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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche – Relato erótico

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche – Relato erótico

No te pierdas el segundo de los cuatro relatos eróticos de la intensa historia de Elsa. Ahora, vuelve a Madrid con cuatro hombres, en un coche.

Si lo deseas, puedes disfrutarla más abajo o empezar por la primera parte aquí: La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur


Relatos eróticos


Culminando con un enorme orgasmo, acababa de vivir el primer episodio voyerista de mi vida. En ese momento, no podía ni quería auto-analizarme, aunque algo había quedado claro: la excitación que me provocaba exhibir mi cuerpo y, sobre todo, el hecho de haber estado cabalgando encima de Ricardo sin dejar de mirar a mis tres compañeros, era de todo punto la mejor experiencia sexual que había tenido. Sin embargo, mi cuerpo pedía más, mucho más…

Casi no quedaba gente en la fiesta y la situación era un poco tensa. Ricardo se encontraba bajo la escrutadora mirada de su ex y la presión de cumplir con su palabra, y continuar con nuestra sesión de sexo. Pero, ni siquiera estaba pensando lo que le acababa de decir.

–Tierra llamando a Ricardo… ¡Hola! No hay autobuses… –le repetí, con un tono tierno para no provocarle más estrés.

–Lo sé, pero ella sigue mirándonos… –susurró.

De algún modo, tenía que distraerle.

–¿Crees que el comportamiento de Clara podría ser cercano al candaulismo? –le pregunté para exorcizar la hechizante sensación del cruce de miradas con su ex novia.

–Elsa, ¡tía! –reaccionó, con media sonrisa–. No sé. Quizás si se lo preguntas tú… –respondió, recuperando el humor.

–Puede ser. ¿Cómo sacarías el tema?

relatos eroticos–Si fuera tú, yo le diría: Mira, Clara… Acabo de echar un polvo impresionante con el tío que rompió contigo hace un par de semanas. Y, te quiero pedir perdón porque no te hemos invitado a observar cómo nos lo montábamos. De cualquier modo, sabemos que te excitas viendo cómo la persona que amas tiene sexo conmigo, así que puedes venir a mi casa porque vamos a seguir haciéndolo como animales.

Me encantaban este tipo de conversaciones a caballo entre el humor negro y el surrealismo. Los hombres con este tipo de ingenio siempre me habían resultado los más sensuales. Y Ricardo, el que más. Ahora, tenía ganas de reposar mi cabeza sobre su pecho y que me abrazara. Pero, de momento, no podía…

–Creo que nuestros tres mirones tienen coche y Clara se está yendo definitivamente –me dijo esperanzado.

–¿Quieres volver a Madrid con los tres tipos que han compartido nuestro primer polvo? –pregunté, ciertamente interesada.

–¿Tenemos otra opción? –replicó encogiendo los hombros, pero con total seguridad.

–Vamos con ellos –le dije, cogiéndole de la mano y esbozando una romántica sonrisa.

Me miró como los enamorados miran en las películas, acariciando mis dedos mientras caminábamos hacia el coche de los tres voyeurs.

Al tiempo que nos acercábamos, notábamos tanto la tensión de los que se sienten culpables de haber hecho algo ofensivo, como el miedo a enfrentarse a un tío de la contundencia física de Ricardo. Él sabe que provoca estas reacciones…

–¡Eh, chicos! ¿Cómo lo lleváis? –les preguntó con una entonación de lo más amistosa–. ¿Os queda alguna birra en el maletero para compartir con nosotros?

En un abrir y cerrar de ojos, los tres se destensaron; los hombros bajaron, los pechos se desinflaron y las caras de letárgicas sonrisas cerveceras se apoderaron del ambiente en el que, al tiempo, se omitía cualquier palabra relativa al sexo… Hasta que Ricardo dijo:

–Bueno, chicos. Espero que lo que habéis visto no se lo contéis a nadie.

–¿Por qué? –pregunté, compulsiva y claramente enojada por el alarde dominante.

relatos eroticosRápidamente y para evitar cualquier conflicto, Raúl sacó una botella de ron y sirvió unos chupitos, como si nada malo hubiera ocurrido. Pasamos una hora hablando sentados sobre el capot del coche, contando chismes sexuales que habían ocurrido durante los cinco años de carrera. Cada chupito me ponía más a tono y cada una de las historias elevaba mi libido a niveles insospechados.

Ángel contó que hacía un año se había enterado de que un grupo de la facultad había organizado una orgía por todo lo alto…

–Y tú, ¿no asististe? –le pregunté con cadencia y melodía viciosa. Las orgías son buenas para la salud –proseguí increpando.

Se hizo un breve silencio y todos estallaron en risitas nerviosas, sofocadas, y mirándose entre ellos.

Si durante cinco años me había masturbado después de las conversaciones pseudo-intelectuales con Ricardo, ahora estaba multiplicando por cuatro aquellos mismos estímulos. Esta vez, sin embargo, no iba a volver a casa sola.

–Ya no queda más ron. No sé si tenéis alguna propuesta para salir, pero yo quiero que me llevéis de vuelta a Madrid –les exhorté.

–Tenemos unos amigos de los colegios mayores que hay al lado del Parque del oeste. Podríamos hacer un botellón allí…

–O podríamos hacer una orgía… –repliqué de inmediato.

Todos callaron. Las caras se volvieron serias. Los cuerpos se encogieron. Y es que no hay nada como cuando una mujer detalla su voluntad sexual sin pelos en la lengua, para que los hombres se conviertan en pequeñas, dóciles y acobardadas criaturas.

–¿Qué os pasa? Os habéis quedado helados. No podéis ejercer como psicólogos con esas respuestas corpóreas. Lo sabéis, ¿verdad?

–Bueno, tiene toda la razón del mundo… –expresó Raúl, con fingida frustración.

Todos se rieron pero, al tiempo, había conseguido mi propósito de ponerles en predisposición a la aventura sexual en grupo…

relatos eroticosNos subimos al coche. José al volante y Ángel de copiloto; yo me senté detrás entre Raúl y Ricardo. Nada más arrancar, deslicé mi mano sobre el miembro de Ricardo, por encima del pantalón. Ángel seguía contando cotilleos sobre los estudiantes que habían montado aquella orgía, mientras el resto reía. Llevé mi otra mano sobre el muslo de Raúl. No puso ninguna resistencia. Creo que se miraron de reojo, pero ninguno dijo nada. Ángel proseguía, y ellos fingían escuchar…

Ricardo no se ponía duro. En contraste, Raúl iba a romper el pantalón, por lo que decidí jugar más; me alcé el vestido y le susurré al oído que me masturbara por encima del tanga. Me giré de lado para dejar mi vulva a su merced, mientras desabrochaba a Ricardo. Acaricié su pene fláccido, agarrándole desde el escroto y subiendo y bajando su piel para reposarlo sobre mi lengua. Absorbiendo, comiéndole con toda la pasión del mundo, empecé a notar los dedos de Raúl. Y comencé a gemir…

Habíamos salido de Somosaguas. La oscuridad de la carretera del pueblecito de Humera delataba, tal y como mis ruiditos alertaban a José y a Ángel de lo que estaba sucediendo a sus espaldas. El silencio se hizo por unos minutos. Sólo se oían nuestras fricciones y las respiraciones forzadas.

De repente, noté cómo una mano me sujetaba torpemente un pecho. Ricardo, ya estaba completamente férreo y Raúl palpaba el interior de mi vagina magistralmente. Quien acariciaba mi areola no era otro que Ángel. Sentí cómo me ardía el cuerpo. Incluso más que antes. Estaba completamente desatada…

–¡Más dentro, Raúl! –grité, mientras agarraba fuertemente el miembro de Ricardo.


Calidad HIRO


Cada uno siguió en su deleite personal durante un buen rato. Todos menos José que, al tiempo, extinguió el lujurioso frenesí en el que nos habíamos embarcado, cuando tímidamente dijo:

–Estamos llegando al Parque del oeste.





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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte III): Mamadas – Relato erótico

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte III): Mamadas – Relato erótico

Aquí tienes el tercer relato erótico de esta popular serie de sexo duro. Su título “Mamadas” parece que lo dice todo, pero hay mucho más…  Sólo te puedo contar que, en este punto, Elsa es una fiera desatada decidida a consumar sus anhelos más salvajes.

Si lo deseas, puedes comenzar la serie aquí: La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur. O continuar en La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche.

Si ya los leíste, deléitate con esta entrega de sexo oral…


Sexo en el parque


Ricardo apartó bruscamente mi boca de su pene. No porque la mamada que le estaba haciendo le disgustara, sino más bien por algún tipo de pudor pueril que, impulsivamente, surgió cuando José nos avisó de que estábamos llegando al Parque del oeste.

–Aparca en el Paseo de Ruperto Chapí –indicó Raúl a José, al tiempo que sacaba sus dedos de mi vagina.

–Un poco más abajo de donde se coge el bus, José –confirmó Ángel.

Nos recompusimos fugazmente, como si nada hubiera ocurrido. Cada uno abrochándose discretamente los pantalones, y yo colocando torpemente el tanga, bajando el vestido y resituando mis pechos.

Aparcamos más allá de las marquesinas, cerca de una pequeña caseta escondida entre los pinos y cedros que rodean el exterior del parque, y que guardan sus paseos y secretos.

Salimos del coche casi en silencio. Las farolas alumbraban en las sombras de la noche y de los árboles una especie de vergüenza instintiva colectiva, de la que intenté zafarme de inmediato.

–Bueno, ¿dónde está la fiesta, chicos? –pregunté para romper el hielo, saliendo de los focos y yendo hacia la caseta. Todos sonrieron, menos Ricardo.

–Voy a llamar a Eva. Me dijo que iba a estar por aquí con sus amigas del colegio mayor –explicó con semblante serio, mientras cogía aquel móvil prehistórico y se separaba unos metros, como si fuera a ordenar una operación bursátil.

Ángel comenzó una conversación banal sobre las calenturas masculinas veraniegas para eludir el mal rollo que empezaba a reinar, animando a José y Raúl a participar de la misma. Yo sólo pensaba en follar. En seguir follando…

Relatos eróticos–Chicos, perdonad que interrumpa vuestro debate filosófico en torno al calor que está haciendo y las perversas consecuencias del verano, pero me apetece una copa. De hecho, quiero otro ron con coca cola –les dije con la arrogancia que me confería ser la única chica en el grupo. En realidad, lo que quería era una excusa para pasar la noche con ellos y experimentar el sexo en grupo más libertino, gamberro y despreocupado. Mi cuerpo pedía más guerra; quería saber lo que era una orgía de primera mano, y una de esas molestias susceptibles de arruinarla podía ser su amiguita, Eva.

En ese momento, Ricardo regresaba colgando el teléfono.

–He pillado a Eva volviendo a su colegio mayor. Pero, la he convencido para que diese media vuelta y se uniera a nosotros –dijo con tono altanero–. Al parecer, los demás se fueron a una fiesta en Pachá –añadió.

–Me parece fantástico que Eva se una a nosotros. No sé quién es, pero me resulta ideal de la muerte. Ahora bien, ¡yo quiero una copa ya! ¿Alguna idea?

–Eva trae licores sobrantes del botellón –replicó inmediatamente Ricardo…

La idea que había construido de él, durante todos esos años; todos los sueños húmedos; todas las veces que me había masturbado… Hasta el travieso y sensual polvo que habíamos echado en la Facultad, se desvanecía desfigurándose en forma de chulería moralmente dominante. Se acababa de convertir en la balanza de la justicia machista, detestable carne prometeica de los ojos de una Inquisición silenciosa. Ese fogoso cuerpo que hacía una hora me amaba, que sensualmente me hendía, se había transformado en una mirada penetrante que me etiquetaba como la zorra más detestable, la nueva puta de Babilonia. Pero, yo no iba a caer en esa trampa.

–Genial, ¡licores y otra mujer que alegre la noche! –exclamé, con una sonrisa de oreja a oreja.

–Pues para mí la noche está siendo muy alegre, Elsa –murmuró Ángel, cabizbajo y con traviesa sonrisa de satisfacción. Probablemente, por su mente pasaban las recientes imágenes en la que se masturbaba en el coche o en la que observaba cómo Ricardo me follaba en el parterre de la Facultad.

Se hizo un pequeño silencio, y todos nos echamos a reír a carcajadas. Todos, menos Ricardo.

–Creo que voy a ir a su encuentro. Eva no conoce muy bien el parque –justificó con tono serio, fingiendo que miraba el móvil y saliendo al paso con un breve aspaviento para indicarnos que volvía.

En ese instante, nos miramos como se miran los niños buscando un líder que les dirija a consumar la diablura.

–¿Qué le pasa? –preguntó Raúl, encogido los hombros.

–Lo que a todos los hombres –dije, mirándole fijamente a los ojos–. Pueriles celos sin fundamento… Pero no os preocupéis, lo vamos a pasar mucho mejor sin él… y sin su amiguita. ¿Queréis organizar una pequeña fiesta?

–Llevamos intentándolo un rato –respondió Ángel.

–Bien, pues escuchad: vamos a seguir ese caminito hasta que encontremos un banco apartado donde podamos estar a gusto. Pero, uno de vosotros se tiene que encargar de traer las copas. ¿Qué os parece?

José era el más tímido de los tres, y el que aún no había hecho nada conmigo. Así que, se ofreció a ir a por las bebidas. Ángel se sumó como buen amigo, dejándome a solas con Raúl.

–¿Tienes miedo? –le pregunté al momento en que ellos marchaban.

–¿Por qué debería tenerlo? –respondió con un leve tartamudeo.

–Es lo que parece –le susurré, acercándome de frente
.
Relatos eróticosMe colgué de sus hombros y comencé a besarle el cuello. Se quedó quieto, no hacía nada, pero su cuerpo estaba receptivo. Su piel respondía a las caricias de mi lengua que, ahora, giraba húmeda en círculos por su yugular, tensando los tendones. Intermitentemente, mi boca fingía agarrar sus músculos y sus lóbulos y se intercalaba de nuevo con más lengua… Y mis uñas en su torso.

–Joder Elsa, me estás poniendo a cien… –confesó sofocado.

–Aún no estás realmente excitado –respondí desafiante, posando las palmas de mis manos sobre su pecho.

Me separé un metro y le ordené que no apartara la vista de mí. Empecé a desnudarme. Sus ojos se salían de las órbitas. Cuanto más notaba su desazón, más me excitaba. Me quité toda la ropa, me abalancé sobre él con mis erizados y rocosos senos, y nos arrojamos sobre el césped.

Probablemente, ese fue el instante en que le rasgué la camiseta. Volvía a encontrarme drogada por otra oleada de ardiente deseo y excitación sexual que me embrutecía y, sin perdón, aniquilaba cualquier posible resistencia de Raúl. Se dejaba llevar demasiado, así que refrené mis instintos de loba. Me posé a horcajadas sobre su tripa y le agarré levemente de la camiseta para mirarle a los ojos, ahora frágiles y sumisos.

–Está bien, Raúl. Sólo te lo voy a preguntar una vez: ¿Quieres follarme?

–Claro, Elsa. Pero, todo esto me está dando un poco de corte. Creo que necesito un poco más de alcohol para asumirlo…

–Pero, ¿quieres? ¿Sí o no? –inquirí una vez más.

–¡Sí! –exclamó vociferando.

Por un instante nos reímos… Sonreímos y dulcemente nos besamos. No sé cuánto tiempo estuve encima de él, acariciando su cara y besándole con ternura como si me hubiera enamorado. Pero, sé que el romántico momento súbitamente terminó cuando oímos a Ángel y a José acercarse desde la lejanía.

–¿Quieres que te ayude a vestirte? –me preguntó apresuradamente Raúl.

–¿Te vas a poner celoso como Ricardo si me ven desnuda?

–No, claro que no –reafirmó con honestidad.

José y Ángel iban decelerando el paso conforme se acercaban, ciertamente incrédulos… Supongo que por sus mentes centrifugaba la pregunta de si realmente estaba desnuda.

–Chicos, ¡venid! –les exhorté con alegría–. No debéis tener miedo de una mujer desnuda, hace mucho tiempo que vuestro género mordió la manzana…

Relatos eróticosLlegaron con una sonrisa tan infantil, traviesa y sin palabras, como encantadora. Abrieron una botella y sirvieron unas copas. Les invité a hablar sobre todo lo que había pasado durante la noche… Desnuda, frente a ellos, pidiéndoles que fueran honestos con sus sensaciones. Y hablaron. Y nos reímos… Hasta que saqué mi lado teatral y me puse seria y, con la melodía más histriónicamente viciosa y perversa, les dije que se bajaran los pantalones.

–¿Qué? –exclamó José, casi atragantado.

–Os voy a hacer unas mamadas que no podréis olvidar. O ¿preferís que diga felaciones para que suene más refinada?

Los tres dejaron sus copas sobre el suelo y se desabrocharon casi al unísono. Les dije que se acercaran. Dejé que mis rodillas cayeran sobre la tierra fina del caminillo. Raúl estaba a un lado y José al otro, así que ordené a Ángel que metiera su pene en mi boca, mientras asía las vergas de sus amigos, familiarizándome con ellas.

Nunca había hecho algo remotamente parecido, salvo en mis sueños más húmedos. Tenía que concentrarme para guardar el equilibrio y el ritmo. El alcohol no ayudaba pero, el calor que manaba por mis poros, el fuego que ardía en mis venas, podían con todo.

Apreté sus penes con las palmas de mis manos de modo que cuando bajaba la piel de uno, mis dedos notaban el glande del otro. Mi lengua jugaba con el miembro de Ángel dentro de mi boca; como si le estuviera haciendo un masaje, apretaba la punta de la lengua contra su frenillo y absorbía con los labios; la posaba sobre su prepucio y volvía a absorber. Por breves segundos, le procuraba balanceos de garganta profunda, para que notase mi campanilla y la presión de mi faringe contra su glande. Quise mantenerle en ese estado durante un rato, pero no pudo contenerse…

Suave, gimió y discreto se apartó para servirse una copa en el banco. Me quedé con José y Raúl, mirándoles de rodillas.

–¿Quién quiere ser el siguiente? –les pregunté cual colegiala.


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Como tartamudearon palabras ininteligibles, me decidí por el pene de José con la intención de dejarme lo mejor para el final… Recuerdo que, al punto de lamer con salvaje intensidad su miembro, emitió un sonido de placer absoluto que vino acompañado de otra voz desde la oscura lejanía en el parque. Eran Ricardo y Eva.

Ya puedes continuar con la última parte aquí: La historia de sexo duro de una psicóloga (parte IV): la orgía



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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur

Este es el primer relato erótico de una serie de cuatro que nos ha enviado Elsa, psicóloga de 36 años y actualmente madre de 3 niños. Nos cuenta que esta fue la experiencia sexual más alucinante de su vida. Y que no le da vergüenza reconocerse en ninguno de sus pasajes, aunque no la volvería  a repetir porque “ya no es una veinteañera”.

Por nuestra parte os avisamos de que este es el más light de los cuatro. Y que hemos tenido nuestras dudas en clasificarlos como relatos porno, si bien al final optamos por conservar la definición de su propia autora como una “Historia de sexo duro”.


Relatos eróticos


Acababa de terminar Psicología y, por supuesto, esa noche había una macro fiesta en el campus de Somosaguas, al lado de Pozuelo de Alarcón, en las afueras de Madrid. Terreno que cedió un aristócrata para ubicar a las carreras clasificadas como peligrosas durante la dictadura, pasé cinco años descubriendo cada pequeño parterre entre edificios e imaginando cómo sería la vida laboral. Todos los humanos tendemos a trivializar nuestra existencia, dándole vueltas a cosas en vez de vivirlas con pasión. Y, hasta la fiesta de licenciatura, yo era una más.

Hasta aquel día, el sexo había sido muy importante en mi vida académica y privada. Había estudiado los comportamientos más pervertidos y siempre había hecho el amor con esa intensidad que los hombres adoran, aunque sin la variedad que las mujeres deseamos. Hasta la fiesta fin de carrera. Aquella noche iba a materializar mis anhelos más profundos. Aquella noche se ha quedado grabada en mi memoria como la primera y –probablemente– única experiencia de sexo duro y grupal de mi vida. Increíbles, adorables y pedagógicos recuerdos…

No fue premeditado. Simplemente, me vestí tan puta como deseaba mostrarme frente a Ricardo…

VoyeurÉl había sido mi objetivo durante los dos últimos años de carrera y, por fin, lo había dejado con su eterna novia y mi coyuntural amiga, Clara. No puedo contar las veces que hablé con él totalmente empapada. Teníamos la excusa de comentar las clases con una cerveza hasta que cerraban la cafetería de la Facultad. Sobre todo, las lecciones que trataban sobre aspectos sexuales. Desde la disfunción eréctil a la ansiedad sexual; del sadomasoquismo al voyerismo. Todos eran temas ideales para nombrar pene, vagina, penetración, sumisión… Delante de él. Y notar cómo se me erizaba el vello mientras las decía, aparentemente seria, locuaz y académica. Como si realmente no estuviese buscando la imagen de su cara al oírlas; como si no almacenase sus gestos para masturbarme al volver a casa. En muchas ocasiones, me tocaba pensando que él me veía, como si hubiera pagado la cabina en un Peep show. Y yo, tumbada sobre la cama, abría las piernas frente a un espejo para reflejar la secuencia por la que él insertaba monedas…

Ricardo medía más de un metro y ochenta, y sus rasgos faciales eran tan atractivos como poderosos eran su torso y sus brazos. Estaba convencida de que para llevármelo a la cama debía estar exuberante, sensualmente matadora y con un toque de golfa que expresara las ganas que tenía de comerle sin necesidad de decirlo con palabras.

Con los tacones más altos llegaría a besarle sin problemas, y mi vestido rojo entallado no sólo le atraería, sino que desviaría las miradas suficientes para que él actuara como el protector que espanta a los típicos y molestos moscardones.

Aunque mi pecho es menudito, mis glúteos ya habían sido condecorados con sendos piropos. Así que añadí un extra para volverle loco: me puse un precioso liguero, acompañado por mi tanga más caro. Eso y la cinturita de avispa que tenía con 23 años serían (tenían que ser) irrechazables.

Llegué a la parada de autobuses del laberíntico Parque del oeste en Moncloa, para coger el autobús A. La misma línea que me había llevado durante cinco años a estudiar al campus de Somosaguas, ahora me conduciría a la experiencia sexual de mi vida.

Tras 15 minutos haciendo cola, por fin apareció. Subí ensimismada, pensando tan sólo en mi presa. Y, como no vi asientos libres, me agarré a un pasamanos fijando la vista en el parque. En ese momento, oí una voz familiar a mi espalda…

–Sí, tía. Vamos a pasarlo bomba este verano, que después ya seremos personas serias. Jiji… –decía Clara con su estridente tono a otra ñoña que había terminado los estudios con nosotras.

VoyeurPensé en hacerme la sueca, pero el arrebato morboso de iniciar una conversación superficial con la ex del hombre que me quería follar, eliminó todo rastro de timidez.

–Hola Clara, ¿cómo estás? Chica, no sabía que venías a la fiesta… –le dije con altanería y expreso fingimiento.

Estuvimos hablando de trivialidades hasta que llegamos al campus. Al bajar del autobús, en un clarividente gesto de control, Clara insistió en que regresáramos juntas a Madrid, en el coche de unos amigos tras la fiesta. Accedí por quitármela de encima y me dirigí a los aparcamientos, repletos de gente, donde me paré a tomar unas copas con un grupo de compañeros de clase.

–Elsa, ¡estás tremenda! –exclamó Raúl, un amigo de clase, mientras clavaba sus ojos en mi escote.

–Son pequeñitas… –le increpé, al tiempo que me recogía el pecho con las dos manos a modo de ofrenda.

Pasé un buen rato flirteando con todos, hasta que Ricardo se unió al grupo. Empezamos a hablar y, como siempre, construimos un muro invisible a nuestro alrededor. Pusimos tierra de por medio, yendo a la barra improvisada donde la música sólo permitía esas conversaciones de labios pegados al oído. Bebimos cubatas y bailamos. Me susurró que estaba preciosa. Le susurré que me volvía loca con su cuerpo. Me preguntó que si quería que me besara. Le respondí que deseaba que me follase salvajemente…

Me cogió de la cintura y me besó. Nuestras lenguas se entrelazaron pasionales, deseosas de alcanzar más partes de nuestros cuerpos. Me agarraba fuerte. Notaba su miembro erecto bajo el pantalón. Me acarició los glúteos para que notase con mi abdomen la dureza de su pene.

–Ricardo, fóllame por favor –le supliqué, bajo el estado más ardiente que jamás hubiera experimentado.

–Vamos al parterre que hay entre la entrada de la facultad y la cafetería de profesores –me dijo, cogiendo mi mano con firmeza y tirando de mí.

Por un momento, mientras nos dirigíamos allí, sopesé si era correcto. Alguien podría vernos, pensé. Y, al instante, me puse más cachonda. Las pulsiones de mi libido eran enormes. Todo mi cuerpo pedía sexo. Todo yo era sexo.

VoyeurMe sujetó, asiéndome por las nalgas para alzarme contra la pared. Mi vestido se subió hasta la cadera, dejando la fina tela de mi tanga como última y húmeda frontera. No paramos de besarnos y acariciarnos, aumentando la intensidad, mientras conquistábamos nuestras zonas erógenas. Empecé a palpar su pene por encima del pantalón. Él me acariciaba los senos. De repente, bajó uno de los tirantes del vestido con tanta energía, que también descolgó el del sujetador. Uno de mis pechos quedó al descubierto. Paró por un segundo. Me miró fijamente, y se abalanzó a lamerlo. En ese momento, debí oír algún ruido que me hizo frenarle.

–Para… Ricardo, para. Creo que hay alguien observando –le supliqué, intentando apartar su cabeza.

Había gente en la oscuridad. Seguramente, estaban allí fumando o simplemente orinando, cuando nos oyeron. Eran tres. De pronto, las luces de un coche iluminaron sus caras. Para mi sorpresa, eran los compañeros de clase con los que había empezado la fiesta; Raúl, José y Ángel me miraban como si fuera una stripper.

A pesar de que le estaba tirando del pelo para apartar su boca de mi pezón, Ricardo no paraba. Del primer sentimiento de vergüenza compulsiva, instintivamente pasé a la inacción y, de ahí, a una sensación de excitación sublime. Miraba las caras de los tres, fundiéndose de nuevo en la oscuridad, cuando Ricardo se bajaba la cremallera y deslizaba el tanga con su glande para penetrarme.

VoyeurMe encajé a su inflexible miembro, abriéndome, cabalgando y arañando su espalda. Él me empujaba y me subía contra la pared una y otra vez. Mis compañeros, sigilosamente, se acercaron un poco más, descubriendo sus rostros. No podía dejar de mirarlos y no cesaba de gemir cada vez más fuerte. Raúl se estaba tocando por dentro del pantalón. Los otros dos sólo miraban. Cada embestida era más profunda. Yo las provocaba. Me encajaba con vehemencia hasta la base de su pene, hasta que oía cómo mi flujo se derramaba sobre su pubis. De fondo, la música de la fiesta. Al lado, mis tres voyeurs. Dentro, Ricardo. Mis pezones se erizaron súbitamente y grité… No gemí, aullé cuando el orgasmo implosionó como una bomba de racimo, estrellándose contra el anverso de mi piel, como si mi alma fuera un fantasma que quisiera dejar mi cuerpo inanimado.

Al borde del desvanecimiento, me percaté de que Ricardo no había terminado. Me separé y me puse de rodillas para hacerle una mamada. No estuve mucho rato, él llegó enseguida. Pero todo el tiempo, estuve observando a esos tres mirones, mientras mi vulva se volvía a empapar…

–¿Te ha gustado? –le pregunté, mientras buscaba un clínex en mi bolso y mis tres compañeros abandonaban la escena.

–Claro, Elsa. Pero, aún no hemos terminado la noche, ¿verdad? –replicó, confiando en oír un sí.

–Sí, pero tomemos otra copa y después vayamos a mi apartamento –le dije, con unas inusitadas ganas de bailar con él.

Cuando regresamos a la barra, la fiesta se estaba acabando. Nos sirvieron la penúltima y seguimos bailando sobre vasos de plástico rotos, al ritmo del desagradable sonido del alcohol adherido al suelo.

–¡Mierda! –exclamó entre dientes, dirigiendo su mirada hacia algo o alguien a mi espalda.

Mientras me giraba, cinco letras iban pasando por mi mente: C… l…a…r…a. Efectivamente, era ella contemplando nuestra danza post-orgásmica. Me volví hacia él y, para quitarle hierro al asunto, le dije con total seguridad y descaro:


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–Ahora sólo tenemos un problema: no hay autobuses, los amigos de Clara no nos van a llevar a Madrid y yo quiero follarte hasta perder el aliento en mi casa. ¿Cómo lo hacemos?


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Historias reales en mi mail (IV): Una noche sado con las Hermanas Tijera

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Hola Cristina,
He visto que no tienes ningún relato sobre dominación. Por eso te mando esta historia de sexo que narra mi primera experiencia sumisa. Mi primer contacto con el BDSM light, fue también la primera vez que hice un trío. Mi pandilla de chicas me ha dicho que es una de las mejores historias lésbicas han oído. Nos encantaría leerla en vuestro blog. Así que, espero que te guste.
PD- Por favor, corrige los pasajes que consideres oportunos.
Besos,
Elena

Relatos eróticos


Era el año 2009. La crisis empezaba a sentirse en la médula de la fiesta madrileña. Las típicas caras de los bares en Lavapiés ya no sonreían porque no se daban cita. Laura siempre me decía que yo era una afortunada por el trabajo que tenía, y yo siempre respondía que mi dicha era tener sus senos en mi lecho, para que amamantaran los sueños que secábamos al despertar.

-¡Así no habla una bollera! –me regañaba, cada vez que dejaba aflorar la lírica.

-No sabía que hubiera un diccionario de obligado uso para lesbianas…

Había programado esa respuesta como autodefensa, pero también como elemento pacificador. Su activismo no le permitía rebatir moralmente, aunque la rabia estuviera devorando su alma.

Era la primera persona con la que había conseguido tener una relación durante más de 365 días. Ninguna pareja había sido tan duradera; ni antes de salir del armario, cuando era una teenager y los niños se armaban de valor –ingiriendo licores baratos– para tocarme las tetas.

Siempre he tenido esa extraña sensación de llegar tarde a todas partes: confesé que era lesbiana 3 años después de sentir el frescor, y ahora notaba que el mundo se acababa si Laura se apartaba de mi lado.




Pasados los 30, resulta que lo único que quiero es contar mis batallitas sexuales. Quizás porque me pone cachonda hacerlo… Quizás porque mi relación amorosa con Laura distaba de ser sexualmente satisfactoria. Ya no juego a ser moralmente perfecta, ni respetuosamente suave en la cama porque sé qué juegos me excitan… y, sobre todo, sé con quién quiero jugarlos.

Laura era exactamente lo opuesto a lo que soy ahora. Tan discreta en la vida social como en la cama; nunca hablaba de más en público, así como era todo consideración en la alcoba. Desde luego, no me enamoré de ella porque su lengua recorriera suavemente mi clítoris, ni mucho menos porque (sieeempre) me preguntara si me molestaba la posición del vibrador. Y, como son las cosas en la vida, me derrumbé cuando –sin sentido aparente– me abandonó en un abrir y cerrar de ojos, el mismo día en que cumplía 25 años. El Whatsapp simplemente decía: NO PUEDO SEGUIR CON ESTA RELACIÓN.

Aunque no parecía una buena idea, me dejé recomponer por Lidia, nuestra mejor amiga y ex de Laura. Habría sido más ridículo no coger la llamada o no aceptar las cañas. Al fin y al cabo era mi cumpleaños y siempre me lo había pasado bien con ella…

Las cervezas ya se habían convertido en rones con coca cola cuando Lidia, mordiendo levemente sus labios, confesó que tenía el regalo perfecto para una ‘inocente dama’ como yo. En ese momento, ya notaba el mareo propiciado por las copas y la consecuente levedad con la que se juzgan –las que ya eran– trasnochadas ideas.

-Hay un club… –me dijo en voz baja, mientras removía la copa con la pajita.

-Soy todo oídos, Lidia –interrumpí.

Relatos eróticos-Shhh… Hay un club exclusivo para damas inocentes y delicadas que necesitan un correctivo por ser tan bellas… –su mirada de soslayo reafirmaba el sentido que ya tenían sus palabras.

-¿Esa dama soy yo? –seguí jugando.

-Lo más importante no eres tú, la cuestión es quiénes regentan ese club, pues son las mismas que van a decorar tu piel –aseveró.

-¿Quién regenta el club?

-Su apodo es tan conocido como extrañamente nombrado. Y la confidencialidad de las Hermanas Tijera es, de hecho, la moneda de cambio… para entrar en un nuevo mundo de placeres que, al parecer, no has explorado.

Me bebí la copa de un trago y la miré fijamente esperando a que me guiara. Se puso la chaqueta con tranquilidad y decisión, y me dijo que antes debíamos hacer una breve parada en su casa. Así lo hicimos. Pasamos a su salón. Allí había una caja negra…

-Venga, no pierdas tiempo. Nos están esperando en el club. Ponte eso, es tu regalo de cumpleaños.

Me enfundé en cuero negro y cogimos el taxi que nos esperaba en el portal de su edificio.

-¿Qué me voy a encontrar, Lidia?

-Mucho amor, cariño –susurró, regalándome una perversa sonrisa.

Bajé del taxi mientras Lidia recibía el cambio. Era un pub normal. Fachada blanca y puerta negra de dos hojas metálicas. Nada del otro mundo.

Relatos eróticosEntra libremente y por tu propia voluntad y deja parte de la felicidad que traes contigo… -dijo, imitando la voz de un hombre.

-Tía, no te pongas en plan Drácula. Ahora sí que me está dando miedo… –le dije con cierto temblor en el cuerpo.

Sonrió y me empujó levemente hacia el bar. Otra vez, nada sorprendente. La gente era la misma que me había encontrado en cientos de pubs. Es más, creo que había estado en sitios mucho más extraños en mi vida…


-Vale, ¿de qué va esto? ¿Es una fiesta sorpresa o algo así?

-Algo así, cari.

Nos dirigimos al fondo de la barra. El último camarero parecía conocerla. Se giró, sonrió y nos hizo una seña para que le esperásemos al lado de una puerta, que podía ser el acceso a la misma barra, o quizás a la cocina del bar.

Sin embargo, pasados unos minutos el barman apareció por nuestra espalda, haciéndose hueco entre nosotras para abrir aquella enigmática entrada. Sin duda lo era, una luz roja acompañaba la bajada por unas estrechas escaleras, vestidas por paredes de ladrillo visto. Nuestros tacones ponían ritmo a un descenso que comenzaba a sonar a conversaciones y copas. Así era, otro pub nos aguardaba en esa planta subterránea. Allí, la clientela vestía cuero negro, cadenas, piercings, gorras y, a diferencia de los ‘normales’, no nos miraban ni cuchicheaban a nuestro paso. Estaban a lo suyo…

-Vale Lidia, ahora sí me has sorprendido –le dije en señal de agradecimiento.

-Aún no has visto nada, niña.

Mis ojos recorrían ese ‘bar clandestino’, mientras ella pedía nuestras bebidas. Una barra de madera se alargaba en forma de ele, por delante de tres arcos ciegos de medio punto, que almacenaban bebidas e imágenes de sumisión en blanco y negro. Las paredes recubiertas en madera, sujetaban candiles que dejaban ver los taburetes y mesas altas, en una especie de pasillo antes de un pórtico, cuyo friso rezaba:


Relatos eróticos


-¿Es ella? –le oí preguntar al barman.

-Sí, Calvito. ¿Tenemos la habitación lista?

-Por supuesto. ¡Felicidades! –exclamó con una sonrisa abiertamente sincera.

Poniéndose al frente, nos abrió paso hacia otras escaleras que quedaban justo al lado de La Mazmorra. Como si estuviera preparado, comenzó a sonar Do I wanna know de Artic Monkeys.




¡Estábamos subiendo a otra habitación! Ahora sentía algo muy parecido al miedo, pero mucho más intenso. En algún sitio recóndito de mi mente, albergaba la esperanza –al tiempo, indeseada– de oír la estúpida canción del ‘cumpleaños feliz’ al cruzar la puerta que –en ese instante– abría Calvito…

-Que pases una feliz noche de cumpleaños –me deseó.

-Gracias, lo intentaré –le respondí, mientras regresaba por las escaleras con la misma alegre discreción.

-Venga, déjate de cumplidos y entra –me ordenó una Lidia impaciente por ver mi cara de sorpresa.

Relatos eróticos¿Sorpresa? ¡Conmoción! Las sorpresas se hacen con globos de colores y confeti… Esto eran dos dominatrices que llevaban pinzas con mariposas colgando de los pezones y una fusta en la mano, que sacudían esporádicamente contra sus Catsuits de látex.

-¿Sabes lo que es una cruz de San Andrés? –me preguntó la primera Hermana Tijera.

-No…

-¡No, ama! –me gritó la segunda Hermana.

-No, ama –respondí temblorosa.

Coreográficamente se apartaron, dejándome ver una cruz en forma de X con cadenas y otros amarres.

-No pongas esa cara –me dijo compasivamente una Hermana. No vamos a atarte con cadenas…

Cada una me cogió de un brazo para conducirme hacia mi penitencia. No podía ver las esquinas de la habitación, estaban demasiado oscuras. Tuve la fugaz paranoia de que alguien estaba observándonos, pero esa ilusión se disipó cuando las Hermanas empezaron a desnudarme y mostraron un pequeño látigo de ante, con el que –aseguraron– me iban a azotar.

Me ataron a la cruz, me masturbaron, me pellizcaron los pezones y me sacudieron en el culo con sus fustas. Más tarde, hicieron lo propio con el –anunciado– látigo. Mientras una hermana flagelaba mis nalgas, la otra me acariciaba el clítoris. Los cambios de temperatura en el cuerpo me sumían en un placer absolutamente sumiso cuando, de repente, escuché una voz familiar desde uno de esos oscuros rincones…

-¡Basta, ella es mía!

-¿Laura?

-¿Qué pensabas? ¿No creerías que iba a dejar a un bombón como tú? –me dijo, con los labios pegados a mi oído. Pero, no podía seguir viéndote sufrir en silencio nuestra penosa relación sexual…

Relatos eróticosEscuché cómo las Hermanas se iban tras los agudos pisares de los taconazos de aguja que las erguían, mientras Laura y Lidia me desataban de la cruz. Estaban elegantemente vestidas con ligueros y botas negras, dejando al descubierto sus depiladas y preciosas vulvas. La puerta se cerró y las tres liberamos nuestros anhelos más atávicos, a lo largo de una noche repleta de orgasmos, gemidos… y sendos chillidos y azotes.

Nunca más lo hemos hecho con Lidia, aunque he de reconocer que muchas veces pienso en repetir.






Juguetes eróticos

Desde hace 5 años tengo una relación con otra persona: ella es Laura. Una Laura que ya no pregunta si me molesta el vibrador, sino que me ordena cómo ponerme en la cama… Ahora, mi lírica se acompasa al ritmo de la disciplina del látigo. Y es que el amor no tiene que ser suave para ser respetuoso.


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La eyaculación de las mujeres y el Squirting

La eyaculación de las mujeres y el Squirting

La eyaculación femenina y el Squirting no son sinónimos. Cuando hablamos de sexo parece que ‘todo vale’; los vídeos x que se reproducen en nuestras cabezas pretenden ser más reales que la propia realidad, y la Industria lo sabe. Si bien la ficción pornográfica puede ayudarnos a liberar prejuicios, también es cierto que puede frustrar nuestras expectativas de placer. Y esto es especialmente sensible cuando se trata de las emociones de las mujeres. Así que, hablemos con claridad para poder identificarlas.

¿Qué son y cómo ocurren la eyaculación femenina y el Squirting?


Eyaculación, Squirting, Squirt, Orgasmo

 El Squirting y la eyaculación femenina



¿Qué es la eyaculación femenina?


Como escribe nuestro admirado bioquímico Pere Estupinyá en sus Apuntes científicos desde el MIT, la eyaculación femenina es un líquido transparente o blanquecino que suele confundirse con el flujo vaginal propio de la lubricación natural. Normalmente, suele quedarse dentro de la misma vagina. Pero hay ocasiones (sobre todo en posturas sexuales en las que la mujer se encuentra arriba) en que la eyaculación se presenta a borbotones, coincidiendo con los espasmos orgásmicos.









Juguetes eróticos


¿Cómo se produce la eyaculación femenina? 


Como bien apunta Ian Kerner, la eyaculación femenina no depende de la voluntad de las mujeres. Que salga o no, o que lo haga en mayor o menor cantidad es una cuestión hormonal ligada a la excitación y a las glándulas de Skene (conocidas como “Punto U” o “Próstata femenina”) que se sitúan entre el clítoris y la vagina. De hecho, se las considera un vestigio evolutivo de la próstata masculina. Y es precisamente por ese mismo punto por el que se eyacula. Y sí, en principio todas lo hacemos, o cuanto menos, tenemos el potencial para ello. No se requiere un tipo de estimulación específica: puede darse por masaje de clítoris, Punto G, ambos, o simple y llanamente, por la forma más común en la que alcancéis el clímax.



¿Qué es el Squirting?


De entrada, “Squirt” fue el 7º término más buscado en 2014 y el 8º en 2015 en el canal pornográfico Pornhub. Y no penséis que se está pasando de moda; las búsquedas de “Squirting orgasm” (orgasmo con Squirting) se han incrementado en un 304% en el último año. Pero ¿qué es el Squirting? El Squirting es, sencillamente, la expulsión ‘a chorro’ de líquido transparente, que es, casi con toda probabilidad, orina (demostrado por varios investigadores, como veremos más abajo). Sin embargo, la cuestión se resiste: por ser pis, ¿deja de ser o es menos placentero?







Estimulador del Punto G


La controversia sobre si es orina o no, parece tocar a su fin: el estudio de Rubio-Casillas y Jannini revela que ese líquido sale directamente de la vejiga, y los componentes del mismo son el ácido úrico, la creatinina y la urea. Es decir, es orina que no parece serlo ya que no tiene color, ni olor.



Otro estudio más reciente en The Journal of Sexual Medicine corrobora que se trata de orina, si bien enfatiza la rapidez con la que se llena la vejiga. Esta es probablemente la causa de que sea tan transparente y, también, el hecho de que no produzca tanto rechazo. Es más, no sólo se trata de una cuestión de morbo, sino también de placentera  relajación muscular que, acompañando al orgasmo (¡e incluso de la propia eyaculación femenina!), puede generar las más adictivas y satisfactorias sensaciones en el cuerpo de una mujer. Esto es algo que obvian los científicos, probablemente porque son hombres en su mayoría. Desde nuestro punto de vista, lo importante reside en sacudirse la caspa y procurar el disfrute sexual: si a alguien le da asco un líquido transparente y sin olor, quizás no debería practicar sexo, o mejor aún, debería acudir a un especialista con el que tratar esa fobia. Y esto es aplicable a las personas que vetaron la aparición de escenas de Squirting en el cine porno británico…



¿Cómo se produce el Squirting?


En los vídeos porno que vemos, las actrices han ingerido altas cantidades de agua. De cualquier modo, tiene el mismo mecanismo que la micción y, como esta, tampoco requiere una ingesta masiva de líquidos. Dicen que hay mujeres que –voluntaria o involuntariamente– son capaces de llenar vasos, pero el testimonio más repetido es el supremo estadio de gozo que alcanzan. En su inmensa mayoría lo logran con un estimulador para el Punto G (o combinada con el masaje de clítoris) y en postura sentada. Aunque también las hay que lo han conseguido gracias a vibradores para el clítoris o a espléndidos cunnilingus.






 

Solo Squirting:




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Historias reales en mi mail (III): El día del squirting

Historias reales en mi mail (III): El día del squirting

Juan y Lucía llevan menos de un año casados. Son muy jóvenes, tan sólo tienen 26, pero esto no ha sido impedimento para descubrir la fórmula mágica del Squirting.


Ella está suscrita al blog y es la que pidió a su marido que escribiera esta historia. Dice que lo que ve por Internet sobre Squirting tiende a ser porno barato o información que no transmite sensaciones reales. Si quieres leer más relatos eróticos como este, puedes recibirlos directamente en tu email.


Historias de sexo y eyaculación


Me llamo Juan, tengo 26 años y me casé hace 9 meses con la mujer de mi vida, Lucía. Mientras escribo estas líneas me doy cuenta de lo distinto que es hablar de sexo cuando se trata de las emociones de una mujer. Así que, le he pedido a Lucía que me acompañe cual Pepito Grillo en este viaje erótico y me haga tomar conciencia femenina de los recuerdos tan próximos, como intensos y presentes en nuestras vidas.


El día del squirtingNunca ha hecho falta buscarnos sexualmente porque siempre nos hemos encontrado. Siempre hemos jugado. De hecho, aún recuerdo el primer día que me hizo un striptease. Baste decir que me corrí en el momento en que se puso a horcajadas sobre mi pene…


Hemos compartido la cama, todos los asientos y el capó de mi coche, las alcobas de nuestros padres cuando éramos novios y más de un baño de discoteca. Nos hemos revolcado por las arenas de 2 playas nudistas, nos hemos masturbado en autobuses, viendo películas pornográficas y, a día de hoy, tenemos 5 vibradores y un montón de lencería y disfraces que usamos regularmente. Sin embargo, Lucía jamás había experimentado la eyaculación a borbotones hasta hace 2 meses. Recordamos el día como el momento en que nos casamos. Creo que ha sido como si hubiéramos elevado el grado de complicidad en nuestro matrimonio; hemos pasado del día de la boda, al día del squirting.





El día del squirtingAl poco de empezar a vivir juntos nos aficionamos a ver películas de la reina del porno en esta disciplina, Cytherea. Aquellos manantiales eran extremadamente exagerados. No parecía que hubiera truco alguno, salvo la propia técnica y la experiencia para provocarlos. Sin embargo, la cantidad de líquido nos resultaba –y nos sigue resultando– de algún modo ficticia.


Investigamos por Internet durante un mes y probamos todas las posturas habidas y por haber. En algunos sitios aseguraban que la mejor forma era penetrar estilo perrito, mientras se masajea el clítoris con más presión de la normal. Durante una semana entera, cada vez que entraba en el dormitorio, Lucía vestía un liguero y a cuatro patitas sobre la cama me mostraba su vulva empapada en lubricante. Se acariciaba, la abría y me urgía a que la penetrara una y otra vez.






El día del squirting Tenía que hacer grandes esfuerzos para no eyacular de manera fulminante. Así que comencé a usar juguetes cuando notaba que me iba a correr. Por lo que había leído, la presión dentro de la vagina era importante. Y, como ignorante en sensaciones femeninas, pensé que debía usar el vibrador más grande –como si de un pene se tratara–.


Cuando aplicaba lubricante de forma tan seguida, Lucía perdía parte de la concentración y el ritmo natural de la excitación. Y como no podía ser de otro modo, fue ella la que sugirió cambiar de método.








El día del squirtingSeguí sus instrucciones al pie de la letra: lamía su sexo, le introducía un dedo… después dos y los balanceaba dentro de su vagina, estimulando su Punto G. Mi lengua tenía que presionar el clítoris con más intensidad, hasta que notaba cómo su vagina se contraía. Era el momento clave para poner más lubricante y usar el conejito vibrador. Me agarró la mano, dirigiendo la intensidad y profundidad que debía aplicar. Comenzó a gemir escandalosamente, mientras reclinaba ligeramente su espalda para ver cómo controlaba su excitación. Presionando mis dedos, empujó el vibrador hacia ella. Por un momento, pensé que se estaba haciendo daño. Pero, por suerte, se trataba de los segundos previos a su primer manantial de gozo.


Mojó mi brazo y las sábanas. Sus mejillas se colorearon y su respiración intentaba salir del sofoco tras la fuerte contracción y humedad que notaba en su vagina.



Vibradores HIRO


Lo mejor de todo es que en sólo un mes ya es capaz de controlar las sensaciones que le conducen al squirting.


Ahora, os aseguro que nuestro matrimonio también cuenta con un anillo virtual… de sensaciones inmensas.



 

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