpo, aun recordaba el sueño con el que me había despertado. Estiré mis brazos intentado tocar a mi amante, sin darme cuenta que hacía ya algún tiempo dormía sola.

Me fui al baño dispuesta a darme una ducha y cuando me vi el reflejo de mi cuerpo en el espejo, pensé que era hermoso y disfruté del contacto al deslizarse la suave tela de seda que pretendía tapar mi cuerpo.

Relatos eróticos

Relax y … – Relato lésbico



Tenía que darme una ducha rápida, ya que, debía ir al trabajo. Miré en el armario creyendo que daría la respuesta a la pregunta de todos los días. ¿Qué me pongo?. Así que pensando que hoy me encontraba muy excitada, me puse un vestido de tirantes, es largo pero con una abertura lateral que deja ver mis piernas, largas y doradas por el sol. Lo que tenía muy claro es que me pondría la braga tanga de color vino que tanto me gusta.

Deslicé el vestido, que cayó sobre mi cuerpo, pensando no me había puesto sujetador, pero no pasaba nada, la verdad es que no tengo lo que se dice un gran pecho, pero si el suficiente para gustar.

Hoy sería un día largo, trabajo en una galería de arte y tenía que inaugurar una exposición de pinturas. Al llegar ya había gente trabajando y faltaban muchas cosas por terminar. La mañana pasó entre idas y venidas, los obreros que allí estaban terminando de dar los últimos retoques, no dejaban de mirarme y sentía como mis pezones se ponían duros con sus miradas y eso precisamente les provocaba nuevas miradas.

Cuando me di cuenta era la hora de la comida y todavía me sentía como me había despertado, por lo que, me fui a la trastienda del local y me senté a tomar un refresco. Estaba frío, helado, lo pasé por mi cuello, por mis labios, lo bajé hacia mis piernas, lo deslicé del tobillo a mis muslos, me subí el vestido dejando ver todas mis piernas, llegue ha ponérmelo entre los muslos cerca de caliente chocho. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, estaba muy excitada. Oí que la puerta se abría, era una clienta con la que tenia cierta amistad.

Se llamaba Virginia, era una mujer guapa, pelirroja, alta, de grandes ojos azules. Rápidamente se dio cuenta de lo que pasaba y sonrió. Le devolví la sonrisa, pero con cierta vergüenza. Ella se acercó, se arrodilló y me preguntó:

– ¿Nunca lo has probado con una mujer?.

No supe que contestarle, pero no puede resistirlo y la besé en la boca sintiendo sus labios sobre los míos, la agarré por el cabello, sintiendo sus rizos en mis manos mientras ella me acariciaba los muslos y apretaba sus uñas sobre ellos. Mis manos fueron a sus pechos y noté su calor sobre la blusa, mientras que ella había llegado a mis bragas tocando con sus dedos mi clítoris. Entonces se acercó a mi oído, susurrándome:

– ¿Por qué no vamos a otro sitio?

Sin decir nada más nos fuimos a su apartamento. Era un piso grande, con una gran luz natural. Fuimos directamente a su dormitorio, habia una cama cubierta por una fina colcha de hilo blanco, me senté al borde de cama, mientras, la veía a ella sentada en un pequeño taburete, como comenzaba a quitarse la blusa, se desabrochaba lentamente los botones, dejando ver el sujetador de color melocotón. Era tan hermosa mientras me miraba, con aquellos ojos azules.

Se acerco a mí como una dulce gatita, y me tumbé. Virginia, empezó a lamerme desde el tobillo subiendo lentamente hacia mi entrepierna. Cada toque con su lengua hacía que mi excitación creciera más y más, entonces me quité el vestido dejado mis pechos al descubierto, y me los acarició. Su lengua había llegado a mi chocho, apartó el tanga, y mis piernas se abrieron como si tuvieran un resorte. Sentir aquella lengua como lamía mi clítoris, mientras que, sus dedos se introducían dentro de mi coño me estaba volviendo loca de placer. Mis piernas no paraban de moverse y mis caderas se levantaban intentando ofrecerle mi coño a tope. Ya no podía más, y gimiendo, tuve un largo y placentero orgasmo. Mientras me reponía, la vi abrir un cajón del cual, sacó unas bragas con una polla grande, mas bien enorme, y se las puso, diciéndome:

– Ahora voy a darte todo lo que quieras.

Se puso encima de mi cara, y pude ver que la braga dejaba desnudo todo su coño, que no tenía pelo. La oí decir:

– ¡Chupa!.

Empecé a lamer a pequeños toques, pues nunca había estado con ninguna mujer y todo aquello era nuevo para mí, pero al poco rato creo que me dejé llevar por el deseo y chupé aquello con gusto, la chupaba como si fuera verdad, pues en nuestro juego así lo era y al final le dije en el peor lenguaje:

– Quiero que me folles.

Ella me sonrío y me fue introduciendo aquel pollón poco a poco, y cuando empezó con sus embestidas, ya me habia corrido otra vez. Mi cuerpo deseaba más, y más.

Habían transcurridos varios meses de este primer encuentro, me invitó a una casa que tenía cerca de la playa. Me comentó que allí tenía una gran sorpresa para mí. Acepté sin pensármelo.

La casa era preciosa, de color blanco, estaba situada en una pequeña montaña y desde allí sé podía ver el mar. Pequeña y muy coqueta, tenía dos dormitorios, un salón con chimenea y cocina con un salón. Me di una ducha, y nos fuimos a pasear, hablamos de un montón de cosas, de hombres principalmente, pues desde aquel día no habíamos tenido más sexo entre nosotras dos. Compartíamos gustos parecidos, en música, en cine, incluso nos gustaba la misma ropa. Al llegar a casa me comentó que esa noche había una fiesta en el pueblo y que iríamos a divertirnos.

Parecía que nos habíamos puesto de acuerdo pues las dos nos vestimos igual. Pantalones vaqueros muy ajustados, y una camiseta que se ceñía muy bien a nuestros cuerpos. Al llegar al pueblo, vimos una feria con coches de choque, algunas atracciones de niños, una pequeña noria. Nos fuimos a tomar unas cervezas bien frías, nos sentamos en una mesa y sin darnos cuenta teníamos a dos tipos rudos frente a nosotras.

Nos invitaron a otra cerveza, después se sentaron con nosotras y nos contaron cosas del pueblo. Al poco rato llegó otro amigo de ellos, que también se sentó con nosotros.

Uno se llamaba Miguel alto fuerte, curtido al sol, tenia una manos enormes, de grandes ojos verdes. Otro era mas o menos igual, de nombre Alfonso, sus ojos eran negros como su pelo, él ultimo, era también alto, llevaba el pelo largo, atado atrás por una coleta, parecía un poco más urbano. Este se llamaba Mariano.

Después de beber varias cervezas y de reírnos de chistes, chismes y cuentos, nos fuimos, a la playa, ya habia anochecido. Con ramas y cosas que nos encontramos preparamos una gran hoguera. Creo que fue Virginia la que dijo:

– Como me apetece darme un baño.

Sin más, se desnudo y se marchó al agua, dos de ellos hicieron lo mismo y yo veía como se perdían dentro del agua jugando. Poco a poco el juego fue cambiando, se acercaron a Virginia uno por delante, la abrazaba y la besaba mientras el otro, desde atrás, le acariciaba los pechos. Nosotros dos sentados, inmóviles, observábamos la escena sin perder detalle. Poco a poco la llevaron a escasos metros de donde estábamos nosotros. Los tres iban un poco “salidos”, uno se tumbó en la arena y Virginia sin pensárselo, le puso el chocho en la boca, mientras el otro, se acercó a ella, y le puso la polla en la boca.

Era un espectáculo muy morboso. Virginia, dijo de pronto que iba a correrse, y empezó a follarle la lengua al tío que le estaba dando gusto.

El otro hombre, al que le estaba mamando la polla, espero a que Virginia terminara con su orgasmo bestial, y entonces le agarro la cabeza y no paró hasta que le lleno la boca de espesa y calentita leche.

Entonces cambiaron de posición, el que le había comido el chocho se levantó, la puso a cuatro patas y se la clavó empezando una rápida follada.

Se veía todo entre las oscilaciones del fuego haciendo que la escena fuera más ardiente. El pelo de Virginia parecía fuego, su pecho se movían rítmicamente en cada movimiento. El amigo que se habia corrido en su boca, miraba el espectáculo mientras se tocaba la polla.

Al poco rato, volvía a tenerla dura y tiesa. Me notaba tan húmeda, que miré a mi compañero, los dos estábamos excitados pero deseábamos mirar.

De pronto, el que la estaba tirando, se tumbó y Virginia no tardo en subirse encima de su polla y metersela otra vez hasta el fondo. El otro tío, sin pensárselo, la hizo agachar un poco y sin contemplaciones se la metió por el culo. Ella disfrutaba, como una cerda, gemía, gritaba y no paraba de pedir más y más.

Mi compañero, que se había dado cuenta de mi situación, se me acerco y sin mediar ni una palabra, me bajo los vaqueros, me tumbó en la arena y empezó una comida de chocho que me hizo correr al tercer lametón, pero él seguía en su empeño de hacerme correr. Estaba completamente excitada, notaba su lengua como me recorría desde el ano al clítoris, mientras veía a Virginia que gritaba de placer y de dolor, pero los hombres no paraba de moverse.

Cuando ya llevaba cuatro orgasmos, Mariano se levantó, se sacó los pantalones y me mostró una polla grande e hinchada. Me puso a cuatro patas, así que de frente tenia a estos tres pasándoselo en grande mientras que a mí me metían una polla en el coño. Virginia se dio cuenta. Hizo que pararan y se puso frente a mí en la misma posición en la que yo me encontraba. Uno de ellos se fue atrás y la poseyó como me lo estaban haciendo a mi. El de la polla grande se puso en medio de las dos y comenzamos a chupársela al mismo tiempo, con ello uníamos también nuestras lenguas, mientras que los dos hombres nos daban con fuerza. Al rato sentí como temblaban mis piernas, sentí como se corría dentro de nuestras bocas, los besos de Virginia en mi cara su lengua dulce en mi boca, mientras que los hombres se corrían sobre nuestras espaldas.

Más tranquilos, nos fuimos al mar a lavarnos, jugamos en el agua, nos sentamos al fuego, pues la noche había comenzado a refrescar, y de madrugada nos dejaron en casa, donde me di un baño para quítame la arena que todavía llevaba. Me quedé dormida al instante.

Pero la sorpresa todavía no había llegado. Virginia vino a despertarme por la mañana, y me dijo:

– Hoy llega tu sorpresa, pero tienes que jugar. Hoy serás mi Ama.



Me sorprendió pero pensé y ¿por qué no?. Al mediodía llegó mi sorpresa. Resultó ser un amigo de Virginia, un mulato de casi metro noventa. Él sería mi otro esclavo. La cosa comenzaba a ponerse interesante. Pero eso ya os lo contaré en una próxima historia.







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