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Más que bolas chinas…

Más que bolas chinas…

Existen en todo el mundo y han adquirido múltiples nombres: Ben Wa balls en inglés, Boules de Gheisa en francés y bolas chinas en español son los términos más extendidos. Aunque se tiene por cierto que su creador fue un chino llamado Ben Wa, lo más curioso es que en China las denominan yīndàoqiú que significa “bolas vaginales”. Al parecer, se empezaron a utilizar para otorgar más placer al hombre durante la penetración. Sin embargo, en la actualidad se entiende que tienen un doble uso para todos: el placer y el fortalecimiento del suelo pélvico.

En HIRO, se han se han fueron seleccionados las mejores en función de los cuerpos, ofreciendo distintas combinaciones, tanto para el gozo sensual, como para tonificar el músculo pubocoxígeo. Nosotras las llamamos esferas de placer… No para añadir confusión en la terminología, sino para diferenciarlas de las “bolas chinas” corrientes. ¿Queréis echar un vistazo?


Relatos eróticos


Para qué sirven y cómo se usan las bolas chinas



Podríamos decir que se pueden utilizar como juguete sexual o para fortalecer el suelo pélvico. Esto es cierto pero no refleja un efecto muy importante. Y es que cuando se hacen los ejercicios de Kegel, también se obtiene un mayor control y gozo del clímax. Tanto si nos estamos preparando para el embarazo como si queremos prevenir, moderar o eliminar la incontinencia urinaria, probablemente nos encontremos con una grata recompensa en forma de orgasmos más intensos y duraderos. Por eso son tan exitosas: nos ofrecen confort, higiene y –más– placer.


Bolas chinas



Bolas chinas y ejercicios de Kegel:


Como hemos dicho, todo el mundo las recomienda para tonificar el suelo pélvico. Se introducen de un modo muy parecido a los tampones y, aunque hay gente que lo hace sin lubricante, nosotras recomendamos que se aplique suficiente hidratación (tanto al insertarlas como al quitarlas) para evitar cualquier sensación incómoda.

Dependiendo del estado en que se encuentre vuestro suelo pélvico, se puede empezar con una o dos esferas de distintos diámetros y pesos. Si bien, lo normal es comenzar con las más ligeras para pasar gradualmente a las más pesadas.


Preguntas frecuentes: #1 ¿A qué altura de la vagina tiene que quedar la bola?



Como si se tratara de un tampón, la esfera tiene que introducirse por completo, asegurándonos que el cordón de extracción se deja fuera de la vagina.


Modo orgasmo:


Ahora toca lo bueno. El interior de las esferas de placer contiene una bola más pequeña que se mueve cuando cambiamos de postura o nos desplazamos. Esto concede un efecto vibrante a las esferas, y este una serie de sensaciones placenteras pre-orgásmicas. Para que esas vibraciones lleguen con más intensidad al Punto G, muchas mujeres se introducen dos bolas y las llevan puestas durante la jornada laboral, un paseo o una cena. Así, la vuelta a casa se hace mucho más… ¡interesante!


Preguntas frecuentes: #2 ¿Cómo introduzco las dos bolas?



Las bolas vienen unidas con un conector de suave silicona. Se inserta la primera y, con un poco de presión sobre la segunda, se podrán introducir tanto el conector como la última bola. Al igual que en el primer caso, no olvidéis dejar siempre el cordón de extracción fuera de la vagina.


Esferas de placer, más que bolas chinas



HIRO tiene 4 tipos de esferas de placer hasta la fecha entretenimiento en su surtido, además de otros productos con características similares como LOVER Beads™ y FAIRY Smart Bead™, de los que hablaremos al final del artículo.


Bolas chinas


JOJO BEADS™ es un set que incluye 3 esferas de 34 mm de diámetro; con 2 bolas de 80.5 g y otra 1 bola de 40 g. El set de SWAN BEADS™ Mini es igual, pero el diámetro de las mismas es de 33 mm. Como si nos hubiésemos apuntado a un gimnasio, se empieza con las más ligeras; se continúa combinando ligera-pesada; hasta que nos sentimos cómodas con las dos esferas de 80.5 g.


Preguntas frecuentes: #3 ¿Cómo sé cuál es el diámetro y qué peso necesito?


Depende de la práctica y fisonomía que se tengan. Las mujeres que han dado a luz, las que son mayores de 30 años o las que ya han entrenado su suelo pélvico, prefieren JOJO BEADS™. Mientras que las que no han dado a luz o no han hecho ejercicios de Kegel, se inclinan por SWAN BEADS™ Mini.

Hay otras mujeres que, en general, necesitan darle un toque chic a todo aquello que hacen. Ellas son las que eligen TESS BEADS™: dos elegantes esferas de 29 mm de diámetro y 40 g de peso para dotar de mayor vibración a las bolas en cualquier tipo de cuerpo.




Bolas chinas


Bolas chinas vibradoras para orgasmos infinitos



Para mujeres que ya tienen un suelo pélvico tonificado, pero quieren fortalecerlo al tiempo que se colman de orgasmos, LOVER Beads™ son las bolas chinas vibradoras con las que llevarán todas sus fantasías a la alcoba, y más allá. Este juguete erótico consiste en la unión de dos pequeñas bolas que giran y rotan en el interior de la vagina; además, vienen con mando a distancia para que las pongas en funcionamiento cuando más te apetezca.


Bolas chinas



Un vibrador para hacer ejercicios de Kegel, sin esfuerzos




Bolas chinas


FAIRY Bead™ es un pequeño juguete diseñado para guiar los ejercicios de Kegel por vibración, sin esfuerzos. Perfecto para mujeres atareadas, pues permite relajarse mientras se realizan las rutinas. Si quieres saber más sobre este revolucionario dispositivo, te invito a visitar el artículo que escribí para su lanzamiento: Tu entrenador personal para el placer.

Si tenéis más dudas, por favor, dejad un comentario al final de esta página. Es anónimo y responderé encantada…


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Historia de una ninfómana (parte II): Adicta al sexo – Relatos eróticos

Historia de una ninfómana (parte II): Adicta al sexo – Relatos eróticos

Adicta al sexo es la continuación y el final de Historia de una ninfómana. El segundo de los relatos eróticos con los que Ana-Maria Antonia Suarez, ha entregado su tarjeta de presentación en el blog de HIROelplacer. Si, en la primera parte, la tensión sexual se apoderaba de la lectura, ahora será el relato el que nos subyugue en pasión desenfrenada, con descripciones y diálogos que pueden ser considerados porno.

Si eres de las pocas personas que no leyó la primera parte, puedes hacerlo aquí: Historia de una ninfómana (parte I) – Relatos eróticos

Relatos eróticos


No. Acostarme con otros nunca fue un impedimento. La única dificultad había sido esconder los arañazos y moretones cuando volvía con él. Pero ¿cómo podía saberlo? Además, había disparado la pregunta como si no albergara dudas sobre mi adicción sexual…

–¿A qué te refieres, Víctor? –pregunté, esquivando la bala con torpeza.

–Sé que eres una ninfómana, Ana –afirmó pausadamente–. Sé que has intentado colmar tu vicio durante años a mis espaldas –prosiguió–. Ahora quiero que lo hagas de frente. Como lo hacen en esos vídeos swinger con los que me masturbo. Hazlo. Igual que cuando te imagino en el centro de una cama y rodeada por gente que te intenta saciar. Hazlo, como te sueño cuando estás en el coche con un desconocido…

–¡Basta! Está bien… –le paré, despechada–. ¿Qué quieres que haga? –pregunté, sin tener aún noticias de mis deseos; ¿le interrumpía para frenar sus tortuosas acusaciones o para volver a sentir cómo la libido llenaba mis cuerpos cavernosos?

–No es lo que yo quiera, Ana –replicó, desafiante–. Siempre ha sido lo que tú deseas, cuando tú lo deseas –continuó–. ¿O es que tengo que recordarte todas las orgías que has improvisado? –me preguntó, como si tuviera grabados todos y cada uno de mis devaneos.

Le imaginé filmando mis aventuras sexuales más intensas y, de nuevo, volví a sentir aquellas pulsiones arrolladoras. Ni las horas ni el dinero que invertí en la terapia podían frenarme. No era connivencia, tenía la complicidad de mi novio para hacerlo. ¡Me lo estaba pidiendo!

Liberada, al fin, le pedí que me acercara para ofrecer mi cuerpo. Y, asiendo con teatral elegancia mi mano, me guío, cual distinguida madame lo haría con su más notable prostituta, hacia una silla colocada frente a ellos.

Me senté. Los miré. Abrí las piernas y mostré mi sexo. El tanga había desaparecido. La vulva se exhibía elevando las rosadas alas simétricas de mis bañados anhelos, cuando el hombre maduro, el que Víctor me había presentado como Cuarentón Seductor, el mismo que me había encontrado en la calle, se levantaba del sofá con su miembro enhiesto, recio como un adolescente amanecer.

De rodillas, sobre la silla, haciendo equilibrios como un perrito, noté como introducía su pene. La sensación de alivio precedió al miedo. Con la mirada, busqué la aprobación de mi novio, pero él estaba en mis oídos…

–Recuerda que sigues siendo mía –susurró, y acarició mi lóbulo con sus labios, mientras el hombre maduro me embestía con fuerza–. Él te penetra porque yo quiero –volvió a susurrar, y me besó en la boca, acallando mis gemidos.

–Lo sé, Víctor. ¡Quiero más! –chillé, presa de la excitación.

–Dilo. Di que eres una adicta al sexo –me ordenó.

–¡Soy una adicta al sexo! ¡Soy una ninfómana! –grité.

Me elevaron entre todos y me colocaron en la misma postura sobre el sofá, en el que estaban sentados.

–Es tu turno, Lindsay –dijo Víctor, dirigiéndose a la chica pelirroja.

–¡No puede ser! –exclamé con alegría–. ¿Cómo has conseguido que Lindsay Lohan quiera acostarse conmigo?

–Ella no es Lindsay Lohan, cariño –dijo sonriente–. Pero es muy parecida…

Como en mis ensoñaciones más húmedas, en las que yo vestía un body negro de lencería fina y ella desabotonaba los corchetes para palparme, la falsa Lohan comenzó a acariciar con suavidad mis labios, apostados y ofrecidos entre mis muslos.

–No, así no –dijo Víctor, al tiempo que la ayudaba a colocar su cabeza entre mis piernas.

La tumbaron boca arriba, bajo mi sexo, y presionaron levemente sobre mi espalda, para que mi vulva se hundiera en su lengua. Mis nalgas abrazaban manos, infinitos dedos recorrían mi piel, mis entradas, mientras su boca bebía en la fiesta del reencuentro con mi yo más salvaje; un banquete para degustar y saciarse con mi cuerpo.

–Pónsela en la boca –oí a Víctor, dirigiéndose al chico de barbas.

En pleno fervor, el chico se desabrochó los pantalones frente a mi cara, y dejó caer toda la ropa al suelo. Tenía un pene diminuto. Fino y pequeño. Pero eso no me importaba. Lo introduje al completo en mi boca, y lo devoré, succionando como si fuera el más exquisito manjar.

Todos gemían. Todos suspiraban de placer, y cuanto más alto les oía, más me corría. No había forma de pararme. No existía manera de frenar mi flujo. Y, justo cuando parecía que no iba a encontrar límites a mis orgasmos, caí dormida sobre el tresillo…

Totalmente desorientada y con un intenso dolor de cabeza, abrí los ojos. El despertador tronaba sobre mi mesilla de noche.

–¡Era mi habitación! ¿Cómo había llegado a mi cama? ¿Quién me trajo a casa? Si todo era un sueño, ¿por qué me notaba aliviada? Tenía que comprobarlo. Rápidamente, miré la fecha en el despertador; era 12 de diciembre. ¡No puede ser! ¡Qué locura! ¡El 12 de diciembre fue ayer!

Cálmate, me dije. Saqué un parecetamol y fui corriendo a por un vaso de agua. Volví a la cama, me senté y comencé un diálogo interior.

Está bien, ¿qué aprendí en terapia? ¿Qué decía mi psicóloga?

Los sueños, Ana –me explicaba, sosegada, mi terapeuta–, son la representación inconsciente de los pensamientos, los miedos, las vivencias y los deseos más ocultos. Y, el hecho de ser los más escondidos es, precisamente, lo que los hace más presentes en tu foro interno; son el eco antagónico de las voces de tu consciencia y moral. Walt Whitman –prosiguió– decía en un poema: “Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes.)”.

¡Y tan dulces multitudes!, pensé de inmediato, sonriente y feliz por los recuerdos de mi sueño. Al fin y al cabo, la terapia no fue tan mala inversión…

Volví a mirar el reloj. Se hacía tarde, y tenía que arreglarme. Me preguntaba si encontraría a Víctor haciendo las tortitas de mi sueño, mientras elegía las braguitas más sexis. Me vestí, y salí rápidamente hacia el metro.

Absorta en mis ensoñaciones durante todo el trayecto, estuve a punto de no bajar en mi parada. Y, a la carrera, casi saltando sobre los tornos, con más energía que nunca antes; salí de la boca de la estación de metro, entre un tropel de universitarias, en dirección a casa de Víctor.


Bolas chinas




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Historia de una ninfómana (parte I) – Relatos eróticos

Historia de una ninfómana (parte I) – Relatos eróticos

Historia de una ninfómana ha sido escrita por nuestra flamante colaboradora Ana-Maria Antonia Suarez. Se trata de dos relatos eróticos en los que descubriréis la historia erótica de Ana, una adicta al sexo que pretende mantener una relación monógama con su novio. Disfrutad de la tensión sexual.

Relatos eróticos


No sabría decir con exactitud cuándo perdí el apetito sexual. Un buen día las pulsiones decidieron que era hora de tomarse unas vacaciones y, sin consulta previa ni vacilación alguna, se esfumaron…

Durante meses había acudido a sesiones programadas con mi terapeuta sexual sin obtener los resultados deseados. Seguía siendo una adicta al sexo. Una ninfómana que pretendía mantener una relación de pareja monógama con su inocente novio Víctor, el cual ignoraba todos sus lascivos escarceos; todos los salvajes encuentros sexuales que me habían sentado frente a una psicóloga.

Un día mi terapeuta se cansó y me dijo: ¡Nada de sexo! Y sus palabras fueron misa para mis oídos. Nada de sexo; la frase se movía constante y ondulante en mi cabeza... Transcurrieron semanas en las que el deseo sexual seguía aflorando como respuesta a casi cualquier estímulo. Pero, de repente, nada… Ni rastro de él. Toda la vida conviviendo con la sombra de un monstruo insaciable sin saber que, de pronto, desaparecería sin dejar rastro. Y pasaron meses de estiaje y hastío…

Abatida por el cansancio del insomnio de noches atrás, me acosté pasadas las doce. Mi cabeza era un enjambre de preguntas existenciales: ¿Quién soy? ¿En qué me he convertido? ¿Qué fue de aquella mujer insaciable? Era como si todo mi cuerpo se hubiese puesto en contra para volver a hacerme la vida imposible.

Cerré los ojos. Y tan pronto los cerré, el despertador sonó para avisarme que había quedado con Víctor. Debía darme prisa si quería ser puntual. No había tiempo de elegir las prendas más sexis, pero tuve la impresión de pasar horas probándome toda la colección de braguitas. ¿Por qué me importaba ahora? Por primera vez en muchos meses, sentía la necesidad de mostrarme coqueta. Y es que, por primera vez en una eternidad, notaba una dulce humedad entre mis piernas…

Salí en dirección a casa de Víctor. Todo en la calle me resultaba extraño y echaba en falta sensaciones cotidianas; era como si no existieran los olores y los colores fueran estampados sin alteración alguna. La gente indistintamente se combaba como espejos cóncavos y convexos. Y me miraban.

Un hipster barbudo se chocó contra mí y, sin pedir disculpas, clavó sus ojos mientras se perdía entre una multitud de universitarias que salían del metro. ¿Era la cremallera de mis vaqueros?

–Perdona –llamó mi atención una chica pelirroja, sujetando levemente mi codo al pasar por mi lado–. Llevas la cremallera abierta –me advirtió sonriente. Anduve largo rato obsesionada, creyendo que me faltaba algo. Palpaba mi camiseta para comprobar que el sujetador estuviera colocado y miraba intermitente y obsesivamente la bragueta de mis pantalones. ¡Maldita sea! Siempre que miraba, tenía que volver a subirla. Y cuando la alzaba, ellos me seguían mirando. ¡Qué locura!

–No te preocupes. De cualquier forma, eres preciosa –me dijo un atractivo hombre de unos 40 años, repentinamente.

–Disculpe, ¿le conozco de algo? –pregunté de inmediato, con un tono ciertamente desafiante.

–No rujas, leona –respondió burlón, alejándose con un periódico doblado bajo el brazo.

En ese instante, el miedo atravesó mi cuerpo con temperaturas secas, gélidas. No pensé. Aceleré el paso en dirección a casa de Víctor, intentando recuperar el calor… ¡y la cordura!

Estaba tan obsesionada por verle y sentirme protegida que no me di cuenta de que ya me encontraba frente a la puerta de su apartamento, hasta que me percaté de que todo el pasillo olía a tortitas.

–¡Sorpresa! –exclamó con una gran sonrisa, señalando las tortitas.

Desde luego, fue sorpresivo. Era la primera vez que le veía cocinar. Pero, ¿cómo había llegado a su cocina? No recordaba haber llamado a su puerta…

–¿Has desayunado? –me preguntó como si la situación fuera normal, interrumpiendo mis esfuerzos por recordar cómo había aparecido en su casa.

–No –respondí mecánicamente por el aturdimiento.

–Perfecto entonces –replicó–. ¡Has llegado justo a tiempo! –exclamó con alegría, gesticulando con las manos como un chef italiano.

Fascinada por los insólitos acontecimientos y presa de la angustia por la falta de memoria, no me había dado cuenta de lo atractivo que estaba, hasta que comenzó a servirme las tortitas. Vestía un delantal sin camiseta y unos vaqueros que se ceñían sin sutilezas en su entrepierna.

Lo escaneé con la mirada y pegué mis ojos a su piel. La imaginación comenzó a volar y aterrizó en el pasado… En mi yo adolescente que convertía a Víctor en aquel actor porno que arreglaba el mobiliario de una desesperada ama de casa; el personaje con el que me masturbaba en mi juventud sexual, y con el que alcanzaba esos febriles orgasmos una y otra vez.

Un leve atisbo de consciencia hizo que me percatara de que mi cuerpo ardía de un extremo a otro. Toda mi piel quemaba, salvo mi mano derecha, que estaba congelada. ¿Se trataba de nuevas sensaciones ninfomaníacas? La posé sobre mi cuello y mejillas para atenuar el sofoco, pero no hubo manera.

–Ana, ¿estás bien? –preguntó Víctor, visiblemente alarmado por mi actitud.

–No –mascullé.

Sencillamente, mi cabeza no estaba preparada para aceptar lo que le ocurría a mi cuerpo. O ¿era al revés?

Tampoco tenía fuerza para responder preguntas existenciales. La respiración se agolpaba y los consiguientes jadeos eran, simple y llanamente, la expresión del voraz deseo sexual y la proximidad de los millones de orgasmos que me estaban subyugando. Me sentía igual que cuando le engañaba con otras personas para colmar mis apetitos. Personas y apetitos que él desconocía. Pero, no era el momento de sincerarse con la existencia. Me abalancé sobre él y, devorando su lengua, conduje mis manos a su entrepierna en un frenesí estremecedor.

Lejos de resistirse, me alzó en volandas y haciendo fuerza con sus grandes brazos me llevó hasta la encimera. Me sentó y, con ansia fiera, me arrancó los botones de la camisa haciendo que mis pechos se liberasen y las areolas pidieran a gritos su lengua. Víctor recorrió todos y cada uno de los poros de mi piel, humedeciendo mis pezones y endureciéndolos para jugar cariñosamente con ellos entre sus dientes. Después, agarró con fuerza mis glúteos y me acercó para sentir su erección, que aún estaba vestida por sus pantalones. Yo ya era aquellos manantiales de deseo que tanto había extrañado.

En pleno éxtasis, una sensación todavía más asombrosa se apoderó de mí: Víctor había desaparecido. De repente, mis brazos colgaban del aire y la excitación de mi vulva se ocultaba bajo el tanga. ¡Ni siquiera recordaba que me hubiera quitado los pantalones!

Todo estaba oscuro y hacía frío.

–Víctor, ¿dónde estás? –pregunté temblorosa en la oscuridad–. ¿Víctor? –susurré con miedo.

–Tienes una piel muy suave, Ana –dijo un Víctor invisible.

Di un respingo y tropecé del susto, dando con mi espalda sobre el torso desnudo de mi novio.

–¿Qué hacías? –chillé aterrada–. ¿Dónde estabas? –inquirí, intentando controlar mis nervios, mientras él permanecía sereno.

–¿Te gustan? –me preguntó, señalando unas siluetas humanas sobre el sofá.

–Víctor, ¿quiénes son esas personas? –pregunté temblorosa.

Me cogió de la mano y, acariciando mi dedo índice, señaló una cara tras otra asignando nombres absurdos.

–Ella se llama Universitaria Pelirroja –dijo con voz inanimada, mientras la cara de la chica resplandecía en lascivia–. Él se llama Cuarentón Seductor, y ese es Chico de Barbas –prosiguió, al tiempo que se vislumbraban sus rostros.

–Víctor, tengo miedo. Eres mi novio y tienes que protegerme –supliqué.

Víctor separó mis muslos, les mostró mi vulva y comprobó que se encontraba anegada, ardiente.

–Míralos Ana, están deseosos de ti.

–¿Ellos? –pregunté con terror, mientras notaba una excitación desbordante con los dedos de Víctor acariciando mis labios.

–Sí, ellos. Quieren probar tu sexo. Beber de él, penetrarlo, saciarse.

–Pero yo no sé quiénes son…


Bolas chinas


–Cariño, ¿desde cuándo eso es un impedimento? –preguntó reflexivamente, como si supiera todo lo que había hecho a sus espaldas. Como si conociera a todas las personas con las que le había engañado… Como si siempre hubiera sabido que yo era una ninfómana.

Ya puedes continuar con la última parte aquí: Historia de una ninfómana (parte II): Adicta al sexo




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