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Cuando calienta el sol

Relatos ero: Cuando calienta el sol – Relatos erótico  


Era un día soleado y me encontraba tomando el sol junto a la piscina del hotel, estaba acostada en una de las sillas para tomar sol y llevaba puesto un pequeño bikini de color rojo fuerte, unas gafas oscuras y me puse un sombrero para protegerme la cara. Me había puesto crema bronceadora en todo el cuerpo y estaba escuchando música. Como llevaba gafas de sol, podía mirar sin que me vieran, y me dediqué a observar a dos chicos que estaban sentados al pie de la piscina conversando. Eran musculosos, altos y bien parecidos, y como soy tan cachonda me imaginaba cómo serían sus trancas, pues por encima del pantalón de baño se veía un bulto considerable. Me imaginaba mamándoselas. Solo de pensar esto mi coño empezaba a humedecerse y me ponía cachonda.

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Cuando calienta el sol – Relato erótico 



Para disimular y poder sobarme la raja, decidí girarme boca abajo, estiré el tanga hacia arriba y la tira se me clavó en el chocho, de esa forma, por poco que me moviese, me rozaba y me daba gusto. Estaba tan atareada que no me di cuenta de que se habían acercado a mi hamaca hasta que dijeron:

– Hola ¿podemos acompañarte, quieres que te pongamos bronceador en la espalda o cualquier otra cosa?

Yo los miré, sonreí y al mirar hacía la piscina pude ver que ya no había nadie más, solo los dos. Me giré boca arriba para poder hablar con los chicos, ellos se presentaron y después de hablar algunas cosas, uno de ellos me dijo:

– ¿Por qué no te giras de nuevo y nosotros te aplicamos bronceador en la espalda?

Yo acepté, solo para provocarlos con mi culo respingón y me los ligaba, ya que mi chocho iba loco por recibir uno de esos enormes y hermosos pedazos de carne. Entonces solté la tira del sujetador para que pudieran echarme crema en toda la espalda. Uno de ellos, muy suavemente, aplicaba la crema mientras me decía:

– Oye, tienes un bonito trasero ¿quieres que también también te ponga bronceador allí?

Yo le dirigí una mirada insinuante que los dos chicos entendieron y entonces echó un poco de crema en mis redondas y grandes nalgas y con movimientos insinuantes me las acariciaba, lo cual hizo que me encendiera aún más y sin pensarlo más, me giré y quitándome el sujetador dejé al descubierto mis enormes tetas, la cuales ya se encontraban erectas y mis pezones parecían dos chupetes de lo excitada que estaba.

Aquello se nos iba de las manos y estábamos al aire libre, les dije que no era muy sensato hacer según qué cosas allí en medio y me dijeron que si quería podían subir a mi habitación y allí nos fuimos a toda prisa.

En cuanto llegamos fuimos directamente a la habitación, volví a sacarme el sujetador y le dije a uno de los chicos que me las chupara. No se hizo esperar y metiéndose una en la boca empezó a chupármela mientras que, con la lengua, acariciaba mi pezón y con la otra mano estiraba mi otro pezón.

Entonces el otro chico apartó mi braguita con una de sus manos y metió la cabeza entre mis piernas empezando a acariciarme el clítoris, con la lengua, humedeciendo aún más mi coño.

El otro no se hizo esperar. Sacó su enorme polla y me la acercó a la cara. La cogí con una mano y tras acariciarla un poco, me la metí en la boca y me la tragué de un solo bocado. Siempre me han dicho que soy una buena mamona ya que es que mi boca es grande. Normalmente me llaman “garganta profunda”. Mientras la chupaba la recorría con mi lengua y acariciaba sus gordos huevos hasta que, de pronto noté algo enorme estaba intentando abrirse paso en mi chocho. Me había hecho una buena “comidita” y lo tenía completamente lubricado, por lo tanto, con un pequeño empujón le bastó para metérmela hasta el fondo. En cuanto vio que la tenía dentro empezó a bombear con rapidez.

El chico al que se la estaba chupando me decía:

– Sigue chupando así, que lo haces de maravilla y me vas a sacar la leche con esa mamada que me estás haciendo, y amigo si vieras cómo mama de bien.

Al oír esto, el que me estaba follando, la sacó y rápidamente me la metió en la boca, por supuesto el compañero, ni corto ni perezoso, ocupo su lugar y me la clavó en el coño. Por lo visto, la tenía más gorda porque en cuanto empezó a follarme, me corrí como una loca.

Estaba excitadísima y disfrutando como una cerda. Con un rabo en la boca y otro en el chocho, que más se puede desear. De pronto, me dio la sensación de que alguien nos estaba observando. Por lo visto, un amigo de ellos, nos había visto entrar en mi apartamento y nos siguió. La puerta no estaba cerrada y estaba mirándonos con cara de vicioso.

– Venga, únete a nosotros – contestaron ellos – Es tan caliente que nos va a dar placer a los tres.

El nuevo, sin pensarlo más sacó su tranca del pantalón y al verla me quedé asombrada al constatar cómo era de gruesa, estaba ansiosa por probarla, y pude hacerlo pronto, ya que al que se la estaba chupando, y sin avisar, me lleno la boca de leche. Por supuesto, me tragué la corrida y automáticamente. De pronto noté algo caliente que humedecía mi vientre. Era la leche del que me estaba follando el chocho, que estaba “barnizando” mi cuerpo.

Entonces el chico que llegó el último me hizo levantar con el pretexto de ver mis nalgas pero en realidad era para sobar, con su gorda tranca, mi culo. Primero me abrió las nalgas, metiendo su legua en el ano fue lubricándolo, y fue algo maravilloso sentir su lengua en mi culo y yo le decía:

– ¡Ah, qué gusto, que lengua tan sabia, cómo la sabes usar de bien!

– Tienes un culo glorioso, descomunal mira cómo está de excitado, mira cómo se abre tu ano con solo tocártelo, no necesitas que te lo moje porque él solito se moja.

Yo estaba tan excitada que hacía movimientos insinuantes y le decía que por favor me la metiera rápido, que no aguantaba más las ganas de que me abriera el culo con ese aparato tan hermoso y él, después de sobar con la punta de la verga el hueco de mi ano, fue abriéndolo poco a poco hasta meterla toda dentro. Sentía su gorda verga cómo tocaba fondo y con movimientos fuertes la metía y la sacaba y de vez en cuando golpeaba mis nalgas.

Mientras esto ocurría, yo mamaba las pollas de los otros chicos, hasta que uno de ellos dijo:

– ¡Follémosla por todas partes al mismo tiempo!

Dicho esto se tendió en el suelo y yo traté de acostarme encima de él sin que se me saliera la polla del culo, pues estaba disfrutando al máximo esta enculada y le decía;

– No la dejes salir, por favor, no quiero tenerla fuera, tienes una polla increíble.

Cuando ya estuve acomodada con la polla del otro chico dentro del coño, le dije al que me estaba dando por el culo que se moviera más fuerte para sentir la polla en mi coño, que me excita mucho sentir que me tienen clavada por los dos agujeros donde más les gusta a los hombres meter sus pollas. Así lo hizo y también le dije que no quería que se corriera rápido, que nunca me habían dado por el culo con una verga tan gorda. Yo seguía mamando la polla del otro chico y como me follaban con tanta fuerza esto hacía que yo chupara más rápido. Esto duró un buen rato hasta que el chico al que se la estaba chupando dijo al que me daba por el culo:

– ¿Puede ser que le quepan dos pollas en el culo?

– Tiene el culo tan abierto que le caben dos pollas y se las traga hasta los huevos – contestó el otro. La sacó un poco y de pronto noté cómo intentaba entrar la del otro tío. Me dolía un poco, pero cerré los ojos e imagine mi culo, abierto a tope y con dos pollas intentando abrirse paso en mi agujerito. Era una locura. No se equivocaron, por lo visto mi culo era tan profundo y tragón como mi boca, en poco rato, tenia los dos rabos alojados y entrando y saliendo desaforadamente.

El otro chico que tenía debajo, dándome por el coño mientras me comía las tetas, ya que por los movimientos rápidos mis pechos le daban en la boca y él me los chupaba, me mordía los pezones y con sus manos me los retorcía.

– ¡Sigue chupándome las tetas que esto me pone más caliente! – le decía yo.

En unos momentos, la habitación se llenó de gemidos y de gritos.


Yo decía que iba a correrme, el que me follaba el chocho, se corrí, y los que me daban por el culo, gimiendo, sacaron sus palos de mi culo y me llenaron la espalda de leche.

Parecía el baño de Cleopatra, había leche por todos los lados. Me levanté como pude. Tenía las piernas dormidas por la posición y el culo roto por la follada de aquel par de ejemplares.




Sin decir nada, me dirigí al baño para ducharme y relajarme un poco. A los pocos minutos entraron en la bañera los tres tíos. No es que hubiera mucho espacio, pero tardamos poco en volver a meternos mano. Fue un precalentamiento ideal, ya que cuando salimos del baño, nos volvimos a enfrascar en un folleteo que ya os contaré en otra ocasión.



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Mi mujer, su amiga y mis cuernos

Relatos ero: Mi mujer, su amiga y mis cuernos – Relatos lésbicos 


Yo no podía dejar de estar pensando y pensando sin poder conciliar el sueño. Dormida, Raquel me pegó su caliente y divino cuerpo, apretándose contra mi pierna y así me fui quedando dormido, no sé por cuanto tiempo. A medida que el sol fue colándose en la habitación, me fui acordando más y más de la fiesta a la que habíamos ido la noche anterior.

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Mi mujer, su amiga y mis cuernos – Relato lésbico



Todo sucedió de la manera más inesperada. De repente la fiesta pareció cobrar brío. La gente había entrado en calor y se formaban parejas que desaparecían por todas partes. Comencé a buscar a Raquel, mi mujer.

Pasé más de media hora buscándola por toda la casa sin encontrarla. Fue cuando se me ocurrió buscarla fuera y. algo hizo que me fijara en nuestro coche. Estaba estacionado cerca de los matorrales que bordeaban la entrada para los vehículos. Me fui acercando al vehículo caminando sobre las puntas de los pies, sospechando que probablemente Raquel se encontraba ahí con otro hombre. Y me quedé petrificado, inmovilizado por la sorpresa.

Efectivamente, estaba allí, pero no con ningún tío, sino con una mujer, precisamente con Sonia. En la débil luz del farol del estacionamiento podía verle las torneadas piernas a Sonia levantadas encima del asiento, despatarrada, frotándole toda la peluda almeja en la cara a mi mujer.

Quedé de pie allí como un zombi alumbrado por la luna llena, todo sorprendido, incapaz de moverme o de pensar siguiera. Las luces largas de un coche que pasaba me alumbraron la escena aún más, y los ojos de Sonia y los míos chocaron. Su cara se heló, pero aún así no alertó a Raquel, quien continuó chupándole la raja como una loca. Salí del ensimismamiento cuando oí que un amigo mío se acercaba llamándome. Abandonando el lugar rápidamente, me uní a él y regresamos a la fiesta juntos fingiendo yo que no pasaba nada, cuando en el fondo estaba lleno de confusiones y contradicciones.

Y es que eso de sorprender a tu mujer en esa clase de movidas es algo verdaderamente impactante. Claro, uno espera, en el caso de que suceda, encontrarla enredada entre los brazos de un hombre, pero no entre las piernas de una mujer. Para un hombre, saber que prefiere el chocho de una mujer a otra polla, duele y jode, es que como si no valorara al macho que tiene en casa.

Ya de nuevo en la fiesta, me puse a beber y me reía como un estúpido, pero mí mente no paraba de rememorar la desconcertante escena que había visto en el coche. Me quedé solo en un rincón de la sala de la residencia, cavilando y minutos después vi a Sonia zigzagueando por entre el tumulto que había en la sala, tratando de llegar hasta donde estaba yo. Su mano sujetaba una copa. De solo saber que la muy zorra tenía el coño empapado con la saliva de mi mujer, se me puso dura, pero también estaba tremendamente cabreada.

¡La cabrona pervertida de Sonia, si yo la dejaba, iba a convertir a mi mujer en una bisexual! Cuando Sonia me preguntó lo que pensaba de todo aquello, se lo hice saber sin remilgo alguno en una sola expresión.

– ¡Vete a la porra!

– Quiero que sepas que no le he hecho nada a Raquel, cuando menos nada malo… tú eres el marido, su pareja a quien ama… – me contestó la muy cínica.

– ¡Y tú la marimacho …!

– Escucha Antonio, no es para que te pongas así, ya eso pasó, o te tranquilizas o tratas de resolver el asunto, pero nada ganas con molestarte…

– Lárgate… – le dije fríamente, con toda intención.

Pero ella me detuvo cogiéndome de un brazo cuando era yo el que se iba a marchar.

– Oye, espérate… ¿Por qué no hablamos…? En el piso de arriba podemos conversar un poco y hasta podríamos calmar un poco los ánimos, ¿vamos?

No sé por qué le hice caso, Pero la cosa es que subimos. Sonia me iba a explicar las cosas y yo lo que quería era poner las cosas muy claras, como se dice. Pues yo también tenía cosas que decirle. Así que llegamos a la habitación al final del pasillo y cerramos la puerta. Mirándola todavía con rabia, me senté en el marco de la ventana abierta mientras ella se paseaba nerviosamente de un lado a otro, diciéndome una sarta de cosas que yo escuchaba difícilmente por mi justificada irritación, explicándose. Hablándome algo de un idilio que había comenzado durante los años en que las dos habían sido estudiantes. La charla que me estaba dando no me hizo cambiar de opinión ni de sentir. Yo estaba completamente en contra del asunto, e iba a darle una buena vapuleada a Raquel cuando la agarrara por mi cuenta en casa.

Al fin Sonia comprendió que yo no iba a permitir que la fiesta de lengua en el coño continuara. Entonces vislumbré un asomo de lágrimas en el borde de sus ojos, algo así como lo que le ocurre al niño que sabe que su juguete favorito le ha sido confiscado. Y eso me hizo reflexionar un poco acerca de mi actitud tan agresiva. Sonia se marchó calladamente y hasta logré oír algunos sollozos, como si de verdad le pesara mi comportamiento. Yo salí como un vendaval de la habitación, viendo cómo Raquel trataba de consolar a su amante.

Cuando Sonia se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con los míos, se lanzó escaleras abajo a toda prisa. Tomé a Raquel por el brazo, la miré fijamente, y no la solté. No la hice partícipe de lo que había ocurrido entre Sonia y yo, pero le advertí que teníamos que hablar muy seriamente.

Apenas pasados un par de minutos nos marchamos de la fiesta y durante el trayecto a la casa no nos dirigimos ni media palabra. Cuando llegamos, Raquel llamó a Sonia por teléfono, pero nadie le contestó y tuvo que colgar. No tuve misericordia La empecé a bombardear verbalmente con todo lo que Sonia me había contado, incluyendo el modo que seguramente emplearon para manosearse durante las fiestas en pijamas que ellas protagonizaban, mientras eran estudiantes y que seguramente habían continuado a escondidas mías.

Cuando terminé el cañoneo, me sentí mejor, como si me hubiera liberado de un gran peso. Me había causado tremendo dolor el haberlas encontrado de aquella manera, haciéndolo y a espaldas mías, viéndome la cara de cornudo.

No sé qué me dolía más, si el secreto que Raquel nunca me había revelado, un secreto sin compartir con el hombre con el cual se vive, con el compañero, o el haberlas encontrado chupeteándose las rajas como las había visto. Nunca había sospechado ni ligeramente que Raquel y Sonia eran de esa clase da amantes. Vaya ni siquiera había pensado en la posibilidad siquiera de que ambas tuvieran esa clase de mañas.

Me dejé caer en el sillón como un pugilista que ha sido destrozado a golpes por el oponente, exhausto, vacío, con la mente toda liada por el impacto, por la vorágine de saber que mi mujercita tenía una amante con quien me había traicionado de la peor manera emocional y racionalmente. También, desde luego, me sentía confundido al enterarme de golpe y porrazo que la compañera de mi vida era bisexual. Todavía me sentía apabullado, pero la cólera se había apaciguado.

A medias, oí cómo Raquel se explicaba, hablando pausadamente en ese estilo meloso que la caracteriza, un estilo que no deja de tener una cierta efectividad; diciéndome que si me había escogido a mí como su pareja era porque yo, le gustaba mucho y que ella era capaz de hacerlo todo por mí… ¡Todo menos echar a Sonia a un lado…! Abandoné el sillón reclinable y me senté junto a ella. No sé por qué la besé, tal vez porque con su modo de hablar y las cosas, que me dijo me produjo cierta ternura porque, después de todo, la seguía considerando la mujer de mi vida, a la que sigo amando con toda mi alma. Quizás debió ser debilidad de mi parte, pero lo hice. En ese momento no tenía la solución a la mano para resolver el problema y una interrogante empezó a bailotear en mi mente: ¿Se iba a pique nuestro matrimonio? Oí que Raquel decía:

-Te amo, querido, y lo sabes muy bien… tú eres el único hombre en mí vida, el único…

Yo ya no sabía ni qué decirle y opté por lo más sano en esos momentos: irme a la cama y tratar de dormir. En la habitación tuve el impulso de hacer mi maleta e irme, dejando a Raquel en libertad de hacer lo que ella quisiera, incluso puse mi ropa en la maleta, pero al final la guardé con todo y ropa en el armario, me acosté y traté de dormir. A la mañana siguiente, lo primero que hice al despertarme, fue echarle ojo a mi hermosísima mujer que dormía como una gatita perezosa. Entonces sonó el teléfono, desnudo me apresuré a contestarlo, saliendo de la cama y dirigiéndome a la sala. ¡Era Sonia!

Al oír mi voz, ella debió quedar helada. Tal vez no esperaba que yo contestara su llamada. De todas maneras le informé que la cosa había terminado bien y que no había pasado a mayores, que no se había suscitado ningún tipo de pelea y menos una tragedia conyugal, aunque le dije que quizás me iría de casa para dejar que Raquel eligiera lo que más le convenía y que aceptaría la decisión que tomara.

Estábamos hablando con tanta cordialidad como si lo sucedido no tuviera tanta importancia. Afortunadamente mis horas de sueño habían logrado que se enfriara mi mente y ya no estaba tan encambronado, es más ya no lo estaba en lo mínimo. Habíamos hecho las “paces”, y Sonia, entonces, decidió ser completamente franca conmigo y me dijo:

– Antonio, ya te lo dije, Raquel y yo somos amigas desde pequeñitas, fuimos al colegio juntas. No sé cuales son tus pensamientos en estos momentos, pero el hecho de que estés casado con ella no quiere decir que tú seas su dueño, su amo o señor. Además, no le estamos causando daño a nadie. A lo mejor tú puedes ser el causante del daño…

– ¿Qué dices? ¿Daño? ¿Acaso no me habéis hecho daño vosotras a mí…?

– Sí, bueno, tienes razón pero, tú puedes causar daño también si no te das cuenta de que esto es una verdadera realidad que no podrás cambiar, si de veras la amas tienes que aceptarla como es, con sus virtudes y sus defectos, si es que a eso se le puede llamar defecto… – y luego, después de una breve pausa, añadió – Vamos Antonio, que tampoco tienes que sentirte molesto conmigo porque yo los quiero a los dos… ¿Quién arregló lo del banquete durante el día de tu boda…?

Pero en cierto modo Sonia tenía razón y yo tenía que aceptar la realidad y admitir que mi mujer era mi felicidad y ni placer, pero no era de mi absoluta propiedad aunque fuera otra mujer cuya lengua se interponía entre nosotros dos. Y luego ocurrió algo curioso y completamente involuntario. Resulta que a medida que hablaba con Sonia mi mujer nos escuchaba, ya se había levantado y oyó la parte en la que le hablaba a Sonia de irme de casa y ella había encontrado mi maleta en el armario.

Cuando Raquel salió de la alcoba, sus ojos estaban llenos de lágrimas, yo estaba de pie, desnudo y sosteniendo el teléfono, y no supe en ese momento qué pensar. Entonces le entregué el teléfono, pero ella me agarró la polla. Estuve hablando con Sonia como alrededor de unos cinco minutos, mientras Raquel me mamaba la verga hasta que se me endureció y entonces me dije: ¡Yo quiero seguir con mi mujer aunque no sea tan normal, porque la amo, porque la deseo y eso es lo único que me debe importar! Y para terminar de convencerme de que mi reflexión era correcta, me acerqué a Raquel blandiendo mi rígida verga con una mano y agarrándola de la nuca para obligarla a se comiera toda mi polla hasta las bolas, le empecé a empujar el miembro por la boca a mi asombrada mujer. Los gritos y protestas que ella daba eran ahogados por mis bombeos. Quien sabe qué cosas se estaría imaginando Sonia con todos esos ruiditos raros. Pero logré a oír como le decía:

– Raquel… ¿qué está pasando…?

Raquel se sacó la polla de la boca y le dijo a Sonia, relamiéndose los labios:

– Le estoy mamando la verga a Antonio… – y colgó.



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Relax y …

Relatos ero: Relax y … – Relatos lésbicos 


Era una mañana húmeda de primavera y estuvo lloviendo parte de la noche. En mi cama, con las sábanas alrededor de mi cuerpo, aun recordaba el sueño con el que me había despertado. Estiré mis brazos intentado tocar a mi amante, sin darme cuenta que hacía ya algún tiempo dormía sola.

Me fui al baño dispuesta a darme una ducha y cuando me vi el reflejo de mi cuerpo en el espejo, pensé que era hermoso y disfruté del contacto al deslizarse la suave tela de seda que pretendía tapar mi cuerpo.

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Tenía que darme una ducha rápida, ya que, debía ir al trabajo. Miré en el armario creyendo que daría la respuesta a la pregunta de todos los días. ¿Qué me pongo?. Así que pensando que hoy me encontraba muy excitada, me puse un vestido de tirantes, es largo pero con una abertura lateral que deja ver mis piernas, largas y doradas por el sol. Lo que tenía muy claro es que me pondría la braga tanga de color vino que tanto me gusta.

Deslicé el vestido, que cayó sobre mi cuerpo, pensando no me había puesto sujetador, pero no pasaba nada, la verdad es que no tengo lo que se dice un gran pecho, pero si el suficiente para gustar.

Hoy sería un día largo, trabajo en una galería de arte y tenía que inaugurar una exposición de pinturas. Al llegar ya había gente trabajando y faltaban muchas cosas por terminar. La mañana pasó entre idas y venidas, los obreros que allí estaban terminando de dar los últimos retoques, no dejaban de mirarme y sentía como mis pezones se ponían duros con sus miradas y eso precisamente les provocaba nuevas miradas.

Cuando me di cuenta era la hora de la comida y todavía me sentía como me había despertado, por lo que, me fui a la trastienda del local y me senté a tomar un refresco. Estaba frío, helado, lo pasé por mi cuello, por mis labios, lo bajé hacia mis piernas, lo deslicé del tobillo a mis muslos, me subí el vestido dejando ver todas mis piernas, llegue ha ponérmelo entre los muslos cerca de caliente chocho. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, estaba muy excitada. Oí que la puerta se abría, era una clienta con la que tenia cierta amistad.

Se llamaba Virginia, era una mujer guapa, pelirroja, alta, de grandes ojos azules. Rápidamente se dio cuenta de lo que pasaba y sonrió. Le devolví la sonrisa, pero con cierta vergüenza. Ella se acercó, se arrodilló y me preguntó:

– ¿Nunca lo has probado con una mujer?.

No supe que contestarle, pero no puede resistirlo y la besé en la boca sintiendo sus labios sobre los míos, la agarré por el cabello, sintiendo sus rizos en mis manos mientras ella me acariciaba los muslos y apretaba sus uñas sobre ellos. Mis manos fueron a sus pechos y noté su calor sobre la blusa, mientras que ella había llegado a mis bragas tocando con sus dedos mi clítoris. Entonces se acercó a mi oído, susurrándome:

– ¿Por qué no vamos a otro sitio?

Sin decir nada más nos fuimos a su apartamento. Era un piso grande, con una gran luz natural. Fuimos directamente a su dormitorio, habia una cama cubierta por una fina colcha de hilo blanco, me senté al borde de cama, mientras, la veía a ella sentada en un pequeño taburete, como comenzaba a quitarse la blusa, se desabrochaba lentamente los botones, dejando ver el sujetador de color melocotón. Era tan hermosa mientras me miraba, con aquellos ojos azules.

Se acerco a mí como una dulce gatita, y me tumbé. Virginia, empezó a lamerme desde el tobillo subiendo lentamente hacia mi entrepierna. Cada toque con su lengua hacía que mi excitación creciera más y más, entonces me quité el vestido dejado mis pechos al descubierto, y me los acarició. Su lengua había llegado a mi chocho, apartó el tanga, y mis piernas se abrieron como si tuvieran un resorte. Sentir aquella lengua como lamía mi clítoris, mientras que, sus dedos se introducían dentro de mi coño me estaba volviendo loca de placer. Mis piernas no paraban de moverse y mis caderas se levantaban intentando ofrecerle mi coño a tope. Ya no podía más, y gimiendo, tuve un largo y placentero orgasmo. Mientras me reponía, la vi abrir un cajón del cual, sacó unas bragas con una polla grande, mas bien enorme, y se las puso, diciéndome:

– Ahora voy a darte todo lo que quieras.

Se puso encima de mi cara, y pude ver que la braga dejaba desnudo todo su coño, que no tenía pelo. La oí decir:

– ¡Chupa!.

Empecé a lamer a pequeños toques, pues nunca había estado con ninguna mujer y todo aquello era nuevo para mí, pero al poco rato creo que me dejé llevar por el deseo y chupé aquello con gusto, la chupaba como si fuera verdad, pues en nuestro juego así lo era y al final le dije en el peor lenguaje:

– Quiero que me folles.

Ella me sonrío y me fue introduciendo aquel pollón poco a poco, y cuando empezó con sus embestidas, ya me habia corrido otra vez. Mi cuerpo deseaba más, y más.

Habían transcurridos varios meses de este primer encuentro, me invitó a una casa que tenía cerca de la playa. Me comentó que allí tenía una gran sorpresa para mí. Acepté sin pensármelo.

La casa era preciosa, de color blanco, estaba situada en una pequeña montaña y desde allí sé podía ver el mar. Pequeña y muy coqueta, tenía dos dormitorios, un salón con chimenea y cocina con un salón. Me di una ducha, y nos fuimos a pasear, hablamos de un montón de cosas, de hombres principalmente, pues desde aquel día no habíamos tenido más sexo entre nosotras dos. Compartíamos gustos parecidos, en música, en cine, incluso nos gustaba la misma ropa. Al llegar a casa me comentó que esa noche había una fiesta en el pueblo y que iríamos a divertirnos.

Parecía que nos habíamos puesto de acuerdo pues las dos nos vestimos igual. Pantalones vaqueros muy ajustados, y una camiseta que se ceñía muy bien a nuestros cuerpos. Al llegar al pueblo, vimos una feria con coches de choque, algunas atracciones de niños, una pequeña noria. Nos fuimos a tomar unas cervezas bien frías, nos sentamos en una mesa y sin darnos cuenta teníamos a dos tipos rudos frente a nosotras.

Nos invitaron a otra cerveza, después se sentaron con nosotras y nos contaron cosas del pueblo. Al poco rato llegó otro amigo de ellos, que también se sentó con nosotros.

Uno se llamaba Miguel alto fuerte, curtido al sol, tenia una manos enormes, de grandes ojos verdes. Otro era mas o menos igual, de nombre Alfonso, sus ojos eran negros como su pelo, él ultimo, era también alto, llevaba el pelo largo, atado atrás por una coleta, parecía un poco más urbano. Este se llamaba Mariano.

Después de beber varias cervezas y de reírnos de chistes, chismes y cuentos, nos fuimos, a la playa, ya habia anochecido. Con ramas y cosas que nos encontramos preparamos una gran hoguera. Creo que fue Virginia la que dijo:

– Como me apetece darme un baño.

Sin más, se desnudo y se marchó al agua, dos de ellos hicieron lo mismo y yo veía como se perdían dentro del agua jugando. Poco a poco el juego fue cambiando, se acercaron a Virginia uno por delante, la abrazaba y la besaba mientras el otro, desde atrás, le acariciaba los pechos. Nosotros dos sentados, inmóviles, observábamos la escena sin perder detalle. Poco a poco la llevaron a escasos metros de donde estábamos nosotros. Los tres iban un poco “salidos”, uno se tumbó en la arena y Virginia sin pensárselo, le puso el chocho en la boca, mientras el otro, se acercó a ella, y le puso la polla en la boca.

Era un espectáculo muy morboso. Virginia, dijo de pronto que iba a correrse, y empezó a follarle la lengua al tío que le estaba dando gusto.

El otro hombre, al que le estaba mamando la polla, espero a que Virginia terminara con su orgasmo bestial, y entonces le agarro la cabeza y no paró hasta que le lleno la boca de espesa y calentita leche.

Entonces cambiaron de posición, el que le había comido el chocho se levantó, la puso a cuatro patas y se la clavó empezando una rápida follada.

Se veía todo entre las oscilaciones del fuego haciendo que la escena fuera más ardiente. El pelo de Virginia parecía fuego, su pecho se movían rítmicamente en cada movimiento. El amigo que se habia corrido en su boca, miraba el espectáculo mientras se tocaba la polla.

Al poco rato, volvía a tenerla dura y tiesa. Me notaba tan húmeda, que miré a mi compañero, los dos estábamos excitados pero deseábamos mirar.

De pronto, el que la estaba tirando, se tumbó y Virginia no tardo en subirse encima de su polla y metersela otra vez hasta el fondo. El otro tío, sin pensárselo, la hizo agachar un poco y sin contemplaciones se la metió por el culo. Ella disfrutaba, como una cerda, gemía, gritaba y no paraba de pedir más y más.

Mi compañero, que se había dado cuenta de mi situación, se me acerco y sin mediar ni una palabra, me bajo los vaqueros, me tumbó en la arena y empezó una comida de chocho que me hizo correr al tercer lametón, pero él seguía en su empeño de hacerme correr. Estaba completamente excitada, notaba su lengua como me recorría desde el ano al clítoris, mientras veía a Virginia que gritaba de placer y de dolor, pero los hombres no paraba de moverse.

Cuando ya llevaba cuatro orgasmos, Mariano se levantó, se sacó los pantalones y me mostró una polla grande e hinchada. Me puso a cuatro patas, así que de frente tenia a estos tres pasándoselo en grande mientras que a mí me metían una polla en el coño. Virginia se dio cuenta. Hizo que pararan y se puso frente a mí en la misma posición en la que yo me encontraba. Uno de ellos se fue atrás y la poseyó como me lo estaban haciendo a mi. El de la polla grande se puso en medio de las dos y comenzamos a chupársela al mismo tiempo, con ello uníamos también nuestras lenguas, mientras que los dos hombres nos daban con fuerza. Al rato sentí como temblaban mis piernas, sentí como se corría dentro de nuestras bocas, los besos de Virginia en mi cara su lengua dulce en mi boca, mientras que los hombres se corrían sobre nuestras espaldas.

Más tranquilos, nos fuimos al mar a lavarnos, jugamos en el agua, nos sentamos al fuego, pues la noche había comenzado a refrescar, y de madrugada nos dejaron en casa, donde me di un baño para quítame la arena que todavía llevaba. Me quedé dormida al instante.

Pero la sorpresa todavía no había llegado. Virginia vino a despertarme por la mañana, y me dijo:

– Hoy llega tu sorpresa, pero tienes que jugar. Hoy serás mi Ama.



Me sorprendió pero pensé y ¿por qué no?. Al mediodía llegó mi sorpresa. Resultó ser un amigo de Virginia, un mulato de casi metro noventa. Él sería mi otro esclavo. La cosa comenzaba a ponerse interesante. Pero eso ya os lo contaré en una próxima historia.







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Mi primera vez en un trio

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Era una noche oscura la primera vez que hice un trío. La verdad: no lo vi venir. Incluso sentada en la cama con ellas, no lo vi venir. Puede parecer bobo; tal vez fuese porque nunca lo había hecho, que no se me ocurrió que fuese a pasar, incluso cuando me estaba besando con las dos, me costó darme cuenta de lo que iba a pasar. ¿Si lo deseaba? La verdad, no me paré a pensarlo, simplemente sucedió.

Relatos eróticos

Mi primera vez en un trio – Relato lésbicos



Recuerdo la primera vez que vi a Sara. No sabría explicar la atracción inmediata mutua que sentimos. Estábamos en un congreso feminista, con mujeres que habían venido de varios países de América Latina y se sentía, además del calor intenso de las primeras lluvias que comenzaban a alcanzar el trópico, el propio calor de las emociones que nos rodeaban.

Estaba junto a una amiga vendiendo libros que habíamos traducido del inglés al español para divulgarlos mientras su hija corría alegremente al rededor, hablando con todo el mundo. Flor, que era como se llamaba la pequeña, insistió en que quería un helado y acabé yendo con ella a buscar al hombre que minutos antes había pasado cerca de nosotras vendiendo polos de frutas. Flor me arrastraba del brazo cuando se soltó y abrazó a Sara. Al parecer, ya se conocían, por lo que imaginé que sería amiga de su madre. Tras un breve abrazo, salió disparada con su habitual energía y me dispuse a ir detrás de ella cuando nuestras miradas se cruzaron por unos segundos. Quien piense que eso es amor a primera vista, se equivoca, es sólo deseo. El amor no surge de la mirada. De una mirada pueden surgir muchas cosas como simpatía, complicidad, entendimiento, sororidad o incluso odio. Espero que el amor sea más que una mirada apresada en el vestíbulo de un evento feminista. Lo que sí hubo es reconocimiento, contacto de energías que tenían algo que comunicarse, tal vez verbalmente, tal vez con los cuerpos.

Horas más tarde, mientras recogía para marcharnos a la fiesta que habría horas más tarde, entré a buscar a Nieves, mi amiga, que había entrado a escuchar una de las charlas. Allí en el hall la encontré sentada conversando con Sara mientras Flor saltaba alrededor suya como si su energía nunca se acabase. Me senté con ellas y Nieves nos presentó: fue una conversación rápida, pero duró lo suficiente para volver a sentir su potente mirada sobre mí. Tenía los ojos grandes, de un marrón intenso y el cabello corto, era delgada y con la ropa ancha, y tenía mucho vello con gran orgullo. Se nota el orgullo de quienes no se depilan y desafían con ello al mundo. Habrá quienes pienses que la no-depilación es una banalidad o un hecho poco transcendental, pero quienes hayan dejado de depilarse, creo poder afirmar, entenderán que es un grito de lucha contra unas sociedades que nos llamarán de sucias, bolleras (a mucha honra) o cualquier otra cosa sobre la cual nos levantaremos con más orgullo y reafirmación que nunca. Me gusta ese tipo de poder de revolución que nace (literalmente) de nosotras y que en su banalidad, en su existencia inevitable, levanta la cólera de quienes nos rodean y no nos comprenden.

Cuando nos levantamos para irnos le pregunté si iba a la fiesta y me dijo que no, que ella y su pareja tenían que coger un avión a primera hora de la mañana siguiente. A la salida nos despedimos sin más ceremonia y al día siguiente, cada cual volvió a la ciudad de donde vino dando por finalizadas las jornadas.

Meses más tarde, viajé a una región remota para trabajar. El trabajo en los campos de azúcar se había convertido en algo agotador. El ambiente altamente masculinizado implicaba una contra-parte en la cual yo tenía que actuar con extrema feminidad, falsa y actuada, que me agotaba más cada día, pero que mantenía como forma de supervivencia. Actuaba una vida falsa para poder llevar a cabo el trabajo e intentar ser respetada como persona, cosa que no parecía darse por hecho al tener tetas.

Fue así que un día, después de haber ido a un lugar cercano con uno de los contratistas, a la vuelta en el coche conversábamos mientras el sol se ponía en el horizonte. Yo ya tenía planes de salir de aquellas semanas de campo porque no aguantaba más. Al llegar a la ciudad se saltó el desvío en el cual debía dejarme y me alarmé. Traté de fingir que estaba todo bien, como si fuese una simple y mera equivocación y bromeando le indiqué su error. Él me miro de reojo y me preguntó si no quería tomar algo en su casa. Le dije que no, pero como hombre poco le importaba mi opinión. Pensé en saltar del coche, pero considerando como era la calle en la que estábamos no tendría escapatoria. Era un calle de tierra batida roja, al igual que el resto del paisaje, con casas gigantes con extremadas medidas de seguridad, cerradas a cal y canto, en una noche oscura, sólo alumbrada por las estrellas, ya que no habían puesto todavía alumbrado público. El corazón me latía muy fuerte. El hombre grande, de unas dimensiones sobre las cuales yo no podría manejarme, giró a la izquierda y, para mi terror, abrió con un mando una verja metálica. Si esperaba a que bajase del coche no podría alcanzarme corriendo, pero tampoco sabía hacia dónde correría pues no sabía dónde estaba ni hacia dónde se extendían las partes de la ciudad que yo conocía. Antes de bajarnos del coche, le pedí una última vez que me llevase a casa. Quería llorar. Mientras, se acercó a mí y me dijo que sería sólo un momento. Pude sentir su aliento, cerrado, apestando a alcohol, y quise gritar y llorar mientras me apretaba contra su boca a la vez que intentaba apartarlo de mí. Me bajé instintivamente del coche, y cuando la verja se estaba cerrando corrí hacia allí consciente de que se cerraría antes de que llegase. Antes de que me diese cuenta, me tenía presa, con todo su peso contra el muro. Sólo la intensa oscuridad nos rodeaba. En esa oscuridad empezó a tocarme las tetas y a meter la mano por mis bragas.

Después de aquella noche, decidí marcharme. Me sentía triste, sucia, desesperada, sin saber a dónde ir. No sé todavía de dónde inventé la idea (absurda) de buscar a Sara por Facebook y preguntarle si podía ir a verla. Ella me recordaba y me dijo que sí. No me sentía capaz de confrontar a mis amigas y explicarles lo que había pasado. No me sentía capaz de mirar a los ojos a nadie que me conociese, necesitaba desaparecer con urgencia. Aquella misma noche cogí un autobús que se dirigía a la ciudad donde vivía Sara.

Llegué con los primeros rayos del sol. Aunque me había pasado unas indicaciones de cómo llegar a su casa, me perdí. Lo cierto es que fue algo que agradecí: deambulé por las calles y desayuné en un puesto con una señora muy amable que insistió en mostrarme todos los manjares típicos de la región, por lo que acabe comiendo muchísimo. Es extraño cómo después de que te violen, una siente que todo el mundo alrededor se dará cuenta, pero realmente no es así. Te tratan normal, tú encuentras la solidaridad en la mirada tierna de una mujer de pelo canoso que te ofrece una tortilla y un café pero para ella no eres más que una muchacha perdida en las calles de una ciudad inmensa.

Tras varias horas deambulando, Sara me llamó preocupada y al poco rato llegue a su casa. Lourdes, su novia, me abrió la puerta y me dijo que Sara se estaba duchando. No es que esperase nada en particular de la visita, dos miradas hace meses realmente no significaban nada, pero me sorprendió que después de todo quien me recibiese fuese su novia. Era una casa bonita y antigua, muy desordenada porque había unos amigos suyos mudándose a los cuartos de abajo. Su cuarto estaba arriba, se accedía desde una amplia cocina con fuego de gas de hierro de los que ya es difícil encontrar. Desde la cocina, se accedía a un patio con grandes mangueras que daban sombra y una sensación de calma absoluta en medio de una ciudad enorme.

Mientras subía las escaleras detrás de Lourdes, me sentía tonta de estar allí, de haber escrito a Sara, de haber cogido un bus y haberme plantado en casa de alguien que ni conocía y estar entrando ahora en su cuarto detrás de su novia. Sólo oía un zumbido y mi voz interna diciéndome que era un ser estúpido y sin ningún tipo de noción. Lourdes sintió mi incomodidad y de una forma muy natural me dijo que me relajase, que ella se marcharía tras el almuerzo para que pudiésemos estar las dos juntas a gusto. Creo que eso me desconcertó todavía más. Sentía que había algo que yo me había perdido y que no alcanzaba a entender.

Estaba tan cansada después de una noche de autobús que vi la hamaca y dejó de importarme todo lo que sucedía alrededor. Dejé la mochila en el suelo y me tumbé en ella sin reparar en nada más. La hamaca estaba junto al balcón que daba a la copa de las mangueras. Sara salió del baño y me levanté sobresaltada a saludarla. Salió desnuda, me invadió una mezcla de sentimientos entre alegría por la naturalidad y la confianza, e incomodidad de no estar en el “mismo nivel” para conseguir hacer lo mismo en caso de que fuese yo quien saliese de la ducha. La saludé con cariño, me preguntó si estaba bien y le dije que estaba cansada. Lourdes me dijo que durmiese, que bajaría a hacer el almuerzo y me avisaría cuando estuviese hecho.

Después del almuerzo, Lourdes se marchó. Lavaba los platos con Sara mientras hablábamos de amigas en común y cómo de pequeño es el mundo. Tenía agua hasta los codos que empezaban a escurrir. El ambiente era fresco, con las puertas del patio abierto. Exclamó, mientras se reía, que lo estaba poniendo todo perdido y empezó a secarme con un trapo que había al lado. Nuestras manos se encontraron un segundo y las entrelazamos. Nos miramos. Sentí de nuevo esa sensación de atracción que habíamos sentido meses atrás. Sentí sus labios finos, primero un beso tímido, un beso cariñoso que se hizo más intenso y apoyó sus caderas contra las mías, que estaban presas contra el fregadero. Me cogió de la mano y subimos escaleras arriba. Tumbadas en la cama, muy cerca la una de la otra nos acariciábamos la cintura suavemente. Se me cerraban todavía los ojos de cansancio, y empezaron a venirme imágenes de aquel hombre que sólo quería borrar de mi mente.

Sara me dijo que se alegró recibir mi mensaje pero que le había sorprendido que le escribiese repentinamente cuando no nos conocíamos. Me disculpé y se rió diciendo que no era necesario, que no me lo decía como algo malo, aunque yo no pude evitar sentirme avergonzada. Puso su mano en la mejilla y mirándome a los ojos me besó y me preguntó qué era lo que había pasado. No pude evitarlo y empecé a llorar. Le conté lo sucedido y sin decir nada me abrazó. Es extraño cómo personas a las que no conoces pueden abrazarte y llegar a lo mas hondo de ti, exactamente donde necesitas, porque es donde la desesperación se está desgarrando y no encuentra cabida en otro sitio que en los brazos de alguien que, sin conocerte, sabe exactamente lo que sientes porque, probablemente, le haya pasado lo mismo.

Me quedé dormida de nuevo y al despertar escuché voces en la cocina, así que decidí bajar. Sus compañeros habían llegado alborotando todo el ambiente, hablando sin cesar y abriendo cerveza. Cuando uno reparó en mi presencia grito: “¡¡tú eres la amante sorpresa!!”. Atónita, quise que me tragase la tierra, pero el resto se rieron y pronto me encontré sentada con ellxs bebiendo y riendo.

Sara me propuso ir al día siguiente a un pueblo situado a unos 200km, para pasar unos días en la playa. Dijo que podríamos dormir en la casa que una amiga estaba construyendo. Le dije que sí y me preguntó si me importaba que viniese Lourdes, a lo que yo contesté que no y que no esperaba nada de nuestro encuentro. Ella me sonrió y, guiñándome un ojo dijo “yo lo espero todo”, y se empezó a reír. Después de cenar se marcharon a un bar. Entre las cervezas, la extrañeza y la soledad volvió a surgir el deseo y la urgencia de quienes han acallado demasiado tiempo al cuerpo que les llama.

Nos besamos con tanta intensidad que nos llegamos a golpear una boca contra la otra mientras nos sonreíamos. Metió sus manos tibias debajo de mi camiseta acariciándome con ellas mientras le besaba el cuello. Sentía su aliento entrecortado que me hacía ponerme todavía más. Caímos en un sofá que había en mitad de la sala de forma improvisada en medio del traslado. Rápidamente se incorporó y sentándose en mis piernas me rodeó con las suyas. Con la mano me levantó la cabeza para que la mirase y me quedé quieta, mirándole, me preguntó si estaba bien y si quería seguir. Dudé por un momento pero le dije que sí. Se quitó la camiseta y dejo expuestos sus pequeños pechos rodeados de vello negro alrededor de los pezones rosados. Me quitó la camiseta y el sujetador. La cogí de la cadera, aproximándola, y empecé a besarle el costado.

Se podía sentir el nerviosismo de la primera vez que follas con alguien y no la conoces. No sabes qué le gustará, qué le pondrá, qué le dolerá, qué querrá hacer, qué actitudes tendrá. Tenía el cuerpo tatuado, me detuve para mirarle los tatuajes unos momentos, me preguntó con una sonrisa si me gustaban y sin responderle me deslicé por el sofá haciendo que pusiese una de sus piernas entre las mías. Soltó un leve gemido y con fuerza me aproximó a ella, me recosté a lo largo del sofá para que pudiese ponerse más cómoda y nuestros cuerpos se encontraron y mientras nos besábamos soltó con habilidad mis pantalones y bajé el elástico de los suyos.

Al quedarnos desnudas sentí vergüenza momentáneamente de mi cuerpo. Son detalles del patriarcado de los cuales una no siempre consigue librarse fácilmente. Intenté concentrarme en el momento pensando en que si ella había llegado hasta ese punto ya sabía cómo era mi cuerpo y debía por lo menos, atraerle. Sintió mis pensamientos y me dijo que era hermosa mientras sentía su coño caliente y húmedo cerca del mío. Le agarré el culo para marcar el ritmo, con necesidad de aproximarla y sentir el roce mojado de nuestros coños, deslizándose, sintiéndose en un placer que recorrería el cuerpo. Ella me detuvo y mirándome sonriente me dijo “no tengas prisa”. Cambió las tornas, se apartó, tenía una rodilla en el sofá y la otra pierna en el suelo, cogió mis muñecas y me subió los brazos. Mientras me sujetaba las muñecas con una mano empezó a chuparme los pechos ayudada de la otra mano mientras me los estrujaba y los mordía y yo gemía de placer moviendo mi cuerpo buscando el suyo. Me solté y empecé a acariciarle la espalda con fuerza, sentía mi aliento entrecortado mientas le acariciaba deseando sentirla con más fuerza. Empezó a juguetear aproximando su coño al mío y sólo el roce de nuestros pelos húmedos provocaba suspiros de placer y deseo al mismo tiempo que hacía que estuviésemos más cachondas y más mojadas hasta que sentí cómo el flujo me empezaba a mojar los muslos. Creía que no lo aguantaría más cuando se aproximó y caímos en un profundo gemido al unísono, que acompañado del desenlace del placer esperado, se convirtió en un roce más rápido, más intenso y húmedo.

La aparté un poco de mí para poder besarle los pechos mientras nos movíamos en un sentir casi desesperado de esa espera contenida durante no se sabe si meses o minutos. Ella comenzó a gemir más fuerte, deseé sentir cómo se corría en mi boca. Le pregunté si podía chuparle y ella me sonrió, salí de debajo de ella y me senté en el suelo mientras me aproximaba a ella y le abría las piernas. Le besé las piernas mientras me aproximaba a su vello húmedo y con mi aliento notaba cómo su coño se constreñía. Esperando deseosa que llegase, pasé suavemente mi lengua entre los pelos de sus labios y gimió mientras yo soplaba para aumentar la tensión.

A ese juego, sabemos jugar todas pensé, y sonreí para mis adentros. Poco a poco, fui besando con más intensidad hasta que sentí todo su coño en mi lengua y en mi boca. Primero experimenté con todo, para medir qué era lo que más placer le daba. Sentí su coño ardiendo cuando metí mi lengua dentro de él. Sus gemidos se intensificaron y me cogió de la cabeza con la mano apretando y dirigiéndome. Con la mano derecha, la busqué y me la cogió poniéndola en su teta y la apretó con fuerza, cada vez con más fuerza mientras gemía hasta que en un grito ahogado cayó en el sofá mientras me tiraba del brazo para que subiera.

Me limpió con la mano su flujo, que tenía alrededor de la boca, y nos besamos. Mirándome fijamente me dijo “te toca a ti”, y antes de que tuviese tiempo de reaccionar, me tumbo boca abajo y empezó a pasar su lengua por mi espalda, por mi culo, mientras su mano se deslizaba entre mis piernas húmedas. Puso con habilidad sus dedos sobre mi clítoris. Estaba tan cachonda que no esperaba aguantar casi nada antes de correrme. Puso la otra mano sobre mi pecho y empezó a acariciármelo mientras mi aliento se entrecortaba y sentía cómo el orgasmo se aproximaba: sentí una necesidad intensa de que no parase, de que siguiese. Podía sentir más que nunca el orgasmo llegando, un orgasmo revolucionario de mujeres que se oponen al patriarcado que nos atormenta. Aquel orgasmo fue mi venganza de lo que es realmente el sexo y de lo que somos, me hizo sentir bien de nuevo y no por el hecho de tenerlo sino por todo lo que significaba.

Al día siguiente me desperté cuando la casa ya estaba en movimiento. Oí las voces tranquilas del desayuno, me puse mi pijama más elegante y sucio, y bajé. Sara me miró sonriente sin dejar de hablar con sus amigos intentado convencerles de que nos acompañasen esos días, pero ellxs se negaron en rotundo. Habíamos quedado con Lourdes en una hora, así que me apresuré.

Una hora después estaba preparada pero el resto no, ya que Lourdes había escrito diciendo que estaba atrasada. Finalmente, dos horas después salimos corriendo en dirección a la estación de autobuses y viajamos entre montañas bajas y verdes, pseudo-tropicales, durante cerca de cuatro horas hasta llegar a la costa. El pueblo era sencillo y bonito, pequeño y la casa estaba a medio construir todavía, pero tenía lo suficiente para poder pasar unos días. Llegamos cuando el sol ya se ponía y salimos a pasear por la playa en los último rayos para ver la puesta de sol, antes de volver para comprar y preparar la excursión que haríamos al día siguiente.

Me sentía tensa. No entendía la situación social ni mi papel en ella. Allí estaba yo, en un lugar que no conocía con personas que apenas conocía, como amante (creo) de Sara y su pareja. Decidí que la mejor estrategia era hacerme la distraída y hacer como que no me enteraba de nada. Pensé que cuando repartimos las habitaciones, considerando que había tres, me iría tranquilamente a una de ellas y haría como que nada iba conmigo, también porque prefería dormir sola; nunca me gustó demasiado dormir con otras personas, principalmente con personas que no conozco.

Estaba terminando de hacer la cama cuando Sara se acercó y se sentó en ella cogiéndome de la mano. Sentí toda la tensión atravesando mi cuerpo mientras me preguntaba a mí misma qué hacía allí. Dejé lo que estaba haciendo y me senté a su lado rígida. Me preguntó si estaba bien mientras me acariciaba la cara y me preguntó si estaba incómoda. Mostré toda mi capacidad de fingir que todo me parecía normal y natural cuando en realidad no estaba preparada para ello en ese momento de mi vida, aunque no paraba de pensar que ojalá tuviese ese tipo de relación, ojalá nos enseñasen a tener relaciones con una o varias parejas de una forma tan leve, tranquila, sincera y abierta como la de ellas pero la verdad era que, era la primera vez que conocía a una pareja con una relación abierta tan trabajada hasta el punto de tratar con tanta naturalidad el estar con otras personas. Me sintiendo tonta por no llegar a ese nivel de “estar”, cuando ni siquiera era conmigo, pero con la firme propuesta de trabajar mis futuras relaciones en esa dirección.

Le sonreí intentando parecer más sincera y principalmente menos tensa de lo que estaba, pero creo que no alcancé a engañarla. Se acercó para besarme al tiempo que oí la puerta del baño. Lourdes salía de la ducha, y la tensión volvió a atravesar mi cuerpo incapaz de librarme de los dictados culturales que nos enseñan sobre la monogamia, haciendo que yo fuese la única tensa por la situación. Lourdes apareció en la puerta del cuarto desnuda y se quedó mirándonos, yo la miraba disimuladamente de reojo sin saber muy bien qué hacer cuando finalmente ella se sentó a mi lado y me tocó la espalda suavemente con la mano. Volví a sentir la tensión y un millón de pensamientos atravesaban mi mente, principalmente la pregunta: ¿qué está pasando? Aunque parezca mentira la respuesta no era obvia para mí en aquel momento.

Sentí las manos todavía húmedas y frías de Lourdes en mi espalda y un escalofrío atravesó mi cuerpo. Sara se acercó a Lourdes y la besó. Yo seguía de espaldas a Lourdes y miré a un punto fijo intentando ordenar mis pensamientos mientras se besaban. Pensé que había llegado la hora de marcharme y dejarlas tranquilamente. Cuando me había decidido a hacer el amago, Lourdes me acarició la cara para que me diese la vuelta y nos besamos. Creo que fue en ese momento que empecé a darme cuenta de lo que estaba pasando. Me dejé llevar por lo que fuese a pasar, “total, ya estaba allí”, pensaba. Nunca había hecho un trío y no sabía muy bien cómo actuar.

Rápidamente descubrí una de las ventajas. La primera vez que follas con alguien hay una duda, un desconocimiento de cuál será el erotismo de la otra persona. Es un acompasamiento del sexo que se mejora con la práctica. Pero ellas se conocían entre sí, y como si lo hubiesen hecho millares de veces (que puede que sí pero nunca se lo pregunté) me dirigían la una sobre la otra para mostrarme los caminos y recorridos de sus cuerpos.

Sara se quitó rápidamente la ropa a pesar de que se notase el fresco de la noche y me desvestí también imitándolas al tiempo que Lourdes empujaba suavemente a Sara hasta ponerse encima de ella, con las piernas entrelazadas al tiempo que se besaban. Antes de que pudiese hacer nada más, Lourdes me cogió del brazo acercándome a ellas mientras se quedaba de rodillas encima de Sara. Sentí sus labios húmedos mientras nos besábamos con intensidad, con fuerza y me mordía suavemente los labios cuando sentí una mano que me acariciaba entre las piernas a un palmo del coño. De rodillas también sentía el pequeño pecho de Lourdes y la mano que no sabía a quién pertenecía. Abrí los ojos y miré de reojo a Sara, que tenía los dedos dentro de Lourdes, lo que hacía que gimiese de forma entrecortada en mi boca. Esto me provocó que estuviese cada vez más cachonda y no entendiese por qué la mano de Sara seguía todavía a esa distancia cuando yo ya sentía mis piernas mojadas de flujo. Busqué el coño de Sara y empecé tocarle sin preámbulos deseando que ella también comenzase… Y funcionó: en el mismo instante que metió dos dedos en mi vagina, dando como resultado un gemido inesperado que salió de mí y me echó para atrás separándome del placer de Lourdes.

Me acerqué al pecho de Lourdes, que tenía los pezones pequeños, muy oscuros y duros. Le lamía suavemente uno mientras sentía mi mano húmeda tocando el clítoris de Sara, nuestras respiraciones se acompasaron, Lourdes me apretó la cabeza y metí su pezón en mi boca chupándoselo con más intensidad, empezó a gemir más fuerte, todas empezamos a hacerlo. Mientras Lourdes me agarró una de las tetas y me la estrujó y empezó a pellizcarme el pezón, sentí un dolor mezclado con placer que me hizo desear que siguiese, aunque no sabía cuánto podría aguantar. Sara se incorporó haciendo que todas parásemos repentinamente y nos mirásemos, nos sonreímos, yo con un poco de vergüenza. Lourdes era esbelta y alta, con la piel muy oscura y ojos marrón muy oscuro y el pelo rapado. Con aquella luz que venía de la puerta abierta en la habitación vecina le brillaban los ojos increíblemente.

Las tres allí, de rodillas, formando un círculo desnudas, mirándonos por lo que parecieron minutos pero en verdad no transcurrieron más de unos pocos segundos. Se oían fuera las cigarras como una melodía constante. Sara se acercó y empezó a chuparme un pecho al mismo tiempo que me tocaba con fuerza. Me tumbé mientras ella seguía y Lourdes se puso detrás de Sara, que había bajado su boca hasta mi coño sin soltarme el pecho. Sentí su lengua en mi clítoris, sentí la diferencia de la temperatura de la humedad de su lengua a la de mi flujo, cómo movía su lengua dando vueltas a mi clítoris y luego cambió: empezó a lamerme todo el coño deteniéndose unos instantes en el clítoris antes de bajar de nuevo. Abrí los ojos: al ver la escena, un ardor me recorrió todo el cuerpo.

Me encantaba verlas follar, me encantaba ver lo que hacían, cómo disfrutaban y verme envuelta en ello. Sara tenía el culo levantado y Lourdes, detrás de ella le metía dos dedos en la vagina con una mano mientras que con la otra, metida entre sus piernas, le masturbaba el clítoris, ese era el movimiento que marcaba el ritmo. Cuanto más las miraba mas cachonda me ponía, puse mi mano sobre la cabeza de Sara queriendo alcanzar a Lourdes y hacerle sentir lo que nosotras sentíamos. Deseé como nunca sentir el coño húmedo de las dos en mi boca. Me incorporé sobre los codos y me separé, Lourdes no paró de tocar a Sara, me acerqué al borde de la cama donde Lourdes estaba de rodillas con las piernas abiertas, las dos subieron sin dejar de follar mientras las miraba. Abrí un poco más las piernas de Lourdes y puse la cabeza debajo y empecé a chuparle el coño. Tenía el coño bastante depilado y sus pelos cortos se chocaban contra mi boca dándome un cosquilleo mientras ella, que ya sólo masturbaba a Sara con su mano por los labios menores y el clítoris, se inclinó apoyando una mano en la cama. Oía a las dos gemir, Sara cada vez más fuerte. Con cada sonido de la voz ahogada de Sara sentía cómo aumentaba el flujo de Lourdes hasta que tenía todo alrededor de la boca con su flujo y no dejaba de mover las caderas sobre mi boca. Le cogí el culo para acompañar su ritmo con el mío. Los dos ritmos se intensificaron tanto… sentí las piernas de Sara rígidas en un silencio y luego relajadas, se apartó. Lourdes se echó a un lado un momento y me cogió del brazo para que llegase a la altura de la almohada y volvió a colocarse en la misma posición pero ahora apoyaba las manos contra la pared. Sara se tumbó a mi lado y comenzó a masturbarme. El simple tacto de las yemas de los dedos en mi clítoris desprendió un latigazo de placer por todo mi cuerpo. Mis gemidos se ahogaban en el coño de Lourdes, pero aún alcanzaba a oír sus propios gemidos.

Cuando llegó el orgasmo, lo hizo desde muy adentro, retorciéndome todo el cuerpo. Apreté mi boca contra el coño de Lourdes con más fuerza y más intensidad queriendo transmitirle lo que sentía. Puse mi mano sobre la de Sara para que la apretase y sentir esos últimos instantes de placer después del orgasmo mientras movía mi lengua y rodeaba mis labios bajo el clítoris de Lourdes que se había quedado muy quieta y rígida, apoyándose en la pared. Gritó un último gemido de placer antes de retirarse hábilmente a un lado y quedar las tres apretujadas en la cama sintiendo nuestros cuerpos desnudos y húmedos con la respiración todavía entrecortada.

Me quedé despierta, con los ojos abiertos como platos, con millares de pensamientos en la cabeza incapaz de ordenarlos mientras uno me decía constantemente que me durmiese. Estaba apretujada y sentía mucho calor y el frío viento al mismo tiempo que entraba por la ventana abierta. Me incorporé un poco: parecían dormidas. Decidí hacer un movimiento estratégico y mudarme al otro cuarto para intentar dormir. Sentía el cuerpo cansado del día y de todas las emociones, pero era incapaz de dormir, pues me sentía tensa todavía. Con mucho sigilo me levanté, cogí mi pijama y me marché dando un último vistazo a aquella imagen que me pareció preciosa, y me sentí feliz de haber formado parte de aquella estampa aunque sólo fuera un rato.

Como había llegado me marché, sin previo aviso, sin tristezas, ni grandes palabras. Me despedí con un beso y un abrazo de las dos, en la puerta de la casa, y me dirigí a coger el tren, con la promesa de volver a vernos. ¿Quién sabía dónde? En un encuentro, de visita, en unas vacaciones… Desde allí cualquier camino parecía posible, por lo que me marché sin pensar cuándo sería la despedida o si la habría.



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