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¡Adios a mi virginidad!

Relatos ero: ¡Adios a mi virginidad! – Relatos erótico  


Amigos de HIROelplacer, esta historia ocurrió cuando tenía 19 años y fue cuando perdí la virginidad. Me llamo Luisa y vivía en ese entonces sola con mi padre porque mis progenitores estaban divorciados y vivía un tiempo con uno y otro con mi madre. Vivir con mi padre me gustaba porque era su consentida y podía hacer lo que quería sin tantas prohibiciones porque por esto teníamos mucha confianza y nunca, a pesar de salir y llegar tarde, ni me había pasado ni había hecho nada con los novios que tuve y por eso a mis 19 años todavía era virgen.

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¡Adios a mi virginidad! – Relato erótico 



Pienso que soy atractiva, con un buen cuerpo y aunque no soy exuberante de formas, me gusta a mí y siempre me dicen que tengo muy bonito cuerpo. Mido 1,67 y peso 55 kg, cabello negro y mis ojos son verdes como los de mi madre. Mis medidas son 89-60-95 y por ellas os daréis cuanta cual era la parte que más les gustaba mirar y a mí me gustaba que me miraran.

Mi padre tenía un amigo que se llamaba Jeremías, con 50 años, tres más que mi padre y que desde que recuerdo ha sido su mejor amigo. Yo llevaba años conociéndolo aunque solo con un saludo y los últimos años porque notaba que me miraba diferente y sabía que yo le gustaba.

Mi padre venía a veces después de salir a divertirse pero nunca dejaba que sus amigos entraran a la casa si me encontraba en ella, solo dejaba pasar a Jeremías. Y así llegó un sábado en el que salí con mi novio y regresamos como a la una de la madrugada, pero esa noche aunque estuve muy dulce con él, no me animé a continuar y preferí regresar a casa sin que nada pasara. Ya en casa, no habían pasado ni 10 minutos cuando llegaron mi padre y su amigo. Mi padre venía bebido como nunca lo había visto, no podía estarse de pie, así que primero lo sentamos en el sofá, pero luego Jeremías dijo que lo lleváramos a su habitación para que se durmiera.

Cuando volvimos a la sala, él se despidió de mí, pero como también estaba algo bebido, le dije que si quería quedarse un rato mientras se reponía un poco y le ofrecí algo de comer, pero él prefirió una cerveza, que le serví. Estuvimos hablando del por qué llegaban así y él tampoco se explicaba por qué se habían puesto tan borrachos.

De repente me di cuenta que me miraba fijamente a los pechos y como crecía un bulto en su pantalón hasta que noté perfectamente cómo se marcaba su polla bajo la tela y me impresionaron las dimensiones que se notaban. El se dio cuenta de que lo miraba y trató de taparse y como ya había terminado su cerveza, se despidió de mí dándome un beso en la mejilla, pero antes cogió la cadena que siempre uso en el cuello y me dijo que le gustaba pero al cogerla rozó mis tetas y no quitó sus manos de allí. Eso me sacó de onda un poco y me incomodó pero no sé por qué le dije que si se quería quedarse por mí no había problemas y si no hubiera dicho eso, tal vez nada de lo que después pasaría no hubiera ocurrido.

Se quedó y empezó a mírame más fijamente y a decir que a mi edad ya era una mujercita que sin dificultan provocaba a cualquier hombre por mi cuerpo, de que como envidiaba a mi novio que merecía tener un hombre y no un chavalín como él era. Así siguió y ya quería que se fuera porque me ponía nerviosa hasta que me preguntó si era virgen, a lo que me quedé muda por unos minutos y no sé por qué le conteste en vez de echarlo de casa y le dije que sí, que nunca lo había hecho. Su mirada cambió, como de alegría no sé y me dijo que al él le gustaban mucho las jovencitas y que desde hacía tiempo tenía ganas de hacerlo y desvirgar a una y me preguntó qué pensaba de eso pero no le respondí, me quedé en silencio y fue cuando me cogió las tetas y empezó a besarlas y aunque quería apartarlo, algo dentro de mi me lo impedía.

Con sus manos agarraba con fuerza mi culo y con su boca me mordía los pechos por encima de la blusa hasta que se detuvo y me dijo que me la quitara toda. Por un momento no supe qué hacer, pero acabé quitándome la blusa y el sujetador y él me quitó el pantalón y las bragas dejándome desnuda por completo. Se me quedó mirando y dijo que estaba más buena de lo que se imaginaba, que era su gatita y me empezó a besar de nuevo metiendo sus dedos en mi coño.

Todo aquello me estaba gustando, y él se daba cuenta. Siguió besándome, y poco a poco, fue bajando hasta llega a mi chocho. En cuanto noté su lengua en mi raja empecé a mojarme, y él, al notarlo, él me dijo que ya estaba lista pero paró y se lo quitó todo. Mis ojos se pusieron como platos cuando vi su polla, morena, enorme y además de lo larga era muy gorda, muy ancha. Era la más grande que había visto.

Me asustó un poco, pero también me puso cachonda y más cuando separó mis piernas y la colocó en mi coño diciendo, con una sonrisa en los labios:

– Vamos a comprobar si dijiste la verdad y eres virgen.

Lo intentó pero no pudo meterla. Así que cogió mis piernas, las colocó encima de sus hombros e intentó de nuevo hasta que lo logró, Fue muy doloroso pero no grite para no despertar a mi padre, hasta que no puede resistirlo y solté un gemido cuando me penetró del todo y dijo:

– Decías la verdad y eres virgen.

Cada vez la metía más y cada vez sentía que me partía por dentro hasta que llegó el momento en que estaba tan mojada que ya no sentía el dolor y fui cambiando la sensación por algo que me estaba gustando. Sentía cómo me movía toda con cada una de sus embestidas hasta que se corrió dentro de mí. Fue algo que nunca me imaginaba que así fuera, sentir cómo descargaba su leche dentro de mí y ese calor que sentía fue maravilloso.

Estaba cansada y él también y quedamos recostados en el sofá pero no pasó mucho tiempo y cuando traté de levantarme, no me dejó y me dijo:

– ¿A dónde vas, si no terminamos todavía? Nos falta algo – se levantó, me puso contra uno de los brazos del sofá y añadió – Date la vuelta que ese culito es lo que más deseo.

No supe qué hacer hasta me dio la vuelta y así quedé casi de cuatro patas en el sofá. El estaba detrás de mí, con sus manos separó mis nalgas y empezó a meter unos dedos en el ano, Yo sabía que eso sería aún más doloroso por el tamaño que tenía su polla, pero en un instante sólo sentí cómo lo colocaba en la entrada de mi culito y empezaba a metérmelo, pero al igual que la otra vez no pudo sino hasta varios intentos hasta que lo logró. Fueron inmensos los dolores al principio hasta que fue cediendo poco a poco y me fui acostumbrando a sus embestidas, no sin antes lanzar unos gritos y gemidos que lo único que hacían era que él me follara más fuerte. Me estaba gustando y me corrí. Sorprendentemente él, aún siendo un hombre mayor, volvió a correrse.

Nos relajamos y al cabo de un ratito me dijo que se sentía avergonzado. Dijo que había bebido mucho y que no sabía muy bien lo que hacía.

Yo lo mire sonriendo, y le dije que no disimulara, pero sobre todo, que no se preocupara, ya que había disfrutado muchísimo, y que mejor para ser mi primera vez que me hubiera “estrenado” él que era un hombre con experiencia.

Por supuesto quedó claro que no le contaría nada a mi padre, podían perder las amistades con un tema como este.

Aquella relación con Jeremías no acabó con aquel encuentro. Para mí fue un “maestro” del sexo y reconozco que nadie me satisfizo como él durante varios años.

Actualmente estoy casada, mi marido es bastante mayor que yo y siempre he pensado que quizá aquella relación me condicionó a la hora de casarme.



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Cumpleaños feliz y muy caliente

Relatos ero: Cumpleaños feliz y muy caliente – Relatos erótico  


Era mi cumpleaños y un amigo me había regalado una invitación para ir a un local de boys. Como no quería ir sola le dije a una amiga si me acompañaba y allí nos fuimos las dos. Ninguna de la dos había ido antes a un lugar así, por lo tanto estábamos muy excitadas por la salida, cuando llegamos al local, un hombre nos atendió nos pregunto a nombre de quién estaba hecha la reserva y luego nos acompañó hasta la mesa.

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Cumpleaños feliz y muy caliente – Relato erótico 



Era en un sótano, había muchas mesas iluminadas con velas, un escenario al frente y una barra a la entrada. Las paredes estaban decoradas con fotos de jóvenes súper apuestos y musculosos, vestidos con un pequeño tanga que marcaba el paquete.

Al cabo de un rato, comenzaron a llegar más mujeres, cuando ya estaba todo el lugar lleno, subió el presentador, vestido de mujer y relatándonos su vida matrimonial y consiguientes divorcios y dijo que uno a uno iban a ir desfilando sus “ex maridos”.

Las luces se apagaron, la música comenzó a sonar y un hombre vestido de pantera se deslizaba entre las mesas. Luego subió al escenario y al son de la música se fue quitando la ropa muy sugestivamente, hasta quedar con tan solo un diminuto tanguita mostrando su hermoso y musculoso culo. Las mujeres gritaban y se lanzaban sobre él, tocándolo y queriéndolo agarrar.

Con mi amiga nos reíamos muchísimo, pues nos hacía mucha gracia, ver a esas mujeres como desesperadas por un hombre semidesnudo bailando en un escenario. Uno a uno fueron pasando los supuestos “esposos” de la anfitriona, todos muy apuestos y mostrando sus atributos físicos. Hasta el momento todos nos habían parecido con muy buenos físicos, y sumamente seductores. De pronto la música del film Rocky comenzó a oírse y un joven vestido de boxeador sube al escenario, tenía puesta una bata de raso azul brillante y guantes de boxeo. Puesto que nuestra mesa estaba al lado de la tarima donde ellos bailaban podía ver sus cuerpos perfectamente. Cuando lo vi quedé impactada, no era muy alto aproximadamente 1.75, comparado con los demás chicos, su cuerpo era perfecto, como esculpido por un escultor, sus ojos grises me miraban con picardía, al tiempo que con su mano me hacía un gesto de invitarme a bailar con él.

Si bien no soy nada tímida, toda la situación era nueva para mí y me daba algo de vergüenza ir a bailar con él, pero dado que era mi cumpleaños, decidí divertirme. Me tomó por la cintura y bailamos salsa, sus ojos no dejaban de mirarme y sus suaves manos se posaban en mi cuerpo. Cuando terminó la canción me acompañó hasta mi mesa y continuó él bailando solo, pero no dejaba de mirarme. Mi amiga me dijo, estas de suerte, es uno de los chicos más guapos que han desfilado y parece que le gustas.

Cuando el show terminó, todos los que habían actuado hicieron una fila al lado de la puerta, despidiendo y agradeciendo al público sus aplausos y elogios. Estaban con el torso desnudo, un vaquero con los botones de la bragueta abierta dejaba claro que no llevaban nada más debajo.

Una chica sentada en la barra decía a la medida que íbamos pasando:

-Se mira y no se toca.

Mi amiga estaba súper excitada por todo el show que habíamos presenciado y me comentó que jamás había visto en su vida cuerpos tan bien formados y jóvenes tan hermosos. Yo me reí, si bien el espectáculo me había gustado, no me había excitado demasiado. Cuando subíamos la escalera para irnos, me acerqué al chico con el que había bailado y le dije al oído:

-Eres lo mejor de la noche, te felicito.

Me mira, me sonríe y me da un beso que roza a penas mis labios, se lo agradezco y le comentó que fue el mejor regalo de cumpleaños que podía haberme dado. Ni bien termino de decir esas palabras, me toma de la nuca y me besa de tal forma que podía sentir su lengua hacerme cosquillas en mi campanilla. Fue un beso que me estremeció todo el cuerpo, como besaba, que impresionante. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Ricardo.

En la puerta del local, mi amiga me cogió del brazo y me dijo:

– ¿y nos vamos a ir así sin pedirle el teléfono?

-Estos chicos cobran, ¿quieres pagar? Nunca he pagado por estar con un y no lo voy a hacer ahora. –le dije-

– Por favor Paula, baja y pídele el teléfono, con la calentura que tengo, yo pago.

La mire, me reí y baje de nuevo las escaleras, me acerque a él y le pregunté si podía darme el teléfono. Dijo que tenía que hablar con su manager y me señaló a la chica que continuaba repitiendo que no se tocaba la mercadería. Me di vuelta, la miro, lo miro a él de nuevo y le dije al oído:

– No trato con intermediarios, si te interesa, estamos en el coche blanco que está aparcado en la puerta y me fui.

Una vez en el coche, mi amiga me preguntó que había pasado y se lo conté. Le dije que esperaríamos unos minutos y si no venia nos íbamos.

Al cabo de un rato, cuando ya estábamos dispuestas a irnos, oímos unos golpecitos en la ventanilla, era él con un amigo. Bajé el vidrio y dijo:

– ¿Podemos subir?

– Por supuesto -le contesto-

Mi amiga iba al volante, nos presentamos y nos fuimos al apartamento de mi Noelia, mi amiga. Durante el trayecto fuimos hablando sobre el espectáculo y preguntándoles desde cuando trabajaban allí y si les gustaba lo que hacían. Ellos muy amables nos fueron contestando a todo, como empezaron y desde cuando eran “boys”. No puedo negar que la situación me entusiasmaba, pero a la vez me ponía algo nerviosa.

Llegamos al apartamento de Noelia, un piso hermoso con una vista al mar espectacular.

Nos servimos unas copas, pusimos música, nos sentamos en los sillones del salón y continuamos conversando como si nos conociéramos de siempre. Noelia es un poco más alta que yo, rubia de ojos marrones, delgada y muy buen físico, se había puesto un pantalón negro de cuero que resaltaba bien su anatomía y un top ajustado al cuerpo. En cambio yo, me había puesto un vestido de lycra negro muy ajustado al cuerpo, minifalda y portaligas con medias negras y tacones altos. El otro chico se llamaba Juan, medía cerca de 1.85, era castaño claro, ojos verdes y había hecho el show del “Párroco”. Mi amiga y yo le dijimos que queríamos “confesarnos” por los pecados cometidos. Ellos se reían de nuestras ocurrencias y parecían divertirse con nosotras, en ningún momento tuvimos la sensación de que eran dos “boys” que estaban con nosotras porque les íbamos a pagar los favores otorgados.

De pronto, Ricardo se levanta, me toma de la mano y me invita a bailar lento, a penas sus manos tocaban mi cuerpo y con su boca iba rozando mi rostro y mi cuello, sentí como una corriente eléctrica que recorría por la columna vertebral desde la cabeza hasta el culo. Cerré los ojos y me deje llevar por esa deliciosa sensación. Cuando abrí mis ojos, vi a Noelia, besándose con Juan desenfrenadamente en el sillón, el cierre de su pantalón estaba abierto y los dedos de Juan exploraban su sexo.

Esa visión hizo que me excitara aún más y pude sentir como mi sexo se iba mojando. Ricardo me apretó aún más hacía su cuerpo, pudiendo así comprobar su erección, su lengua jugaba con el lóbulo de mi oreja, mientras sus manos se dedicaban a desvestirme lentamente. Así semi desnuda, solo con mi conjunto de encaje negro y mi portaligas seguí bailando abrazada a él.

Nos cruzamos las miradas con Noelia y nos sonreímos. Poco a poco lo fui desvistiendo, a medida que iba abriendo los botones de su camisa, mi lengua rozaba su pecho, así fui desnudándolo hasta llegar a su pantalón. Los botones de su bragueta se fueron abriendo uno a uno, dejando libre su polla erecta. De un solo tirón, logré bajarle el pantalón, dejando todo su sexo expuesto, ya que no llevaba ropa interior. Me quito los zapatos, las medias y así desnudos continuamos bailando.

Juan aún continuaba vestido al igual que Noelia. Fui hacia el equipo de música y puse el CD de Joe Coker. En cuanto Noelia oyó la canción, se subió a la mesa y empezó a hacer un strip al mejor estilo de Kim Bassinger en Nueve semanas y media.

Los chicos miraban como contorneaba su cuerpo como si fuese una profesional del tema. Sus aullidos la incitaban a que continuara con el show, Ricardo me dijo al oído que subiera con ella a la mesa y también mostrara mis atributos.

Poca ropa tenía para quitarme, pero la idea me sedujo y sin pensarlo demasiado subí a la mesa y junto a Noelia le demostramos a los boys como se hacía un striptis. Noelia muy hábilmente fue quitándome el sujetador, al tiempo que con sus suaves manos rozaba mis pechos, los silbidos de los chicos nos incitaban a seguir con el juego, así que al son de la música nos fuimos desnudando una a la otra, intercalando caricias y besos. Desnudas, sobre la mesa continuamos brindándoles a ellos el mejor show lésbico que jamás habían visto. Nuestras manos jugaban al igual que nuestras lenguas por todo nuestros cuerpos, sin dejar ningún lugar por explorar.

Los chicos se habían sentado frente a nosotras con sus pollas erectas a presenciar el show, al tiempo que sus manos se iban masturbando suavemente. Nosotras nos perdimos la una en la otra, dejándonos llevar por la música y el entorno, nuestras bocas hambrientas buscaban nuestros sexos mojados, acostadas en la mesa en posición 69 nos chupamos hasta saciar nuestra sed con nuestros propios jugos que emanaban como de una fuente.

En cuanto acabamos, nos bajamos de la mesa y nos arrodillamos frente a los chicos, tomamos sus vergas con nuestras manos, les acariciamos un poco y nos las metimos en la boca, no podíamos dejar de chupar esas vergas tiesas y enormes que se levantaban frente a nosotras. Las chupábamos y luego nos besábamos para intercambiar sabores, estaban exquisitas, sólo queríamos devorarlas. De pronto dos chorros de leche espesa y tibia nos inundaron, continuamos mamando hasta dejarlas limpias y luego nos besamos apasionadamente.

A pesar de la mamada celestial que les habíamos hecho, todo el espectáculo presenciado los había excitado muchísimo. Al poco rato, sus vergas estaban duras nuevamente. Nos colocaron sobre la alfombra a cuatro patas. Sus lenguas fueron dilatando nuestros anos y sin mediar palabra nos embistieron frenéticamente.

Nuestros cuerpos comenzaron a moverse al ritmo de ellos, los dedos de Noelia buscaban desesperadamente mi clítoris a la vez que los míos el suyo. Así cabalgadas por esos dos potros y ayudadas por nuestros dedos nos corrimos los cuatro en un orgasmo descomunal.

Un grito de placer inundó la habitación. Nos quedamos los cuatro tirados sobre la alfombra, exhaustos de tanto goce.

Cuando ya salía sol, los chicos se vistieron, cuando le preguntamos el precio, nos dijeron:

– ¿El precio? Esta vez creo que deberíamos pagar nosotros, jamás antes habíamos visto semejante espectáculo.

Fue un cumpleaños divino y Noelia y yo hemos pensado que algún día los volveremos a llamar.



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Morbo en la playa

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Hola me llamo Nuria, tengo 33 años, soy morena con buenos pechos y con curvas. Estoy casada con mi marido Ignacio de 35 años, buen físico. Aunque su polla no es descomunal, sabe como utilizarla. Nos podemos considerar una pareja liberal. Nunca antes había hecho un relato erótico pero a petición de mi marido ahora lo hago y os voy a relatar algo que sucedió este verano pasado.

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Morbo en la playa – Relato erótico 




Tanto a mi marido como a mí nos encanta el nudismo y siempre que podemos vamos a la playa. El año pasado comenzamos a ir sobre marzo, época en la que no suele haber mucha gente. Ese día apenas habría unas veinte personas en la playa. Estábamos tomando el sol cuando se acercó un hombre de unos cuarenta años, con entradas y un poco barrigón, y se colocó justo debajo de nosotros. Al rato observé que no paraba de mirarme, quizás porque suelo depilarme el chochito y el tío estaba disfrutando. Se lo dije a mi marido y él me dijo:

– Pues caliéntalo a ver que pasa.

Yo inmediatamente comencé disimuladamente a abrir y cerrar mis piernas, incluso me abría mi coñito como si tuviera tierra y me la tenía que quitar.

Al rato volví a mirar y al tío se le iban a salir los ojos y encima estaba empalmado. Aquello me excitó muchísimo y mi marido al darse cuenta también así que, tras comentarlo, decidí acercarme al hombre. Me puse delante de él y me agaché en cuclillas abriendo las piernas de forma que mi coño le quedó a un palmo de su cara y le pedí fuego. El tío se puso nervioso y tras buscarlo en su bolsa me dio el mechero, encendí un cigarrillo y como no paraba de mirarme la entrepierna le dije:

– ¿Quieres que te acerquemos a algún sitio cuando marchemos?.

– Gracias, si me hacéis un favor me podéis llevar a casa ya que he venido con un amigo pero se ha ido a pescar y no me apetece estar aquí toda la mañana – respondió tímidamente.

Recogimos las cosas y nos montamos en el coche. Yo iba delante con mi marido y tras arrancar el coche, miré hacia atrás para hablar con aquel hombre y observé como por debajo de su bañador aún seguía con la polla tiesa. Aquello unido a la excitación que llevaba ya me puso como loca y le dije a mi marido:

– A este hombre le va a dar algo, voy a tener que arreglarlo, ¿no te parece?.

Me respondió que sí, que fuera detrás. Y eso hice, y al pasarme detrás el hombre se quedó estupefacto. Le bajé el bañador y le salió aquel pedazo de polla tan tiesa. La acaricié, primero con los dedos y después con la mano y cuando lo vi a cien, me agaché y me la metí en la boca. Ni yo misma me podía creer lo que estaba haciendo, pero estaba muy caliente y mi marido no paraba de decir:

– ¡Chúpasela, cielo!.

Así que empecé a chupársela, poco a poco y llenándola de saliva y al poco rato noté que iba a correrse y pare diciéndole;

– Espera, aguanta un poco que vamos a nuestra casa, y me apetece follar contigo.

El tío no podía creérselo, pero cerró los ojos y por lo visto se puso a pensar en algo que le fue bajando el rabo.

Llegamos a casa y nos dimos una ducha los tres. Esto sirvió para calmar un poco el ambiente y relajarnos. Nos tomamos unas copas y pusimos una peli porno. Aquellas imágenes volvieron a ponernos a cien.

En la pantalla veíamos a una rubia con grandes tetas que se la estaban follando dos tíos. Uno por el culo y el otro por el chocho y aproveché para decirle a mi marido:

– Cariño, que te parece si nos montamos una escenita como esta. Por supuesto, si Toni quiere.

Fue dicho y hecho. Se quitaron la toalla y me arrodille delante de ellos. Primero quería hacerles una buena mamada y ponerles los rabos duros.

En el coche y, por la calentura, no me había fijado de lo enorme que era la polla de Toni. Era larga, gorda y con un capullo con una cabeza como una seta. Además, tenía unos huevazos enormes.

Me la metí enterita en la boca, me llegaba hasta el fondo de la garganta. Me encantaba recorrerla con la lengua hasta que llegaba a los huevos. Se los masajeaba y después se los chupe y lamí. El tío estaba babeando y muy caliente.

Después me dediqué a mi marido. Toni, mientras tanto, miraba y se la iba pajeando despacio mientras gemía. Mi marido ya estaba a tope por el espectáculo que le había proporcionado. Cuando los tuve a los dos bien empalmados, nos fuimos a la cama. Que me enculara Toni, me impresionaba, pero, como mi marido no la tenia muy grande, me daba un morbo increíble.

Alguien tenía que prepararme el agujerito antes de metérmela, o sea, que saque el tubito de lubricante que tenemos en la mesita de noche y se lo pasé a mi marido. Hizo un buen trabajo, ya que a los pocos minutos, me cabían tres dedos en el culo.

Entonces, me coloqué de espaldas a Toni y poco a poco fui ensartándome aquel palo en el culo. Que entrara el capullo, fue un suplicio, pero cuando ya estaba dentro, me dio tanto gusto, que me corrí como una cerda. Ignacio aprovechó este momento para metérmela por el coño y empezamos a bombear como locos. Yo me corría al menos unas tres veces.

Cuando me avisaron que iban a correrse, nos levantamos, me tumbé en la cama y les pedí que me la metieran en la boca. Yo les sujetaba los huevos, ellos se pajeaban y así me llenaron la boca de leche calentita.

Cuando nos calmamos y hablamos resultó que Toni hacia dos semanas que se había mudado a nuestro barrio. Por supuesto, nos intercambiamos los teléfonos y nos vimos más veces.

Lo que nunca ha sabido mi marido es que en cuanto vi el pollón de Toni, me volví loca. Aún ahora es mi amante secreto, y con el he vivido unas veladas de sexo loco y sobre todo muy vicioso.



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Un arrebato de lujuria

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Se llamaba Rómulo, era un hombre más bien rudo, aunque bastante atractivo, con el pelo cano y la piel muy morena, tostada por el sol de justicia del que gozamos en mi tierra.

Trabajaba como albañil y fontanero, claro, así se entiende que, además de lucir aquel moreno de albañil, tuviera unos músculos tan bien formados. Pero no os llaméis a engaño. Rómulo era mayor. Muy mayor. Al menos para mí, que acababa de cumplir los 19 años. Creo que él tendría unos 55 años, por lo menos… ¡si era más mayor que mi propio padre!

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De eso han pasado ya muchos años. Ahora soy una mujer más madura y puedo entender que me dejara llevar por la impaciencia de la edad, por las ganas tan tremendas de sexo que padecen los adolescentes. Y también comprendo que la culpa la tuve yo. En realidad aquel pobre hombre me trató demasiado bien. Yo en su caso…

Resulta que en casa teníamos que hacer reformas. Vivimos en una barriada y aquí todo el mundo se conoce, además que solo hay un fontanero en todo el barrio, con lo cual no hay donde elegir. Yo no había tenido mucho contacto con éste hombre, solo le conocía de vista, en fin, su hija, que tenía mi edad, estaba en mi clase. Recuerdo que ese año estábamos haciendo el C.O.U., acabándolo ya, porque estábamos preparándonos los exámenes de Selectividad.

Yo, por aquellos días, hacinada en el territorio comanche de mi habitación, y agobiada por la extenuante montaña de libros, estaba muy nerviosa. Por los exámenes. Y encima a eso se le añadía el aliciente de las reformas de casa, todo el santo día con el trajín de los albañiles, carpinteros, pintores, fontaneros…

El día clave era precisamente uno de los más críticos para mí. Solo faltaban 2 días para mi primer examen y estaba que me subía por las paredes. Estaba a punto de echarme a llorar de desesperación, cuando mi padre tocó a la puerta de mi cuarto y me dijo que él y mi madre tenían que salir a elegir unos muebles. El plan era que me quedaba sola, allí encerrada estudiando y con una pareja de fontaneros en la cocina. Ante mis quejas, mi padre me espetó que habían quedado ese día y que no podían echarse atrás, que ya era mayorcita para saber cuales eran mis obligaciones, etecé, etecé… y se fueron. Yo me sentía fatal. Total, ya conocía al viejo de Rómulo y a su sobrino, que trabajaban juntos, eran buena gente.

Pasaron cerca de 30 minutos y sentí que no podía más con los libros. Abrí la puerta de mi cuarto y asomé la cabeza al pasillo. A Rómulo y a su sobrino, que creo que se llamaba Julio, pero no recuerdo bien, se les oía trajinar en la cocina.

Mi casa consiste en un largo pasillo a lo largo del cual se van distribuyendo las habitaciones. La cocina estaba en el extremo más alejado de la puerta de entrada a la casa y mi habitación más o menos por la mitad el pasillo. Y como la puerta de la cocina estaba abierta, desde mi posición pude ver cómo trabajaban los fontaneros. Rómulo estaba inclinado sobre la mesa, así que solo podía verle las piernas, pero a su sobrino si podía verle bien. Le calculé unos veintitantos años. No es que fuera una belleza, pero tenía un cuerpo muy bien formado, bastante apetitoso para una chica de mi edad. Así que ya que estaba sola, aburrida y harta de estudiar, decidí divertirme un poco. Algo, no sé, por entretener a mis hormonas. ¿Qué de malo había en ello?

Volví a meterme en mi cuarto y me dirigí al espejo de la cómoda. Como hacía calor yo llevaba unos pantaloncitos muy cortos, que me parecieron bien para mi propósito, y una camiseta de tirantes, bastante escotada, perfecta. Pero había algo que fallaba… el sujetador. Me liberé de él y la visión que me devolvió el espejo me gustó mucho más. Mi pechos parecían querer salirse de la ajustada camiseta, pues tengo bastante pecho, aunque siempre he querido tener más. Di unos cuantos pasos hacia atrás y avancé hacia el espejo, fijando mi vista en unas bamboleantes tetas que me convencieron de su poder hipnótico. Me descalcé y me solté el pelo, que lo llevaba atado en una cola. Suspiré. Todo bien. Adelante, pues.

Volví a salir al pasillo y me dirigí con paso decidido hacia la cocina, pero justo cuando me quedaba menos de 2 metros de pasillo para llegar, oí cómo Rómulo le ordenaba a su sobrino ir al almacén a recoger no-sé-que-cosa para las tuberías. Llegué para ver cómo el muchacho salía de la cocina y avanzaba por el pasillo sin apenas mirarme. Bueno, si, me miró… las tetas, por supuesto. Pero ni siquiera levantó la vista o se paró. Sin embargo no me desanimé, pensando que como no tardaría en llegar, pues no pasaba nada si le esperaba en la cocina, tomándome un descafeinado o algo… para hacer tiempo. Entré y saludé a Rómulo.

– Rómulo… hola.

– ¡Hombre, Daniela! ¡Tú por aquí! ¿Ya saliste del claustro?

– Pues si… voy a tomar algo, ¿la apetece un café?

– Bueno, me tomaría una cerveza bien fresquita.

Mientras sacaba la cerveza del frigorífico y calentaba la leche en el microondas, le observé. El caso es que no estaba nada mal aquel hombre… un poco… bueno, no… bastante mayor para mí, pero mis hormonas al parecer aquel día no atendían a razones. Me percaté de que él me miraba de reojo y le noté nervioso. Normal. Mis pantalones eran tan cortos que me llegaban al inicio de los muslos y tan pegados que se me notaba bastante la forma de mi sexo. Y encima sin sujetador. Eché un par de cucharadas de café a la leche y, al mirar hacia abajo, vi que tenía los pezones a punto de romper la tela de la camiseta. Me avergoncé un poco, porque además me noté húmeda. Y eso que llevaba un salvaslip puesto.

– Y bueno, Daniela… cuéntame, ¿ya tienes novio? Mi sobrino me dijo hace un rato que eras muy guapa, pero el pobre es muy tímido. ¿Ya os conocéis, no?

– Si.

– ¿Y qué te parece?

– Que está bien…

– ¿Bien? – risas – ¿Solo bien? – más risas.

Me giré hacia él y le tendí la cerveza. Rómulo alargó la mano para cogerla y vi que le temblaba ligeramente. Me estaba mirando las tetas. Yo saqué más busto, vamos, que las “eché palante”, como se suele decir, en un movimiento reflejo, porque en seguida me arrepentí, ya que él levantó la vista y me miró. Casi será mejor decir que me clavó la vista. Una mirada inquisitiva. Una mirada que me excitó.

Entonces ya no respondí de mis actos. Me sentía como una leona enjaulada, ardiente, con unas ganas terribles de romper las reglas. Me acerqué lentamente hacía él sosteniéndole la mirada y alargué una mano hacia su pecho. Lo noté duro, fuerte, y comencé a deslizarla hacia arriba hasta tocarle el hombro, el brazo… y su tacto me excitó más aún. Rómulo seguía mirándome fijamente, sin moverse, sin apenas atreverse a respirar. Yo volví a dirigir mi mano hacia su vientre y la fui bajando hasta tocarle el sexo por encima del pantalón vaquero. Tenía un paquete enorme, su tacto a través de la tela me hizo estremecer. Entonces Rómulo se retiró, dio un paso hacia atrás y musitó algo así como que él podría ser mi padre.

Yo, a mi vez, avancé, salvando la distancia que él había establecido y me apreté contra su pecho, sintiendo la dureza de su miembro a la altura de mi bajo vientre, respirando el olor a su sudor. Le puse ambas manos a los lados de las caderas y le apreté más contra mí. Y ese fue el resorte. Reaccionó cogiéndome de la cintura y tumbándome de espaldas en la amplia mesa de la cocina.

– Serás putita… ¿qué es lo que quieres, niñata? – exclamó.

Lo dijo jadeando, tratando de controlar una situación que ya se le había escapado de las manos. Pero yo, a pesar de ser tan joven, sabía que a los hombres les gusta el papel de “machos dominantes” y hice como que me dejaba hacer. Total, mi objetivo se iba a cumplir, la forma me daba igual, corría de su cuenta, él era el experimentado y esa idea me excitó tanto…

Mi respuesta fue cogerle del cuello y atraerle hacia mis labios, pero él rehusó. A cambio me agarró la vieja camiseta por el escote y de un tirón la rompió dejando en plena libertad a mis pechos, que salieron disparados. Hundió la cabeza entre mis senos y agarrándomelos con las dos manos comenzó a lamerme, para luego dedicarse a chupar alternativamente mis doloridos pezones. Yo estaba tan excitada que creí que me moría. Tenía ganas de que aquel placer durara siglos, pero Rómulo no parecía estar por la labor, porque comenzó a bajarme trabajosamente los pantalones mientras me comía literalmente los pechos.

Cuando por fin lo pantalones se deslizaron hacia el suelo yo me abrí de piernas todo lo que pude, gimiendo y maldiciéndole, y no sé de dónde me salió aquella vena tan agresiva, pero lo cierto es que en toda mi vida sexual posterior jamás he estado tan excitada como aquella vez.

Me metió los dedos por el coño, comprobó satisfecho lo caliente y húmeda que estaba, y celebrándolo con un gruñido se inclinó y le dio un par de lametones a mi hinchado clítoris mientras se bajaba la cremallera y sacaba una enorme polla, dura como una piedra.

Me penetró sin miramientos. Al principio solo metió, casi apoyando simplemente, la punta de su miembro entre mis labios vaginales, pero ante mis quejidos decidió no andarse con ceremonias y comenzó a salir y a entrar de mi coño con una facilidad pasmosa.

Yo no sabía adónde agarrarme, sentía unos irrefrenables deseos de morderle, hasta que me llegó el primer orgasmo. Y un segundo y un tercero… hasta que él salió de mí. Sacó su enorme polla de mi sexo y, con un grito contenido, se corrió sobre mí, rociándome de semen los muslos y el pecho.

Se apoyó con las dos manos en el borde de la mesa, mientras yo yacía exhausta. Estaba rendida y lo mejor es que mis nervios habían desaparecido por completo. Cerré los ojos y ya comenzaba a abandonarme a un agradable sopor cuando noté cómo Rómulo se subía la cremallera y me tiraba los pantalones a la cara.

– Daniela, anda, vete vistiendo que mi sobrino no tardará en llegar. ¡Vaya, niña, menudo bicho que estás hecha! ¡Hace años que no follo así! Por cierto, ¿sigues interesada en conocer a mi sobrino?

Le respondí que sí, me bajé de la mesa y le di un beso en la mejilla. Entonces llamaron a la puerta de la entrada y salí corriendo a mi cuarto, para vestirme. Me lavé un poco, me puse un vaporoso vestido de verano y me dirigí de nuevo hacia la cocina… como si no hubiera pasado nada.



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