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SEXO Y RELACIONES

SEXO Y RELACIONES

En nuestra sección de SEXO Y RELACIONES vas a disfrutar de un mundo de historias de sexo. Desde cuentos eróticos y pasionales experiencias reales, hasta elegantes relatos porno y sofisticados juegos sensuales, con los que descubrirás una excelente narrativa original escrita por nuestro equipo y las mejores plumas invitadas.




El mejor polvo de sus vidas – Relato erótico

Relatos ero: El mejor polvo de sus vidas – Relato erótico 


El mejor polvo de sus vidas es una de esas historias eróticas que se quedan grabadas en la cabeza… y en el corazón. Disfruta la maravillosa narrativa de Nuria Alvaréz. Sigue leyendo, sigue sintiendo…

Relatos eróticos

El mejor polvo de sus vidas – Relato erótico



Frente al espejo, Íñigo duda si mantener el botón del cuello desabrochado. Ha optado por la camisa blanca de popelín y la chaqueta azul de lino, por la que Laura siente una especial predilección. Reajusta con esmero el pequeño pañuelo que sobresale, en forma triangular, del bolsillo superior de la chaqueta. Observa su rostro. Sus formas son angulosas, atractivas y reflejan juventud y fortaleza. Su cuello, musculoso y marcado, está en plena concordancia con la forma atlética de su torso, que se intuye, como trazado por el cincel de un escultor antiguo, por debajo de la ropa. Vuelve a mirar el reloj y un hormigueo le recorre la nuca ante la inminencia de la llegada de Laura.


Laura presiona con suavidad el timbre de la puerta. En un gesto involuntario, se mece los cabellos con ambas manos y recoloca la bandolera de su cartera sobre su hombro izquierdo. Tiene ganas de volver a encontrarse con Iñigo, y, aunque no dispone de mucho tiempo, pues otras ocupaciones reclaman su atención esta tarde, está convencida de que su cita con él será extraordinariamente gratificante. Cuando la puerta del piso se entreabre, una sincera sonrisa ilumina su rostro. Laura baja la mirada hasta que sus ojos se encuentran con el brillo de los de Iñigo.

El piso es diáfano y luminoso. Tras besarse cariñosamente en las mejillas, Laura anda por el pasillo detrás de Íñigo hasta alcanzar el salón, donde, sobre una mesa baja, se encuentran dos copas y una botella de vino tinto.

–He pensado que te gustaría beber el mismo que tomamos la semana pasada. Sé que quizá sea un poco pronto para ti, así que, si prefieres cualquier otra cosa, no tienes más que decírmelo.

Laura rechaza la alternativa con un suave gesto de cabeza y, guiñando un ojo, responde:

–¿Y perderme este vinito? Debes estar de coña, Íñigo.

Íñigo sonríe y se dispone a servir el vino. Laura le propone abrir la botella pero él rechaza cariñosamente el ofrecimiento. Las manos de los dos se rozan ligeramente cuando Íñigo tiende la copa que Laura coge, sin dejar de escrutarle. Un ligerísimo escalofrío se adueña de él. Se ponen a charlar sobre el trabajo de Laura y las dificultades que ella tiene para compaginarlo con sus estudios de edición. Hablan sobre literatura y se apasionan con la última obra publicada de un conocido autor austriaco, por el que ambos sienten debilidad. Ríen. Se observan. Y, de vez en cuando, se sonrojan.


Íñigo tiene el torso desnudo y está boca arriba sobre la cama, con los pies apoyados sobre el suelo. Laura, reclinada a su lado, le acaricia con sumo esmero la parte interior del brazo derecho. Se detiene con la punta de su lengua en el envés del codo y dibuja pequeños círculos en la zona. Puede oír ligeros jadeos de Íñigo; él no puede evitar manifestar lo que está sintiendo, con los suaves jugueteos de la lengua de su amante. Laura sigue recorriendo con los labios la anatomía del brazo. Se detiene en la muñeca y se recrea en la palma de la mano. Con su dedo índice, dibuja formas concéntricas en ella, mientras introduce delicadamente el dedo corazón de Iñigo en la calidez de su boca, y lo somete a ligerísimas succiones que le estremecen aún más. Después, a horcajadas, Laura se coloca sobre su abdomen. Iñigo entreabre los ojos, puede apreciar el discreto escote de Laura, que le sujeta con las dos manos la cabeza, mientras empieza a besar, como comen los gorriones, el cuello y a masajear con la yema de los dedos la nuca de Íñigo.








Laura besa cariñosamente los labios de Íñigo, que se ha recostado sobre la cama. Ajustándose la camisa, observa la habitación; la silla de ruedas de Iñigo junto a la cama, su cuerpo inerte de cintura para abajo y sus delgadísimas piernas en un pantalón de chándal, que contrastan con lo acicalado y poderoso de la parte superior de su cuerpo, los espejos bajos, los enchufes altos, las marcas de las ruedas de goma en el suelo de cerámica, las barandillas cromadas… Un escenario familiar para una asistente sexual como ella. Dirigiendo su mirada hacia la amplia ducha, le pregunta en tono cariñoso:

–¿Quieres que te ayude, Iñigo?

Él niega con la cabeza.

–No, querida, sé que tienes la tarde muy ocupada con otros pacientes, no te preocupes…

Cuando Laura se dirige hacia la puerta, Íñigo llama su atención:

–Sé que está mal decirlo, y que posiblemente no me creas, Laura… pero este ha sido el mejor polvo de mi vida.


Bolas chinas


Y Laura sonríe y se azora un poquito, y cree que para ella también lo ha sido. Y maldice en silencio su agenda. Y, al salir, cierra suavemente la puerta tras de sí.



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Relatos ero: exhibicionismo – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: Relatos ero: exhibicionismo – Relatos eróticos cortos 


Otra autora premiada, y con varias obras a sus espaldas, visita el blog para ofrecerte relatos eróticos cortos muy intensos. Su nombre, Adriana Bertorelli; sus historias, fuego erótico; el tema de hoy, exhibicionismo. Sigue leyendo…

Relatos eróticos


Relatos ero: exhibicionismo



Miradas indiscretas – Relato erótico corto (1)



Siento que la semana no va a terminar nunca. Cuento los días. Espero el sábado con desesperación voraz. Anticipo sus miradas, sus ganas, su imposibilidad de tocarme. Me gusta tenerlos como corderitos, mirándome hambrientos, cuando están acostumbrados a ser lobos de colmillos afilados. Ellos, que sonrojan con gestos soeces, con palabrotas que escandalizan a las mujeres que pasan. Que las dejan mudas de tanto morbo a la intemperie, de tanta vulgaridad. Que se tocan y se exhiben como animales en manada. Pero a mí no me sonrojan, no. Yo los sonrojo a ellos.

Los sábados por la mañana, al momento en que escucho los ruidos de la construcción, comienzo a relamerme. El sonido lejano de los martillos sobre el hormigón me da la señal de salida. Cada vez, le añado más a la ceremonia: salgo a la piscina con apenas algo de ropa, camino como un gato sorbiendo mi piña colada y me desvisto lentamente. Juego con mi pelo, echo la cabeza hacia atrás y me expongo para que ellos, que son mi público, me vean encendida, como quiero que me vean.

Para darles tiempo a que lleguen, uno a uno, reventando de ganas, me acaricio suavemente los pezones con el vaso helado, mientras miro como aparecen los obreros en los andamios de la construcción de enfrente. Abro las piernas y sus ojos me penetran. Entonces, me sumerjo desnuda por un rato en la piscina, sin dejar de mirarlos, para dar tiempo a que venga el resto.

Cuando emerjo, noto que los sonidos se hacen escasos porque ya ninguno quiere trabajar, solo observarme mientras escojo a uno. Uno a quien mirar de frente, un elegido a quien desvestir con la mirada. Uno a quien, ese sábado, le dedico mi cuerpo, que late por todos esos hombres que me miran, mis hombres. Tengo mil ojos recorriéndome, entrando por la hendidura de mi culo, cuando me agacho a recoger la toalla y me abro de piernas. Me ofrezco toda desde atrás, me abro entera como una flor púrpura hecha agua, mientras imagino que mi elegido me monta sin mediar palabra, y me da azotes con sus manos fuertes y callosas, ante las miradas atónitas de quienes no me podrán tener jamás.

Tengo sus ojos sobre mí y siento que mis pezones van a estallar, que mis jugos se hacen infinitos, que mi piel late entera, que mi clítoris se dilata y se expande. Mis manos me encuentran y me siguen buscando cada vez más rápido y, entre mis piernas, puedo verlos con los pantalones a reventar, con sus bestias queriendo salir. Se tocan, se masturban con las bocas entreabiertas, porque es la primera vez que una hembra los calla, y no al revés. Hasta aquí puedo oler lo agrio de su sexo. Miren lo que les hago, son míos y yo no soy de nadie, les grito mientras exploto y mi entrepierna se inunda de un jugo tibio y perfumado que lleva el nombre de cada uno de mis hombres, que miran atónitos cómo llego al orgasmo cada sábado, cuando mis gemidos se hacen tan intensos que se oye el eco en toda la construcción.




Tu postre – Relato erótico corto (2)



Déjame ajustar la cámara, para que veas bien todo lo que te hago. Ya por ti he sido enfermera, policía, contorsionista, maestra, colegiala, monja, ciega y exorcista. Imagino cada vídeo con un nombre clave, cuidadosamente clasificado, y ocultado a tu mujer. Quizá un día descubras que ella también tiene fantasías. Imagino cuántas veces habrás visto cada una de las que tanto te gustan. ¿Qué pretexto pondrás esta vez para escaparte media hora para pasarla conmigo?

¿Sientes cómo te beso y te lamo? ¿Sientes cómo te mordisqueo la oreja, mientras bato la mantequilla y el azúcar, hasta que todo quede blanco y cremoso? Blanco, blanco y cremoso… como vas a acabar tú cuando yo termine de saborearte, lamiéndote en círculos concéntricos. Mi paleta de cocina, mi helado, el constante sorber de tus venas que laten en mi lengua.

Ahora soy yo quien se unta para que tú comas de mí. Primero dejo correr salsa de chocolate por mi escote para que solo tú descubras hasta dónde puedes lamer. Mis pezones se endurecen y te pido que avances, poco a poco, para poder gozarte lentamente, para que me lleves al desespero y me hagas esperar aunque te pida más, hasta que grite.



Bolas chinas


Afuera del aquí, del nosotros, nada existe. No hay esposa que importe ni rutina ni cena esperándote. Ven y házmelo lento y suave, y luego intenso como un terremoto no me dejes respirar. No pares hasta que el chocolate ruede por mis muslos, por mi entrepierna y me tengas que chupar toda para no desaprovechar ni una gota. Tómame aquí, en la mesa de la cocina, tira al suelo todo lo que estorbe. Ollas, moldes, harina regada por todos lados. Mírame, mírame cómo me tienes, mojada y untada de chocolate, cómeme entera. Ahora lámeme los pies, salpícalos con crema batida, chúpame cada dedito, bésalos, derríteme y trágame con gusto que hoy tu postre soy yo.



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La fiel clienta de la corsetería “Nicola’s Lingerie” – Relato erótico

Relatos ero: La fiel clienta de la corsetería “Nicola’s Lingerie” – Relato erótico 


Nuria Alvaréz regresa con esta soberbia historia erótica; un relato que navega en las aguas del voyeurismo, y la lencería como fetiche. Disfruta leyendo…

Relatos eróticos

La fiel clienta de la corsetería “Nicola’s Lingerie” – Relato erótico



“Treinta minutos hace ya que hemos abierto y todavía no ha llegado”, se dice Nicolas para sus adentros. “Seguro que está por ahí contoneándose con las bragas que compra aquí”, piensa, medio enojado.

Nicolas heredó el negocio de sus padres. Era una mercería de las de toda la vida, pero él consiguió, imponiendo su espíritu empresarial a las resistencias de su madre, convertirla en una boutique de lencería fina.

“Esa línea de crédito nos llevará a la ruina, hijo mío. Y ¿quién, en este pueblo, se va a poner unas bragas de licra y raso de seda elástica con motivos florales bordados sobre tul?”, le decía un día sí y otro también su madre. A lo que Nicolas siempre replicaba “¿¡Qué sabrás tú, mamá, de espíritu emprendedor!?”.

Al fallecer su progenitora en avanzada edad, preso de sus instintos emprendedores para el comercio, le cambió el nombre al negocio y pasó de Moda y Costura Martínez (en el barrio, todo el mundo la conocía por “La Martínez”) a Nicola’s lingerie.


Tenía una empleada, Antonia (“Toñi, la de la Martínez”), una chiquilla espabilada que se desenvolvía bien con las clientas, y a la que Nicolas se esmeraba, cada día, por pulirle las formas y afinarle la vestimenta.

Sucedía que, desde hacía un año y medio, aproximadamente, todos los primeros viernes de mes, a las cinco de la tarde, con puntualidad, aparecía la misma clienta; una hermosísima y, al parecer, adinerada chica de la capital. Esta escogía meticulosamente entre los productos más caros recién llegados al establecimiento, se probaba los que podía y adquiría un buen número de ellos.

–Ya está aquí, Don Nicolas –susurró, con la misma discreción que entusiasmo, Antonia, como si Nicolas no llevara treinta minutos con la vista fija en la puerta.

Saludó a los presentes con un delicado gesto de la cabeza, al que Adolfo respondió con una media sonrisa, más azarada que sincera, y, tras un leve vistazo general, se dirigió hacia unas braguitas brasileñas con transparencias y motivos florales. Antonia, como un perdiguero fiel, la seguía.

–Sin duda que tiene usted un magnífico ojo, señorita… Estas nos acaban de llegar; son de licra y raso de seda elástica, con los motivos florales bordados sobre tul. Seguro que a usted le quedarán de maravilla –dijo, solícita, la empleada.


La joven clienta deslizó con elegancia ambas manos por entre la braguita, de manera que pudiera extenderla frente a ella y valorar las transparencias y la talla. Nicolas, que simulaba realizar alguna tarea en la caja, no podía dejar de mirarla de reojo, imaginando esas transparencias pegadas a su pubis con el vello oscuro que contrasta con el blanco de la seda, y unos firmes y espigados glúteos expuestos a la vista, y separados entre sí solo por la suave línea del raso. La excitación crecía en él como si le hubieran prendido una antorcha en la columna vertebral y, por un instante, su mirada se centró con más fijeza de la que quisiera sobre la espalda y la larga y morena cabellera rizada de la clienta. Volvió a bajar la vista inmediatamente.

–Me las llevo –dijo la joven depositando con suavidad las bragas sobre las manos de Antonia–. ¿Por cierto, le han llegado ligueros nuevos? – preguntó.

–Claro que sí, señorita, precisamente esta mañana –dijo Antonia, y se apresuró a mostrarle unos negros de encajes y tul bordado, que parecieron satisfacer las expectativas de la joven.

–¿Puedo probármelos? –preguntó, y el corazón de Nicolas dio un vuelco.

Desde el probador, la cortinilla no acaba de cerrar del todo y Nicolas vislumbra cómo la joven retira por su cabeza el vestido negro. Queda expuesta su infinita espalda y sus carnosas y fuertes nalgas, y la larga cabellera negra le cae por los hombros. Ella se ajusta los ligueros sobre las medias caladas de seda, y Nicolas nota que le falla la respiración y que es fuego lo que respiran sus pulmones… Si el tiempo pudiera detenerse… que lo hiciera en ese mismo instante.

–También me los llevaré –dice la hermosa clienta, alargando el brazo desde el probador para entregarle los ligueros a Antonia.


–¿Desea usted alguna cosa más, señorita?

–Sí –comenta la hermosa joven, con un leve gesto que reajusta su vestido sobre la espalda –Me llevaré los sujetadores a juego con las bragas.

Nicolas se acuerda de cuándo los sacó de la caja, y, de aquí en adelante, se apretarán contra los pezones de su clienta más fiel, y se rasgarán. Siente como ahora va a estallar su pantalón, viendo en su imaginario a la joven, excitada, porque algún cretino con más pasta que él le está lamiendo su jugosa entrepierna.

Antes de pasar por caja, la clienta retira del perchero un body negro de encaje y lo deposita, junto a lo anterior, en las manos de Antonia.

–¡Una compra de mil doscientos euros, don Nicolas! ¡Esta chica nos salva el negocio! –clama con júbilo Antonia, mientras Nicolas, por el pasmo de la excitación, finge un gesto apreciativo, que no puede disimular la línea de resignación que se dibuja en su rostro.

Todos los primeros viernes de mes, por la noche, Nicolas coge su Toyota Land Cruiser de gama alta y se dirige a la capital. Elige el mismo taburete en la barra de Chez Froilán, pide un Dry Martini y espera…

–¿Podemos pedir champagne esta noche, mon chéri? Estos multimillonarios la dejan a una seca…


Nicolas se gira y puede verla con el mismo vestido negro, la melena morena y su espectacular belleza sobre tacones infinitos. Piensa que, seguramente, llevará puestas las bragas de licra y raso de seda elástica con los motivos florales bordados sobre tul… si algún multimillonario no se las ha comido ya.

–Sí, claro, cómo no –titubea Nicolas. Y añade– Solo quería pedirte una cosa, si fuera posible…

Los grandes ojos azules se posan sobre los de Nicolas. Él nota cómo su piel y su pensamiento se estremecen.

–Verás… es que el negocio no va muy bien y solo quería pedirte que… si la próxima vez pudieras llevarte género por algo menos de valor, te estaría… mmmm… ¿Cómo decirlo?… muy agradecido.




Bolas chinas



Y mientras un leve gesto de enfado se dibuja en las cejas de su hermosa acompañante, Nicolas paga las copas con la misma línea de crédito que paga el coche, el salario de Antonia, las pérdidas de Nicola’s lingerie y el “acuerdo voyeur” con su joven y fiel “clienta”.



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