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Y se hizo realidad

Relatos ero: Y se hizo realidad – Relatos lésbicos 


Me llamo Malena, tengo 20 años, nací y vivo en Turbaco. Soy estudiante y me gustaría contar la experiencia que viví en el último viaje de estudios. Aquel día, había sido agotador y estaba en la bañera descansando. Aún se oía ajetreo en las habitaciones de mis compañeros, pero pronto todos se irían a conocer la vida nocturna de la ciudad.

En el viaje de estudios, aparte de que no existe el cansancio, la vida rutinaria parece algo demasiado lejano para ser verdad. En el baño de la habitación estaba yo, una de las pocas personas que notaban el cansancio en toda su plenitud unido a un vacío en los bolsillos.

Relatos eróticos

Y se hizo realidad – Relato lésbicos



Me encontraba en un baño cálido y relajante de espuma, pensando en aquella chica a la que había observado durante todo el día y que estaría preparándose para que la disfrutase la fría ciudad y los curiosos ojos de todo aquel que la rodeaba. Y es que ella llamaba la atención allí donde estuviera, por su encanto y su viveza, por sus preciosas piernas y su sonrisa, por su… todo. – ¿Puedo entrar? – oí de pronto una voz femenina – Es urgente… solo será un momento.

Su voz resonaba detrás de la puerta.

– Está abierto – dije.

El pomo giró y ella entró como un vendaval, sin mirar a la bañera. Comenzó a hablar apresuradamente mientras buscaba en su neceser.

– Perdona pero es que tenía que tomarme la píldora, aunque no sé para qué pero como tiene que ser todos los días pues… ¡Oh, un baño de espuma, que envidia!

Mientras hablaba salían las palabras como una brisa constante, atropellada pero melodiosa. Sus voluptuosos labios se movían rápidamente y ella humedecía sus labios en las pocas pausas que concedía a su discurso.

– Pero que envidia… – repitió.

En un momento pensé que era lo que hacía ella allí, cuando todos estaban saliendo del hotel. Quizás se me presentaba una oportunidad. Si era sí, no la podía desaprovechar, debería arriesgarlo todo.

– Y tú… ¿no sales? – le pregunté.

– No, no pensaba salir… – replicó.

El cielo se había abierto, solo un sí más y todo podría ser precioso.

– Porque entre que no tengo ya muchas pelas y que estoy cansada, pensaba irme a mi habitación, pero con lo del cambio de las maletas con el neceser… y además, si tú te quedas… – siguió ella.

Era algo directo, no era si el guapito de clase se quedaba, no era por aquella persona hundida en la bañera. Si lograba convencerla para eso, me creía con fuerzas para todo. Algo de seducción en el cuarto de baño no podía ser del todo malo, pensaba yo. Ella miró al agua, aun quedaba mucha espuma y el agua seguía tibia. No había nadie ya en el hotel.

Ella entornó la mirada y sonrió de aquella forma tan coqueta y pícara al mismo tiempo. Entreabrió los labios y susurró:

– ¿Te molesta si me meto en la bañera contigo?

El estómago me dio un vuelco y noté como un calambre me recorría la entrepierna.

– Yo… yo, no… no, a mi no me molesta, digo que no, que si quieres comparto la bañera contigo… vaya si a ti no te importa… – balbuceé.

El agua parecía más tibia, el aire parecía más suave. Era como si mis fantasías se fuesen a cumplir. Increíble pero cierto. Ella estaba apoyada en el lavabo y tenía las piernas cruzadas, esas piernas suaves, doradas, eróticas. Movía los dedos con destreza, mientras imaginaba lo que podrían hacer esas manos, de dedos largos y delgados. Su silueta se marcaba a contraluz con el fluorescente blanco del lavabo. De vez en cuando ella miraba a la bañera y sonreía.

Yo no veía el momento de que aquella deseada muchacha entrase desnuda en la bañera. Podría sentir sus piernas, su vientre, incluso era posible llegar a su pubis. Ella se desabrochó el pantalón corto y lo tiró a la esquina del cuarto con un movimiento de pie. Se quitó los calcetines primero, dejando ver los diminutos dedos de sus pies. Los estiró como desperezándolos. Se desabrochó el sujetador con la camiseta puesta y se lo sacó por una manga. Era azul marino y desde la bañera se podía sentir casi el calor de aquella prenda.

Deslizó las bragas y las dejó caer hasta sus tobillos. Yo estaba en un estado de excitación extraño por ser tan solo provocado por un espectáculo espontáneo que desembocaba en el desnudo. Miró hacia la bañera y sonrió, como si se sorprendiese de que la perfección de su cuerpo fuese objeto de aquella mirada.

– No me mires así – me dijo – Ya sabes cómo es un cuerpo de mujer, ¿no?

Con ambas manos sujetando el borde de la camiseta, con los brazos cruzados por debajo del pecho, comenzó a subir la prenda por las caderas. Mirándose en el espejo dejó su trasero redondo, respingón, liso y firme al descubierto. Más arriba comenzaba la espalda, recta con una curva suave en las caderas y en un momento una cascada de rizos morenos cayó hasta la mitad de la espalda. Se dio la vuelta, encogiéndose como para taparse.

– ¿Me dejas un hueco? – dijo.

Me encogí en la bañera y dejé que ella entrase en su zona, para que una vez allí pudiera saltar sobre mi presa para hacerla mía. Sentía una extraña dulzura en el agua al saber que la compartía con ella. Entrecruzamos las piernas mientras ella seguía hablando como si no ocurriera nada. Con los talones nos rozábamos el final de la espalda. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás, mostrando ese cuello blanco y largo. El humo del cigarrillo que había encendido, salía de entre sus labios cruzado con palabras melodiosas.

Pasé unos minutos escuchándola, oyendo cada palabra para formar con esos sonidos las frases que tanto anhelaba oír. Sus firmes pechos emergían por momentos de entre la espuma dejando al descubierto un pezón sonrosado y encogido por el contraste del agua y la temperatura del baño. Cada detalle era un mundo en aquel cuerpo, en aquella chica tan perfecta y meticulosamente creada con pequeños pedazos de cielo.

Sus ojos se clavaban en el techo y dejaban ver aquel color verdoso que evocaba lagos tranquilos de profundas aguas. Cuando sonreía a mitad del discurso, miraba a los ojos ausentes que tenía frente a ella y el verde de esas aguas chispeaban divertidos. Habían pasado varios minutos y la piel comenzaba a arrugarse, pero solo ella estaba lo suficientemente consciente como para percatarse del detalle.

– Deberíamos salir – dijo – Parece que te duermes y yo empiezo a arrugarme…

– Sí, sí… vamos afuera, hay un par de toallas por aquí – respondí.

Ella permaneció quieta como para ser la última en dejar su cuerpo desnudo al descubierto, ya que casi lo había hecho antes. Observé cómo salía de la bañera, como escondiéndose por miedo a mostrarse. Alargué la mano ofreciéndole la segunda toalla y salí de la habitación.

Ella recogió su ropa y se puso solo la camiseta. Al salir estaba la toalla sobre la cama y miré hacia el cuerpo desnudo, sentado en el suelo. Comencé a preguntarle por su vida amorosa y ella contestaba sin miedo a cada cosa que yo decía. Intentaba que ella admitiese solo una cosa, tan solo decir un sí, para que todo fuera perfecto, pero las preguntas parecían no tener salida. Ella contaba experiencias que no ayudaban. Como una prueba de fuerza pensé que podría acercarme y besarla, si ella accedía, podría ocurrir cualquier cosa.

Me armé de valor y la besé. Ella no opuso resistencia. Sus labios, tantas veces soñados, estaban al fin en contacto con los míos. Tras una leve resistencia, nuestras lenguas fogosas se movían libremente entre ambas bocas.

Al final del trance, besé con ternura su labio inferior esperando que ella decidiese permitirme hacer algo más.

– ¿Por qué? – murmuro ella sorprendida.

– Podría decir que me he enamorado de ti, podría decir que eres hermosa, inteligente, bueno, que te quiero – contesté.

Debió de sentirse halagada pues a eso solo contestó con un beso suave y lento. Nuestros cuerpos se juntaron. Mis manos acariciaban aquel pezón que se dejó entrever en la bañera. Le quité la camiseta y besé su cuello, mordí sus lóbulos y jugueteé con sus orejas.

Acariciando aquellos pechos, tantas veces soñados, fui besando poco a poco su vientre, llegando a sus caderas. Recorrí sus piernas, besando cada recodo de su piel. Tanto tiempo deseándolo merecía todo el tiempo disponible. Sus finos muslos temblaban mientras acercaba mi boca a la piel. Su pubis seguía húmedo y su interior se mostró del mismo modo al abrir las piernas de ella. Allí estaba el pequeño botón del placer, brillante, esperando el contacto. Lo besé con suavidad y ella gimió. Estaba sobre la cama con los ojos cerrados y mientras yo recorría su chochito con la lengua, arqueaba la espalda respirando profundamente. Excitando el clítoris con la lengua ella gemía y se movía pidiendo más.

Abarqué con mi boca toda esa flor sonrosada y pude sentir aquel fluido cálido saliendo de ella. Introduje dos dedos en su interior. Era tibio y en esos momentos resbaladizo. Comencé a moverme dentro de ella mientras seguía lamiéndole el clítoris. Ella se encogía y arqueaba la espalda al ritmo de los gemidos. Era feliz por darle placer, por hacerle sentirse bien. Cuanto más se excitaba ella, más me aplicaba a su sexo, hasta que se encogió y gimió más profundamente, pidiendo que parara.

– No puedo más – dijo.

Ella recobraba la respiración mientras todo volvía a la normalidad. El fluido se deslizaba por sus muslos. Nos abrazamos entre el sudor y el cansancio.



– ¿Sabes cómo hacerlo, eh? – dijo sonriendo.

– Siendo una mujer, sé cómo darle placer a alguien de mi mismo sexo – contesté.

– ¿Y qué vamos a hacer ahora? – preguntó.

– Abrázame – dije simplemente.



Nos abrazamos y permanecimos abrazadas, acariciándonos suavemente, sin pensar en el mundo fuera de aquella habitación, disfrutando tan solo del momento. Un momento que desde entonces se ha hecho largo, muy largo.



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Polvo salvaje

Relatos ero: Polvo salvaje – Relatos erótico  


La historia que os voy a contar, amigos de HIROelplacer, sucedió el verano pasado. Era verano, y como cada año fuimos de vacaciones a la playa, a casa de unos amigos nuestros. Aquellas prometían ser unas vacaciones muy divertidas, en la casa estábamos 3 parejas, nosotros, los dueños de la casa y un hermano del dueño y su mujer.

Relatos eróticos

Polvo salvaje – Relato erótico 



Por las mañanas suelo levantarme temprano, me gusta bañarme en la playa a primera hora y cuando acabo de mi baño me gusta preparar el desayuno. En esas primeras horas del día puedo estar sola, nadie me molesta. Pensé que durante aquellas vacaciones mi marido recuperaría las ganas de hacer el amor. Él siempre está cansado y nunca tiene ganas de hacer el amor, pero yo soy una mujer caliente y pasó la mayor parte del día excitada.

Cierta mañana que estaba limpiando el chalet sentí mucho calor y me quité la blusa. Mis maravillosos pechos quedaron al descubierto. La verdad, no pensé que nadie pudiera estar viéndome pero al mediodía pude comprobar que sí, que alguien me observaba. Después de comer todos se fueron a hacer la siesta, menos el amigo y su hermano que se fueron al salón. Yo me fui a otra habitación que está justo al lado de donde se encontraban ellos, pero les oí hablar y oí como el amigo le decía a su hermano:

– Caramba, la verdad es que la visión de sus tetas ha dejado mi polla tiesa.

– Mi mayor sueño sería restregarle a esa puta mi polla entre sus grandes mamas – le contestó su hermano, oí como se reían y decían – Como todo lo tenga tan grande, su marido debe disfrutar mucho.

Luego ya no oí nada más. Pensé que se habían dormido o estaban callados. Me acerqué y vi como los dos tenían la polla en la mano y se la estaban pelando como monos. Aquella visión me puso muy cachonda. La verdad es que yo estaba muy necesitada y ver dos pollas tan desaprovechadas me puso muy caliente. Entré sin hacer ruido y cerré la puerta. Ellos se quedaron quietos, me observaron y les dije:

– ¿Puedo hacer algo por vosotros?

– Sí, podrías enseñarnos tus tetas, la verdad es que estamos tan empalmados que nos gustaría volver a verlas – dijo el hermano del amigo.

Naturalmente no pude negarme, me quité la blusa y el sujetador y mis pechos quedaron al descubierto. Otra vez volvieron a pelársela como dos monos. Casi me da algo, nunca nadie antes se había excitado de esa manera al verme desnuda. Entonces yo les dije que estaba muy caliente y el hermano dijo:

– Eres una calentorra, seguro que tu chocho ya está encharcado.

Dije que sí, él se levantó de su asiento y empezó a sobarme el culo, luego me bajó las bragas y empezó a tocar mi coño, que es negro y peludo.

– Eres una puta y te vamos a dar tu merecido – dijo entonces mi amigo.

En el acto comenzó a restregar su enorme pollón por el coño, y su hermano empezó a lamer mis pezones. Estaba tan caliente que no podía resistirme. Mi amigo le decía a su hermano:

– Mira Antonio, seguro que nunca has conocido a una guarra como esta.

– Ahora vamos a comprobar si eres tan guarra como dice mi hermano, venga ahora vas a chupar mis cojones – dijo Antonio. La verdad es que la visión de sus cojones me excitaba, eran gordos y peludos. Yo empecé a pasar la lengua por esas dos grandes bolas, mientras Antonio decía:

– Caramba qué gusto, que bien chupa esta puerca.

– Yo aún no estoy convencido de que sea una auténtica puerca, venga puta chúpame el culo – dijo entonces el amigo.

Empecé a chuparle el culo, mi lengua entraba y salía de su agujero, mientras con la otra mano le masajeaba sus cojones. Entonces Antonio se puso detrás de mí y me metió la polla por el culo diciendo:

– Vamos zorrita, venga que estamos muy calientes, ahora quiero que te metas la polla de mi hermano en la boca.

Mientras Antonio me daba por el culo, empecé a chupar la polla de mi amigo, que tenía una tranca maravillosa.

– Vaya – exclamó Antonio – es una auténtica guarra, la vamos a tener todo el verano abierta de patas.

– Venga Antonio, déjame que ahora la folle yo por el culo, ya sabes que mi mujer no me deja que se lo haga y quiero saber que se siente – dijo mi amigo.

– Bien, hermanito aquí tienes su culito para ti.

Mientras mi amigo me la introdujo por el culo, su hermano puso su polla entre mis tetas, y otra vez me puso sus grandes cojones en la boca.

– Oh, qué bien lo haces, chupas tan bien, que ahora soy yo el que va a comerte ese chochazo que tienes.

Mi amigo dejó de darme por detrás y puso la polla en mi cara, donde me la restregó a base de bien y yo chupaba sus grandes bolas, mientras Antonio me estaba haciendo una gran comida de coño. Entonces decidimos que ya era hora de hacer algo en serio y el amigo dijo:

– Vamos, tengo ganas de follar tu coño de zorra caliente.

– Pues yo voy a encularla – dijo Antonio.

Yo estaba muerta de placer y había tenido ya como 6 ó 7 orgasmos. Ellos no paraban de entrar y salir, y decían:

– Así, así, te la metemos hasta los cojones. Que buena estás cabrona. Tiene el culo tan abierto que parece un coño. Menuda zorra tenemos como amiga y no lo sabíamos.

Yo me estaba relamiendo de gusto y ya no podía más. La verdad es que estaba saciando toda mi hambre atrasada con aquellos dos machos. Y cuando ya estaban a punto de correrse, decidieron hacerlo en mi cara.

– Venga, vamos guapa chúpanosla, nos vamos a correr en tu cara de zorrón.

– Yo prefiero correrme en sus tetazas de vaca – dijo Antonio.

Me puso su polla entre mis tetas y empezó a restregarse, yo mientras tanto empecé a chupar la polla y los cojones de mi amigo, y así se corrieron a la vez.

Fue una tarde muy excitante, aunque durante aquel verano pasaron otras cosas que ya os contaré en próximas cartas.



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Gracias a mi marido

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Soy Eugenia, una madura y caliente mujer de 55 años, que a tan tardía edad y gracias a la colaboración y ánimos de mi marido, conocí de verdad lo que es disfrutar del sexo y sentirme, por primera vez, realizada y llena de la buena y joven polla de Diego. Diego me convirtió en una verdadera zorra pues logró meter su grueso miembro en mi culo diciéndome:

– Así, cariño, así, ¿ves como la tragas toda también por atrás? Ahora sí que eres una verdadera zorra, pues ya tienes tus agujeros bien taladrados.

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Gracias a mi marido – Relato erótico 



Ahora voy a contar un nuevo encuentro con un desconocido, que tuvo lugar hace unas semanas aunque, como siempre, en una comunidad ajena a la nuestra, como simple medida de seguridad. Pero esta vez lo que quiero contar no es solamente lo ocurrido simple y llanamente, sino el comportamiento que tiene mi marido, asumiendo no solamente los cuernos que su mujer le pone, sino también su manera de actuar, como comprobaréis con lo sucesos ocurridos y que me dispongo a relatar. Nos desplazamos a Cantabria. Los primeros días los dedicamos a conocer la ciudad y alrededores pero el sábado nos fuimos a un club de intercambio de parejas. Había mucha gente, tanto hombres como mujeres, que iban por libres y al ver esto, mi esposo me animó a que me comportara como si hubiera acudido yo sola, para lo cual él se quedó en la barra tomándose una copa y yo, con la mía, me senté en una mesa que estaba libre.

´ Para la ocasión yo llevaba un minivestido rojo bien escotado, que dejaba ver no solo el canalillo sino buena parte de mis pechos y otra buena parte de mis muslos, aunque eso estando de pie pues al sentarme y cruzar las piernas, la visión subía hasta casi verse las braguitas. Con esta pinta no era de extrañar que rápidamente fueran varios los que se acercaran a mi y si bien charlé con algunos y bailé con otros, por una u otra causa no terminaban de llenarme ninguno hasta que apareció un señor de unos cuarenta y tantos años que me invitó a una copa y comenzó a charlar conmigo. Su conversación era amena y poco a poco, nos fuimos encontrando a gusto y al rato salíamos a bailar.

Yo, entre las copas y su simpatía, no tardé en poner mis manos en su cuello mientras él, con las suyas, dibujaba mi silueta, deteniéndose en el cierre del sujetador y en el elástico de mis braguitas, hasta que apoyó con fuerza sus manos en mis nalgas, apretándome contra su bragueta. Yo, que ya me encontraba cachonda y caliente, lejos de retroceder ante sus caricias, me pegaba a él como una lapa al tiempo que me besaba con pasión y susurraba piropos y palabras dulces en mis oídos. Todo ello y el morbo que observaba en la mirada de mi esposo, que no perdía detalle del lote que su mujer se estaba dando con aquel desconocido, hicieron que notara la humedad que se apoderaba de mi chocho y que me empezaba a humedecer las braguitas. Entonces aproveché un descanso para ir al servicio y mi marido, al verme, me siguió y cuando llegó a mi altura, sin pararnos, me dijo:

– ¡Vaya lote que os estáis dando, cariño, se te ven las bragas por detrás y se la estás poniendo dura a alguno, más que a mí!

– Eso ya lo sé – le respondí – El primero es mi acompañante que ya ha logrado que se me mojen las bragas al sentir su buen paquete restregándose contra mi chocho.

Cuando volví a bailar con Alberto, que ese era su nombre, poco a poco me fue llevando hacia una esquina donde una columna nos protegía y donde la luz solo permitía ver el bulto pero sin distinguir con facilidad de quien se trataba. Llegado este momento, Alberto me había sacado los pechos y yo sentía, ante su caricias, la dureza de mis pezones y saliendo de mi boca, los primeros gemidos de placer. Desde luego que si seguía así era capaz de hacerme correr en pleno baile. Yo seguía notando la dureza de su “paquete” y al preguntarle si aquello era todo verdad, sin dudarlo ni un instante, se desabrochó su bragueta y cogiéndome una mano me puso en ella una durísima y palpitante polla que, si bien no era tan larga como la de mi primer amante, sí era extraordinariamente gruesa. Ante sus besos y caricias en mis pechos y su polla en contacto con mi mano, se la pelaba lentamente y sin poder evitarlo comencé a gemir y a temblar del orgasmo que de mí se apoderó, sintiendo como mis líquidos vaginales se desbordaban de mis braguitas y se deslizaban por mis muslos. Alberto, viendo el cariz que aquello iba tomando, me abrazó con fuerza y me susurró al oído:

– Mira como me tienes, tía, necesito follar y meterla hasta los huevos en el coño de la caliente y madura mujer que tengo entre mis brazos.

Yo, a estas alturas, sintiendo la humedad entre mis muslos, como es de suponer no me opuse pues es lo que hacía rato estaba deseando, sentir aquella polla en mis entrañas. No obstante le pregunté:

– Pero Alberto, no vamos a ponernos a follar aquí… ¿dónde vamos?

Recompusimos nuestras ropas, él cerró su bragueta, yo recogí en el vestido mis sobados pechos y cogiéndome de la mano, nos dirigimos, cruzando la pista, hasta el otro extremo de la misma, cruzando también por delante de la barra viendo como mi marido sonreía al ver el comportamiento de su esposa al tiempo que me guiñaba un ojo, como animándome a que disfrutara plenamente de la follada que me esperaba. Me llevó a una especie de almacén y oficina. Una vez dentro me abrazó con fuerza comenzando a meterme la lengua en la boca, subiéndome el vestido hasta la cintura y apartando mis bragas introdujo un dedo en mi mojado chochito. A pesar de que me gustaba lo que me estaba haciendo, yo tenía ganas de mear y así se lo dije. Como allí había un servicio, me dispuse a hacerlo y de pie, tal y como estaba, me abrí de piernas, aparté mi braga y abriéndome los labios de mi coño, me dispuse a mear. Alberto, al ver mi postura, se sacó su endurecida polla, pelándosela y al tiempo que miraba mi abundante meada, me decía: – ¡Vaya coñazo que tienes, zorra, menudo desagüe y como echa, pero no te apures que para él tengo yo un buen tapón para tapar el agujero a una guarra como tú!

Cuando terminé mi meada, Alberto me colocó de rodillas y sin más preámbulos, alojó todo lo que pudo su endurecido miembro en mi boca y digo todo lo que pudo porque, a pesar de abrir al máximo la boca aquello era muy grueso y no me cabía, por lo que yo le chupaba el glande y deslizando mis labios, llegué a sus huevos, que lamí con ansia.

Él no quería terminar tan pronto por lo que, haciéndome incorporar, sacó mis pechos fuera y colocó su polla entre ellos apresurándome yo a hacerle una cubana al tiempo que, con mi lengua, lamía su glande haciéndole exclamar:

– ¡Así, frótamela bien y chúpamela… vaya calentorra que eres… verás cuando te la meta como vas a gritar de placer!

A estas alturas, yo estaba tan caliente como una fragua, deseando sentir como aquella polla se apoderaba de mi ya encharcado coño para llenarme del placer que una mujer madura como yo deseaba en ese momento. Cuando Alberto se colocó a mis espaldas haciéndome agachar y al tener mi vestido por la cintura, se apoderó de mis braguitas apretándomelas con saña por mi coño y mi culo, haciéndome suspirar de placer y pedirle que me la metiera, que la quería sentir dentro.

Sin quitarme la prenda, comenzó a frotar su polla por mi chocho, haciendo que mi calentura subiera hasta límites insospechados y de un fuerte empujón me clavó medio polla en el coño, que parecía abrirse en dos ante tamaña invasión pues si, como dije antes, no era muy larga, sí era extremadamente gruesa, escapándoseme un pequeño grito diciéndole:

– ¡Despacio, cabrón, que me vas a romper el coño, métemela despacio hasta el fondo, la quiero sentir toda hasta el fondo!

Él, con sus manos, estrujaba mis ya doloridos pezones y amasaba mis tetas al tiempo que bombeaba sobre mi diciéndome:

– ¡Toma y calla, putón, no te quejes que tienes un enorme coñazo, mira como siento mi polla entrar y que mojada estás, desde luego vaya caliente que me saliste!

No tardé en sufrir un nuevo orgasmo ante sus acometidas. La verdad es que mi pobre chochito debía de estar abierto en grado sumo pues sentía la tirantez en mis labios vaginales, pero todo ello hacía que el orgasmo fuera mayor, hasta hacerme exclamar:

– ¡Así, así, mira como me corro, que gusto me da… dame más caña. cabrón, que necesito más para calmar mi caliente chocho!

Él seguía follándome al tiempo que parecía querer ordeñar mis pechos los cuales tenía doloridos, uno por la extrema dureza que presentaban mis pezones y otro por sus continuos pellizcos sobre los mismos. Al arreciar en sus embestidas, que anunciaban su inminente corrida, le dije:

– ¡Aguanta un poco más, que si no me dejas a medias, quiero correrme contigo y sentir tu leche llenándome el coño!

Aguantó lo suficiente para llevarme a un nuevo orgasmo, cuyo placer se multiplicó cuando comencé a sentir la abundante y caliente leche llenando mis entrañas. Nunca mi coño estuvo tan bien regado, al tiempo que me decía:

– ¡Ahora, zorra, ahora toma leche, toda para tu coñazo de puta, mira como me corro dentro, toda para ti, tía caliente!

– ¡Sí, como la siento, cabrón, vaya polvo que me echaste y vaya cantidad de leche… siento mi coño lleno de ella, pero me gusta! – le contestaba yo.

Después de esto, él deseaba que se la volviera a chupar para ponerse otra vez en plan y volverme a follar. Además alababa mi culo queriendo perforármelo, pero yo, colocándome las ropas, le dije que no podía ser ya que, en la barra del bar me estaba esperando mi marido. Ante aquella confesión se quedó cortado, aunque acertó a decirme:

– ¡No me jodas que te espera tu marido y que me acabo de follar a una casada!

– Pues sí, Alberto, acabas de tirarte a una casada y gracias por el buen polvo que me brindaste.

Por la cara que puso parecía que no acababa de creerse lo que yo le decía y al verme abandonar la estancia, observé que estaba pendiente de mis movimientos por lo que vio como me iba a la barra al encuentro de Juan, como le cogía del brazo y como nos marchábamos. Ante la extrañeza de mi marido por querer abandonar el lugar tan pronto, le dije que por el camino se lo contaría y nos dirigimos hacia el coche. Cuando subí en él, volví la vista y observé como Alberto, que no había perdido detalle, me lanzaba un beso en señal de despedida. Seguro que ahora sí se creería que aquella madura y caliente mujer que no solo tuvo entre sus brazos, sino que se la folló bien follada, era de verdad una mujer casada.

Cuando íbamos camino del hotel, mi esposo me hacía preguntas sobre lo ocurrido y que yo le respondía. Aquí fue cuando, tal como decía al principio, descubrí el extraño comportamiento de mi marido el cual no solo le encantaba que su mujer le pusiera una buena y abundante cornamenta, sino que fue mucho más lejos de lo que yo nunca pude imaginar. Durante el trayecto, yo sentía brotar de mi coño y deslizarse por mis muslos, la leche que Alberto había depositado en mí, por lo que le dije a mi marido: – Cariño, estoy sintiendo como me escurre la leche por mis muslos, menuda corrida me echó, nunca tuve tanta leche en mi coño. Este comentario le excitó enormemente hasta el punto de llevar una mano a mi entrepierna para cerciorarse de lo que su mujer le decía. Pasó su mano por mi chocho y se la llevó, ante mi asombro, a la boca, dejándome perpleja tal actitud. Una vez en el hotel y cuando me iba a la ducha para bañarme, me hizo dar la vuelta y echándome sobre la cama, me despojó de mis mojadas braguitas y abriéndome de piernas, apoyó su boca contra mi coño comenzando a limpiármelo, no solo de mis corridas, sino de la abundante leche que Alberto había depositado en el mismo. Yo, al ver su actitud, no pude menos que exclamar:

– ¡Pero qué cabrón eres, no solo te gusta que se follen a tu mujer, poniéndote unos bonitos cuernos, sino que te gusta limpiarle el coño de la leche de sus amantes!

– Sí, cariño, me gusta verte disfrutar y que te follen bien follada como merece un putón como el que tú eres, y luego me gusta dejarte limpio tu hermoso coño.

– ¿Así que esto es lo que te gusta? – contesté – Pues no te apures que si te gusta ya se encargará tu mujer de que estés bien alimentado chupando la leche que otros depositen en mí…

Y así fue, los próximos encuentros que tuve ya os los contaré en otra ocasión.





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¡Adios a mi virginidad!

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Amigos de HIROelplacer, esta historia ocurrió cuando tenía 19 años y fue cuando perdí la virginidad. Me llamo Luisa y vivía en ese entonces sola con mi padre porque mis progenitores estaban divorciados y vivía un tiempo con uno y otro con mi madre. Vivir con mi padre me gustaba porque era su consentida y podía hacer lo que quería sin tantas prohibiciones porque por esto teníamos mucha confianza y nunca, a pesar de salir y llegar tarde, ni me había pasado ni había hecho nada con los novios que tuve y por eso a mis 19 años todavía era virgen.

Relatos eróticos

¡Adios a mi virginidad! – Relato erótico 



Pienso que soy atractiva, con un buen cuerpo y aunque no soy exuberante de formas, me gusta a mí y siempre me dicen que tengo muy bonito cuerpo. Mido 1,67 y peso 55 kg, cabello negro y mis ojos son verdes como los de mi madre. Mis medidas son 89-60-95 y por ellas os daréis cuanta cual era la parte que más les gustaba mirar y a mí me gustaba que me miraran.

Mi padre tenía un amigo que se llamaba Jeremías, con 50 años, tres más que mi padre y que desde que recuerdo ha sido su mejor amigo. Yo llevaba años conociéndolo aunque solo con un saludo y los últimos años porque notaba que me miraba diferente y sabía que yo le gustaba.

Mi padre venía a veces después de salir a divertirse pero nunca dejaba que sus amigos entraran a la casa si me encontraba en ella, solo dejaba pasar a Jeremías. Y así llegó un sábado en el que salí con mi novio y regresamos como a la una de la madrugada, pero esa noche aunque estuve muy dulce con él, no me animé a continuar y preferí regresar a casa sin que nada pasara. Ya en casa, no habían pasado ni 10 minutos cuando llegaron mi padre y su amigo. Mi padre venía bebido como nunca lo había visto, no podía estarse de pie, así que primero lo sentamos en el sofá, pero luego Jeremías dijo que lo lleváramos a su habitación para que se durmiera.

Cuando volvimos a la sala, él se despidió de mí, pero como también estaba algo bebido, le dije que si quería quedarse un rato mientras se reponía un poco y le ofrecí algo de comer, pero él prefirió una cerveza, que le serví. Estuvimos hablando del por qué llegaban así y él tampoco se explicaba por qué se habían puesto tan borrachos.

De repente me di cuenta que me miraba fijamente a los pechos y como crecía un bulto en su pantalón hasta que noté perfectamente cómo se marcaba su polla bajo la tela y me impresionaron las dimensiones que se notaban. El se dio cuenta de que lo miraba y trató de taparse y como ya había terminado su cerveza, se despidió de mí dándome un beso en la mejilla, pero antes cogió la cadena que siempre uso en el cuello y me dijo que le gustaba pero al cogerla rozó mis tetas y no quitó sus manos de allí. Eso me sacó de onda un poco y me incomodó pero no sé por qué le dije que si se quería quedarse por mí no había problemas y si no hubiera dicho eso, tal vez nada de lo que después pasaría no hubiera ocurrido.

Se quedó y empezó a mírame más fijamente y a decir que a mi edad ya era una mujercita que sin dificultan provocaba a cualquier hombre por mi cuerpo, de que como envidiaba a mi novio que merecía tener un hombre y no un chavalín como él era. Así siguió y ya quería que se fuera porque me ponía nerviosa hasta que me preguntó si era virgen, a lo que me quedé muda por unos minutos y no sé por qué le conteste en vez de echarlo de casa y le dije que sí, que nunca lo había hecho. Su mirada cambió, como de alegría no sé y me dijo que al él le gustaban mucho las jovencitas y que desde hacía tiempo tenía ganas de hacerlo y desvirgar a una y me preguntó qué pensaba de eso pero no le respondí, me quedé en silencio y fue cuando me cogió las tetas y empezó a besarlas y aunque quería apartarlo, algo dentro de mi me lo impedía.

Con sus manos agarraba con fuerza mi culo y con su boca me mordía los pechos por encima de la blusa hasta que se detuvo y me dijo que me la quitara toda. Por un momento no supe qué hacer, pero acabé quitándome la blusa y el sujetador y él me quitó el pantalón y las bragas dejándome desnuda por completo. Se me quedó mirando y dijo que estaba más buena de lo que se imaginaba, que era su gatita y me empezó a besar de nuevo metiendo sus dedos en mi coño.

Todo aquello me estaba gustando, y él se daba cuenta. Siguió besándome, y poco a poco, fue bajando hasta llega a mi chocho. En cuanto noté su lengua en mi raja empecé a mojarme, y él, al notarlo, él me dijo que ya estaba lista pero paró y se lo quitó todo. Mis ojos se pusieron como platos cuando vi su polla, morena, enorme y además de lo larga era muy gorda, muy ancha. Era la más grande que había visto.

Me asustó un poco, pero también me puso cachonda y más cuando separó mis piernas y la colocó en mi coño diciendo, con una sonrisa en los labios:

– Vamos a comprobar si dijiste la verdad y eres virgen.

Lo intentó pero no pudo meterla. Así que cogió mis piernas, las colocó encima de sus hombros e intentó de nuevo hasta que lo logró, Fue muy doloroso pero no grite para no despertar a mi padre, hasta que no puede resistirlo y solté un gemido cuando me penetró del todo y dijo:

– Decías la verdad y eres virgen.

Cada vez la metía más y cada vez sentía que me partía por dentro hasta que llegó el momento en que estaba tan mojada que ya no sentía el dolor y fui cambiando la sensación por algo que me estaba gustando. Sentía cómo me movía toda con cada una de sus embestidas hasta que se corrió dentro de mí. Fue algo que nunca me imaginaba que así fuera, sentir cómo descargaba su leche dentro de mí y ese calor que sentía fue maravilloso.

Estaba cansada y él también y quedamos recostados en el sofá pero no pasó mucho tiempo y cuando traté de levantarme, no me dejó y me dijo:

– ¿A dónde vas, si no terminamos todavía? Nos falta algo – se levantó, me puso contra uno de los brazos del sofá y añadió – Date la vuelta que ese culito es lo que más deseo.

No supe qué hacer hasta me dio la vuelta y así quedé casi de cuatro patas en el sofá. El estaba detrás de mí, con sus manos separó mis nalgas y empezó a meter unos dedos en el ano, Yo sabía que eso sería aún más doloroso por el tamaño que tenía su polla, pero en un instante sólo sentí cómo lo colocaba en la entrada de mi culito y empezaba a metérmelo, pero al igual que la otra vez no pudo sino hasta varios intentos hasta que lo logró. Fueron inmensos los dolores al principio hasta que fue cediendo poco a poco y me fui acostumbrando a sus embestidas, no sin antes lanzar unos gritos y gemidos que lo único que hacían era que él me follara más fuerte. Me estaba gustando y me corrí. Sorprendentemente él, aún siendo un hombre mayor, volvió a correrse.

Nos relajamos y al cabo de un ratito me dijo que se sentía avergonzado. Dijo que había bebido mucho y que no sabía muy bien lo que hacía.

Yo lo mire sonriendo, y le dije que no disimulara, pero sobre todo, que no se preocupara, ya que había disfrutado muchísimo, y que mejor para ser mi primera vez que me hubiera “estrenado” él que era un hombre con experiencia.

Por supuesto quedó claro que no le contaría nada a mi padre, podían perder las amistades con un tema como este.

Aquella relación con Jeremías no acabó con aquel encuentro. Para mí fue un “maestro” del sexo y reconozco que nadie me satisfizo como él durante varios años.

Actualmente estoy casada, mi marido es bastante mayor que yo y siempre he pensado que quizá aquella relación me condicionó a la hora de casarme.



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