Silene o el látex de una FEMDOM – Un relato erótico de Halloween
Era mi cuarto mes trabajando en el mayor Call Centre de Dundee, una de
las ciudades más importantes de Escocia (por no decir una de las pocas),
a una media hora de La cabeza de la ciénaga, significado en
gaélico de Kinnettles. Este era el pueblo que mi empresa había elegido
para celebrar la tradicional fiesta del que sería mi primer, y a la
postre, único Halloween: una velada de terror, sexo, bondage y sumisión.
¿Qué hice para terminar allí?

Sin trabajo, es más o menos fácil liarse la manta a la cabeza y aceptar
cualquier oferta que, además, te permita residir en el extranjero. Esa
tan deseable palabra que indica lo extraño, sin embargo,
siempre me produjo urticaria. Yo no quería dejar mi pueblo, ni a mi
familia, ni a mis amigos… Tuve que exiliarme para poder salir adelante,
refugiándome bajo los intensos grises y verdes de las tierras en las que
perdieron la vida los bizarros Rob Roy y William Wallace.
Probablemente, ellos no alcanzaban mi metro noventa pero, con toda
seguridad, no tenían ni la mitad de los miedos que me atenazan. ¡Incluso
me asusto de la gente que se asusta de mí!
El mayor alarde de gallardía fue dejar a mi novia… Y encajar su bofetada
sin derramar lágrima alguna. Lo cierto es que yo no quería seguir con
ella. Apenas teníamos sexo y, cuando lo hacíamos, ni siquiera me corría.
Tampoco sé si ella llegaba aunque, de todo punto, me había dejado de
importar…
Aquel guantazo tuvo lugar unos minutos antes de embarcar rumbo a
Escocia, donde esta vez usaron sus manos como prolongación de brazos que
me recibían abiertos. Todos, excepto los de Silene.
De madre española y padre escocés, Silene no sólo era mi supervisora,
sino una despampanante y enigmática híbrida de pelo rubio y tez morena, y
con una altura similar a la mía. Frecuentemente, exhibía el canalillo
de unos senos perfectamente redondos y enormes, a los que acompañaba con
una mirada feroz y fría, escrutadora y seria. Me imaginaba unos pezones
y areolas tan pequeños como seductores, que dotaban aún de mayor
presencia al resto de su busto. Porque la persuasión era parte de su
naturaleza; ni siquiera necesitaba hablar para que se hiciera lo que
ella quería. Éramos sus perros…
El día antes de la fiesta, fue el primero en que oí cómo chillaba a un
empleado. Era Gary, un pobre diablo borrachín que solía llegar tarde al
trabajo con tremendas resacas y, a veces, incluso en plena melopea. Por
un momento, le imaginé con los pantalones por las rodillas, postrado
bocabajo sobre el regazo de Silene, y a esta, sacudiéndole azotes en el
culo mientras gritaba: Bad boy. Bad, bad boy! Acompañando la
escena, noté cómo mi miembro se empalmaba y mi glande placenteramente se
rozaba por dentro del pantalón… La excitación se disipó en el momento
en que Gary salía sonriente del despacho de Silene; la cosa no parecía
ir a más. Al día siguiente, nos recogieron en la puerta del lobby del
edificio donde se encontraba el Call Centre, y nos llevaron en un
microbús hacia el castillo de Kinnettles.
El contundente frío hacía la pareja perfecta del paisaje; páramos que
sólo contaban las almas de esas malhumoradas y parsimoniosas ovejas y
vacas escocesas. Nos adentramos en un estrecho sendero sobre el que ya
se divisaba el pequeño castillo, con la típica torre de princesas que
una niña de 12 años dibujaría para plasmar sus sueños del cuento de
buenas noches.
Como en esas historias, nubes grises comenzaron rápidamente a cubrir el
cielo, al ritmo que bajábamos para recoger nuestras pertenencias del
maletero.
–¡Toda una premonición para la mejor fiesta de Halloween! –exclamó Kathleen, nuestra mánager general.
Ella era la mujer ideal. Una jovencita, inteligente y dulce, todo candor
y condescendencia. Jamás levantaba la voz y siempre trabajaba con
pasión. Era como si estuviera luchando constantemente contra su
identidad; escapó con 26 años de Stornoway, unas islas cercanas a los
glaciares del noroeste y no paraba de preguntarme cómo era eso de vivir
en España. Era simplemente perfecta… Para penetrarla desde atrás,
ladeando sus bragas y rasgando su ropa en jirones, tras cada embestida,
al ritmo del plaf de sus glúteos… Sin embargo, cada vez que se acercaba no podía mirar su cuerpo, sólo veía su eterna sonrisa.
Silene no nos quitaba el ojo de encima cuando hablábamos. De hecho,
mientras subíamos juntos por las escalinatas del castillo, volví a notar
su mirada clavada en mi cerviz. Esta vez, no me giré…
–Siempre huele igual, ¿verdad? –me preguntó Kathleen.
–¿A qué te refieres?
–A Escocia –replicó con suave abatimiento–. Todo huele a roca húmeda…
pero hoy da igual porque ¡tenemos una terrorífica fiesta de disfraces!
–exclamó con la felicidad que siempre quería transmitir.
La brisa se había convertido en ventisca acuosa, justo antes de entrar a
la recepción, en dirección a nuestras alcobas. Todos los miembros del staff
compartíamos dormitorio y –al parecer, por sorteo– a mí me había tocado
con Gary. Por supuesto, las jefas disponían de suites individuales. Y
para aliviar la pena, Kathleen me habló sobre la suerte que tenía, al
poder compartir la habitación con un compañero tan divertido. En fin,
son cosas pueriles… Aquellas que, sin explicarte el porqué, siempre
–creíble (o increíblemente)– reconfortan. Pasó la palma de su mano sobre
mi brazo, me guiñó el ojo y me citó en la carpa donde tendría lugar el
primer encuentro social de la empresa…
Cuando bajamos, ya nos habíamos tomado un par de shots de Jhonnie Walker. Al igual que mi sensación de soledad, la petaca de Gary no tenía fondo.
–¿Dónde está Silene? –preguntó Gary.
Casi sin darme tiempo a abrir la boca, Kathleen nos interrumpió por sorpresa…
–¡Coged vuestros sobres en recepción! –exhortó con un serio gesto de
mando, hasta entonces inaudito–. En ellos, comprobaréis qué mesa os
corresponde –sentenció–.
Hicimos lo que nos ordenó, mientras ella se dirigía con paso firme hacia
la tarima central. Entretanto, se vislumbraban empleados del hotel en
plena actividad; parecía que estaban organizando un gran banquete
cargando y dejando cosas de un lado a otro…
–¡Hola a todos! –exclamó Kathleen, saludándonos desde una pequeña
peana–. Un año más, nos damos cita para celebrar nuestra particular
fiesta de Halloween… ¿Alguien sabe dónde está Silene? –se interrumpió,
mientras el resto de comensales negábamos con la cabeza–. Bueno, espero
que no haya tenido ningún percance con fantasmas… –bromeó.
Continuó con el típico discurso de agradecimiento a la plantilla por el
trabajo realizado, los resultados de la empresa y demás mandangas que
todos los responsables de oficina memorizan para subir la moral de la
plantilla, en lugar de incrementar los salarios.
Al finalizar, nos pidió que abriéramos los sobres que recogimos en la entrada…
–En ellos encontraréis las instrucciones del role-play por equipos y la
ubicación y sentido de vuestros disfraces –nos indicó, antes de hacer un
gesto para que los camareros sirvieran la cena.
El banquete a base de carnes y un arsenal de licores, me hizo entablar
amistad con Gary. El resto de compañeros eran insufribles; dos ingleses,
con sus pomposos acentos, narraban aburridas andanzas por las Tierras
Altas a tres escocesas que bebían apresuradamente....
La carpa se hacía eco reverberante del llanto celestial; la lluvia se
sumaba cual comensal que nadie había invitado, pero que todos sabían que
haría acto de presencia… como las sublimes impertinencias de Gary.
–¡Vuestro problema es que nunca podréis ser escoceses! –bramó a los
ingleses, mientras sacaba la petaca para mezclar el whiskey con el
champán.
Por suerte, esto ocurrió cuando habíamos terminado el postre, así que
nos dispersamos siguiendo las instrucciones personalizadas de nuestros
sobres. Las mías, me condujeron al guardarropa de una de las suites,
ubicadas en la torre.
La noche se había cerrado en el único brillo de grisáceas nubes, que
sólo descubría intermitentemente la luna. El agua empezaba a golpear
intensamente las vidrieras, al compás de nuestros pasos sobre las
desvencijadas escaleras, y el caos espontáneo de los compañeros hacia
sus destinos.
–Gary, ven conmigo. Tienes que subir a la otra suite de la torre –le
convencí, tras leer las instrucciones de su sobre y explicarle tres
veces que debíamos empezar el juego.
Le empujé hacia la alcoba y cerré la puerta. Fue la última vez que le vi.
Me dirigí a la suite contigua, dispuesto a seguir las reglas del
role-play; me había tocado el “fantasma preso”; mi atuendo eran las
correspondientes sábana y cadenas que aguardaban en uno de esos armarios
rococó que todo castillo usa como accesorio, para persuadirnos
sutilmente de los
encantos del pasado.
La habitación era de ensueño; piedras vistas rodeaban una cama con
doseles de madera y talla medieval, almohadas enormes de plumas, escudos
de armas con evocadores blasones de bélicas fantasías y demás
mobiliario –
históricamente– a juego. Abrí el armario y encontré
las que iban a ser mis exóticas prendas. Me quedé un rato mirándolas,
fantaseando con esos recuerdos que sólo afloran cuando estás anestesiado
por el alcohol…
Me quité el jersey y la camisa. A duras penas, me senté en la cama para
descalzarme… Los calcetines… Los pantalones… –¿Qué tal si voy libre sin
calzoncillos? –pensé. ¡Ni de coña! –me repliqué en un atisbo de
sobriedad.
La profunda y superficial discusión entre el omnipotente deseo y mi restringida voluntad, me dejó noqueado en un
impasse
físico, alzando y bajando el culo de la cama en función de lo que mi
cuerpo o mi mente me pidiesen; la ardua decisión de quitarme o no los
calzoncillos…
En ese instante, comenzó a sonar una balada con toque tétrico…
¿De dónde coño viene esa música? –me pregunté mientras observaba mi pene fláccido. Definitivamente, me había desnudado del todo…
–¡Joder! ¿Quién anda ahí? –inquirí, cuando me percaté de que la canción provenía de la misma suite.
–¡Quieto! –me ordenó una voz familiar.
–¿Silene?
Se acercó lentamente como si estuviera en un desfile de modelos, y apretó su índice contra mi boca para hacerme callar.
–¡Ni se te ocurra decir una palabra! –amenazó con vehemencia.
Las escaleras traían voces y pronto se empezó a oír a gente corriendo en
la planta de abajo. La tormenta aumentaba de intensidad; los relámpagos
y el volumen de los truenos daban cuenta de ello. Mi pene y mi escroto
se encogieron cuando noté que los agarraba con su guante. Momento en el
que se oyó un grito de dolor inmenso en la suite de Gary…
–¿Qué fue eso? ¡Para, por favor! –le supliqué.
–Eso es tu amigo Gary… Muriendo a manos de Kathleen –replicó sonriente mientras apretaba mis testículos.
Como si de un fantasma errante pidiendo clemencia se tratara, el grito
final de Gary recorrió el pasillo. Era un aullido de muerte. Fue un
signo de expiración.
–Por favor, no bromees con esto… Estaba muy borracho. Tengo que echarle una mano… –supliqué de nuevo.
Los truenos se acumulaban contra el tremar de las ventanas.
–No bromeo. Ahora te toca a ti ver cuál es el placer del dolor…
Apretó una teta contra mi pecho, girándose para abrazar mi axila con el
látex de su sujetador, mientras mordía mi brazo. Me ordenó que no me
moviera. Yo temblaba. Fue hacia la cómoda, abrió un cajón y sacó unas
sonoras esposas… ¡Parecían grilletes!
–¿Qué pretendes? –pregunté contradictoriamente incauto y a sabiendas de lo que se proponía.
–Voy a hacer de ti la fuente de mi placer –aseveró.
Me empujó contra la cama y, mi metro noventa, dolorosamente cayó violentando los medievales complementos…
–¡El dosel se va a romper! –exclamé.
–¡No seas niña!… O mejor dicho, ¡sé todo lo niña que yo te ordene! –respondió con picardía–.
Esto es sólo el principio de una gran amistad… Lo siguiente serán cuerdas –sentenció.
Me ató como la más instruida FEMDOM, pero sin ninguna resistencia por mi
parte; podría haberle partido la cara, pero ningún músculo de mi cuerpo
respondió a la agresión. Era como si se sintieran a gusto…
–Por favor, ¡espera! –tartamudeé en un intento de saberme con las riendas de la situación.
Ya había aprisionado mis cuatro extremidades con verdaderos grilletes, y
estaba atando con cuerdas mis brazos, pecho y pantorrillas…
–¡Te he dicho que te calles! –gritó, al tiempo que me clavaba una mirada asesina desde mis rodillas.
–Ahora eres mío –me dijo, tras subir precipitadamente y pasar su lengua húmeda sobre mi cara.
Se acercó a mi oído mientras posaba su sexo húmedo y ardiente sobre mi muslo, y empezó a narrar un cuento:
Las putas conquistarán el Reino de Dios… Y cuando los príncipes caigan yo seré la Resurrección… –susurraba en mi oído.
Mi cuerpo y mi mente se batían en el mismo duelo de antaño: voluntad vs
deseo; moral vs necesidad… Pero, sólo anhelaba conocer el final de la
historia…
El paleto cogió un palo del hombre que yacía en el suelo –prosiguió mientras se separaba la braga, untando mi pierna con su flujo–.
Billy
arremetió contra el cura que se follaba a tu progenitora… Sí, tu madre
se convirtió en un fantasma que ni siquiera podía llorar…
–¡Mi madre lloraba! –grité estremecido.
–Mucho menos que tú… –susurró húmedamente en mi oído. ¿Sabes quién es el
asesino de esta historia? –inquirió mientras apretaba las cuerdas.
–Noooo –clamé en un aullido sordo. ¿Quién? –chillé mientras me corría.
–Soy yo: la lechera en látex –sentenció.
Nada más aseverarlo, dobló mi pene con su vulva, restregándola por todo
mi cuerpo hasta la boca. Llevó los dedos a sus labios para abrirla justo
cuando la pasaba sobre mi cara y comenzó a restregarla en mi boca. Mi
lengua no podía parar… Y mi miembro volvió a expulsar el néctar de la
vida…
Al poco tiempo, volví a oír los gritos de Gary, lo cual fue
complaciente: estaba vivo y Kathleen le estaba haciendo algo parecido a
lo que Silene me estaba procurando.
La orquesta de Halloween continuó hasta el amanecer; la lluvia era
torrencial; los relámpagos esperpénticos; los truenos insoportables; y,
el látex de Silene, irresistiblemente orgásmico.
Nunca he pasado tanto miedo. Nunca volveré a una fiesta de Halloween…
Pero siempre adoraré a Silene y a su látex, que me descubrieron una
dimensión terrorífica de la sensualidad. Quizás, la que mi voluntad
nunca esperó… Quizás, adoro lo extraño de la sumisión; quizás, sumiso
siempre extrañé que me dominaran.
Ahora, me explico todo esto, y también el –creíble– porqué de las palabras de Kathleen sobre Gary.