Fui su juguete – Relatos eróticos lésbicos
Aquella noche yo no quería salir, pero mis amigas insistieron tanto, que no tuve mas remedio. Acababa de dejar a mi novio, porque el muy cerdo, ante mis negativas a hacerle el amor intentó forzarme. No es que yo sea una mojigata, pero todavía no he encontrado el chico a quien darle mi virginidad. Y así, con este panorama, lo menos que yo quería era ir a discotecas a soportar pelmazos.
Fui su juguete – Relato lésbico
Me arregle poco y fui al piso de una amiga en el que habíamos quedado todas para hacer botellón. Yo no pensaba beber, pero me obligaron, pues decían que me ayudaría a olvidar. De allí fuimos una discoteca del centro a la que solíamos ir. Yo, modestia aparte, no estoy nada mal. Mido un metro ochenta, y mis curvas están en proporción a mi estatura. Tengo pechos entre medianos y grandes y bonitos, el culo muy firme y respingón, y nueve años de natación. Mi rostro es normal, ni muy hermoso, ni feo, pero mi espesa melena negra azabache me dé un aire salvaje que suele gustar mucho a los tíos.
Me puse a bailar con las amigas en la pista, pero un pelmazo empezó a agobiarme y a frotarse conmigo, por lo que me fui a la barra, intentando que mi ira reprimida no saltase. Me pedí una copa, y mientras me la ponían vi como una rubia despampanante se acercaba a la barra. Era una mujer impresionante; alta, guapa, melena rubia al viento, con un cuerpo de escándalo. Nunca me han atraído las mujeres, aunque reconozco que alguna vez me he masturbado pensando en una relación lésbica, pero aquella mujer llamó mi atención. Se acercó a donde yo estaba.
– Siento que mi amigo te haya molestado – me dijo.
– No te preocupes, no ha sido nada, solo es que acabo de cortar con mi novio
-¿Y por qué ha sido?
– No sé si contártelo, todavía lo tengo muy reciente.
– Cuéntamelo, mujer, y así te desahogas
Le conté la historia, y después pasamos un rato agradable criticando a los hombres. Nos hicimos amigas, y pasamos mucho rato hablando, tanto que cuando me quise dar cuenta mis amigas se habían ido, pero no me importó. Me fui al baño, y cuando volví, mi nueva amiga, Isabel, tenia en la barra dos copas, y yo, que había decidido acabar borracha me bebí la mía de un trago. A partir de ahí, todo se hizo un poco borroso, me mareé un poco, lo que atribuí a la copa y Isabel me sacó a la calle para que me aireara, pero, cuando estábamos en la calle, noté que mi voluntad desaparecía, que me estaba volviendo como una zombi, y que obedecía sin poder resistirme todas las instrucciones de Isabel. Me llevó a su piso, hasta su habitación, y me dijo que me desnudara. Yo no podía resistirme, mi voluntad había desaparecido y obedecí ciegamente.
– Ahora no debes entender muy bien lo que pasa cariño, pero en la copa que te bebiste antes iba una pastillita, así que por ahora eres mi juguete.
No entendí muy bien aquellas palabras, pero me aterrorizaron. Allí estaba yo, en la habitación de una desconocida, y sin poder oponer ninguna resistencia. Cuando terminé de desnudarme me levantó del suelo, tenía mucha fuerza, me tiró sobre la cama y me ordenó que me masturbase para ella. Mis manos fueron hasta mi coño y empecé a restregarme el chocho con una mano, mientras, mi otra mano iba pellizcando mis pezones, dándome una sensación electrizante que bajaba por la columna vertebral. Me estaba poniendo realmente cachonda, y mi mano empezó a frotar más fuertemente mi sexo, mientras algunos gemidos escapaban de mi boca. Baje mi mano izquierda hasta mi culo, y empecé a meterme el dedo índice en el ano, mientras mi mano derecha pellizcaba mi clítoris. Me acercaba al orgasmo, y casi ni recordaba la situación en la que estaba, solo me dedicaba a darme placer. En mi ano ya había tres dedos, y mi cadera se movía desbocada, cuando Isabel me ordenó que me penetrase el coño con mis dedos. Obedecí, sin siquiera pensar que me iba a doler, y metí tres dedos de mi mano derecha en mi coño virgen. La sensación de dolor fue muy fuerte, me sentía desgarrada, pero inmediatamente llegó el orgasmo, y todos mis músculos se aflojaron.
– El juego no ha terminado, pero quiero que el efecto de la droga se te pase, para que seas consciente de todo lo que te va a pasar.
Me esposó a la cama, y me dejó allí. Estuve allí una eternidad, hasta que poco a poco iba recuperando mis facultades, y sintiendo más miedo por lo que podía pasar. Había disfrutado mucho antes, pero ahora me sentía humillada, humillada y asqueada. Además, estaba esposada a la cama, y podía cambiar poco de postura.
A la hora y media de dejarme allí ella volvió. Traía puestos unos pantalones de cuero y los pechos al aire, unos grandes, hermosos y erectos pechos, de grandes pezones.
– Ahora voy a hacerte disfrutar más de lo que has disfrutado nunca, zorrita – me dijo.
Yo estaba realmente enojada, pero me sentía impotente, no podía librarme de las esposas, lo más que podía hacer era dar patadas, y lo intente pero Isabel me pegó un bofetón que me dejó marca y dejó claro quien mandaba, y quien, aunque ya no drogada, tenia que obedecer. Se acercó a mí, y se quedó un rato contemplando mi cuerpo, como si fuese un trozo de carne.
– Tienes un cuerpo apetecible, muy sensual.
Empezó a acariciarme el cuello y las orejas suavemente, con mucha delicadeza, como si realmente no me estuviese violando. Bajo sus manos hasta mis pechos, y cogió uno con cada mano y los apretó firmemente, sobándomelos de manera circular. Me cogió uno de los pezones, y lo pellizcó con fuerza.
– ¿Te gusta? ¿No? Pues acabara gustándote.
Volvió a pellizcarlo otra vez y a tirar de él, haciéndome daño, pero no me atreví a quejarme. Bajó sus manos por mi vientre, acariciándolo, y llegó hasta mis muslos. Mi cuerpo empezó a reaccionar, y mi entrepierna se humedeció. No era que a mí me gustase lo que me estaba haciendo, pero mi cuerpo lo estaba disfrutando. Bajó sus manos por mis muslos deslizándolas muy suavemente por la cara interna, hasta que llegó a los pies. Entonces me los agarró con fuerza, y me los ató a la cama, de manera que mis piernas quedaran muy separadas. Subió a la altura de mi cabeza, y acarició los pezones con los suyos, rozándolos suavemente en círculos. La sensación fue nueva, y muy placentera, tanto que tuve que contener un gemido. Mi cuerpo reaccionaba, pero yo me negaba a admitir que aquello pudiese gustarme. Isabel acercó su boca a la mía, e intento meter su lengua, pero yo apreté los labios y no pudo.
– Creo que olvidas quien manda – dijo.
Su lengua penetró en mi boca y se movió por ella frenéticamente. Recorrió mis labios, mis encías, y se enfrentó con mi lengua. Fue un beso largo y apasionado por su parte, pero yo me mantuve totalmente pasiva. Bajó otra vez hasta mi entrepierna, y me dijo:
– Antes vi que te gustaba follarte el culo zorrita, a ver si te gusta ahora.
Me metió, sin ningún tipo de lubricante, su dedo anular hasta el fondo y empezó a hacer círculos por dentro, como queriendo dilatármelo. Al primer dedo lo siguió el segundo y el tercero, y cuando llevaba un rato dilatando, empezó un metisaca bastante fuerte, que al principio me molestó, pero enseguida me dio mucho placer. Mi vientre ardía, mi clítoris empezaba a necesitar atención, y mi coño manaba abundantemente.
– De modo que por fin te gusta – me dijo acelerando la follada que me estaba dando con sus dedos.
Empezó a lamerme la rajita, introduciéndome la lengua muy profundamente, e iniciando un metisaca muy agradable. Yo hacía rato que había dado rienda suelta al placer, y gemía como una loca según se me acercaba el orgasmo, cuando Isabel sacó la lengua de mi coño y se dedicó a lamerme el clítoris. No pude con tanto estímulo y me corrí, pero Isabel seguía con mi culo y mi coño, y yo tras el orgasmo me sentía fatal. Me sentía humillada y culpable, por haber disfrutado, y me sentía muy sucia. Entonces Isabel se alejó un poco de mí, se puso de pie en la cama y empezó a bajarse los pantalones de una manera muy sensual. Mi sorpresa fue tremenda, pues vi algo que no me podía creer. Isabel, una mujer muy guapa, y con unos pechos más grandes que los míos, tenía una polla inmensa, era un transexual. Era larga y gorda, como una serpiente de cascabel, muy oscura y totalmente empalmada, con un glande brillante, y salido del prepucio.
– ¿Te gusta la sorpresita? – dijo riendo.
En esto se tumbó encima de mí, y sin ningún preámbulo me la metió entera. Mi coño, que era virgen, no soportó un miembro tan grande, y me produjo un dolor insoportable. Empecé a quejarme, pero Isabel estaba bombeado, y no atendía a mis suplicas. Empezó a follarme lentamente: me la metía muy despacito, centímetro a centímetro, para sacármela luego de golpe, y estuvo así un rato, hasta que yo dejé de quejarme, pues mi coño se acostumbró al tamaño de aquel miembro. Empezó a bombear más deprisa, con golpes hora superficiales, hora muy profundos. Yo me sentía muy sucia, porque el pollón de aquella mujer me empezaba a dar placer, y empecé a jadear. Isabel aceleró más sus embestidas, y sus pechos se bamboleaban sobre los míos, produciendo una fricción que me empezaba a enloquecer. Entonces si que me sentía realmente sucia, y puta, y aquello me ponía cachonda. Empecé a mover mis caderas de forma salvaje, acompasándome a los movimientos de Isabel, otro orgasmo se me acercaba, y esta vez quería disfrutarlo.
– ¡Me estas follando de maravilla, puta! – exclamé sin pensar.
– Te dije que te gustaría, que te sentirías como la perra caliente que eres.
Yo no paraba de gemir y de decirle a Isabel que siguiese, que más fuerte, lo puta que me hacia sentir, que era su puta… El orgasmo no se hizo esperar, y recorrió mi cuerpo como una intensa descarga eléctrica que tenía su origen en mi entrepierna. Había sido el más intenso de mi vida, pero Isabel no paraba, seguía bombeando a una velocidad brutal, hasta que bajo el ritmo y me besó, pero esta vez fue mi lengua la que invadió su boca, recorriéndola desesperadamente, y enredándose con su lengua. Su boca sabía a fresas, mezcladas con mis flujos vaginales, un sabor delicioso, y me di cuenta de que Isabel, a pesar de haber sido un hombre, besaba como yo, con fuego, pero con dulzura.
Paró, y me sacó la polla, para desatarme los pies y cambiar de postura. No me quiso quitar las esposas, porque la excitaban mucho. Puso mis pies sobre sus hombros, y se sentó pegada a mi culo sobre sus tobillos, y me volvió a meter aquel miembro tan maravilloso. Sus movimientos estaban más limitados, pero me empezó a acariciar los pezones y el clítoris, y tardé poco en llegar a otro orgasmo tan intenso como el anterior. Continuamos así, hasta que yo estaba acercándome a mi quinto orgasmo de la noche, cuando le dije a Isabel que quería cabalgar sobre ella, así que me quitó las esposas, se tumbó sobre la cama, y yo me senté sobre ella, metiéndome su miembro hasta el fondo de mí ya dilatada cueva. Empecé a cabalgarla salvajemente, cuando enseguida me corrí, pero seguí meneando las caderas, cuando llegó otro orgasmo seguido, y otro, y otro último, que fue muy intenso. Isabel, la cual no pudo con tanto movimiento, y a punto de correrse me levantó justo a tiempo para cubrirme las tetas de semen, y me las cubrió literalmente, porque aquella mujer no paraba de eyacular, fue impresionante. Cuando se cortó el grifo, me restregó bien el semen por las tetas y por el vientre. Nos tumbamos las dos abrazadas en la cama, y empezamos a restregarnos la una contra la otra y a sobarnos… Entonces Isabel me dijo:
– Todavía quedan más sorpresas, mi putita.
Me señaló hacia la puerta, y por allí entró el chico que me había dado la coña en la discoteca, totalmente desnudo. Era un chico muy normal, del montón, pero con lo caliente que yo estaba, me dio igual. Me abalancé sobre él como una autentica loba, y él, que no se lo esperaba, se cayó al suelo, yo cogí su miembro erecto, de un golpe me lo metí en el coño, y empecé a follármelo. Isabel se acercó a nosotros, y empezó a meterme un dedo por el culo, y como comprobó que estaba dilatado, intentó meterme la polla. Apretó el glande contra mi esfínter, pero era demasiado grande, y no quería entrar. Yo que sabia que me iba a doler, le dije que no lo hiciera, pero fue inútil, pues con un golpe de riñones, me metió el glande, y con sucesivos golpes acabó metiéndomela entera. Yo sabía que era demasiado grande, y el dolor era insoportable, así que le supliqué a Isabel que me la sacase.
– Me duele, no sigas, no me gusta nada.
– Calla, tonta, si al final te va a encantar, y me suplicarás que no te la saque.
Empezó a moverse lentamente dentro de mí, y aunque me seguía doliendo, cada vez era más soportable, así que reanudé mis movimientos sobre el chico que tenia debajo, el cual tardó poco en correrse, y en dejarnos a Isabel y a mi solas.
– Pues no he disfrutado mucho de tu sorpresa – dije…
– Entiéndelo, está poco experimentado, y tú eres demasiado puta.
Cada vez me enculaba más fuerte, y el dolor iba dejando lugar al placer, a un placer muy intenso que iba a acabar conmigo. De pronto Isabel empezó a correrse y yo sentía como llenaba de leche mis tripas. Era una sensación muy especial, y yo también me corrí. Había perdido la cuenta de las veces que me había corrido aquella noche, pero seguro que fueron más de diez, y todas muy intensas. Aquella noche nunca la olvidaré.
Besos a todos.
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