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Horimono – Relato erótico

Relatos ero: Horimono – Relato erótico 


Entra en el mundo BDSM de Brenda B. Lennox, con este sensual y delirante relato, y abandónate a la intensidad erótica de sus metáforas.

Relatos eróticos


Horimono – Relato erótico



Estaba a horcajadas sobre él. Forcejeábamos intentando someter al otro. De momento había empate. Él era más fuerte, pero yo lo aprisionaba con mis muslos y aunque elevaba la cadera no podía girarme. Su sexo se clavaba en el mío a través de las sábanas volviéndome loca. Metí los talones por debajo de su culo y me aferré a sus brazos.

—Eres mi prisionero —susurré.

—Átame.

Arqueé el cuerpo para agarrar el pañuelo de seda, até sus manos al cabecero y apreté.


Besé su frente, sus cejas, su nariz. Esquivé su boca y lamí, despacio, el lóbulo de su oreja, su barbilla, su nuez. El cuello me llamaba a gritos y clavé los dientes como si quisiera atravesar la carne y alimentarme de la sangre que fluía bajo la piel. Gimió. Su dedo buscó mi boca. Lo chupé. Luego, dos. Luego, tres. Sabían a tabaco y salitre. También la palma de su mano. Y su aliento, cuando devoré los labios que se abrieron como fauces. Su lengua culebreaba tensa y dura. Mamé. Casi gimo «córrete».

Me separé. La lujuria había exigido mi pezón. Elevé el tronco y quedó a la altura de su boca. Lo saboreó como a un caramelo. Cada vez más duro. Cada vez más derretida.

–Suéltame. Quiero comerte. Quiero que te corras en mi boca —exigió.

–No.

–Te vas a enterar.

Tironeó, pero los nudos se cerraron. Lo intentó con ímpetu, pero fue en vano. Sus ojos preguntaron con una mezcla de asombro y miedo.

–Te lo dije. Eres mi prisionero.

Me levanté y salí de la habitación.

—¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer?—Histeria en su voz. No contesté.


Me había acordado de la botella que compré en un viaje a Praga. Me apetecía estrenarla. Embriagarme de absenta, sudor y semen. Regresé sigilosa. Intentaba desatarse. Al ver el licor, su temor cedió al deseo. Al sentirme encima se le puso dura otra vez. Toda para mí. Desprecinté la botella y derramé un poco sobre su pecho. Pinté curvas en su piel con los pezones, con los labios, con la lengua. Sabía a sudor y especias. Acaricié el tatuaje de su costado. Brillaba perlado por el sudor. Vertí absenta sobre el samurái. Mis yemas fueron pincel que repasó los contornos resaltando matices. La armadura do-maru. El brazo tenso. La katana que sostenía con respeto. El vaho del licor emanaba de los dos cuerpos como una neblina y también lo deseé. Lamí su frente de gesto adusto, la barbilla inclinada, el cuello alargado. Le miré y sus ojos me devolvieron la mirada. No había deseo en ellos, sino un desprecio profundo. Una leve sombra enturbió sus pupilas. El rostro se tensó con una mueca despectiva. Y comprendí.

Me invadió el pánico. Quise huir, pero mis miembros eran piedra. El grito, arena. Alzó el brazo. La vida se rebeló y alzó el mío. Mis uñas buscaron su rostro. Mis dedos, sus ojos. Fue inútil. La katana penetró en mis entrañas y la sangre borboteó cálida. Un frío intenso me congeló los huesos. La vida se rindió.

Una voz que aullaba mi nombre me trajo desde lejos. Mi cuerpo yacía desmadejado sobre otro cuerpo. Lo reconocí a duras penas. Me incorporé mareada. Un reguero blanco recorría mis muslos. Mi sexo aún estaba húmedo. Miré su costado. Estaba cosido a arañazos. El tatuaje rezumaba. Ahogué un grito. Lo desaté temblorosa. Me abrazó fuerte. Lloré.

—Todo está bien. Todo está bien. Todo está bien.

—Voy a curarte —. Me agarró con fuerza.

—Dame la botella.

Se la di. Derramó absenta sobre las heridas.

—Es alcohol, ¿no es cierto?

Asentí. Sonrió.


Bolas chinas


—Átame.



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Otto, El Guardián del deseo (1) – Relato erótico

Relatos ero: Otto, El Guardián del deseo (1) – Relato erótico 


Nadie como Nuria Alvaréz relata las oscuras profundidades del deseo humano. En esta ocasión, un viaje desde la superficie de nuestro comportamiento alumbra el descenso hacia los apetitos o el hambre; el interés, la indiferencia o el miedo.

No puedes perdértelo…

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Otto, El Guardián del deseo (1) – Relato erótico



La noche se estaba portando bien con él. Tras la caída del plan inicial por la indisposición de su amigo, Sergio había optado por acercarse solo al local. Un tanto aturdido al principio, por faltarle el apoyo que dan los compañeros, y sin saber muy bien a dónde mirar y qué actitud adoptar, decidió acercarse con cierto temor a la barra y pedir una bebida.

En un local como ese, con el ruido atronador de la música, las risas, los chirridos de los vasos, pedir una copa no es asunto siempre sencillo. De talante tímido, pusilánime y un poco dado a la introspección, Sergio sentía que todas las miradas de los allí presentes se fijaban en él; en su disimulada torpeza con las manos, en su falta de iniciativa para hacerse oír ante el barman, en su estar de puntillas frente a la barra para compensar su falta de altura… Todas las miradas, salvo la del camarero…


Una chica resuelta que acababa de colocarse detrás de él pidió tres “martinis”, y un tipo con aires de haber reconquistado, él solito, Troya, le pasó por delante y pidió una bebida. Finalmente, la mirada piadosa y un tanto resignada del camarero se posó un instante en Sergio que, titubeante, solicitó algo de beber, mientras rebuscaba, torpemente, en el bolsillo del tejano, el vale de la consumición. Una vez con la bebida en la mano, dudó entre qué hacer, si buscar asiento entre alguno de los pocos butacones que quedaban vacíos en el local o acodarse en la barra, si aparentar ser por unos instantes Rick, el dueño del local de Casablanca, o James Bond en Casino Royale. Un fuerte empujón le sacó de estas ensoñaciones y le devolvió a la realidad.

–Perdona, no es fácil verte. Eres más bien chiquito, ¿lo sabías?

Allí estaba ella, con su moreno pelo corto, sus tejanos muy ajustados, sus ojos color almendra y sus, al menos, dos cuartas más que Sergio, que hacía que lo mirara de arriba abajo, como hacen los chopos con la grama.

–Me parece, chiquitín, que aquí estás más perdido que un pulpo en un garaje… Ven, vamos a mi piso, a ver si allí te desenvuelves algo mejor –le dijo en un tono que Sergio, por más que lo hubiera querido, no hubiera ni tan siquiera sabido decir que no.

La noche se estaba portando bien con él, pues allí estaba, junto a una hermosa chica y frente a la puerta de su apartamento.

En el momento en que ella introdujo la llave en la cerradura, Sergio oyó, al otro lado de la puerta, el trotar de algo que podía ser un búfalo en estampida acompañado de jadeos y sonidos varios, que le daban a entender que se estaban abriendo las puertas del infierno. Se quedó por un instante petrificado, algo que ella apreció.

–No te preocupes, es Otto, mi bebé.

Cuando la puerta se abrió, una inmensa mole de carne se acercó corriendo por el pasillo, de tal manera que, aunque le hubieran puesto delante la puerta blindada de Fort Knox, no le hubiera detenido. Intentando tragar saliva y con el culo pegado a la puerta, Sergio se atrevió a preguntar:

–¿Es un dogo argentino, no?


La mirada del perro se clavó en sus ojos, mientras la boca le quedaba a apenas tres centímetros de algún lugar entre los genitales de Sergio y el ombligo. Sergio intentó, inútil e involuntariamente, retroceder, al tiempo que las comisuras de la boca del coloso empezaban a desprender algunos hilos de baba. Ahora, un ligero gruñido, que no anunciaba nada bueno, emergía de su garganta. Y allí estaba Sergio, con un perro de sesenta kilos que le mantenía la mirada fija, mientras le apuntaba donde más duele con su boca. Ella, sin prestar demasiada atención a Sergio, se dirigió por el pasillo hacia la habitación, levantándose la camiseta de forma que su infinita espalda quedaba al descubierto y sus apretados glúteos dibujaban en el aire el movimiento más sexi que Sergio hubiera podido soñar jamás. Entre tanto, el perro babeaba cada vez más y no parecía dispuesto a dejarle hacer un solo movimiento.

–Otto –dijo ella en un tono suavemente imperativo, antes de entrar en la habitación–. Deja al chiquitín y vente con mamá.



Bolas chinas


Inmediatamente, el perro, que podría perfectamente haber guardado las puertas del Hades, perdió interés por Sergio y se apresuró por llegar junto a su ama. Sergio avanzó despacito por el pasillo, temiendo que, en cualquier momento, el moloso se diera la vuelta. Cuando alcanzó la habitación, lamentó no haber sido un pintor del Renacimiento, pues frente a él se encontraba, junto a la cama, el cuerpo desnudo más escultural y bello, que ningún pintor de diosas hubiera visto jamás. Y junto a ese cuerpo, Otto, sentado sobre las patas de atrás, atento, jadeante, volvía a mirarlo fijamente. Ella se tumbó sensualmente sobre la cama, entreabrió sus piernas y empezó a acariciarse la vulva con lentitud y maestría.

Ya puedes continuar con la segunda parte aquí: Otto, El Guardián del deseo (2) – Relato erótico




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Te pintaré los pies con la punta de mis dedos – Relato erótico

Relatos ero: Te pintaré los pies con la punta de mis dedos – Relato erótico 


Los relatos de Valérie exploran la condición humana, y Te pintaré los pies con la punta de mis dedos no iba a ser menos.

Sigue leyendo… si estás preparad@ para descubrir nuevos placeres que pueden cambiar la forma en la que entiendes la vida (¡y el sexo!).

Relatos eróticos

Te pintaré los pies con la punta de mis dedos – Relato erótico



Epílogo 1



Cuando me desperté, una sensación de plenitud me había invadido. Como si mis problemas se hubiesen desvanecido, como si hubiese dormido plácidamente más de ocho horas, sin tormento, sin pesadillas. Me incorporé ligeramente, con cierto miedo a que la paz que reinaba dentro de mí se volatizara y vi el enorme salón lleno de butacas de diseño, de cuero blanco, mullidas, acogedoras. También aprecié el piano blanco de cola en medio del salón, con partiduras caídas en el suelo, como una lluvia de alas sedosas.

Me acordé de la música de la noche anterior, en bucle, algo clásico y agradable, las velas de jazmín y flor de azahar esparcidas por todos los rincones, el cosquilleo que me había producido al principio y que, rápidamente, se había convertido, para mi sorpresa, en un placer inmenso. Me levanté, poniendo mis pies desnudos sobre el mármol frío y me acordé de la sensación… Busqué, saltando como un niña sobre las alfombras persas, para no tocar el suelo, mis medias de nailon que estaban tiradas en una de esas butacas, al lado de mis zapatos, y empecé a enrollarlas con delicadeza entre mis dedos, para ponérmelas. Observé, de repente, que algo sobresalía de uno de mis zapatos. Me agaché y cogí el papelito que estaba doblado con esmero. Lo abrí y descubrí una frase escrita con mi lápiz negro de ojos. Una frase que, ahora sí lo tenía claro, me había susurrado él a lo largo de la noche.

Sonreí.

Así empezó todo…



La noche anterior, había quedado con unos amigos de la oficina, pero, esta vez, acudí sin demasiadas ganas al bar de siempre. Intuía que íbamos a hablar de trabajo. Fuera de la empresa, habíamos pactado no mencionar al jefe ni la cantidad de estrés que sufríamos todos y que, en resumidas cuentas, quedábamos para pasárnoslo bien. Nada más. Pero esa noche iba a ser diferente porque a Raúl le habían ascendido. Ya veía el panorama: brindis por Raúl que iba a empezar el lunes en su nuevo despacho de alto ejecutivo, brindis por el jefe que había propuesto su nombre a Dirección, brindis por nosotros… No me hacía ninguna gracia acudir. Pero me gustaba Raúl y me alegraba mucho por él.


Llegué pasadas las diez de la noche, enfundada en un vestido de tubo negro, con cuello cisne y unos stilettos rojos altísimos. En el callejón que llevaba al bar, sabía que mi look llamaba la atención, pero no me molestaron los silbidos de los hombres que se dieron la vuelta para ver cómo mi culo se contoneaba bajo el vestido ceñido. Cuando abrí la puerta del local, ya estaban todos. Vi un brillo especial en los ojos de Raúl que, aunque me mirara discretamente, sin perder la compostura, no podía ocultar que estaba deslumbrado. Vino a mi encuentro y, dándome un beso en la mejilla, me susurró:

–Estás esplendida esta noche. Bueno, siempre estás espléndida, pero hoy, estás especialmente increíble.

Le devolví el beso a modo de agradecimiento y saludé al grupito que ya había pedido unas cuantas botellas de champagne.

–¡Wauuuu! Veo que no vais de farol esta noche –exclamé al observar varias botellas de Dom Pérignon Gran Reserva en la mesa.

–Paga Raúl –dijo Eli, riéndose, mientras acercaba su flauta a la boca–. Al fin y al cabo, a partir de ahora, va a ganar más pasta que todos nosotros…

Eli se bebió el champagne de un trago y, con una servilleta de papel, limpió el carmín rojo que había manchado el borde de su flauta. Todos nos pusimos a reír. Si no recuerdo mal, fue el momento más divertido que compartimos todos juntos esa noche. Eli con su servilleta de papel deshilachada, Eli retocándose los labios con un espejito de bolsillo, Eli bebiendo directamente de la botella…


Pasaron las horas y las botellas, los canapés deliciosos y las miradas encendidas de Raúl hacia mí. Horas y horas hablando de trabajo, como me temía, pero con algún respiro cuando Raúl se dirigía exclusivamente a mí. Parecían pequeñas treguas que combatían el aburrimiento. No tenía demasiadas ganas de participar en la conversación y solo pensaba en irme a casa ya y quitarme rápidamente esos malditos stilettos que me aprisionaban los pies. Incluso estuve a punto de quitármelos bajo la mesa, pero temí no poder volver a ponérmelos después. Así que me aguanté. Hasta que no pude más y mi rostro empezó a crisparse en una extraña mueca que, al parecer, solo notó Raúl…

–¿Te encuentras bien, Laura? –me preguntó cuando vio que me levantaba, decidida a irme a dormir.

–Sí, sí, no te preocupes. Creo que ya es hora de que me vaya. Mañana tengo una reunión importante y no son horas para mí –mentí.

Una vez de pie, me puse a andar a duras penas, intentando disimular. Pero fue en vano. Comencé a dar pequeños tumbos de derecha a izquierda y supongo que todos pensaron que estaba borracha. Pero no era eso. Me costaba horrores andar sobre esos tacones infinitos, que parecían un alambre punzante. Raúl se levantó en cuanto me vio titubear y, con la galantería que siempre le ha caracterizado, anunció que me iba a acompañar a casa. Me negué; al fin y al cabo, era su fiesta. No me hizo caso y se despidió de todos.

–No estoy borracha, Raúl –le dije cuando estuvimos fuera.

–Lo sé, Laura. No has bebido ni un tercio de lo que nos hemos metido el resto en el cuerpo.

Me paré en seco y lo miré, poniendo cara de no entender a dónde quería llegar.

–Sé que te duelen los pies, Laura. Estos zapatos que llevas son maravillosos y muy sexis, pero tú siempre llevas bailarinas…Así que, por lógica… ya sabes…–dijo, agachándose para quitarme con delicadeza los stilletos.

Perspicaz, Raúl, muy perspicaz… Siempre lo había intuido…


Acabé, no sé muy bien cómo, en su casa; mis zapatos en los bolsillos de su americana Hugo Boss y andando de puntillas, con un agujero enorme en mi media derecha de nailon. Éramos ridículos los dos. Pero éramos naturales. Me senté en una butaca increíblemente cómoda, se quitó la chaqueta y puso un CD de Schubert. Las primeras notas empezaron a surgir y él se instaló a mis pies como quien quiere hacer una confidencia.









Schubert, Trio op. 100 – Andante con moto






El chelo resonaba en el salón y su mano cogía con fuerza, al compás del instrumento, mis pies mortificados. Dejé caer hacia atrás mi cabeza y cerré los ojos. Era un virtuoso de los masajes, no me cabía duda. Pasados unos minutos, noté algo de humedad en mis pies… Bajé la vista y encontré a Raúl lamiéndome, por encima de las medias, los dedos de pies, de uno a otro con gula y ansia. Al principio, la sensación que me produjo fue de un fuerte cosquilleo y, de manera automática, intenté apartarme de sus fuertes y venosas manos. Era superior a mí.

Al ver mi reacción, los cogió con más firmeza, traspasando con sus ojos mi mirada, hablándome sin palabras, con aire comprensivo pero decidido. “Déjate llevar”, parecía susurrarme. Y le hice caso.

A las pequeñas molestias del principio les siguieron sensaciones extrañas, nunca antes experimentadas, regadas de su saliva, cada vez más abundante. El nailon se pegaba a mi piel como la miel en los dedos. Era una mezcla de cosquilleo y placer. Nunca hubiese imaginado que esta parte del cuerpo pudiera llegar a ser tan sensual.

Raúl empezó a jugar con el agujero de mi media y, cuando sentí un dedo tocar directamente mi piel, empecé a curvar más la espalda. Raúl decidió, tras un suspiro de gozo, que ya estaba lista para quitarme las medias y, con un gesto estudiado, levantó mi vestido, agarró la parte alta de mis medias y las deslizó sin prisa a lo largo de mis piernas.


Jugueteaba con ellas, las pinchaba y las llevaba hacia él, para luego soltarlas y dejarlas que recuperaran su forma natural, como si de una goma elástica se tratara. Al final, las medias acabaron en el suelo y fue cuando, con la punta de la lengua, empezó a lamer cada uno de los espacios entre los dedos. Su lengua era sibilina, nada predecible y más de una vez tuve que pedirle que parara. Estaba al borde del orgasmo…

Para mi sorpresa, se levantó y empezó a rebuscar en mi bolso el neceser de maquillaje. Yo estaba paralizada, no preguntaba nada, solo quería que no acabara nunca. Quería ser su muñeca, su objeto de deseo, de piel humana o de nailon; la que goza solo para él… con los pies mortificados por unos zapatos demasiado estrechos y altos. No importaba nada más.

Cuando se sentó nuevamente a mis pies, llevaba algo en la mano. No conseguí entrever lo que era. Su pulgar ejerció, esta vez, una presión más fuerte en el empeine derecho, mientras, sin aliento, acarició por encima del vestido mis pezones, que querían hacerse sitio entre el hilo… Pero volvió a mis pies, su fetiche, su adoración, su todo.

Me dio repentinamente la vuelta. Me dejé hacer, no había ningún tipo de resistencia en mí. Me sentía desarticulada… y me gustaba.

Sin esperármelo, sentí un líquido caliente y espeso inundar las finas ranuras de las plantas de mis pies. En aquel preciso momento algo cambió en mí. Mi sexo se puso a palpitar más rápido que mi corazón y llegué, yo también, al orgasmo.


Me quedé quieta, sin girar la cabeza, las rodillas apoyadas en la butaca de cuero, disfrutando del momento y la música. El semen seguía el trayecto de los dedos de mis pies y goteaba en el suelo. No me di cuenta de que Raúl se había levantado. Cuando volvió, me agarró los pies y los envolvió en una toalla para secarlos. Luego, se acercó a mi oído y me susurró:

–La próxima vez, te pintaré los pies con la punta de mis dedos.









Epílogo 2



Esa frase la escribió más tarde mientras yo dormía. Esa frase es la que estuve leyendo al despertarme en aquel papelito doblado con tanto esmero, entre el mármol frío, las alfombras persas y el olor a flores.


Bolas chinas


Me puse las medias, los stilletos rojos y me fui a trabajar. Así. Sí. Así.



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Agua – SEXO Y RELACIONES

Relatos ero: Agua – SEXO Y RELACIONES 


Pueden ocurrir muchas cosas cuando escoges ir a la montaña de vacaciones y te desnudas en la orilla de un río. Pero solo a Brenda B. Lennox le suceden estas…

Relatos eróticos


Agua – Relato erótico



Semana de vacaciones. ¿Playa o montaña? Gente apiñada en la arena, chiringuitos oliendo a fritanga, orquestas de tercera… No, gracias. Parajes solitarios, comida casera, canto de los grillos… Sí, quiero.

El hotel rural se parecía a las fotos de la web como una hamburguesa a las del Burguer King. Rústico era, ¡para qué negarlo! Y cutre, y sucio, y decorado con un estilo ecléctico que haría palidecer a la casa de Alaska y Mario. «Sé agua, Brenda», repetía como un mantra mientras deshacía la maleta.

Decidí dar un paseo. Ejercicio tonificante, aire puro, naturaleza salvaje. Y tan salvaje…. Media hora después tenía los muslos crucificados de picaduras de mosquitos y arañazos de zarzas silvestres. «Sé agua, Brenda. Agua».


Seguí las instrucciones del mapita que me dieron en el hotel y llegué al río. No había ni un alma, así que me tumbé en top-less para disfrutar de los rayos de sol. Fundido en negro. Una voz me sacó de los brazos de Morfeo.

—Señora, está prohibido tomar el sol desnuda —¡Uy, “señora”! Uy, “prohibido”! Mal asunto. Abrí los ojos, dos miembros de la Guardia Civil me observaban con cara de pocos amigos. Me dieron ganas de decirles «Agentes: ¿Hay algo que pueda hacer para librarme del castigo?», pero noté que no estaban para bromas, así que me tapé con una toalla y cogí la multa sin rechistar.

La orilla se había llenado de gente. Per-fec-to. Me puse la parte de arriba del bikini y mis pechos aullaron. Los tenía rojos como tomates. «Sé agua, Brenda. Agua». Agua, ¡por Dios, sí! Urgía un chapuzón, pero no quería bañarme al lado de las familias que me miraban como si fuera Is-Dahut reencarnada, así que me alejé. Entré resuelta en un rincón apartado, resbalé con el limo y me di un costalazo contra las rocas. Intenté levantarme con toda la dignidad del mundo, pero no pude. ¡Ay!, me había torcido el tobillo.

Y ahí estaba yo, con el agua hasta el cuello, cuando un ángel de ojos azules, cabello rubio encrespado y cuerpo perfecto me alzó en volandas para llevarme al paraíso del Señor. Me había matado, estaba claro. Al final resultó que era un miembro de la Cruz Roja de vacaciones, que me depositó con mimo sobre la toalla, mientras insistía, preocupado, en examinar la lesión.

—Te va a doler —Asentí y aguanté.

Dolía, sí, pero sus manos eran suaves y, poco a poco, el dolor se fundió con el placer. Me excité. Deseé que apretara, que acariciara, que apretara de nuevo arrancándome una súplica, una orden, un gemido. Que una de sus manos, (suave, sí) se deslizara por mis piernas hasta las ingles, que sus dedos se hundieran en mi interior, que me follaran despacio mientras los dedos de la otra apretaban el tobillo. Placer, dolor, placer, dolor, placer…


Mi sexo estaba húmedo; mis pezones, enhiestos; mis labios, entreabiertos. Exudaba deseo. Él no. Me miró con ojos azules como el hielo y me dijo, serio, que tenía que llevarme al hospital para que me curaran. Tonta, tonta, tonta. No eres agua, sino lodo. Tonta, tonta, tonta…

Diagnóstico: Esguince. Tratamiento: Vendaje y reposo obligado. Maravilloso. Tumbada boca arriba, dopada con calmantes, observaba el techo de aquella habitación infame maldiciendo mi idea de veraneo alternativo. Unos golpes resonaron en la puerta. Me acerqué cojeando y abrí. El ángel sonreía en el umbral.

—¿Te encuentras mejor?

—De vicio.

—Estamos de mal humor, ¿eh?

—Perdona. Gracias por venir. Pasa —Él no tenía la culpa de que me sintiera estúpida—. Te ofrecería algo de beber, pero no queda nada en el mueble-bar —dije, señalando al vacío. Sonreí. Sonrió.

—Déjame mirar ese tobillo.

Me senté en la cama y él se arrodilló. Sus manos examinaron el vendaje con delicadeza. Volví a excitarme y separé las piernas. Me miró, con ojos azules como el cielo, y deslizó los dedos hasta los muslos acariciando los moratones, las picaduras, los arañazos. Sus labios siguieron su estela, separaron el tanga y se hundieron en mi sexo. Lamió, chupó, mordió, lamió, chupó… y yo cabalgué, aferrada a su pelo.


Bolas chinas


—Apriétalo —Apretó el tobillo. De nuevo, el dolor se fundió con el placer. Y fui agua, en su boca.



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