Tweets by HIRO__oficial

Hacer el amor con la regla: sí, también ¡y tan bien! – Sexo

Hacer el amor con la regla: sí, también ¡y tan bien! – Sexo

A estas alturas de la película todavía hay mucha gente que se pregunta si es posible hacer el amor con la regla o cómo tener sexo durante el ciclo menstrual.

Diremos, para empezar, que es más que evidente que es posible y que la primera razón para hacerlo es que no hay ningún motivo para no tener sexo con el periodo. Pero si necesitáis más razones y métodos, no os preocupéis porque, a continuación, os vamos a explicar por qué es bueno hacer el amor con la regla y cómo tener sexo durante esos días en los que todo parece incómodo.


Hacer el amor con la regla: cómo tener sexo con el periodo


De entrada, tenemos buenas noticias: la menstruación representa uno de los mejores momentos para disfrutar del sexo. ¿No os lo creéis?


Juguetes eróticos

Hacer el amor con la regla…

  • Es bueno porque, entre el primer y el segundo día de periodo, desaparecen los síntomas del síndrome premenstrual, e incluso los de las mujeres que padecen “Trastorno Disfórico Premenstrual”. La sensibilidad en los pechos, la ansiedad y, en algunos casos, la tristeza también desaparece, para dejar paso a un aumento de la libido. ¿No pensáis que este es un buen estado psicológico para iniciar una relación sexual?
Nota: nos referimos a que la ansiedad y la tristeza  desaparecen si están vinculados al síndrome premenstrual y no a otras patologías. Evidentemente, la aparición del periodo no hace que síntomas asociados a otros trastornos desaparezcan.
  • Es bueno porque, aunque padezcáis calambres u otros dolores, las contracciones del útero durante el orgasmo, y el orgasmo en sí, conducen a un estado de bienestar general. ¿Os queda alguna excusa?

 

Cómo tener sexo con el periodo


Ya sabemos que todas las razones que hemos dado sobran: bien porque de verdad sobran, y simplemente hay que tener sexo cuando apetezca, sin más; bien porque estaréis pensando “Es que no me siento cómoda”.


Ese “no me siento cómoda”, por desgracia, proviene de la idea y la sensación de “no encontrarse limpia” que, en realidad, es más bien “voy a manchar a mi pareja, las sábanas…” o “es que va olerlo, me da vergüenza, le da asco…”. Si tenéis ganas de hacer el amor con la regla, nada de lo anterior debería ser impedimento alguno.

Higiene

La misma que tenéis a diario. Pero si os encontráis en alguno de los casos hipotéticos en los que “no os sentís cómodas”, es tan sencillo como ir un momento al servicio, quitaros la compresa, tampón o copa menstrual y, sentadas en el váter, usar una toallita higiénica. Y si los escrúpulos siguen venciendo a las ganas, tener sexo en la ducha es una de las opciones más populares.
Nota: los escrúpulos son dudas, y ya hemos explicado por qué no cabe duda de que el periodo menstrual no representa impedimento alguno para hacer el amor.
Posturas sexuales

Las que queráis pero, una vez más, si el periodo va a actuar como un anticlímax, entonces elegid posturas boca arriba, como el misionero, o aún mucho mejor, la Técnica de Alineamiento Coital modificado.

Accesorios

Como nadie quiere manchar las sábanas, una toalla bajo las nalgas será suficiente para que os sintáis seguras (como recordatorio, en la ducha no haría falta). Pero insistimos, no necesitáis más que deshaceros de tabúes y escrúpulos para hacer el amor con la regla. Y, por ello, tampoco necesitáis ningún accesorio, salvo condones; porque el riesgo de contraer Enfermedades de Transmisión Sexual no desaparece, y porque, aunque sean bajas, siguen existiendo probabilidades de un embarazo no deseado. Sí, os podéis quedar embarazadas durante el periodo…




Incluso aunque la timidez sea un obstáculo infranqueable, caben muchas más formas de saciar vuestros deseos sexuales. Y es que el sexo es mucho más que coito vaginal: desde la estimulación del clítoris a solas, hasta el sexo anal, pasando por la masturbación en pareja con vibradores, tenéis un espectro de juegos sexuales con los que evitaréis que los escrúpulos os arruinen la fiesta.

Y para las que usen copa menstrual y sean menos tímidas, pasar una toallita higiénica por la vulva es el único requisito para un exquisito cunnilingus.



¿Os seguís preguntando si deberíais hacer el amor con la regla? Pues si tenéis ganas, nuestra respuesta es: sí, también ¡y tan bien!





Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria










 También te puede gustar:

  • 6 motivos para disfrutar del sexo con condones6 motivos para disfrutar del sexo con condones
  • El sonido del sexoEl sonido del sexo
  • Reavivar la sexualidad… más allá del inviernoReavivar la sexualidad… más allá del invierno
  • Atando términos: el diccionario BDSM para kinksters advenedizos – SexoAtando términos: el diccionario BDSM para kinksters advenedizos – Sexo

Diario masturbatorio de una sumisa: Mi sueño bondage

Diario masturbatorio de una sumisa: Mi sueño bondage

Mis manos son pinzas que anhelan pellizcar sin dolor. Mis dedos tienen huecos líquidos que atraviesan mi alma. Podría creer que tengo el dominio de las ramificaciones de mis nervios. Podría pensar que tú me perteneces, me apetece, pero yo soy tu esclava y mi espíritu, tu demonio. Nadie me conoce, y a nadie le importa si las marcas de mi piel son un sueño o las heridas causadas. Aún huelo al animal de rebaño que creaste, cuando me atabas con tus maromas de cáñamo cual pastor que apresa a la oveja en sacrificio. Soy el plan que tu Dios trazó sobre el deseo y el sudor de tus lágrimas y el regocijo de mis sentimientos.


Bondage


Hoy se casa mi mejor amiga. Belén es la persona que me ha acompañado desde la infancia y la mujer que nunca ha entendido lo que quiero, frustrando cualquier intento de identificación de mis deseos. ¿Cómo podría contárselo a otra persona si mi (supuesta) mejor amiga no puede soportar el hecho de que me guste el tipo callado y amenazante de los piercings? Es un mundo de prejuicios. Es el cosmos normal: te puede gustar el farmacéutico machito dominante de pueblo porque tiene el dinero necesario, ya no para mantenerte, sino para que no tenga que depender de ti. Aunque sea un cazurro. Aunque no tenga la intención de hacerte gozar. Aunque no muestre la mínima inquietud intelectual. Y, sin embargo, ella dice que la enferma soy yo. Y lo mejor de todo es que ni siquiera le he contado un ápice de lo que realmente me excita.


Belén se desvirgó cuando cumplió 28 años. Hija de una familia tan opulenta como religiosa, o de padres que le enseñaron cómo mostrar su clase aleccionando al resto de mortales cómo discernir entre el paté y el foie, se abrió de piernas en el cajero de una calle de Chueca con la polla de un paleto borracho, pero adinerado. Dice que se enamoró y hoy es su boda… Su boda es un sarcasmo y, por supuesto, hay que vestir de punta en blanco.


DÍA -1 (Pre-diario)

Los tenues rayos de un sol asustadizo traspasan los visillos de mi habitación. Mi sexo está húmedo. He vuelto a soñar con cadenas y látigos. Me siento incómoda. Voy al baño, orino y aseo mi vulva en el bidé. Mi diminuto clítoris se vuelve a excitar por un momento. El jabón lo tersa, mi mente lo empequeñece; tengo que arreglarme para ir a la boda.


DÍA 0 (El encuentro)

Sumisa¿Quién era ese tío? Desde luego tenía un morbazo monumental. ¡Quién se atreve a ir a una ceremonia nupcial con esa facha! Me meo de la risa. Abro los ojos e intento salir hacia el servicio… ¿Qué hacen unas piernas peludas en mi cama? ¿Qué coño hace una cazadora de cuero con tachuelas en mi silla? Uf… Contengo la vejiga como puedo cuando ya he arqueado una de mis piernas sobre él. ¿La derecha o la izquierda? Él abre los ojos…


–Eh… ¿hola? –pregunto con un moderado tono autoritario–.


–“¿Hola?” Esperaba que dijeras: “Sí, mi amo. ¿Puedo ir al baño?” –responde con total seguridad–.


–Sí, mi amo. ¿Puedo ir al baño? –digo sin pensar, como si fuera parte de una broma–.


–Puedes ir, pero no tardes. No quiero esperar tu boca más de lo necesario.


Tras cerrar la puerta, me siento sobre la taza y comienzan esos vergonzosos flashbacks… ¡Fui yo la que le suplicó que viniera a mi casa! ¿Fui yo la que metió la mano por dentro de sus pantalones? Me siento prisionera de mis recuerdos; padezco el síndrome de Estocolmo de mi voluntad. Me limpio la entrepierna. Me alzo las bragas. Me miro al espejo; tengo moretones en las tetas. Los presiono. Duelen. Es un dolor placentero. Estoy tardando mucho. Cojo aire y…


–¿Amo? –llamo su atención mientras abro la puerta–.


–Has tardado mucho, ¿no te habrás tocado sin mi consentimiento?


–No, señor. Tan solo me sequé lo necesario después de orinar. ¿Le he ofendido?


Me mira con cierta condescendencia y me muestra su pene erecto.


–¿Qué desea mi amo? –sigo el juego con total sumisión–.


–Tu amo te ordena que lamas…


SumisaMe tumbo frente a sus piernas. Me recojo el pelo rápidamente. Acaricio sus testículos mientras saco la lengua para recorrer todo su sexo. Desde el escroto al glande, donde la doblo para comerle con mis gruesos labios que ahora succionan todo su miembro, de arriba abajo.


–¿Sabes que podrías ser mi esclava?


Mi sexo ardía. De rodillas frente a su duro miembro. Lo cogía con ternura. Lo lamía con pasión. Mi vagina se estremecía.




DÍA 1 (La iniciación)

Han pasado unas horas. Nos hemos duchado y acabamos de llegar a su casa. Es oscura. Fría. Me inspira un miedo sexualmente excitante. Los techos altos amplifican el eco de mis tacones, que siguen sus pasos hacia una cocina abierta. Es una especie de nave industrial. Hay un baño con la entrada abierta en el centro, cercado por paredes de vidrio completamente transparente que se alzan a mitad de altura del loft. Sólo hay una puerta.


–¿Quieres algo de beber? –me pregunta mientras abre el frigorífico–.


–¿Puedes ponerme un vaso de leche fría?


–Esta es la primera y la última vez que te sirvo –asevera mientras la vierte en un vaso de tubo–.


Se acerca lentamente. Me ordena que alce la barbilla y abra la boca. Derrama con paciencia el líquido blanco sobre mi boca. Se desparrama por mi cuerpo y cae sobre el suelo. Me digo que no voy a lamerlo. Él no me lo manda. Siento alivio. Otra vez me noto excitada.


–¿Qué hay tras esa puerta?


–Detrás de esa puerta hay un mundo de cuerdas…


–Quiero que me ates –le interrumpo–.


Sumisa–No puedo atar a nadie que no sepa lo que está haciendo. Primero tienes que entender cuáles son tus límites. Después tenemos que poner reglas y palabras claves. Y esto solo merecerá la pena si los dos disfrutamos. El bondage es más que un juego sexual, no lo olvides. ¿Qué es lo que te excita? ¿En qué estás pensando ahora?


–Ahora mismo me veo arrodillada y maniatada con unas esposas a la espalda.


DÍA 33 (El contrato)

–Has aprendido a respirar, a sentarte sobre tus talones, a gozar mientras estás suspendida en el aire. Te felicito, esclava.


–Gracias, amo.


–Ha llegado el momento de firmar tu contrato de sumisión –dice, al tiempo que desliza una hoja en blanco–.


–Pero, mi señor… –exclamo confusa–-.


–Así es –me interrumpe–. Tu voluntad voluntariamente termina por tu consentimiento. Tú eres la única que puedes decidir obedecer. Anota cada una de tus fantasías por orden de prelación y yo intentaré satisfacerlas.


1) ÁTEME, CON SU ARTE Y SUS CUERDAS.

2) LÁMAME, CON SU TÉCNICA Y SU LENGUA.

3) FÓLLEME, CON SU SABIDURÍA Y SU VERGA.


SumisaDejo de escribir y alzo la mirada. Me está observando. Ha leído lo que he escrito y está preparando las maromas. Me ata suavemente. No aprieta como otras veces. Le suplico que lo haga. No accede. Las deja suficientemente destensadas para poder colocarme de rodillas y con la frente sobre un pequeño cojín. Abre mis nalgas con las manos. Y noto el calor de su boca en mi sexo. Siento su lengua humedeciéndome entre los labios. Su punta toca mi clítoris. La respiración profunda me hace notar la presión del cáñamo. Ardo. Transpiro. Lo nota. Oigo cómo caen sus pantalones. El éxtasis me condena a encadenar orgasmos…







EPÍLOGO

Han pasado semanas en minutos. Mis pezones han adquirido un color violáceo. Mi vagina es un caudal de gozo incontrolado… Solo porque te imagino sometiendo a mi espíritu como un diablo. Nadie ve cómo me masturbo y nadie sabe en qué pienso. Soy tuya. Solo huelo a sexo. Solo huelo a tus cuerdas.


Esposas


Tenía que describir todo lo que me excita. Debía narrar cuál era la historia que me hubiera gustado vivir. De otro modo, es como si nunca hubiera sentido el anhelo de la sumisión. Ahora estoy en la boda de mi mejor amiga. La pulcra de Belén. La miro y me doy cuenta de que no deseo ser como ella. No quiero firmar un contrato que me obligue a disimular que me gusta que me dominen. O a que me dominen sin disfrutarlo. Y observo alrededor, intentando distinguir una chaqueta de cuero con tachuelas…


Más relatos eróticos, juguetes sexuales, noticias y consejos sobre bondage:




Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria









También te puede gustar:

  • Océano – Relatos eróticos lésbicosOcéano – Relatos eróticos lésbicos
  • El imperio de los sentidos (II): oler sonidos, escuchar aromas – Relatos eróticosEl imperio de los sentidos (II): oler sonidos, escuchar aromas – Relatos eróticos
  • El ocaso del imperio de los sentidos: dominación sensual – Relato eróticoEl ocaso del imperio de los sentidos: dominación sensual – Relato erótico

10 canciones para un sexo apoteósico

10 canciones para un sexo apoteósico

Cambiad el chip: este no es el típico artículo de Canciones para hacer el amor en el que se escogen –por quincuagésima vez– las bandas sonoras de Dirty Dancing y Titanic, o clásicos como Marvin Gaye. Es más, las canciones para tener sexo no tienen por qué hablar o sonar a sexo o romance. Muy probablemente, la mayor parte que hayamos oído en nuestras alcobas poco tienen que ver con el acto sexual en sí. Y, además, existe gente que soporta pocos estilos musicales… Estas, entre otras, son las razones por las que he confeccionado una playlist con las canciones que nuestra Redacción se imagina (¡o ha tenido!) un sexo apoteósico. Pasen y oigan…


10 canciones para un sexo apoteósico

 

Spotify o Youtube: ¡Tú eliges cómo escucharlas!

 

Hemos creado una cuenta en Spotify solo para poder ofrecerte la posibilidad de disfrutar nuestra selección musical de manera continuada. Aunque nosotras preferimos que la acompañes por la historia sensual que narramos tras cada vídeo de Youtube, entendemos que quieras poner en acción tu relato erótico sin pausas. Aquí tienes 10 canciones para un sexo apoteósico, ¡tú eliges cómo escucharlas!
















Casi cualquier canción puede funcionarte en la cama. Piensa que, cuando suenen, vas a ser una –o todas– las corcheas de su pentagrama… ¡en movimiento! Y entrégate a su son o dispón tu voluntad con sus melodías. La música es un arte tan humano como el trayecto vital que recorremos: solos, en pareja o en manada, nuestras fantasías nacen, se acrecentan y se expanden con la música (y con musicalidad) como el contagio más dulce y salubre que la ciencia jamás haya clasificado.










Aún más, en la música y con ella, nos clasificamos y desmarcamos, desgraciadamente –a veces– nos descalificamos, pero ¡qué le vamos a hacer!… Cuando se trata de gustos, todos luchamos por imponer nuestro olfato (el gusto se tiene por narices), y cuando algo nos huele mal, apartamos nuestros ojos y no entramos en contacto. Pues bien, esperamos que alguna de las siguientes canciones provoque que tus manos se deslicen, tu mirada se fije y tu lengua recorra el manjar que es un buen sexo al ritmo, y bajo la melodía de alguna de estas canciones.






sexo oral

 

  10 canciones para un sexo apoteósico

 

En Vogue – Free Your Mind

Llega el viernes y huele a combate. Desconectada de la rutina, enfundada en algo de cuero y desinhibida, se impone mi Ley. La guerra no es una opción: yo doy las órdenes.



Garbage – Queer

Sigo al mando, pero ahora juego con más calma. La víctima ha quedado a mi merced y voy a disfrutar su sumisión. Quizás estoy gozándolo demasiado…



 

Kawehi (Nine Inch Nails cover) – Closer

Y, ahora ya no sé quién tiene las riendas de la situación. Todo es posible. Vendas, cintas y fustas se esparcen por el dormitorio…



Kit DARE ME

 

Tighten Up – The Black Keys

Salimos a la calle y volvemos pronto a casa. Todo es divertido: jugamos a jugar que jugamos con juguetes. Se engendra confianza…




Nicolas Jaar – Mi Mujer

… las energías siguen intactas. Los domingos tienen sinónimos: amanecer dulce e inquieto; fiestas Chill-Out con los amigos; y vuelta a la cama para un polvo tan suave como placentero.




Gita – Moderat

Somos todo pasión, todo intensidad; el corazón bombea potente y lentamente la sangre suficiente que necesitan nuestros extremos, para unirse. Ahora, somos todo excitación contenida, todo un pulso al clímax… No queremos que llegue y es lo único que deseamos.



Adore me

 

Tristeza – Empress of

Al despertar cada mañana, descubro que se me ha ido la tristeza… con la Luna llena… Luna de múltiples… aullidos.



How does it make you feel? – Air

Y seguimos descubriendo nuestros cuerpos; aprendiendo cómo nuestras espaldas se tensan. Mientras tanto, la piel se hace suave silicona: nos hemos convertido en nuestros propios objetos de placer…



My Body is a Cage – Arcade Fire

Nuestras almas han quedado presas: bailamos con nuestros sexos, en nuestros sexos, sobre las sábanas, entre las almohadas, y exhibimos apoteósicas exaltaciones de nuestras figuras… una y otra vez.



Fujiya & Miyagi – Pussyfooting

Solo basta una mirada para hacerme sonreír, y jugar allá donde nos encontremos. Ayer, fuimos a cenar a un restaurante en el centro; yo llevaba un pequeño vibrador y él tenía el mando a distancia…


Esperamos que lo hayas gozado y, por supuesto, te invitamos a que nos mandes tu playlist. Deja tu comentario…



Más música para hacer el amor:

  • Halloween: Las mejores canciones para atar a tu pareja a la cama
  • Música para hacer el amor: 5 canciones para tu playlist del verano
  • 5 canciones para masturbar a tu pareja
  • 25 canciones para hacer el amor en Nochevieja
  • Las mejores canciones para trabajar y soñar (eróticamente) en la oficina – Consejos de amor



Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria







El imperio de los sentidos: mirar y no tocar – Relatos eróticos

El imperio de los sentidos: mirar y no tocar – Relatos eróticos

Retomamos la historia erótica de Carolina y Miguel con un episodio de juegos sexuales que tienen lugar durante un espectáculo bondage, en la noche parisina.


Nuestra querida Mimmi Kass regresa al blog como parte de una celebración más amplia, pues acaba de publicar su primera novela, Radiografía del deseo. No os perdáis nada de ella.


El imperio de los sentidos: mirar y no tocar – Relatos eróticos

 

 

El imperio de los sentidos: mirar y no tocar – Relatos eróticos



—Hay una única regla: no puedes tocar nada.


Carolina miró a Miguel con curiosidad, aceptando la regla como ley vigente, mientras esperaban frente a una puerta negra. Las callejuelas del Cartier Latin de París a esas horas no eran muy seguras, y se sintió aliviada al ver la luz cálida que los envolvió cuando por fin abrieron.


—¿Qué clase de lugar es este? —susurró. Una mujer vestida con una camisa blanca, una falda negra y un estrecho corsé de cuero los condujo, tras el breve intercambio de saludos, por un pasillo estrecho.


Se aferró de manera instintiva a Miguel. Sus tacones resonaban en el suelo de mármol, y las paredes de piedra estaban tenuemente iluminadas por unas pequeñas antorchas. Le sorprendió comprobar que era fuego lo que ardía en ellas. Nada de luz artificial. La mujer murmuró algo en francés que ella no entendió.


—Tenemos que esperar un momento —aclaró Miguel.


Estaban detenidos ante un pesado cortinaje de color púrpura. La suntuosidad de la tela la hizo frotar las yemas de los dedos entre sí para reprimir el impulso de deslizarlos sobre ellas. Las reglas eran sencillas: no tocar, solo mirar.


El murmullo de voces y risas, amortiguado por una música desconocida y sugerente, estimulaba su curiosidad, pero a medida que pasaron los minutos sus ojos comenzaron a vagar contemplando el bailoteo de las llamas. Siempre se había sentido atraída por el fuego, y las pequeñas llamitas dibujaban una danza sensual de sombras en la pared, dándole a la piedra un matiz dorado.


—Vamos —dijo Miguel, cuando las cortinas se corrieron para abrirles paso.


—Dios mío… —murmuró ella, al entrar en la estancia.


Se trataba de un amplio salón, iluminado por una enorme araña de cristal cargada con miles de pequeñas velas, en cuyos rincones se desarrollaban las escenas más variopintas. En el centro, una mesa redonda alojaba seis jugadores, seguramente de póquer, que conservaban tan solo unas pocas prendas de ropa. Alternaban risas y seriedad mientras el croupier, el único ataviado con un esmoquin impecable, repartía las cartas.


—¿Damos una vuelta?


Miguel le ofreció su brazo, y Carolina se aferró a él. No sabía dónde posar los ojos; si en la cruz de San Andrés, de cuyas aspas pendían unas cadenas brillantes de acero con abrazaderas de lustroso cuero negro, o el rincón de sofás de capitoné, donde tres parejas compartían un frenesí de generosas caricias. Los ojos de Carolina brillaron cuando divisaron el espacio menos iluminado, donde una maestra de cuerdas ataba a un hombre de aspecto delicado, completamente desnudo. ¿O tal vez era una mujer? Aún había más por descubrir…


En el rincón más alejado había una cama alta y redonda.


—Recuerda —repitió Miguel—, no puedes tocar nada.


Carolina asintió, humedeciéndose los labios, mientras las sensaciones se apropiaban de ella, en un torbellino devastador.


Se acercaron a la Cruz. Una pareja se había adueñado de ella, y el hombre inmovilizaba las muñecas de una mujer que se dejaba hacer con languidez. Un collar de acero brillante rodeaba su cuello, ciñéndolo con elegancia, atado a una cadena que caía entre sus pechos. Carolina se vistió en su pensamiento con el delicado conjunto de tul y encaje de color crudo que casi no contrastaba sobre la palidez de la piel de la adorable sumisa. Sus  curvas dibujaban un cuerpo sensual y acogedor, con unas caderas realzadas por el liguero, muslos gruesos y blandos, y un pecho que se redondeaba sobre el encaje que lo contenía a duras penas, dejando entrever unos pezones grandes y rosados. Era una de las pocas veces que Carolina se sentía atraída por una mujer, y su interior palpitó ante la idea de tocar esos pezones y hundir la mano entre la suavidad de esos muslos. De manera instintiva se acercó un poco, y el dominante los observó con curiosidad.


Viens icí, sil vous-plait —dijo con una sonrisa cálida.


—Nos invita a acercarnos más —tradujo Miguel.


Ambos caminaron unos pasos, y Carolina observó con fascinación cómo el desconocido despojaba, poco a  poco, a la sumisa de sus prendas. Estiró las manos para recibir el sostén, pero Miguel se adelantó.


—No toques, Carolina —le ordenó. El dominante a su lado asintió para reforzar la advertencia.


Carolina no necesitaba traducción, y se quedó mirando cómo Miguel acariciaba entre sus dedos el finísimo y delicado tul. Después volvió su atención a los pechos de la maravillosa mujer. Eran grandes, blancos, de areolas anchas y pezones poco protuberantes. Carolina se humedeció los labios con el deseo de lamerlos. Miguel se acercó y susurró junto a su oído provocándole un cosquilleo de placer.


—No puedes tocarla. No puedes tocar nada.


Carolina lo tenía claro. Sentir a Miguel tan cerca le resultó casi molesto, ya que le hacía perder la atención de lo que estaba bebiéndose con los ojos. Ahora el dominante le quitó las bragas a la mujer. Dejó al descubierto un finísimo vello rubio, de un matiz rojizo, cuidadosamente recortado. Le separó los pies, envueltos en unos altísimos tacones oro viejo, y comprobó la humedad entre sus piernas con un movimiento lento y pausado. Carolina notó aquella mano en su entrada femenina y exhaló un jadeo casi idéntico al emitido por la sumisa. Ya no quería tocarla a ella. Ahora quería ser ella. Cuando el hombre acercó los labios a la hendidura rosada y la besó, con la boca abierta, degustando sus mieles, Carolina estiró los dedos hacia Miguel. Necesitaba tocarlo. Buscó su mano con la idea de llevarla hasta su propio sexo, y que la masturbara frente a la escena que estaban presenciando, pero Miguel la apartó.


—A mí tampoco puedes tocarme.


Carolina retrocedió un paso, desconcertada. Empezaba a entender. Las yemas de los dedos le ardían por tocar a la mujer, a Miguel, disipar el fuego de su cuerpo de alguna manera, pero tendría que esperar. O desesperar. Era parte del juego. De los juegos perversos a los que la sometía Miguel.
El dominante continuó algunos instantes más libando sus pliegues. La sumisa se retorcía de placer. Cuando él se puso de pie, el interior de los muslos nacarados brillaban empapados en su esencia, los pliegues estaban hinchados, y el clítoris se alzaba como un testigo acusador. El núcleo del placer de Carolina vibró.


—Quédate quieta —ordenó en voz baja Miguel. Se había situado tras ella, y le bajó el encaje del vestido hasta dejar sus pechos por encima de la tela—. Tu sufrimiento no ha hecho más que empezar.


Ella se dejó hacer. Cerró los ojos durante un instante para absorber la corriente de deseo y excitación que las palabras de Miguel le habían generado, mientras su interior se fundía como la lava.


Observó hipnotizada cómo el dominante acariciaba el sexo de su sumisa con la palma tensa, estirada. De pronto, la azotó con fuerza en la entrepierna.


Un gemido de dolor y placer escapó de los labios de la mujer. Carolina se quedó sin aliento. Contempló estupefacta cómo recibía pequeños golpecitos y, sin previo aviso, eran seguidas de una firme palmada que restallaba sobre sus pliegues.


Miguel le quitó el sujetador. Los pechos de Carolina, pequeños y firmes, exhibieron con descaro los pezones inhiestos. El dominante continuaba la sucesión de caricias suaves, rápidas palmadas, y cuando nadie parecía esperarlo, un azote seco, casi violento, que hacía que Carolina exhalara un murmullo de placer.


Miguel subió el encaje de su vestido por encima de las caderas. Carolina separó las piernas para darle acceso, y sintió que le deslizaba las bragas por los muslos. No le prestó atención. La piel del monte de Venus de la joven estaba teñida de un rosado encendido, los pliegues se veían cada vez más hinchados, y un néctar transparente goteaba entre sus muslos. Carolina respiraba con jadeos entrecortados. Ahora el dominante había puesto su boca en juego y dedicaba sus cuidados a los pezones, mientras que la mano trabajaba, infatigable.


Cuando hundió dos dedos en el sexo palpitante de la sumisa, ambas gimieron. Carolina sufría un verdadero dolor por la necesidad de sentirse penetrada. Miguel estaba tras ella, pegado a su cuerpo. Podía sentir su erección pulsar con fuerza los pantalones, pero no la tocaba. La necesidad comenzó a tornar en desesperación. El dominante aumentó el ritmo, frotando el clítoris con el talón de la mano, y el interior de la vagina con los dedos.


Miguel eligió ese momento para tocarle los pechos a Carolina. Los acarició rítmicamente, mimetizando los movimientos del otro hombre, pero con delicadeza, en roces casi imperceptibles. Lo que fue peor. Ella sentía crecer la frustración. Cerró los muslos y los frotó entre sí en un fútil intento de alivio. Miguel intensificó el contacto, que pronto se transformó en pellizcos y le arrancó un primer gemido, al que siguieron varios. Carolina perdió el equilibrio por un segundo cuando Miguel le abrió las piernas, empujándolas con su rodilla y exponiendo su entrada. Un frescor ascendió entre sus muslos estimulándola aún más. Cuando el dominante retiró la mano y azotó con fuerza por última vez el coño de la sumisa, el grito desgarrado del orgasmo fue demasiado para Carolina. Llevó las dos manos hasta su propio sexo, y apretó y movió los dedos en una carrera desbocada hacia el orgasmo, mientras veía el cuerpo lánguido de la mujer recibir el confort de brazos de su verdugo.


Miguel la sujetó de las muñecas y detuvo sus trabajos.


HIRO


—No, Carolina. Has roto las reglas. Tú tampoco puedes tocarte.


Ya puedes leer el siguiente episodio, aquí: El imperio de los sentidos (II): oler sonidos, escuchar aromas – Relatos eróticos

 

Relatos eróticos de Mimmi Kass, bondage y juegos eróticos:




Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria







El contrabajo (parte I): Pizzicato

El contrabajo (parte I): Pizzicato

Hasta aquel día pensaba que el músico más atractivo era el que tocaba el piano. He cambiado de opinión: aunque el piano sea el mejor sitio donde puedes subirte para hacer el amor (o que te hagan un buen número sensual), el instrumento más sexy es el contrabajo. Los contrabajistas elevan el instrumento por encima de sus cabezas, frotan las cuerdas con infinita multitud de golpes de arco y las pellizcan con las caricias de sus dedos…


El Contrabajo parte I | Relato erótico


Fuimos al Continental en plan guerreras. Casi todos los viernes salgo con Vi para tomar unos Gin-Tonic y, los que más disfrutamos, son los que vamos a conciertos de Jazz en nuestro pub preferido. Sus paredes de ladrillo visto, sombras e iluminación de amarillos intensos rodean y envuelven a manadas de culturetas y músicos. El aire pedante, las copas y el humo clandestino sitian nuestros sentidos y nos predisponen para el definitivo hechizo musical.

No cabía un alma, pero nosotras nos habíamos adueñado de una de las mesas centrales para gozar del espectáculo. Bufandas y gafas redondas nos piden permiso para sentarse a nuestro lado.

Permiso concedido pero, por favor, no habléis –pensé

El contrabajoNorma “Blue” Jean estaba sonando al ritmo de jazz-blues acelerado. Sinceramente, había comprado las entradas sólo porque el nombre me había llamado la atención. Jamás había oído hablar de ellos, pero mezclar el verdadero nombre de Marilyn Monroe con la tristeza del “Blue(s)” para decir –al tiempo– que eran un grupo de jazz, me sedujo instantáneamente. La cantante era toda una Nina Simone blanca y el pianista un fornido muchacho negro. Los músicos eran muy buenos… y estaban muy buenos. Mis ojos, sin embargo, se dirigían al menos agraciado y más viejo de ellos: el contrabajista que –por momentos– se tornaba inmensamente atractivo. Mientras, Vi se dejaba engatusar por el más atrevido de nuestros partenaires.

– ¡Virginia, joder, quieres dejar de coquetear con ese pedantillo y atender al concierto! –le susurré al oído, algo desairada por la envidia

– Tía, ya sabes que las bufandas me ponen…

– Whatever… –mis ojos volvieron al contrabajista

El contrabajoQuizás más cerca de los cuarenta que de los treinta, sudaba mientras abrazaba aquel cuerpo sinuoso de madera barnizada, apoyado desde su pecho hasta su entrepierna. El mástil se acostaba sobre su ancho hombro, para que el clavijero sobrepasara una despoblada coronilla que relucía a unos 190 cms del suelo. Las medidas son lo mío e intuía que, detrás de la caja de resonancia de ese contrabajo 4/4, se escondía otro gran instrumento. Sólo el nuevo amigo de Vi me distraía ligeramente de aquellos dedos que, veloces y contundentes, se deslizaban percutiendo y pulsando con agilidad y precisión las cuerdas más graves de la banda.

– ¿Sabes? Las cuerdas del contrabajo soportan bastantes toneladas de tensión; y se puede tocar de varias formas tanto con la mano derecha, como con la izquierda… –escuché cómo instruía a Vi, al tiempo que reposicionaba sus gafas con ese típico gesto del que quiere sumar grandilocuencia a sus palabras.

– Dime, dime cómo se toca –le interrumpió Vi atropelladamente

¡Dios, ya se le han subido las copas a la cabeza! –exclamé para mis adentros

El contrabajo– La mano izquierda puede adoptar varias combinaciones con los dedos –prosiguió, dependiendo de la pieza que se reproduzca; básicamente, juntando los dedos anular y corazón, o anular y meñique como si fueran uno. Pero, lo interesante está en la mano derecha. Esta puede usar un arco para frotar o hacer pizzicato –pellizco en italiano, aclaró– y producir distintos tipos de sonido por vibración. Aunque, en realidad, más que pellizcos se trata de acariciar las cuerdas con los dedos índice y corazón…

– Y tú, ¿cómo me harías vibrar? –acortó su discurso mi incorregible amiga

En este punto, tenía dos opciones: A saber, seguir fantaseando con el contrabajista o intentar espantar a aquel plomazo. Bebí un largo trago de Gin-Tonic, respiré y… Oí que Vi le decía: “¿Podrías hacer ese mismo movimiento con los dedos dentro de mi tanga?”

El contrabajoIntenté fingir que no me estaba enterando de nada, fijándome en el ritmo que había cogido aquel genio bajista. Las copas, el humo, la pasión de “mi” músico y los arrullos de Vi me estaban encendiendo de una forma totalmente inesperada. Nadie podía ver cómo me estaba excitando y, sin embargo, sentía una vergüenza inusitada al notar que tenía que mantener las piernas abiertas. Estaba ardiendo cuando comenzaron a tocar una de mis canciones preferidas: el House of the Rising Sun de Nina Simone…







Lo de Vi empezaba a ser escandaloso: los arrullos se habían convertido en maullidos perfectamente audibles, al menos, por las mesas vecinas. Y lo mío era peor; no sabía si estaba más avergonzada que caliente, mientras la música alcanzaba nuevas cotas de intensidad gracias a ese potente contrabajo.

El contrabajoAgarro mi bolso y salgo con el piloto automático hacia los baños. ¡Bien!, no hay nadie –pienso. Rauda, me encierro; lo abro y saco las toallitas… ¡Mierda!, no metí ninguno de mis pequeños vibradores. Da igual. Me alzo la falda, recuesto mi espalda sobre la pared, pongo un pie sobre el borde del retrete, subo la barbilla y cierro los ojos: Él está aquí conmigo. Acaba de dejar el concierto para penetrarme en los baños. Todo parecía real. La música llegaba, reverberando contra los azulejos como si me estuviera embistiendo contra la pared. Todo funciona. Aparto las braguitas y acaricio mis labios con los dedos, mientras los abro… Se empapan. Introduzco la yema y presiono. Suspiro, pero no puedo parar; mi clítoris está pidiendo juego. Y yo, juego. La música coge más ritmo: la voz carraspea febrilmente y ese contrabajo no para de aumentar la intensidad de la canción; estoy sudando y no me molesta. La batería se dispara y, de repente, se apaga al tiempo que llego a un pequeño e intenso orgasmo.

Mi cuerpo se ha quedado destensado como si hubiera soportado toneladas de presión. Aunque, desde ese mismo instante, mi cabeza sólo piensa en buscar a ese contrabajista, y llevárselo a la cama…

 

 

Más apasionantes series de relatos eróticos:




Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria







El contrabajo (parte II): Gemidos por frotación

El contrabajo (parte II): Gemidos por frotación

Esta es la continuación de El contrabajo (parte I): Pizzicato. En ella, Cris narraba las sensaciones que le estaba provocando un interesante contrabajista durante un concierto de jazz. Ahora, vemos la continuación a través de los ojos de su amiga Vi…


El contrabajo (parte II) Gemidos por frotación


– Paco, ¿dónde está Cris?

– Fue a los lavabos, hace unos 15 minutos.

Aunque el público está aplaudiendo para pedir más canciones, unas jovencitas les ayudan a guardar los instrumentos. ¡Hasta los chicos del Jazz tienen groupies que les recojan las cosas!

El contrabajo parte 2 Las luces se encienden mientras me coloco el tanga con toda la discreción del mundo. Paco había sido igual de torpe al sacar la mano que al masturbarme. Mucha gafa, mucha bufanda y tanto conocimiento teórico no le habían servido para darme el placer que esperaba. Aunque, por suerte, tengo un poder de concentración fuera de lo normal…

Además, estoy imponente: las tetas bien alzadas y la falda ceñida acaparan todas las miradas. Lo noto, lo sé y escudriño la sala con aire despistado –captando los flashes oculares durante mi giro estático– en busca de Cris. Mientras, suena un vinilo de Oscar Peterson Trio…











– Vi, ¿quieres que te presente a los músicos? –dice en tono complaciente, a sabiendas de que no había hecho un gran… “pizzicato”.

– Sí, pero espérame aquí. Voy a buscar a Cristina…

– ¿Volverás? –me pregunta como si se hubiera enamorado.

– No pongas cara de cordero degollado. Enseguida vuelvo.

El contrabajo parte 2 Tengo que ir al servicio… Noto esa ligera incomodidad placentera que otorga la humedad post-orgásmica. Salgo de entre las mesas y me cruzo con Cris de camino al baño…

– ¿Qué hacías, golfa? –me espeta con mezcla de sermón puritano y mirada traviesa.

– Ya ves, haciendo de mi cuerpo un instrumento con el que tocar. El tuyo se va a quedar hecho una pasa como sigas así de estrecha…

– Lo que tú digas. Espero que hayas disfrutado, ¡ninfómana! –son muchos años de amistad y le permito estas cosas.

– Ya te contaré, ahora tengo que ir al servicio. El susodicho gafipasta y su inseparable bufanda nos esperan allí para presentarnos a los músicos.

– ¿Cómo se llamaba?

– Pacoooo –le canturreo nerviosamente con ganas de abrir la puerta del servicio.

Un día tengo que echar un polvo en estos baños. No sé por qué no lo hice hoy… Bueno, todo limpia, un poquito de carmín y lista para dar más guerra.

El contrabajo parte 2 ¿Dónde se han metido? –digo para mis adentros. ¡Ajá, la muy pelandusca se está contoneando como una gata en celo! Al tiempo que me dirijo hacia la esquina de la barra, me percato de que su víctima es el contrabajista. Primer diagnóstico: feo, aunque las dimensiones de su cuerpo son bárbaras.

– Disculpa, Giovanni. Ella es Virginia –nos presenta Paco, como si nos conociera a ambos de toda la vida.

– Piacere.

Casi no termina de decirlo y ya me ha plantado un beso succionador en la mejilla. Sin duda, un buen espécimen este Giovanni. Claro que las miradas de Cris son bastante explícitas: “¡ni te acerques a él, golfón!”

– Bueno, ¿de qué hablabais tan apasionados? –rompo un breve silencio incómodo…

– Le habíamos pedido a Giovanni que nos contara por qué se había dedicado al contrabajo y no a otros instrumentos –sentencia Cristina para darle toda la palabra al italiano.

– Yo quería tocar el piano y, aunque ahora tengo uno en casa para estudiar armonía, quedé fascinado por la forma en la que me enseñaron el arte del contrabajo. Lo primero que me dijo mi profesor fue: “Aquí tienes a la mujer más bella y complicada del mundo. Si le haces bien el amor, te devolverá los sonidos más profundos e intensos que un alma pueda escuchar.”

el contrabajo parte IISus gestos son especialmente interesantes. Cris entrega sus oídos a todas las palabras que trascienden del italiano, como si cada una de ellas fuera un dogma de fe que debe acatar, para que se le conceda el placer eterno. Esa sumisión espiritual me pone cachonda…

– […] Era un ritual: mientras repasaba las cerdas del arco con resina (es necesario para que agarren y hagan vibrar las cuerdas), mi maestro preguntaba: “Hoy, ¿cómo te gustan? ¿Rubias o morenas?” –a diferencia de mi pelo elegantemente teñido de rubio, el de Cris sigue siendo negro azabache. ¡Venga, di! ¿Rubias o morenas?…

– Cada día me imaginaba que elegía una distinta… Os va a parecer un poco enfermizo, pero sentía que les acariciaba los pezones cuando ensayaba el pizzicato y las dominaba a base de azotes cuando aprendía los golpes de arco… Así fue cómo hice sonar el contrabajo, y así me enamoré de este instrumento.

– Una buena enfermedad –sentenció Cris con voz melosa.

Definitivamente, se nos están cayendo las bragas con este tipo. Ya han pasado más de dos horas y seguimos preguntándole sobre su vida. Hay que hacer algo…

– ¿Te lo quieres tirar? –le susurro a Cris pegadita a su oído.

Cris me mira nerviosa y le encarga a Paco que nos pida un par de copas. Giovanni nos observa como si se estuviera percatando de todo.

– Ragazze, ¿tutto bene? –nos pregunta intrigado.

– Sí, sólo debatíamos quién de las dos te va a llevar a la cama…

– ¡Virginia! –me regaña una cándida Cristina.

El contrabajo parte 2 Giovanni se queda paralizado durante 5 segundos (una hora en el corazón de Cris), sonríe y con la voz más dulce que jamás había escuchado hasta entonces, nos dice que va a hacer que nuestros cuerpos produzcan la armonía más intensamente imposible… No sé lo que significa, pero suena de maravilla.

Cris me echa una mirada híper juguetona, le cojo la mano, miro a Giovanni y les digo dónde podemos conseguir un taxi. Paco nos observa desde la barra donde están sirviendo los que iban a ser los siguientes Gin-tonic. En un sonriente ejercicio de escarceo, nos despedimos elegantemente, desde la lejanía que nos otorga el hecho de ser dos mujeres cogidas de la mano –acompañadas por un artista de casi dos metros de altura.

En el taxi, Giovanni continúa con sus explicaciones sobre la música para no perder el hilo conductor de nuestro punto de excitante sumisión, a su sensual y bohemia vida. Las sonrisas de apreciación, y los fingidos e ingenuos suspiros se extienden hasta que nos desnuda sobre las sábanas de la cama…

Pensaba que esto iba a terminar en una tremenda guarrería orgiástica, pero lo cierto es que nos ha penetrado como si fuéramos las mujeres de su vida. Lenta y sensualmente, nos ha hecho suyas por tandas. Besarle y acariciarle los pezones al tiempo que Cris vociferaba encima de él, hizo que me dejase a pocos minutos del orgasmo cuando me tocó el turno.

El contrabajo parte IIEs fuerte. Se ha levantado y nos ha llevado desnudas al salón. Al principio, pensé que iba a tocar el piano de cola como colofón a una gran noche. Pero me percaté de que había una fina manta oscura extendida sobre la tapa, en la que se adivinaban un juguete y un bote de color negro.

– Giovanni, ¿eso es un conejito vibrador? –pregunta Cris con cierto nerviosismo.

– No, belleza. Ese es el arco con el que voy a hacerte sonar.

La forma en la que lo dice no da opción a resistencia alguna. Es más, nos está poniendo muy cachondas.

– ¿Y yo? ¿No hay nada para mí?

Sin decir una palabra, me alza como a una figurilla de porcelana y tumba mi cuerpo suavemente sobre el piano. Inmediatamente, hace lo mismo con Cris y le ordena que unte lubricante en el vibrador. Abre mis piernas y desliza su lengua en círculos irregulares sobre mis labios. La sutileza y la paciencia que dedica a su arte oral hacen que mis muslos se abran por completo, y las caderas se deslicen en convulsos movimientos hacia su boca. Mi cuerpo le pertenece.

Cris le da el conejito vibrador embadurnado. Agarrándome con una mano mientras su lengua me come, lo enciende con prodigiosa coordinación y lo desliza al bies sobre el clítoris de Cris, haciendo que su depilada vulva se abra con tal belleza que no puedo dejar de mirarla.

El contrabajo parte II Ella gime, gime mucho. Demasiado. Es mucha carga sensual: oigo el vibrador, sus gemidos, los míos, noto su lengua húmeda jugando con mi sexo y veo cómo nuestros pezones permanecen fuertemente erizados. De repente, ya no gemimos… ¡gritamos! Intermitentes o al mismo tiempo, a veces parecen llantos. Nuestras voces vibran y nuestros torsos treman incesantemente, en una interminable sensación orgásmica…

Hoy he conocido a un contrabajista italiano. Hoy he aprendido que los cuerpos suenan con frotación y vibración. Hoy sé que la vida nos ofrece las más bellas posibilidades de placer cuando musicalizamos el tiempo, y volcamos nuestra pasión en recrearnos sobre el gozo ajeno. Al menos, esto era lo que Giovanni había escrito sobre los pentagramas de su partitura. Al seguirla al pie de la nota, he visto en Cris el instrumento que más me excita. Sólo quiero escucharla y que me haga sonar, como suena ella…

– No sabía que escribías todas nuestras historias en un diario –me dice Cris con mirada enamorada.

– Sí, nena. A esta le tengo especial cariño, por ser la primera en que te vi gozar a mi lado.



Relatos eróticos
Sexo y relaciones
Noticias y productos



Suscribarse a nuestra lista de correo

Y disfruta exclusiva y gratuitamente de:
– consejos sexuales
– actualizaciones de productos
– ofertas y promociones exclusivas
– y los relatos eróticos de mayor calidad.
* Información necesaria









Publicación recomendada

SEXO Y RELACIONES

SEXO Y RELACIONES En nuestra sección de SEXO Y RELACIONES vas a disfrutar de un mundo de historias de sexo. Desde cuentos eróti...