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Un arrebato de lujuria

Relatos ero: Un arrebato de lujuria – Relatos erótico  


Se llamaba Rómulo, era un hombre más bien rudo, aunque bastante atractivo, con el pelo cano y la piel muy morena, tostada por el sol de justicia del que gozamos en mi tierra.

Trabajaba como albañil y fontanero, claro, así se entiende que, además de lucir aquel moreno de albañil, tuviera unos músculos tan bien formados. Pero no os llaméis a engaño. Rómulo era mayor. Muy mayor. Al menos para mí, que acababa de cumplir los 19 años. Creo que él tendría unos 55 años, por lo menos… ¡si era más mayor que mi propio padre!

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Un arrebato de lujuria – Relato erótico 



De eso han pasado ya muchos años. Ahora soy una mujer más madura y puedo entender que me dejara llevar por la impaciencia de la edad, por las ganas tan tremendas de sexo que padecen los adolescentes. Y también comprendo que la culpa la tuve yo. En realidad aquel pobre hombre me trató demasiado bien. Yo en su caso…

Resulta que en casa teníamos que hacer reformas. Vivimos en una barriada y aquí todo el mundo se conoce, además que solo hay un fontanero en todo el barrio, con lo cual no hay donde elegir. Yo no había tenido mucho contacto con éste hombre, solo le conocía de vista, en fin, su hija, que tenía mi edad, estaba en mi clase. Recuerdo que ese año estábamos haciendo el C.O.U., acabándolo ya, porque estábamos preparándonos los exámenes de Selectividad.

Yo, por aquellos días, hacinada en el territorio comanche de mi habitación, y agobiada por la extenuante montaña de libros, estaba muy nerviosa. Por los exámenes. Y encima a eso se le añadía el aliciente de las reformas de casa, todo el santo día con el trajín de los albañiles, carpinteros, pintores, fontaneros…

El día clave era precisamente uno de los más críticos para mí. Solo faltaban 2 días para mi primer examen y estaba que me subía por las paredes. Estaba a punto de echarme a llorar de desesperación, cuando mi padre tocó a la puerta de mi cuarto y me dijo que él y mi madre tenían que salir a elegir unos muebles. El plan era que me quedaba sola, allí encerrada estudiando y con una pareja de fontaneros en la cocina. Ante mis quejas, mi padre me espetó que habían quedado ese día y que no podían echarse atrás, que ya era mayorcita para saber cuales eran mis obligaciones, etecé, etecé… y se fueron. Yo me sentía fatal. Total, ya conocía al viejo de Rómulo y a su sobrino, que trabajaban juntos, eran buena gente.

Pasaron cerca de 30 minutos y sentí que no podía más con los libros. Abrí la puerta de mi cuarto y asomé la cabeza al pasillo. A Rómulo y a su sobrino, que creo que se llamaba Julio, pero no recuerdo bien, se les oía trajinar en la cocina.

Mi casa consiste en un largo pasillo a lo largo del cual se van distribuyendo las habitaciones. La cocina estaba en el extremo más alejado de la puerta de entrada a la casa y mi habitación más o menos por la mitad el pasillo. Y como la puerta de la cocina estaba abierta, desde mi posición pude ver cómo trabajaban los fontaneros. Rómulo estaba inclinado sobre la mesa, así que solo podía verle las piernas, pero a su sobrino si podía verle bien. Le calculé unos veintitantos años. No es que fuera una belleza, pero tenía un cuerpo muy bien formado, bastante apetitoso para una chica de mi edad. Así que ya que estaba sola, aburrida y harta de estudiar, decidí divertirme un poco. Algo, no sé, por entretener a mis hormonas. ¿Qué de malo había en ello?

Volví a meterme en mi cuarto y me dirigí al espejo de la cómoda. Como hacía calor yo llevaba unos pantaloncitos muy cortos, que me parecieron bien para mi propósito, y una camiseta de tirantes, bastante escotada, perfecta. Pero había algo que fallaba… el sujetador. Me liberé de él y la visión que me devolvió el espejo me gustó mucho más. Mi pechos parecían querer salirse de la ajustada camiseta, pues tengo bastante pecho, aunque siempre he querido tener más. Di unos cuantos pasos hacia atrás y avancé hacia el espejo, fijando mi vista en unas bamboleantes tetas que me convencieron de su poder hipnótico. Me descalcé y me solté el pelo, que lo llevaba atado en una cola. Suspiré. Todo bien. Adelante, pues.

Volví a salir al pasillo y me dirigí con paso decidido hacia la cocina, pero justo cuando me quedaba menos de 2 metros de pasillo para llegar, oí cómo Rómulo le ordenaba a su sobrino ir al almacén a recoger no-sé-que-cosa para las tuberías. Llegué para ver cómo el muchacho salía de la cocina y avanzaba por el pasillo sin apenas mirarme. Bueno, si, me miró… las tetas, por supuesto. Pero ni siquiera levantó la vista o se paró. Sin embargo no me desanimé, pensando que como no tardaría en llegar, pues no pasaba nada si le esperaba en la cocina, tomándome un descafeinado o algo… para hacer tiempo. Entré y saludé a Rómulo.

– Rómulo… hola.

– ¡Hombre, Daniela! ¡Tú por aquí! ¿Ya saliste del claustro?

– Pues si… voy a tomar algo, ¿la apetece un café?

– Bueno, me tomaría una cerveza bien fresquita.

Mientras sacaba la cerveza del frigorífico y calentaba la leche en el microondas, le observé. El caso es que no estaba nada mal aquel hombre… un poco… bueno, no… bastante mayor para mí, pero mis hormonas al parecer aquel día no atendían a razones. Me percaté de que él me miraba de reojo y le noté nervioso. Normal. Mis pantalones eran tan cortos que me llegaban al inicio de los muslos y tan pegados que se me notaba bastante la forma de mi sexo. Y encima sin sujetador. Eché un par de cucharadas de café a la leche y, al mirar hacia abajo, vi que tenía los pezones a punto de romper la tela de la camiseta. Me avergoncé un poco, porque además me noté húmeda. Y eso que llevaba un salvaslip puesto.

– Y bueno, Daniela… cuéntame, ¿ya tienes novio? Mi sobrino me dijo hace un rato que eras muy guapa, pero el pobre es muy tímido. ¿Ya os conocéis, no?

– Si.

– ¿Y qué te parece?

– Que está bien…

– ¿Bien? – risas – ¿Solo bien? – más risas.

Me giré hacia él y le tendí la cerveza. Rómulo alargó la mano para cogerla y vi que le temblaba ligeramente. Me estaba mirando las tetas. Yo saqué más busto, vamos, que las “eché palante”, como se suele decir, en un movimiento reflejo, porque en seguida me arrepentí, ya que él levantó la vista y me miró. Casi será mejor decir que me clavó la vista. Una mirada inquisitiva. Una mirada que me excitó.

Entonces ya no respondí de mis actos. Me sentía como una leona enjaulada, ardiente, con unas ganas terribles de romper las reglas. Me acerqué lentamente hacía él sosteniéndole la mirada y alargué una mano hacia su pecho. Lo noté duro, fuerte, y comencé a deslizarla hacia arriba hasta tocarle el hombro, el brazo… y su tacto me excitó más aún. Rómulo seguía mirándome fijamente, sin moverse, sin apenas atreverse a respirar. Yo volví a dirigir mi mano hacia su vientre y la fui bajando hasta tocarle el sexo por encima del pantalón vaquero. Tenía un paquete enorme, su tacto a través de la tela me hizo estremecer. Entonces Rómulo se retiró, dio un paso hacia atrás y musitó algo así como que él podría ser mi padre.

Yo, a mi vez, avancé, salvando la distancia que él había establecido y me apreté contra su pecho, sintiendo la dureza de su miembro a la altura de mi bajo vientre, respirando el olor a su sudor. Le puse ambas manos a los lados de las caderas y le apreté más contra mí. Y ese fue el resorte. Reaccionó cogiéndome de la cintura y tumbándome de espaldas en la amplia mesa de la cocina.

– Serás putita… ¿qué es lo que quieres, niñata? – exclamó.

Lo dijo jadeando, tratando de controlar una situación que ya se le había escapado de las manos. Pero yo, a pesar de ser tan joven, sabía que a los hombres les gusta el papel de “machos dominantes” y hice como que me dejaba hacer. Total, mi objetivo se iba a cumplir, la forma me daba igual, corría de su cuenta, él era el experimentado y esa idea me excitó tanto…

Mi respuesta fue cogerle del cuello y atraerle hacia mis labios, pero él rehusó. A cambio me agarró la vieja camiseta por el escote y de un tirón la rompió dejando en plena libertad a mis pechos, que salieron disparados. Hundió la cabeza entre mis senos y agarrándomelos con las dos manos comenzó a lamerme, para luego dedicarse a chupar alternativamente mis doloridos pezones. Yo estaba tan excitada que creí que me moría. Tenía ganas de que aquel placer durara siglos, pero Rómulo no parecía estar por la labor, porque comenzó a bajarme trabajosamente los pantalones mientras me comía literalmente los pechos.

Cuando por fin lo pantalones se deslizaron hacia el suelo yo me abrí de piernas todo lo que pude, gimiendo y maldiciéndole, y no sé de dónde me salió aquella vena tan agresiva, pero lo cierto es que en toda mi vida sexual posterior jamás he estado tan excitada como aquella vez.

Me metió los dedos por el coño, comprobó satisfecho lo caliente y húmeda que estaba, y celebrándolo con un gruñido se inclinó y le dio un par de lametones a mi hinchado clítoris mientras se bajaba la cremallera y sacaba una enorme polla, dura como una piedra.

Me penetró sin miramientos. Al principio solo metió, casi apoyando simplemente, la punta de su miembro entre mis labios vaginales, pero ante mis quejidos decidió no andarse con ceremonias y comenzó a salir y a entrar de mi coño con una facilidad pasmosa.

Yo no sabía adónde agarrarme, sentía unos irrefrenables deseos de morderle, hasta que me llegó el primer orgasmo. Y un segundo y un tercero… hasta que él salió de mí. Sacó su enorme polla de mi sexo y, con un grito contenido, se corrió sobre mí, rociándome de semen los muslos y el pecho.

Se apoyó con las dos manos en el borde de la mesa, mientras yo yacía exhausta. Estaba rendida y lo mejor es que mis nervios habían desaparecido por completo. Cerré los ojos y ya comenzaba a abandonarme a un agradable sopor cuando noté cómo Rómulo se subía la cremallera y me tiraba los pantalones a la cara.

– Daniela, anda, vete vistiendo que mi sobrino no tardará en llegar. ¡Vaya, niña, menudo bicho que estás hecha! ¡Hace años que no follo así! Por cierto, ¿sigues interesada en conocer a mi sobrino?

Le respondí que sí, me bajé de la mesa y le di un beso en la mejilla. Entonces llamaron a la puerta de la entrada y salí corriendo a mi cuarto, para vestirme. Me lavé un poco, me puse un vaporoso vestido de verano y me dirigí de nuevo hacia la cocina… como si no hubiera pasado nada.



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Comida improvisada

Relatos ero: Comida improvisada – Relatos erótico  


Acababan de llegar de la playa y se cruzaron con la hija de los vecinos y su novio. Cuando llegaron a casa, fue a la cocina y al mirar por la ventana vio a la chica haciéndole una mamada a su novio. Su mujer lo pillo y decidieron invitarlos a cenar.

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Comida improvisada – Relato erótico 



Somos asiduos lectores de HIROelplacer y queremos contaros una nueva experiencia que vivimos este verano. Era una tarde en la que regresábamos de la playa y al entrar en el portal de casa, casi al mismo tiempo también llegaba la hija de nuestros vecinos, que vivían en el piso más abajo que el nuestro. Era una chica de 19 ó 20 años y hacía un tiempo que salía con un chico más o menos de su edad. Era morena, no muy alta, buen culo y una par de tetas que miraban hacia el cielo, del tamaño de dos peras y los pezones se le marcaban debajo de las camisetas de verano.

Al entrar en nuestro piso Elisa, mi mujer, decidió darse una ducha mientras tanto yo preparaba un par de copas. Al entrar en la cocina vi que la ventaba estaba un poco abierta y a través de esta abertura podía ver el baño de nuestros vecinos de abajo, aunque solo veía el bidet y la taza del water. Yo seguí con lo mío pero al darme la vuelta vi a nuestra vecina sentada en la taza. Solo la veía hasta la altura de los pechos y llevaba puesta una camiseta por lo que podía verle las piernas y el lateral de sus nalgas pero mi sorpresa fue cuando vi unas piernas de hombre que se situaban delante de ella. Era sin duda su novio y por la posición en que estaban la cara de la chica tenía enfrente la polla del chico que pretendía, supongo, que le hiciera una mamada. Yo me estaba tocando y ya tenía la polla pidiendo guerra y en este momento entró Elisa en la cocina, completamente desnuda y me dijo:

– ¿Cuál es el motivo por el que te lo estás haciendo tú solo y no me puedes esperar?

- La vecinita le está haciendo una mamada a su novio, ven y mira – le dije.

No le veíamos la cara a ella ni la polla a él pero los movimientos eran claros. Entonces Elisa se arrodilló delante de mí y con un solo movimiento engulló mi polla hasta los cojones. Es un maestra de la mamada y yo poco podría resistir entre el morbo de ver a la vecinita y los chupetones de Elisa y en poco tiempo derramé unos buenos chorros de leche en su boca. Ella se levantó, buscó mi boca y gran parte de mi corrida acabó en ella.

– ¿Por qué no invitamos a casa a esta parejita e igual tenemos suerte y pasamos una noche divertida? – me dijo Elisa.

No me dio tiempo a pensar, se puso una camiseta, unos shorts y salió de la casa hacia la de la vecina. Subió a los pocos minutos y solo dijo:

– Ya está.

Programamos una cena ligera y a esto de las nueve llamaron al timbre, abrimos y eran ellos, nos dimos unos besos y Mónica, que así se llamaba la chica, nos presentó a su novio Jorge. Traían el pelo mojado y poca ropa, se notaba que acababan de salir de la ducha y olían muy bien. Elisa tenía bastante confianza con Mónica y le soltó:

– ¿Qué tal lo habéis pasado en el cuarto de baño?

Mónica no se espera esto y se sonrojó pero dijo:

– Bien, pero nos falta experiencia.

– No te preocupes por eso, vamos a picar algo y luego, si queréis, hablamos – añadió Elisa.

Poco a poco y la desinhibición por parte de ellos, les fuimos tirando de la lengua y poco sabían de sexo. Entonces a Elisa le brillaron los ojos y propuso jugar a la botella. Al poco tiempo estábamos Elisa en braguitas, Jorge en calzoncillos, Mónica en tanga y yo también en calzoncillos pero con una erección total. Tiramos la botella, le tocó a Elisa pedir y mirando a Jorge, le dijo:

– Hace tiempo que no le veo la polla de un bollito como tú, enséñamela y así podré calibrar lo que pienso me voy a tomar de postre esta noche.

Jorge miró a Mónica y ella, sin decir palabra, asintió con la cabeza. Él se levantó, bajó su slip y pudimos ver una polla erecta de 14 ó 15 centímetros. Elisa se pasó la lengua por los labios y dijo:

– Está bien como complemento, pero ahora José enséñasela a Mónica y dile lo que estabas haciendo mientras la mirabas cuando se la estaba mamando a Jorge en el baño.

Me levanté, notándose una buena erección bajo el slip, mi polla mide 19 centímetros. Quedé desnudo delante de Mónica, cogí mi polla con la mano y masturbándome, le dije:

– Esto es lo que hacía mientras te miraba, ven agárrala y siente su palpitar.

Mónica se puso de rodillas y levantando la cabeza, la besó y me dijo:

– ¡Que grande es, no me va a caber en la boca!

Elisa sonreía y sentada al lado de Jorge le estaba masajeando los huevos con una mano y con la otra le acariciaba el culo deteniéndose en su ojete.

Mientras tanto Mónica ya había conseguido tragarse mi polla y cuando podía hablar, decía:

– Que grande, ¿crees que cabrá en mi coñito?

– No te preocupes por eso – le dije – yo te lo comeré y prepararé para que recibas mi polla, te sientas llena de carne y goces como nunca lo has hecho en tu vida.

– ¡Sí, quiero que me jodas con tu polla y saborear tu leche! – exclamó.

Le di la vuelta y comencé a morrear su coño, su tierno coño perforado pocas veces y que sentía fresco y húmedo y cuando Mónica estuvo a punto del orgasmo, le dije:

– Córrete en mi boca, dame tus jugos, que pronto vas a sentir lo que nunca has sentido en tu corta vida.

Explotó en un orgasmo bestial diciendo:

– ¡Me corro… oh, sí, me corro… que placer…!. Ahora me vas a follar, ¿verdad? ¡Dame tu polla… la quiero sentir dentro… fóllame, por favor!

Me senté en el sofá y con la polla dura como el acero, le dije:

– Ven, siéntate encima y mira la mamada que le está haciendo Elisa a Jorge, se traga su polla hasta el fondo de la boca y él también está gozando.

Se sentó sobre mí y poco a poco fue bajando e introduciéndose mi polla en su coño, estrecho y suave, dándome y recibiendo placer.

– Me encanta que me folles de esta manera – decía – ¡Me voy a correr de nuevo, pero tú no te corras aún, quiero tu leche en la boca…aaah…me voy otra vez… me corro… más fuerte…oooh… sí, me estoy corriendo…!.

Yo ya no aguantaba más y así se lo dije, me descabalgó y bajando su boca, tomó mi polla con ella y reventé en un orgasmo como pocas veces había tenido, derramando mi crema dentro de su suave boca sin dejar escapar ni una sola gota. Mientras tanto Elisa había terminado de vaciar los huevos de Jorge después de una soberbia mamada.

Nos recostamos en el sofá, todos juntos y después de tomar aire comentamos lo que había ocurrido, pero Elisa dijo:

– Vosotros tuvisteis vuestra ración de placer pero, ¿yo qué? – y dirigiéndose a Mónica, añadió – ¿Quieres ver una doble penetración?

Pero esto es otra historia que os contaré en una próxima carta.



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El mejor polvo de sus vidas – Relato erótico

Relatos ero: El mejor polvo de sus vidas – Relatos erótico  


Hola amigos de HIROelplacer, soy un fiel lector de vuestra blog desde hace más de 3 años y nunca hasta hoy me he atrevido a mandaros un relato. El que os envío es la historia del que, casi con toda seguridad, fue el mejor polvo de mi vida y mi más grande conquista.

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El mejor polvo de sus vidas – Relato erótico 



Me presentaré. Me llamo Eduardo y aunque soy de Cartagena, hace varios años que vivo en Cali por motivos de trabajo. La historia que nos ocupa ocurrió en un caluroso mes de agosto. Por aquel entonces ya había terminado la carrera y estaba haciendo un máster en una prestigiosa, muy religiosa y muy conservadora Universidad de Cartagena. En este máster coincidimos un grupo bastante majo de chicos y chicas de toda Colombiana, entre las que estaba Luisa y fue a través de ella como conocí a su compañera de piso, Natalia. Natalia era, y es, la típica niña pijita que tanto abunda en esta universidad. Zalamera, con mucha gracia al hablar y muy elegante al vestir. Físicamente parecía sueca: alta, delgadita, rubia, con la piel muy blanca, unos labios tentadores, un culito muy duro y bien puesto y unos pechos chiquitines. Preciosa, vamos. Hasta que la conocí no me imaginaba que unas “tetitas de muñeca”, como ella las llamaba, fueran tan seductoras.

El caso es que cuando la conocí pensé que era una chica que estaba a millones de años luz de mis posibilidades, pero al final acabó cayendo en mis garras una noche loca. Todo comenzó un sábado que, como tantos otros, empezamos haciendo una fiestecita en el piso que compartían Natalia y Luisa y del que, así a lo tonto, salimos todos bastante alegres, para continuar la fiesta por los bares de la ciudad. Al salir de su casa nos quedamos un poco rezagados del grupo. Cuando me quise dar cuenta, había metido su mano izquierda en el bolsillo de atrás de mis vaqueros y empezó a decirme que se sentía muy atraída por mi culo. Viendo que el resto del grupo iba muy por delante de nosotros y que doblaban una esquina aproveché para besarla. ¡Qué beso! Empecé un poco cortado, despacio, pero viendo que ella me correspondía se convirtió en todo un morreo de libro. Ella jugaba con su lengua dentro de mi boca, me mordía el labio de abajo, la lengua. ¡Fue excitante!


Al llegar al bar empezamos a bailar de una manera un poco provocativa. Ella llevaba unos vaqueros muy ceñidos y se giraba y se pegaba a mí de tal manera que acabé empalmándome. Al notarlo, porque lo tuvo que notar, se apretaba más a mí, quedando mi polla emparedada entre esas nalgas preciosas. Llegó un momento en que, bailando cara a cara, empezó a mover las caderas y a frotar su coño contra mi polla, que me dolía de lo dura que estaba, hasta que ella me susurró al oído que nos fuéramos de allí y me la llevé a casa.

Al llegar a mi cuarto nos tumbamos en la cama y me dijo que llevaba todo el año queriendo hacer esto conmigo, pero creía que yo pasaba de ella. Le expliqué que siempre la había visto muy lejos de mis posibilidades y que nunca me hubiera imaginado que pudiera llegar a pasar algo así.

– ¡Mira que eres tonto! – me dijo – ¿No te dabas cuenta de las señales?


Iba a preguntarle qué señales eran esas cuando se abrazó a mí y empezó a besarme la boca y el cuello y a mordisquearme las orejas. Le quité el top que llevaba y pude ver ese par de preciosas tetas, pequeñas pero deliciosas. Unas tetas que miraban al techo, desafiando todas las leyes de la gravedad, con unas areolas perfectas y unos pezones que enseguida respondieron a mis mordiscos y lengüetazos, poniéndose duros y haciendo que Natalia empezara a gemir y a frotarse cada vez más contra mi polla. Seguí bajando, besándole todo el cuerpo, lamiendo su ombligo, mordiéndole los hombros mientras mis manos se afanaban en quitarle aquellos vaqueros tan ceñidos.

Cuando conseguí quitárselos vi que llevaba unas diminutas braguitas negras de encaje y casi transparentes. Las aparté ligeramente y apareció el mejor coño que me he comido en mi vida. Tenía vello aunque muy cuidado, parecía el césped de un campo de fútbol. Me dediqué por completo a excitarla lamiendo el clítoris, metiendo mi lengua por todos sus pliegues y recovecos. Ella me apretaba la cabeza dirigiéndome hacia las distintas zonas según sus gustos, gimiendo como una loca. Llegó un momento en que pude levantar la cabeza y vi como se mordía los labios mientras que con la mano que tenía libre se tiraba de un pezón. Le metí un par de dedos en el chocho y seguí lamiendo su clítoris consiguiendo que orgasmara por primera vez.

Cuando se calmó un poco, me arrancó la camisa que llevaba, me quitó los zapatos y los pantalones dejándome en calzoncillos. Yo tenía la polla durísima y al verla se sorprendió. Me dijo que se imaginaba que tenía la polla grande, que ya la había notado mientras bailábamos, pero que aquello superaba sus expectativas. No me dejó ni respirar. Dicho esto me quitó los calzoncillos y empezó a chupármela. Empezó dándome pequeños besitos en la punta y siguió haciendo lo mismo a lo largo de toda mi verga y por los huevos, para luego subir dándome unos lametazos tremendos desde los huevos hasta la punta y, una vez arriba, engullir toda la polla. Su lengua se movía mientras ella se desplazaba arriba y abajo. A la vez me masajeaba los huevos y yo, ahí estaba, disfrutando de ese pedazo de mamada e intentando no correrme. Pero esto era una misión imposible ante semejante situación. Pronto noté como me corría y se lo dije, pero ella aumentó el ritmo y acabé corriéndome en su boca y, aunque se tragó bastante, salpiqué de gotitas de esperma sus mejillas y su pelo.

– Vamos a parar un ratito, voy al baño y vuelvo, y ahora seguimos con lo mejor – dijo ella mientras se quitaba los restos de semen de las mejillas y del pelo.

No habían pasado ni tres minutos cuando volvió, se tumbó encima de mí y empezó a besarme la boca y el pecho. Siguió bajando hasta llegar a mi polla que, inmediatamente, volvió a ponerse en posición de firmes. Después de un rato así la hice girar para acabar haciendo un 69. La vista de su precioso coñito y de su ojete me puso a mil y, como el que no quiere la cosa, mientras la chupaba el coño se me ocurrió meterle dos dedos en el chocho y empezar a lamerle el ojete.



Vi como palidecía su rostro y empezaba a balbucear, pero le dije que todo iría bien y que iba a disfrutar tanto como la otra vez. Seguí trabajándolo y, cuando el primer dedo entraba y salía sin dificultad le metí el segundo mientras que con la otra mano le masajeaba el coño y le metía un par de dedos en él.

Acabó gimiendo de placer y fue en ese momento cuando supe que estaba preparada. La volví a poner a cuatro patas y empecé a meterle el capullo en el culo. Ella respiraba profundamente, gemía y gracias al espejo que había en mi habitación pude ver su cara, mezcla de dolor y placer. Poco a poco fui metiéndole toda la polla, masajeándole el coño con una mano y cuando entró del todo gritó y gimoteaba. Decía que le dolía, pero no estaba dispuesto a sacársela, aunque paré de empujar para que pudiera acostumbrarse mientras seguía acariciándole el clítoris y apretando sus tetas. Cuando se calmó empecé a bombear, poco a poco primero para, a medida que empezó a gemir de placer, aumentar el ritmo, hasta que llegó un momento en que me pedía más, así que me agarré a sus caderas y empecé a darle con todas mis fuerzas mientras ella se metía los dedos en el coño.

– ¡Me vas a partir, cabrón! – decía ella – Pero no pares, dale fuerte… te siento tan adentro… no me imaginaba que fuera tan bueno…

Así seguimos hasta que noté que me iba a correr y al decírselo, ella me pidió que se lo soltara todo en el culo y medio segundo después le daba su ración de leche calentita en el recto, cosa que la hizo gritar de placer al tiempo que volvía a correrse. La imagen de mi polla saliendo de su culo rezumando leche no se me olvidará nunca, ni aunque viva tres vidas.

Nos volvimos a quedar dormidos, abrazados, después de otra sesión de besos y caricias, pero debo decir que la cosa no acabó aquí.

Esta situación duró hasta que acabé mi máster y tuve que volver a casa de mis padres. Durante este tiempo estuvimos follando a tumba abierta, tanto en mi casa como en la suya. Lo hicimos en un cine, en varios parques, en los baños de una discoteca incluso, un fin de semana largo que bajamos a Andalucía me la follé estando sus padres en la habitación de al lado.

Al poco tiempo de acabar el máster me ofrecieron un buen trabajo en Cali, por lo que me trasladé a esa ciudad. Natalia y yo retomamos nuestra relación y recuperamos el tiempo perdido, pero esa es otra historia que puede que os cuente más adelante.


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¡Zorrona y golfa!

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Reconoce que es muy golfa y que le gusta mamar pollas y follar hasta correrse. Su marido se había ido de viaje y la invitaron a una fiesta que daba un compañero de trabajo de él. Ni se lo pensó, se vistió en plan guarrilla y allí fue dispuesta a todo.

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Aquel día fui a la fiesta de un compañero de trabajo, Juan. Mi marido había salido de viaje a Córdoba y me apetecía “golfear” un poco. Me puse un vestido rojo ceñido al cuerpo y unos zapatos de tacón alto que me hacían las piernas preciosas.

En cuanto llegué se me acercaron todos los tíos de la fiesta para decirme que estaba muy guapa y piropearme.

Ya entrada bien la noche miré a mí alrededor y solo quedábamos seis personas y la única mujer era yo, casi todos los hombres estaban un poquito pasados de copas incluyendo mi amigo Juan, algunos oía que decían:

– A esa de rojo yo me la…

Juan y yo les sonreíamos y después de servirnos otra copa, uno de ellos, Ernesto, me invitó a bailar y yo acepté, pues la verdad también llevaba unas copitas de más. Cuando estábamos bailando me dijo:

– Inés, estás preciosa, y deseo tenerte junto a mí, me tienes muy caliente y con deseos de cumplir lo que he dicho sobre la de rojo.

Yo acepté sus cumplidos con una sonrisa y al final le di un pequeño beso en la mejilla, pero como él se dio cuenta de mis intenciones comenzó a acariciarme la espalda y luego bajó sus manos hasta agarrarme las nalgas como para abonar terreno. Yo le sonreí aceptando la situación, mientras comenzó a besarme el cuello y a frotarme la polla por mi cuerpo. Noté como su rabo crecía. Los demás con lo que estaban observando, se fueron poniendo cachondos.


Yo me derretía, no dije nada y me dejé hacer cerrando los ojos. Luego la música terminó pero él no me soltó y me siguió besando y apretándome contra él. De pronto sentí que alguien se me acercó por detrás.

– Hola, Inés.

Era otro de ellos y también comenzó a tocarme y a restregar la polla contra mis nalgas. Eso me excitó tanto que me empecé a mover rítmicamente para sentir mejor la verga que tenía atrás y la que tenía adelante. Sentía sus panzas presionándome y sus vergas frotándose contra mis nalgas y mi pubis.

Mi acompañante Ernesto, me acariciaba los pechos y yo acariciaba su protuberancia sobre su pantalón, hasta que dejamos de frotarnos los tres y todos nos aplaudieron y me pidieron que les hiciera un striptease. Yo les dije que no sabía cómo, pero podía bailar para ellos, todos me motivaron y baile, quitándome el vestido, y así en ropa interior me moví lo más que pude enfrente de mis cinco galanes. Esto último termino de calentarlos y todos se tocaban las pollas.

Nuevamente se acercó Ernesto, quien creo que era el que más ganas tenia de hacerme dichosa, así que llevé mi mano sobre su gran verga, lo besé y arrodillándome cogí su polla y empecé a hacerle una buena mamada. Me la metía en la boca con tantas ganas que no me di cuenta que tres más de ellos estaban junto a mí y que ya me manoseaban, quitándome la ropa interior, así quedé sin nada, completamente desnuda y dispuesta para que manosearan mi cuerpo.

Mientras tanto, yo seguía mamando la verga de Ernesto y no podía ser más feliz con ese miembro en mi boca. Entonces logré oír que uno de ellos dijo:

– ¡Qué garganta tienes, que bien la chupas!

Todos se quitaron la ropa y se me acercaron. Aquello era una locura, ya que poco a poco iba mamándolas todas. Me besaron el coño, introdujeron sus lenguas chupando mi clítoris, mordisqueándolo hasta que me corrí y bañe sus bocas con mis jugos. Entonces me giraron y empezaron a darme mordiditas en las nalgas y a chuparme el ano, metiendo su lengua en mi agujerito. Luego comenzaron a morderme los muslos, las pantorrillas, la espalda y eso me tenía loca, más cuando uno de ellos me metió sus dedos en el coño y comenzó a moverlos de maravilla.

Desde ese momento no dejé de tener una polla en la boca mientras me metían los dedos en el coño y me chupaban el ano, hasta que comencé a pedir que me follaran, pero uno dijo que no había condones. Yo les pedí que me follaran aunque fuera sin condón y así lo hicieron, poniéndose de acuerdo para ver quién era el primero.


Ernesto tuvo la suerte de ser el primero, me llevó hacia el sillón, se recostó y me dijo:

– Ahora sí, Inés, voy a cumplir un deseo que tengo desde hace mucho.

Lo monté como una amazona, su polla entro de golpe y empecé a cabalgarlo. Mientras tanto, no sé quién era, pero me comían el culo de maravilla, hasta que creyeron que estaba a punto para meterme un buen rabo. Me sorprendí, pero estaba tan caliente que aquella doble penetración me estaba volviendo loca. Por supuesto los demás se pusieron detrás del sofá para que les mamara la polla. Era una orgía en toda regla.

Notaba como las vergas de esos hombres casi se tocaban dentro de mí y luego como entraba una mientras la otra salía rítmicamente… Mientras tanto, Juan me tenía agarrada de la nuca y bombeaba su verga en mi boca, sintiendo que gemía previniendo su corrida y aceleré mi chupeteo en la verga que mamaba. Entonces Pedro sacó su verga de mi dolorido culo y bañó todas mis nalgas con su leche mientras Juan eyaculaba en mi boca sin que yo dejara escapar una sola gota de semen.

Ernesto me extrajo el objeto de mis placeres, se tendió en el suelo, me tiró hacia él y yo dirigí su verga, que se encontraba toda erecta y mojada, a mi coño y con movimientos circulares me la metí, allí nuevamente, hasta quedar totalmente ensartada.

Los otros dos señores, que todavía no se corrían, se acercaron también y uno de ellos, Antonio, cogió mi cara y mostrándome su verga me la pasó sobre toda mi cara y me dijo:

– Chupa, úntame la verga de saliva que te voy a taladrar el culo.


Yo lamí su verga mientras cogía sus huevos con mis manos, y él, colocándose encima de mí, que estaba tendida en el suelo con la verga de Ernesto en mi coño, me dijo:

– Pon el culo que te voy a clavar.

Situándome de tal manera que no se saliera la verga de Ernesto de mi coño, me la clavó en el culo. De un empujón me la enchufó entrando fácil, pues ya estaba abierto y lubricado.

Al rato, Ernesto pidió intercambiar lugares, así que me separé y me giré para que él me diese por el culo y los dos señores, Antonio y el otro que no recuerdo como se llama, se alternaran con mi coño y mi boca.

Todos cogimos un ritmo adecuado y seguido, me besaban las tetas, la espalda, me tocaban y apretaban, me daban palmadas en mis nalgas y apretaban mis tetas, hasta que cogimos un ritmo delicioso que nos hizo llegar al placer. Todos nos corrimos casi al tiempo.

Entonces miré a mi lado y observé que Juan y Pedro se estaban masturbando, me abalancé sobre esas grandes vergas y me metí la de Juan. ¡Qué se encajaba en mi coño! Me bombeó durante un rato y después lo hizo Pedro, hasta que, finalmente, me arrodillé frente a ellos para tragarme la leche que inmediatamente empezó a salir de sus jugosas vergas. Me encanta tragar leche, para mi es una deliciosa lechita, una rica cremita… de hombre.

Cuando terminaron todos se acostaron en los sillones del salón. Todos estábamos desnudos y mientras me servían una cerveza, pues ya se había acabado todo el vino, me di cuenta que estaba siendo el juguete sexual de cinco hombres maduros, pero muy experimentados.

Tomé mi cerveza y me dirigí al baño para reponerme un poco y ponerme mi ropa. Así acabó esta inesperada pero maravillosa orgía.

Besos.


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