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Te pintaré los pies con la punta de mis dedos – Relato erótico

Relatos ero: Te pintaré los pies con la punta de mis dedos – Relato erótico 


Los relatos de Valérie exploran la condición humana, y Te pintaré los pies con la punta de mis dedos no iba a ser menos.

Sigue leyendo… si estás preparad@ para descubrir nuevos placeres que pueden cambiar la forma en la que entiendes la vida (¡y el sexo!).

Relatos eróticos

Te pintaré los pies con la punta de mis dedos – Relato erótico



Epílogo 1



Cuando me desperté, una sensación de plenitud me había invadido. Como si mis problemas se hubiesen desvanecido, como si hubiese dormido plácidamente más de ocho horas, sin tormento, sin pesadillas. Me incorporé ligeramente, con cierto miedo a que la paz que reinaba dentro de mí se volatizara y vi el enorme salón lleno de butacas de diseño, de cuero blanco, mullidas, acogedoras. También aprecié el piano blanco de cola en medio del salón, con partiduras caídas en el suelo, como una lluvia de alas sedosas.

Me acordé de la música de la noche anterior, en bucle, algo clásico y agradable, las velas de jazmín y flor de azahar esparcidas por todos los rincones, el cosquilleo que me había producido al principio y que, rápidamente, se había convertido, para mi sorpresa, en un placer inmenso. Me levanté, poniendo mis pies desnudos sobre el mármol frío y me acordé de la sensación… Busqué, saltando como un niña sobre las alfombras persas, para no tocar el suelo, mis medias de nailon que estaban tiradas en una de esas butacas, al lado de mis zapatos, y empecé a enrollarlas con delicadeza entre mis dedos, para ponérmelas. Observé, de repente, que algo sobresalía de uno de mis zapatos. Me agaché y cogí el papelito que estaba doblado con esmero. Lo abrí y descubrí una frase escrita con mi lápiz negro de ojos. Una frase que, ahora sí lo tenía claro, me había susurrado él a lo largo de la noche.

Sonreí.

Así empezó todo…



La noche anterior, había quedado con unos amigos de la oficina, pero, esta vez, acudí sin demasiadas ganas al bar de siempre. Intuía que íbamos a hablar de trabajo. Fuera de la empresa, habíamos pactado no mencionar al jefe ni la cantidad de estrés que sufríamos todos y que, en resumidas cuentas, quedábamos para pasárnoslo bien. Nada más. Pero esa noche iba a ser diferente porque a Raúl le habían ascendido. Ya veía el panorama: brindis por Raúl que iba a empezar el lunes en su nuevo despacho de alto ejecutivo, brindis por el jefe que había propuesto su nombre a Dirección, brindis por nosotros… No me hacía ninguna gracia acudir. Pero me gustaba Raúl y me alegraba mucho por él.


Llegué pasadas las diez de la noche, enfundada en un vestido de tubo negro, con cuello cisne y unos stilettos rojos altísimos. En el callejón que llevaba al bar, sabía que mi look llamaba la atención, pero no me molestaron los silbidos de los hombres que se dieron la vuelta para ver cómo mi culo se contoneaba bajo el vestido ceñido. Cuando abrí la puerta del local, ya estaban todos. Vi un brillo especial en los ojos de Raúl que, aunque me mirara discretamente, sin perder la compostura, no podía ocultar que estaba deslumbrado. Vino a mi encuentro y, dándome un beso en la mejilla, me susurró:

–Estás esplendida esta noche. Bueno, siempre estás espléndida, pero hoy, estás especialmente increíble.

Le devolví el beso a modo de agradecimiento y saludé al grupito que ya había pedido unas cuantas botellas de champagne.

–¡Wauuuu! Veo que no vais de farol esta noche –exclamé al observar varias botellas de Dom Pérignon Gran Reserva en la mesa.

–Paga Raúl –dijo Eli, riéndose, mientras acercaba su flauta a la boca–. Al fin y al cabo, a partir de ahora, va a ganar más pasta que todos nosotros…

Eli se bebió el champagne de un trago y, con una servilleta de papel, limpió el carmín rojo que había manchado el borde de su flauta. Todos nos pusimos a reír. Si no recuerdo mal, fue el momento más divertido que compartimos todos juntos esa noche. Eli con su servilleta de papel deshilachada, Eli retocándose los labios con un espejito de bolsillo, Eli bebiendo directamente de la botella…


Pasaron las horas y las botellas, los canapés deliciosos y las miradas encendidas de Raúl hacia mí. Horas y horas hablando de trabajo, como me temía, pero con algún respiro cuando Raúl se dirigía exclusivamente a mí. Parecían pequeñas treguas que combatían el aburrimiento. No tenía demasiadas ganas de participar en la conversación y solo pensaba en irme a casa ya y quitarme rápidamente esos malditos stilettos que me aprisionaban los pies. Incluso estuve a punto de quitármelos bajo la mesa, pero temí no poder volver a ponérmelos después. Así que me aguanté. Hasta que no pude más y mi rostro empezó a crisparse en una extraña mueca que, al parecer, solo notó Raúl…

–¿Te encuentras bien, Laura? –me preguntó cuando vio que me levantaba, decidida a irme a dormir.

–Sí, sí, no te preocupes. Creo que ya es hora de que me vaya. Mañana tengo una reunión importante y no son horas para mí –mentí.

Una vez de pie, me puse a andar a duras penas, intentando disimular. Pero fue en vano. Comencé a dar pequeños tumbos de derecha a izquierda y supongo que todos pensaron que estaba borracha. Pero no era eso. Me costaba horrores andar sobre esos tacones infinitos, que parecían un alambre punzante. Raúl se levantó en cuanto me vio titubear y, con la galantería que siempre le ha caracterizado, anunció que me iba a acompañar a casa. Me negué; al fin y al cabo, era su fiesta. No me hizo caso y se despidió de todos.

–No estoy borracha, Raúl –le dije cuando estuvimos fuera.

–Lo sé, Laura. No has bebido ni un tercio de lo que nos hemos metido el resto en el cuerpo.

Me paré en seco y lo miré, poniendo cara de no entender a dónde quería llegar.

–Sé que te duelen los pies, Laura. Estos zapatos que llevas son maravillosos y muy sexis, pero tú siempre llevas bailarinas…Así que, por lógica… ya sabes…–dijo, agachándose para quitarme con delicadeza los stilletos.

Perspicaz, Raúl, muy perspicaz… Siempre lo había intuido…


Acabé, no sé muy bien cómo, en su casa; mis zapatos en los bolsillos de su americana Hugo Boss y andando de puntillas, con un agujero enorme en mi media derecha de nailon. Éramos ridículos los dos. Pero éramos naturales. Me senté en una butaca increíblemente cómoda, se quitó la chaqueta y puso un CD de Schubert. Las primeras notas empezaron a surgir y él se instaló a mis pies como quien quiere hacer una confidencia.









Schubert, Trio op. 100 – Andante con moto






El chelo resonaba en el salón y su mano cogía con fuerza, al compás del instrumento, mis pies mortificados. Dejé caer hacia atrás mi cabeza y cerré los ojos. Era un virtuoso de los masajes, no me cabía duda. Pasados unos minutos, noté algo de humedad en mis pies… Bajé la vista y encontré a Raúl lamiéndome, por encima de las medias, los dedos de pies, de uno a otro con gula y ansia. Al principio, la sensación que me produjo fue de un fuerte cosquilleo y, de manera automática, intenté apartarme de sus fuertes y venosas manos. Era superior a mí.

Al ver mi reacción, los cogió con más firmeza, traspasando con sus ojos mi mirada, hablándome sin palabras, con aire comprensivo pero decidido. “Déjate llevar”, parecía susurrarme. Y le hice caso.

A las pequeñas molestias del principio les siguieron sensaciones extrañas, nunca antes experimentadas, regadas de su saliva, cada vez más abundante. El nailon se pegaba a mi piel como la miel en los dedos. Era una mezcla de cosquilleo y placer. Nunca hubiese imaginado que esta parte del cuerpo pudiera llegar a ser tan sensual.

Raúl empezó a jugar con el agujero de mi media y, cuando sentí un dedo tocar directamente mi piel, empecé a curvar más la espalda. Raúl decidió, tras un suspiro de gozo, que ya estaba lista para quitarme las medias y, con un gesto estudiado, levantó mi vestido, agarró la parte alta de mis medias y las deslizó sin prisa a lo largo de mis piernas.


Jugueteaba con ellas, las pinchaba y las llevaba hacia él, para luego soltarlas y dejarlas que recuperaran su forma natural, como si de una goma elástica se tratara. Al final, las medias acabaron en el suelo y fue cuando, con la punta de la lengua, empezó a lamer cada uno de los espacios entre los dedos. Su lengua era sibilina, nada predecible y más de una vez tuve que pedirle que parara. Estaba al borde del orgasmo…

Para mi sorpresa, se levantó y empezó a rebuscar en mi bolso el neceser de maquillaje. Yo estaba paralizada, no preguntaba nada, solo quería que no acabara nunca. Quería ser su muñeca, su objeto de deseo, de piel humana o de nailon; la que goza solo para él… con los pies mortificados por unos zapatos demasiado estrechos y altos. No importaba nada más.

Cuando se sentó nuevamente a mis pies, llevaba algo en la mano. No conseguí entrever lo que era. Su pulgar ejerció, esta vez, una presión más fuerte en el empeine derecho, mientras, sin aliento, acarició por encima del vestido mis pezones, que querían hacerse sitio entre el hilo… Pero volvió a mis pies, su fetiche, su adoración, su todo.

Me dio repentinamente la vuelta. Me dejé hacer, no había ningún tipo de resistencia en mí. Me sentía desarticulada… y me gustaba.

Sin esperármelo, sentí un líquido caliente y espeso inundar las finas ranuras de las plantas de mis pies. En aquel preciso momento algo cambió en mí. Mi sexo se puso a palpitar más rápido que mi corazón y llegué, yo también, al orgasmo.


Me quedé quieta, sin girar la cabeza, las rodillas apoyadas en la butaca de cuero, disfrutando del momento y la música. El semen seguía el trayecto de los dedos de mis pies y goteaba en el suelo. No me di cuenta de que Raúl se había levantado. Cuando volvió, me agarró los pies y los envolvió en una toalla para secarlos. Luego, se acercó a mi oído y me susurró:

–La próxima vez, te pintaré los pies con la punta de mis dedos.









Epílogo 2



Esa frase la escribió más tarde mientras yo dormía. Esa frase es la que estuve leyendo al despertarme en aquel papelito doblado con tanto esmero, entre el mármol frío, las alfombras persas y el olor a flores.


Bolas chinas


Me puse las medias, los stilletos rojos y me fui a trabajar. Así. Sí. Así.



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Agua – SEXO Y RELACIONES

Relatos ero: Agua – SEXO Y RELACIONES 


Pueden ocurrir muchas cosas cuando escoges ir a la montaña de vacaciones y te desnudas en la orilla de un río. Pero solo a Brenda B. Lennox le suceden estas…

Relatos eróticos


Agua – Relato erótico



Semana de vacaciones. ¿Playa o montaña? Gente apiñada en la arena, chiringuitos oliendo a fritanga, orquestas de tercera… No, gracias. Parajes solitarios, comida casera, canto de los grillos… Sí, quiero.

El hotel rural se parecía a las fotos de la web como una hamburguesa a las del Burguer King. Rústico era, ¡para qué negarlo! Y cutre, y sucio, y decorado con un estilo ecléctico que haría palidecer a la casa de Alaska y Mario. «Sé agua, Brenda», repetía como un mantra mientras deshacía la maleta.

Decidí dar un paseo. Ejercicio tonificante, aire puro, naturaleza salvaje. Y tan salvaje…. Media hora después tenía los muslos crucificados de picaduras de mosquitos y arañazos de zarzas silvestres. «Sé agua, Brenda. Agua».


Seguí las instrucciones del mapita que me dieron en el hotel y llegué al río. No había ni un alma, así que me tumbé en top-less para disfrutar de los rayos de sol. Fundido en negro. Una voz me sacó de los brazos de Morfeo.

—Señora, está prohibido tomar el sol desnuda —¡Uy, “señora”! Uy, “prohibido”! Mal asunto. Abrí los ojos, dos miembros de la Guardia Civil me observaban con cara de pocos amigos. Me dieron ganas de decirles «Agentes: ¿Hay algo que pueda hacer para librarme del castigo?», pero noté que no estaban para bromas, así que me tapé con una toalla y cogí la multa sin rechistar.

La orilla se había llenado de gente. Per-fec-to. Me puse la parte de arriba del bikini y mis pechos aullaron. Los tenía rojos como tomates. «Sé agua, Brenda. Agua». Agua, ¡por Dios, sí! Urgía un chapuzón, pero no quería bañarme al lado de las familias que me miraban como si fuera Is-Dahut reencarnada, así que me alejé. Entré resuelta en un rincón apartado, resbalé con el limo y me di un costalazo contra las rocas. Intenté levantarme con toda la dignidad del mundo, pero no pude. ¡Ay!, me había torcido el tobillo.

Y ahí estaba yo, con el agua hasta el cuello, cuando un ángel de ojos azules, cabello rubio encrespado y cuerpo perfecto me alzó en volandas para llevarme al paraíso del Señor. Me había matado, estaba claro. Al final resultó que era un miembro de la Cruz Roja de vacaciones, que me depositó con mimo sobre la toalla, mientras insistía, preocupado, en examinar la lesión.

—Te va a doler —Asentí y aguanté.

Dolía, sí, pero sus manos eran suaves y, poco a poco, el dolor se fundió con el placer. Me excité. Deseé que apretara, que acariciara, que apretara de nuevo arrancándome una súplica, una orden, un gemido. Que una de sus manos, (suave, sí) se deslizara por mis piernas hasta las ingles, que sus dedos se hundieran en mi interior, que me follaran despacio mientras los dedos de la otra apretaban el tobillo. Placer, dolor, placer, dolor, placer…


Mi sexo estaba húmedo; mis pezones, enhiestos; mis labios, entreabiertos. Exudaba deseo. Él no. Me miró con ojos azules como el hielo y me dijo, serio, que tenía que llevarme al hospital para que me curaran. Tonta, tonta, tonta. No eres agua, sino lodo. Tonta, tonta, tonta…

Diagnóstico: Esguince. Tratamiento: Vendaje y reposo obligado. Maravilloso. Tumbada boca arriba, dopada con calmantes, observaba el techo de aquella habitación infame maldiciendo mi idea de veraneo alternativo. Unos golpes resonaron en la puerta. Me acerqué cojeando y abrí. El ángel sonreía en el umbral.

—¿Te encuentras mejor?

—De vicio.

—Estamos de mal humor, ¿eh?

—Perdona. Gracias por venir. Pasa —Él no tenía la culpa de que me sintiera estúpida—. Te ofrecería algo de beber, pero no queda nada en el mueble-bar —dije, señalando al vacío. Sonreí. Sonrió.

—Déjame mirar ese tobillo.

Me senté en la cama y él se arrodilló. Sus manos examinaron el vendaje con delicadeza. Volví a excitarme y separé las piernas. Me miró, con ojos azules como el cielo, y deslizó los dedos hasta los muslos acariciando los moratones, las picaduras, los arañazos. Sus labios siguieron su estela, separaron el tanga y se hundieron en mi sexo. Lamió, chupó, mordió, lamió, chupó… y yo cabalgué, aferrada a su pelo.


Bolas chinas


—Apriétalo —Apretó el tobillo. De nuevo, el dolor se fundió con el placer. Y fui agua, en su boca.



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Otto, El Guardián del deseo (2)

Relatos ero: Otto, El Guardián del deseo (2) – Relato erótico 


Sergio se estaba desnudando en la misma habitación en la que la mujer más bella, con la que jamás siquiera hubiera podido hablar, se masturbaba frente a él. Pero no se trataba de la imagen sexual ideal, había algo inquietante: Otto, El Guardián del deseo o un dogo argentino que le observaba, babeando y en posición de ataque. Esta segunda parte es la conclusión de un viaje a través del miedo, con procedencia en el deseo y destino en la excitación. ¿Subes al tren?

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Otto, El Guardián del deseo (2) – Relato erótico



Entre las piernas dobladas de aquella mujer, tan largas que parecían haber menguado el techo de la habitación, Sergio, en un lado de la cama, apenas podía entrever un pubis poblado de vello oscuro, negro, tan negro como las fauces de Otto. Aun así, podía escuchar perfectamente, eso sí, los dedos que entreabrían los redondos y turgentes labios de su vulva, y que se sumergían en los húmedos preliminares de su firme vagina, resbalando por el untuoso caudal que su sexo hacía emerger. Pero a pesar del excitante ruido, Sergio no podía apartar la mirada de esa otra visión que tenía enfrente; la boca de Otto, chorreante de babas por entre sus labios oscuros y colgantes en los que se apreciaba, argénteo en la penumbra, el brillo de una dentadura blanca y firme, dispuesta a reducir a la nada cualquier cosa que se introdujera en ella.


Sergio comenzó, sin embargo, a descalzarse bajo la atenta mirada de Otto que, a cada gesto suyo, respondía con un sostenido sonido gutural. Una gota de sudor cayó de su frente sobre su camisa, en ese duelo inhumano entre la boca del perro y la entrepierna de ella. Se secó, lentamente, con el dorso de la mano. Cuando consiguió desabrocharse el cinturón, el gruñido de Otto se hizo más fuerte, así como el gemido de placer de ella. Mientras Sergio dejaba su camisa sobre el suelo, Otto hizo ademán de levantarse y emitió un nuevo gruñido, pero esta vez, lo hizo con la boca abierta y mostrando una dentadura que podía haber cortado el cable de sujeción del Golden Gate. Sergio se debatía entre mirar el cuerpo que yacía en la cama, temblando de placer, o sostener la mirada de la bestia que amenazaba, en cualquier momento, con acabar con él.

El divino cuerpo empezó a retorcerse, el ritmo de su respiración se aceleraba, sus dos pequeños seños apuntaban, con los pezones como arietes, al cielo. Sergio, con un zapato puesto y otro quitado, con el cinturón desabrochado y sin camisa, empapado ya en sudor sin haber estrechado todavía este cuerpazo frente a él; tembloroso e intentando tragar saliva, hizo el gesto de acercarse, despacito, hacia aquella jugosa entrepierna, de la que parecían brotar todos los placeres del mundo y que se encontraba apenas a unos centímetros de las fauces de Otto.


Entonces, no hubo duda.

El gemido celestial que ella profirió al alcanzar el orgasmo sobrecogió a Sergio, pero, más aún, le sobrecogió el poderosísimo ladrido de Otto que, puesto en pie, se abalanzó sobre él como un licántropo hambriento.

Sergio dejó la camisa, el zapato y la duda, y echó a correr por el pasillo notando el calor y el aliento de aquella bestia. La noche ya no se estaba portando bien con él. Al cerrar la puerta y notar el impacto del perro contra ella en su interior, Sergio siguió corriendo escaleras abajo, portal abajo, avenida abajo.

El perro dio media vuelta, tranquilo, hasta llegar a la habitación de su ama; olfateó el zapato que había abandonado Sergio en su huida, y empezó a jugar con él como si de un osito de peluche se tratara. Ella, medio ensoñada todavía por el maravilloso orgasmo, extendió la mano hasta acariciarle la cabeza.



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–No sé qué haría sin ti, bebé –le susurró–. Nadie como tú para sacar el miedo… el miedo de esos hombres que tanto me pone.



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La gravidez del ser – Relato erótico

La gravidez del ser – Relato erótico

Más acá de la conciencia de la muerte se encuentra la consciencia de que la vida es finita; desde pequeños problemas, hasta terribles noticias que dan un vuelco a nuestro corazón, pero también a todo nuestro mundo. Y, a veces, si sacamos la valentía suficiente para enfrentarlos, quizá, surja el mejor sexo de nuestra vida (ese que nos hace saber que seguimos ante lo infinito del mundo).

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La gravidez del ser – Relato erótico



Esta es la historia del eterno duelo entre Eros y Thanatos. Una historia más. Nuestra historia.

Perdí el miedo a morir hace unos siete meses.

Siempre me había gustado fantasear y me había imaginado de todo en mi interior; un pene descomunal con vaivén eterno, un dildo de porcelana cogido por un arnés de cuero y manejado por una mujer despampanante que me empotraba sin piedad; mi mano llena de lubricante, hurgando por montes desconocidos de tacto rugoso, un vibrador drone enorme chorreando vaselina y buscando mi vagina como si fuera un imán… Pero ¿eso?

Eso… Ya.

El diagnóstico no era alentador. El tumor estaba creciendo en mis entrañas como un asqueroso sapo. Hablo tantos idiomas que me resultó difícil comprender… El cortocircuito del lenguaje, tan propio del orgasmo, se manifestó de repente en una consulta médica aséptica. ¡Qué desperdicio! El ginecólogo se esforzaba en hacerme entender lo que pasaba, hablando despacito, como si yo fuera un bebé que todavía balbucea. Sé que no le miré, estaba demasiado ocupada en leer frases absurdas que aparecían como flashes en mi mente.

Mis ojos se posaron, no sé exactamente cuándo, en un póster que representaba la anatomía humana, colgado de una pared blanca. Inmaculada. Nada que ver conmigo, yo, la sucia, la maldecida, la enferma. Me preguntaba para mis adentros si podría, antes o después de la operación, seguir follando. Casi me río en su cara. Creo que fue más un reflejo nervioso que pura ironía. Pobre hombre. No tenía ni una pizca de psicología ese médico. Tampoco era su cometido, pero eso lo pensé después.

Cuando me preguntó si tenía alguna duda, las palabras empezaron a salir a borbotones, sin sentido. Luego, se hizo el silencio hasta que conseguí hablar:

–Pero sí que puedo tener relaciones sexuales, ¿verdad, doctor?

La irreverencia de mi pregunta le cogió por sorpresa y me hizo una señal afirmativa con la cabeza. Ya estaba todo dicho.

Salí de la consulta con la solemnidad propia de los feligreses que entran en una iglesia; la cabeza medio gacha, la sonrisa de la Mona Lisa dibujada en mis labios, pero con una certeza: Dios se estaba burlando de mí.

Los días siguientes, los pasé en la cama, con el móvil, llamando a todos mis amantes de agenda para anular mis citas. Y lloré. Lloré todo lo que no había llorado durante años.


El séptimo día, por la noche, ocurrió algo curioso. Me levanté, me arreglé y llamé a Fred, un francés que vivía desde hacía unos cuantos años, como yo, en España. Era lo más parecido a lo que consideraba un amante oficial.

–¿Nos podemos ver esta noche? –le pregunté, sin más contemplaciones.

Sabía que era mucho pedir, llamándole en el último minuto. Pero tenía algo a mi favor… A Fred le gustaba el sexo conmigo y sabía que, si tenía otra cosa prevista, la iba a anular con tal de poder vernos.

«El ego de la moribunda». Pensé.

«No, no me puede decir que no». Recé.

Me sentí despreciable por unos segundos. Oía voltear, al otro lado de la línea, las páginas de un cuaderno y el rascar de un bolígrafo mientras hablábamos. Lo estaba reorganizando todo para poder pasar la noche conmigo. Quedamos a las diez.

***

Cuando pasé el umbral de su casa, sabía que estaba radiante. Bajo ninguna circunstancia quería que se notara nada ni en mi rostro ni en mi actitud. Me había maquillado con esmero, no demasiado, lo justo para tener buena cara y me había puesto un vestido vintage, muy ceñido en la cintura, con falda larga tipo midi. Me cogió por la cadera y me levantó, feliz de verme. Y así, me llevó en brazos hasta la terraza de su ático. Había velas perfumadas en la mesa que temblaban ligeramente por el viento del mar, que siempre sopla más fuerte en las alturas. Me pareció tan romántico que tuve que reprimir unas lágrimas que amenazaban con brotar… Amenazaban con brotar como perlas de nácar.

Empezamos a hacer el amor con rabia en las baldosas de la terraza. No quería perder tiempo. Lo quería dentro de mí, como si, al penetrarme, pudiera matar al bicho que me estaba comiendo. Lo acerqué con fuerza y le pedí que me dijera cosas guarras, mientras guiaba su polla entre mis muslos. No recuerdo haber visto a Fred tan excitado como aquella noche.


El lateral de mis bragas le rozaba, pero no dijo nada. Al contrario, creo que le puso cachondo porque empujó, sin apartarlas, con más fuerza. Su aliento me quemaba la cara, sus manos agarraban mis piernas con tanta decisión que pensé que me iba a romper. Cuando relajó un poco la presión, le dije que “no” con la mirada. Quería que me aplastara contra el suelo frío, quería que me despedazase en ese mismo sitio, a la vista de todos. Quería desaparecer, bajo el peso de su cuerpo, por un verdadero propósito. Por algo que tuviera sentido. Gotas de sudor aparecieron en su frente y empezaron a caer sobre mi cara. La moví ligeramente para que mi boca pudiera recogerlas. Se puso a reír pero le paré en seco.

–Fóllame con toda la seriedad del mundo –le susurré, vehemente–. ¡Por favor!

Siempre me había gustado Fred porque, en el sexo, estaba atento a mi placer en todo momento.

Aquella noche, follamos como dos lobos feroces que se devoran. Aquella noche no quise sentirme ligera. Aquella noche quise sentir nuestros cuerpos pesados, llenos, a punto de reventar… y la torpeza de lo desconocido.

Cuando me desperté, Fred tenía los ojos abiertos. Me miró. Me sonrió. Me levanté para recoger mis bragas rotas, tiradas en el suelo. Él observaba mi ir y venir. De repente, me dijo que algo curioso había sucedido esa noche. Puse cara de desconcierto, me froté los ojos para quitar el resto de rímel corrido, me encogí de hombros y le di un beso en la boca.

Y me fui al mar.


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8 consejos de sexo inspirados por Shakira

8 consejos de sexo inspirados por Shakira

Rodar alrededor de la pintura corporal negra. Esta escena de "La Tortura" es probablemente el momento más memorable de Shakira. Desordenar con tu pareja ...

"Si pudiera apagar algo en mí, Regularmente en sería morder en la mesa
con celosson cuando veo a Antonio mirando a otra persona".


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1. Rodar alrededor de la pintura corporal negra. Esta escena de "La Tortura" es probablemente el momento más memorable de Shakira. Póngase desordenado con su pareja y hágalo sobre pintura corporal: se sentirá increíblemente sexy. La danza del vientre es opcional.



2. Pruebe algo ... acrobático. ¿Recuerdas cuando Shak colgaba de los postes en su video "She-Wolf?" Invierta en algo divertido como un columpio sexual o pruebe una posición sexual que implique una flexibilidad increíble.


3. Durante una semana, hazlo siempre, donde sea. Shakira no estaba bromeando cuando dijo que debes estar junta "cuando sea, donde sea".




4. Pruebe una posición sexual que implique principalmente empujar sus caderas. La más fácil es la chica en la parte superior o vaquera inversa. Muestra tu abucheo que tus caderas no mienten.




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5. Haga una sesión de besos y muerda ligeramente "en la boca". ¿Quién dice que tienes que ir directamente a la cama? Está bien, entonces probablemente no hayas besado a alguien desde sexto grado, pero Shaki conoce el poder de los juegos eróticos sensuales.




6. Deje que su compañero se meta debajo de su ropa, sin quitársela. Inspirado por su éxito "Underneath Your Clothes", use un vestido sexy y desafíe a su pareja para que se emocione sin quitar un solo objeto.



7. Frote el hielo en las partes más sensibles del cuerpo del otro. Aparte de su acción de chica a chica con RiRi, la escena de video más sexy de Shakira fue cuando su novio Buffy en "Illegal" lentamente se frotó el cuerpo con hielo.



8. Tener sexo en la ducha con una camiseta mojada. Quiero decir, ¿realmente tengo que explicar por qué esto está caliente?








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