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Silene o el látex de una FEMDOM – Un relato erótico de Halloween

Silene o el látex de una FEMDOM – Un relato erótico de Halloween

El banquete a base de carnes y un arsenal de licores, me hizo entablar amistad con Gary. El resto de compañeros eran insufribles; dos ingleses, con sus pomposos acentos, narraban aburridas andanzas por las Tierras Altas a tres escocesas que bebían apresuradamente....


La carpa se hacía eco reverberante del llanto celestial; la lluvia se sumaba cual comensal que nadie había invitado, pero que todos sabían que haría acto de presencia… como las sublimes impertinencias de Gary.


 –¡Vuestro problema es que nunca podréis ser escoceses! –bramó a los ingleses, mientras sacaba la petaca para mezclar el whiskey con el champán.


Por suerte, esto ocurrió cuando habíamos terminado el postre, así que nos dispersamos siguiendo las instrucciones personalizadas de nuestros sobres. Las mías, me condujeron al guardarropa de una de las suites, ubicadas en la torre.



 La noche se había cerrado en el único brillo de grisáceas nubes, que sólo descubría intermitentemente la luna. El agua empezaba a golpear intensamente las vidrieras, al compás de nuestros pasos sobre las desvencijadas escaleras, y el caos espontáneo de los compañeros hacia sus destinos.


–Gary, ven conmigo. Tienes que subir a la otra suite de la torre –le convencí, tras leer las instrucciones de su sobre y explicarle tres veces que debíamos empezar el juego.



Le empujé hacia la alcoba y cerré la puerta. Fue la última vez que le vi.


Me dirigí a la suite contigua, dispuesto a seguir las reglas del role-play; me había tocado el “fantasma preso”; mi atuendo eran las correspondientes sábana y cadenas que aguardaban en uno de esos armarios rococó que todo castillo usa como accesorio, para persuadirnos sutilmente de los encantos del pasado.


La habitación era de ensueño; piedras vistas rodeaban una cama con doseles de madera y talla medieval, almohadas enormes de plumas, escudos de armas con evocadores blasones de bélicas fantasías y demás mobiliario –históricamente– a juego. Abrí el armario y encontré las que iban a ser mis exóticas prendas. Me quedé un rato mirándolas, fantaseando con esos recuerdos que sólo afloran cuando estás anestesiado por el alcohol…


Me quité el jersey y la camisa. A duras penas, me senté en la cama para descalzarme… Los calcetines… Los pantalones… –¿Qué tal si voy libre sin calzoncillos? –pensé. ¡Ni de coña! –me repliqué en un atisbo de sobriedad.


La profunda y superficial discusión entre el omnipotente deseo y mi restringida voluntad, me dejó noqueado en un impasse físico, alzando y bajando el culo de la cama en función de lo que mi cuerpo o mi mente me pidiesen; la ardua decisión de quitarme o no los calzoncillos…


En ese instante, comenzó a sonar una balada con toque tétrico…





¿De dónde coño viene esa música? –me pregunté mientras observaba mi pene fláccido. Definitivamente, me había desnudado del todo…


–¡Joder! ¿Quién anda ahí? –inquirí, cuando me percaté de que la canción provenía de la misma suite.


–¡Quieto! –me ordenó una voz familiar.


–¿Silene?


Se acercó lentamente como si estuviera en un desfile de modelos, y apretó su índice contra mi boca para hacerme callar.


–¡Ni se te ocurra decir una palabra! –amenazó con vehemencia.



 Las escaleras traían voces y pronto se empezó a oír a gente corriendo en la planta de abajo. La tormenta aumentaba de intensidad; los relámpagos y el volumen de los truenos daban cuenta de ello. Mi pene y mi escroto se encogieron cuando noté que los agarraba con su guante. Momento en el que se oyó un grito de dolor inmenso en la suite de Gary…


–¿Qué fue eso? ¡Para, por favor! –le supliqué.


–Eso es tu amigo Gary… Muriendo a manos de Kathleen –replicó sonriente mientras apretaba mis testículos.


Como si de un fantasma errante pidiendo clemencia se tratara, el grito final de Gary recorrió el pasillo. Era un aullido de muerte. Fue un signo de expiración.


–Por favor, no bromees con esto… Estaba muy borracho. Tengo que echarle una mano… –supliqué de nuevo.


Los truenos se acumulaban contra el tremar de las ventanas.


–No bromeo. Ahora te toca a ti ver cuál es el placer del dolor…


Apretó una teta contra mi pecho, girándose para abrazar mi axila con el látex de su sujetador, mientras mordía mi brazo. Me ordenó que no me moviera. Yo temblaba. Fue hacia la cómoda, abrió un cajón y sacó unas sonoras esposas… ¡Parecían grilletes!


–¿Qué pretendes? –pregunté contradictoriamente incauto y a sabiendas de lo que se proponía.


–Voy a hacer de ti la fuente de mi placer –aseveró.


Me empujó contra la cama y, mi metro noventa, dolorosamente cayó violentando los medievales complementos…


–¡El dosel se va a romper! –exclamé.



–¡No seas niña!… O mejor dicho, ¡sé todo lo niña que yo te ordene! –respondió con picardía–. Esto es sólo el principio de una gran amistad… Lo siguiente serán cuerdas –sentenció.


Me ató como la más instruida FEMDOM, pero sin ninguna resistencia por mi parte; podría haberle partido la cara, pero ningún músculo de mi cuerpo respondió a la agresión. Era como si se sintieran a gusto…


–Por favor, ¡espera! –tartamudeé en un intento de saberme con las riendas de la situación.


Ya había aprisionado mis cuatro extremidades con verdaderos grilletes, y estaba atando con cuerdas mis brazos, pecho y pantorrillas…


–¡Te he dicho que te calles! –gritó, al tiempo que me clavaba una mirada asesina desde mis rodillas.


–Ahora eres mío –me dijo, tras subir precipitadamente y pasar su lengua húmeda sobre mi cara.


Se acercó a mi oído mientras posaba su sexo húmedo y ardiente sobre mi muslo, y empezó a narrar un cuento:


Las putas conquistarán el Reino de Dios… Y cuando los príncipes caigan yo seré la Resurrección… –susurraba en mi oído.


Mi cuerpo y mi mente se batían en el mismo duelo de antaño: voluntad vs deseo; moral vs necesidad… Pero, sólo anhelaba conocer el final de la historia…



 El paleto cogió un palo del hombre que yacía en el suelo –prosiguió mientras se separaba la braga, untando mi pierna con su flujo–. Billy arremetió contra el cura que se follaba a tu progenitora… Sí, tu madre se convirtió en un fantasma que ni siquiera podía llorar…


–¡Mi madre lloraba! –grité estremecido.


–Mucho menos que tú… –susurró húmedamente en mi oído. ¿Sabes quién es el asesino de esta historia? –inquirió mientras apretaba las cuerdas.


–Noooo –clamé en un aullido sordo. ¿Quién? –chillé mientras me corría.


–Soy yo: la lechera en látex –sentenció.


Nada más aseverarlo, dobló mi pene con su vulva, restregándola por todo mi cuerpo hasta la boca. Llevó los dedos a sus labios para abrirla justo cuando la pasaba sobre mi cara y comenzó a restregarla en mi boca. Mi lengua no podía parar… Y mi miembro volvió a expulsar el néctar de la vida…


Al poco tiempo, volví a oír los gritos de Gary, lo cual fue complaciente: estaba vivo y Kathleen le estaba haciendo algo parecido a lo que Silene me estaba procurando.


La orquesta de Halloween continuó hasta el amanecer; la lluvia era torrencial; los relámpagos esperpénticos; los truenos insoportables; y, el látex de Silene, irresistiblemente orgásmico.


Nunca he pasado tanto miedo. Nunca volveré a una fiesta de Halloween… Pero siempre adoraré a Silene y a su látex, que me descubrieron una dimensión terrorífica de la sensualidad. Quizás, la que mi voluntad nunca esperó… Quizás, adoro lo extraño de la sumisión; quizás, sumiso siempre extrañé que me dominaran.




Ahora, me explico todo esto, y también el –creíble– porqué de las palabras de Kathleen sobre Gary.


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