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Relatos ero: sexo en la piscina y en el cine – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: sexo en la piscina y en el cine – Relatos eróticos cortos

No todo el mundo puede irse de vacaciones, pero eso no significa que no tengan el mismo deseo sexual desmedido del verano. Y eso es lo que Brenda B. Lennox nos cuenta: dos historias de sexo explícito, con un estilo directo, en la piscina y en el cine. Disfruta…


Sexo en verano

Relatos ero: sexo en la piscina y en el cine


Fetiche Relato erótico corto (1)



Nos quedamos sin vacaciones por mi culpa, así que no dije ni mu cuando apareció con aquel armatoste para la piscina. Un flotador gigante, naranja fosforito, con forma de sillón. Creí que sería un capricho pasajero, pero se convirtió en su segunda piel, los fines de semana de aquel tórrido verano. Se apoltronaba, con un libro, aceitunas  y varias cervezas,  mientras yo escribía en mi despacho, agradeciendo  que ese amor desmedido fuera su único parecido con Homer Simpson.


Aquel sábado, la luz del ocaso se filtraba entre las ramas de los árboles y confería a su rostro un aura mágica. Observaba desde la ventana el brillo del agua en su barba, en el vello de su pecho, en su sexo desnudo. Me apremió la sed. Apagué el portátil y salí al jardín. La bata se deslizó  hasta mis pies y me zambullí desnuda. Buceé hasta sus piernas y emergí entre ellas con las fauces abiertas. Su miembro creció en mi boca. Sabía a cloro, y jugué con él hasta que las primeras gotas lubricaron mis labios. Lo engullí hasta la garganta mientras atenazaba sus muslos. Quería que se corriese y llenarme de él.


Me detuvo agarrándome del pelo y se sumergió a mi lado. Me alzó de cara al sillón y lubricó mi culo con aceite bronceador.  Hundió un dedo en él, dos, tres… y, cuando alcé la cadera pidiendo más, me penetró hasta el fondo. El agua lamía mi sexo como una lengua gigante, y su polla me taladraba con el ritmo que imprimían sus brazos a la colchoneta.  Me corrí cuando pinzó mi clítoris, y él, cuando apreté los glúteos apresándole dentro de mí.


Ese sillón también se convirtió en mi segunda piel hasta que lo reventé con las uñas un día que me follaba de frente, con mis pies apoyados en sus hombros, y sus manos aferradas a mis pechos. Compré otro.




L’oeil du prince* – Relato erótico corto (2)



Observaba  la cartelera del cine, y una voz me sacó del ensimismamiento.


—¿Dudando cuál escoger?— Le miré. Flequillo revuelto, frente ancha, mandíbula prominente y labios firmes. El Eastwood del Jinete Pálido me dirigía la palabra.


—No hay mucho donde elegir…


—Me han recomendado esta…  ¿La vemos juntos?— No esperó mi respuesta y compró dos entradas mientras yo escrutaba su espalda. Hombros rectos, cintura estrecha y culo firme. Mmmm. Le seguí como un perrito obediente hasta la sala, aunque me rebelé y elegí los asientos. Séptima fila, ¡faltaría más!


Me embriagaba su perfume, el magnetismo de su cuerpo y el calor de sus muslos,  pero intenté centrarme en el argumento. Un cuarto de hora me bastó para comprender que no había ninguno. ¡La película era malísima!


—El que te la recomendó no es un cinéfilo —le susurré.


—Te mentí —Sonrió con picardía.


El deseo ardía en el fondo de sus ojos, y le prendió fuego a mi vientre. No dijimos nada más. Nos escabullimos a los servicios. Nuestras bocas se devoraron mientras nos arrancábamos la ropa. Me giró con fuerza y me recostó sobre los lavabos. Sentí la frialdad del mármol en mis pechos, la lacerante presión de sus uñas en mi cadera, la dureza de su miembro en mi sexo. Me follaba como si no hubiera un mañana, duro, fuerte, profundo;  y yo le recibía como si solo existiera el hoy, apretando, girando, saliendo a su encuentro.


Nos mirábamos en el espejo y este nos devolvía la imagen: mis pechos balanceándose, su torso contrayéndose con cada embestida.  Parecíamos dos animales rabiosos. Probablemente lo éramos, porque le clavé las uñas en los muslos, y él, los dientes en mi espalda, cuando nos corrimos.


—¿Regresamos a la sala?—pregunté, sin convicción, mientras se quitaba el preservativo.


—¿Vamos a mi casa?


Vibradores femeninos


No aprobé ni una.


(*) Séptima fila. Punto imaginario en el cine o en el teatro, considerado el mejor lugar para presenciar el evento puesto que representa la misma distancia entre el ancho del escenario y el punto donde se ubica el eje central del público. En francés, se le conoce como L’oeil du prince (el ojo del príncipe).



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Relatos ero: masturbación en pareja – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: masturbación en pareja – Relatos eróticos cortos

Con Instrucciones para disfrutar de un reloj y Mímica, Brenda B. Lennox expone la masturbación en pareja como cualquier otra forma del sexo, una parte indispensable de la relación y un juego más que deseable. Disfruta sus relatos más abajo…


Relatos eróticos


Relatos ero: masturbación en pareja


Instrucciones para disfrutar de un reloj Relato erótico corto (1)



Relatos eróticos


 Me tendió un paquete envuelto en papel de regalo.


—Feliz cumpleaños.


Lo desenvolví, nerviosa, rogando que fuera el reloj que le había mencionado, con más o menos sutileza, durante toda la semana. ¡Sí! ¡Era su estuche!


—Ábrelo.


Lo hice y me llevé la sorpresa de mi vida. Saqué el botecito de lubricante y le sonreí, coqueta, disimulando la decepción.


—Me parece que este regalo es para ti.


—No. Es para ti. Dámelo.



Abrió la tapa, se untó los dedos y deslizó la mano por debajo de la mesa. Separé las piernas.


—¿Por eso me pediste que viniera sin ropa interior?


Me miró, perverso, mientras sus dedos lubricados acariciaban mi vulva y trazaban círculos alrededor de mi clítoris, con tanta lentitud, que creí enloquecer. El camarero entró en el reservado para retirar los platos y preguntarnos si queríamos postre. Disimulé como pude, aunque el bote estaba abierto sobre la mesa, olía a sexo y los gemidos pugnaban por salir de mi garganta. Hundió tres dedos en mi interior y me folló con ellos, mientras, con voz sibilina, contestaba que él no, que quería un café.


— Como debe ser. Ya sabe, negro como la noche, dulce como el amor y caliente como el infierno. ¿Y tú que quieres, amor?


Susurré que lo mismo, mientras me corría y mi orgasmo humedecía mis muslos. Cuando el camarero se fue, sacó los dedos de mi interior y los chupó con avidez.


— Bueno, puede que también sea para mí, por eso lo escogí sin sabor.


Entonces fui yo la que se llenó la mano de lubricante mientras que, con la otra, sacaba su miembro erecto de la prisión de sus boxer. Comencé a masturbarle, pero me detuvo.


—En casa te espera el reloj, pero no te hará falta. Hoy, no. Quiero que me masturbes despacio y luego follarte como si el tiempo no existiera.


Y lo hizo.


Mímica – Relato erótico corto (2)


Yaces en el sillón, con tu cabeza apoyada en mi regazo. En la televisión se suceden imágenes sin sentido, palabras sin importancia. Te acaricio. Las yemas de mis dedos se enredan en tu pelo y lo alborotan. Ronroneas como un gato mientras se deslizan suavemente por tu rostro, siguiendo el contorno de tus cejas, de tus párpados. Trazan en la comisura de tus labios una sonrisa y buscan tu lengua que los humedece para que sigan dibujando tus contornos, la curva de tu nuez, la línea de tu cuello, el ángulo de tus hombros. Descienden por tu pecho y juegan con tus pezones que se endurecen al tacto. Exhalas un gemido que los guía hasta tu miembro, que pugna por salir del boxer. Lo liberan para apresarlo en la cárcel de la mano que lo tortura sin tregua. Arde, duro y lubricado, mientras te masturbo despacio, de abajo arriba, de arriba abajo. Tu respiración se acelera, y con ella, el ritmo, hasta que tu espalda se arquea y te corres entre mis dedos, gritando mi nombre.


Yazco en el sillón, con la cabeza apoyada en tu regazo. En la televisión se suceden imágenes sin sentido, palabras sin importancia. Me acaricias. Las yemas de tus dedos se enredan en mi pelo y lo alborotan. Ronroneo como un gato mientras se deslizan suavemente por mi rostro, siguiendo el contorno de mis cejas, de mis párpados. Trazan en la comisura de mis labios una sonrisa y buscan mi lengua que los humedece para que sigan dibujando mis contornos, el ángulo de mi mandíbula, la línea de mi cuello, la curva de mis hombros. Descienden por mi pecho y juegan con mis pezones que se endurecen al tacto. Exhalo un gemido que los guía hasta mi sexo, que impregna el encaje del tanga. Lo liberan para apresarlo en la cárcel de tu mano que lo tortura sin tregua. Arde, suave y lubricado, mientras me masturbas despacio. Mi respiración se acelera, y con ella, el ritmo, hasta que mi espalda se arquea y me corro entre tus dedos, gritando tu nombre.




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Relatos ero: masturbación masculina – Relatos eróticos cortos

Relatos ero: masturbación masculina – Relatos eróticos cortos

Brenda B. Lennox nos regala originalidad e intensidad a raudales en estos relatos eróticos cortos de masturbación masculina. Si piensas que el sexo es más que penetración y que el onanismo es parte de las relaciones, incluso después de que hayan terminado, entonces, no te pierdas estas excelentes miniaturas.


Relatos eróticos


Relatos ero: masturbación masculina


Grítalo – Relato erótico corto (1)



Sé que me lees. Escudriñas las palabras buscando lo que no fuimos, lo que no somos, lo que no seremos. O, tal vez, lo que sí fuimos, lo que somos sin saberlo, lo que seremos. Preguntándote si el recuerdo subsiste, si las huellas son cicatrices o heridas abiertas, si he cerrado la puerta, si la has cerrado tú. Rabiando por no encontrar las migas de pan, el hilo que te sacaría del laberinto, las pistas para resolver el enigma.


Me odias, cuando esperas en el acantilado la llegada de una botella, cuando la descubres y te desuellas para recogerla, cuando la destapas y el mensaje no lleva tu nombre. Y cuando sí lo lleva, y el deseo te arrastra, y sacas tu miembro, y te acaricias en la penumbra, y te odias. Te odias tanto como a mí.


Dime qué fantasía guía tu mano, qué quieres hacerme, qué quieres que te haga. ¡Grítalo! Grítalo hasta que caigan los muros, hasta que tornen puentes. Grítalo y te tocaré en la distancia, con la ternura que ellas no mostraron, con el deseo voraz que fingieron.


Grítalo y te masturbaré despacio como si el tiempo no existiera, de la raíz a la punta excitando cada poro, hasta que la pequeña muerte te devuelva a la vida, y mis dedos brillen por la humedad de tu sexo.




Película – Relato erótico corto (2)



Durante muchos años odié el invierno. Despertaba recuerdos que revelaban que las heridas seguían abiertas, que el tiempo no las había cicatrizado, que el pasado subsistía en el presente. Odiaba el invierno, sí, porque fue en invierno cuando descubrí que mi realidad era la ilusión de The Thirteenth Floor, el experimento de Dark City, el código binario de Matrix. 


Llevaba meses distante. Problemas en la empresa que le ocupaban las tardes, que le mantenían silencioso durante la cena, que provocaban su negativa cuando quería hacer el amor. Por eso quise darle una sorpresa: una cita romántica entre semana, una cena en su restaurante favorito.


Me aposté cerca de su oficina. Contra todo pronóstico, salió a su hora y, cuando iba a correr a su encuentro, observé que tomaba la dirección opuesta a casa. Se despertó mi instinto y detuvo la carrera. Le seguí a hurtadillas, con el corazón acelerado y las manos sudorosas; una copia ridícula  de Bogart en El Halcón Maltés. La persecución terminó en la filmoteca, una rubia le esperaba con una sonrisa luminosa. Mi mundo comenzó a desmoronarse. Pensé que, tal vez, nuestra historia fuera sombras en la pared de una caverna, pero me negué a mirar a la hoguera y me aferré a la ilusión.


Aguardé unos minutos, compré el ticket, y entré en la sala cuando apagaron las luces. Los localicé a pesar de la penumbra y me senté detrás. Cuando aparecieron en la pantalla los créditos iniciales, sonreí con amargura; proyectaban Mogambo, ¡qué apropiado!… el safari en la jungla, la morena despechada, el cazador cazado.


Ninguno veíamos la película. Ellos se comían a besos y yo les observaba sintiendo que el velo se rasgaba y la cruda realidad aparecía ante mis ojos. ¡Cómo pude estar tan ciega!


El hombro de ella comenzó a moverse, rítmico, y comprendí lo que sucedía. Le estaba masturbando y él se retorcía de placer. Imaginé su miembro firme, duro y cálido creciendo en su mano, rezumando su perfume, perlado por la lubricación. ¿Cuánto hacía que no lo masturbaba, que no lo saboreaba, que no lo sentía ardiendo en mi interior? ¿Qué le daba ella que no le daba yo?


Me sentía como Charlton Heston, paralizada ante la Marabunta, arrodillada en la playa del Planeta de los Simios,  gritando enloquecida en Soylent Green. Solo que el grito se había congelado en mi garganta, mi cuerpo de hielo se trizaba en esquirlas, el lago se resquebrajaba y yo me hundía en las aguas gélidas. Ella sí gritó cuando me senté a su lado y susurré su nombre, y su grito se fundió con el gemido del orgasmo, y la lava me salpicó la cara abrasándome.


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Él abrió los ojos y me miró y, en ese fugaz instante, comprendimos que el fotograma se había atascado en el proyector, que comenzaba a arder prendiéndole fuego a todo el rollo, que la película que habíamos protagonizado se estaba reduciendo a cenizas.




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