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Intercambio de fantasías (I). La primera vez con una chica – Relatos eróticos lésbicos

Intercambio de fantasías (I). La primera vez con una chica – Relatos eróticos lésbicos

Ya la conocéis, es Venus O’Hara: la que pone toda la carne en el asador del erotismo español. Y, ahora nos cuenta su historia erótica de intercambio de fantasías, tan real como toda su producción artística. Este es el primero de una serie de cuatro relatos eróticos lésbicos, en los que descubriréis a una Venus tan profesora como alumna, tan diosa como humana. Disfrutad.


Intercambio de fantasías (I). La primera vez con una chica


Hay días en tu vida que no parecen tener importancia en su momento, y es solo con el tiempo que llegas a entender su significado. Era un caluroso jueves en Madrid cuando la conocí. Yo trabajaba de profesora de inglés en una academia de idiomas en la que me habían pedido vigilar el examen de una clase universitaria.

Al poco de haber empezado, vi que una chica morena de pelo corto alzaba la mano. Mientras me dirigía a su pupitre, noté cómo sus oscuros ojos recorrían mi cuerpo con una intensa mirada…

–He terminado –susurró señalando el papel–.
–¿Estás segura? ¿No quieres aprovechar el resto del tiempo para repasar tus respuestas?
–No hace falta –dijo con toda la seguridad del mundo–.

Su lenguaje corporal me hizo saber que insistir no serviría de nada. Cogí su examen, volví a mi mesa y vi que había acertado casi todas las preguntas. Salvo ese momento de sorpresa, no volví a pensar más en ella.

cita Siete años después yo vivía en Barcelona. En aquella época, el deseo por estar con otra mujer dominaba mis fantasías, si bien la protagonista de las mismas aún no tenía ni cara ni nombre. Había sido un proceso lento, un anhelo que iba creciendo de forma gradual a lo largo de los años. Recuerdo que aquellas ensoñaciones nacieron con los desnudos en las clases de dibujo artístico de mi adolescencia, y se desarrollaron con los besos que nos dábamos algunas amigas en la Universidad.

Nunca había sido nada serio. Intentábamos espantar a los chicos para que nos dejasen bailar en la discoteca aunque, al final, esos besos generaban el efecto contrario. Por aquella época también descubrí la serie The L Word. Esto no solo provocó que mi bicuriosidad se disparase, sino que hizo que tomara la decisión de convertir mi fantasía en realidad.

Puse anuncios en Internet pero me contestaba gente que tenía novio y querían montarse un trío, cosa que no me interesaba en absoluto. Yo deseaba un dúo.
Chateé con otras chicas bicuriosas y compartí fantasías pero, cuando me propusieron quedar, me asusté. Al final, llegué a la conclusión de que quizás era más fácil con los tíos y acabé olvidando del tema.

citaTiempo después encontré una solicitud de amistad en Facebook, y aunque no me sonaba el nombre, vi que era una chica que había estudiado en la academia de idiomas donde trabajé de profesora. La añadí, eché un vistazo a sus fotos y la reconocí: era ella, la chica del examen… Habían pasado siete años y su aspecto era mucho más andrógino. No pude evitar sentir deseo al ver su pelo rapado y múltiples piercings… Mi debilidad por las mujeres andróginas venía de lejos, pero ella superaba todas las expectativas: simplemente, me parecía perfecta. Cotilleé sus fotos… no parecía esconder su sexualidad y así lo confirmé al leer su perfil: era lesbiana.

–No te acordarás de mí… –me escribe en el chat de Facebook–.
–Sí que te recuerdo. ¿Cómo estás? –contesté ipso facto–.

Nos pusimos al día, como si nos conociéramos de toda la vida. Estaba estudiando un Máster en Madrid y le hizo mucha gracia descubrir que yo me dedicaba al erotismo: era un cambio chocante después de haber sido profesora de inglés –me decía–. Empezamos a comunicarnos a diario por Facebook, Skype y SMS cual pareja asentada. ¡No podía creer la suerte que había tenido! Estaba tachando todos los deseos de mi lista de fantasías lésbicas ¡de golpe! Incluso pensaba en ella cuando me masturbaba: al fin, la protagonista de mis anhelos homosexuales tenía cara y nombre.

–¿Puedo confesarte algo? –me escribe una noche por Facebook, antes de salir a cenar con unos amigos–.
–¡Claro! –contesté–.
–Sabes que cuando eras profesora, estaba loca por ti…

Sentí un nudo en el estómago, no sabía qué decir. Además, el hecho de que me deseara desde hacía tiempo solo provocaba que tuviera más ganas de ella. Sin embargo, no sabía qué responder y decidí no contestarle.

Al volver a casa, las copas de la cena me envalentonaron y le envié un mensaje por Facebook:

–No aguanto más, ¿quieres venir a verme a Barcelona?

citaAl día siguiente empezamos a mirar fechas como si fuera algo normal. Solo me di cuenta de lo que estaba haciendo cuando iba en el tren, camino al aeropuerto: había invitado a una chica lesbiana que había sido mi alumna, una tarde hace siete años, a pasar el fin de semana entero conmigo… y, ¡nunca había estado con una chica en mi vida! ¡Qué locura!

Cuando llegué a la terminal, esos pensamientos se transformaron en pánico. Sin embargo, cuando la distinguí entre la multitud sentí una mezcla de alivio y deseo. Me vio y caminó hacia mí… Dios, ¡me encantaba! Era más bajita pero aparentemente más fuerte que yo. No pude evitar desnudarla mentalmente entre el gentío que se agolpaba en la zona de llegadas. Nos saludamos, noté su suave mejilla contra la mía y su dulce olor me inspiró la confianza que necesitaba. Sin embargo, cuando nos separábamos un metro, ella se comportaba de un modo frío y distante.

En el tren de camino a casa le conté todo lo que había planeado para aquel fin de semana. Había pensado en hacer una ruta por las típicas atracciones turísticas para terminar dando un paseo por la playa. Sin embargo, en lugar de mostrar entusiasmo me brindó una cara de agobio.

–¿Te importa si no salimos esta noche? Estoy algo cansada –dijo–.
–Vale. Puedo cocinar algo vegetariano…
–Me encantan las mujeres que cocinan –me interrumpió sonriendo–.

citaAl llegar a casa, los nervios se apoderaron de mí. A pesar de lo mucho que teníamos que hablar, mantener una conversación era increíblemente difícil. No coincidíamos en nada y cada vez era más evidente que la única cosa que nos podía unir era hacer un intercambio de fantasías; ella se acostaría con su profesora y yo tendría la relación lésbica que tanto deseaba.

Por el contrario, todo se complicaba: la tensión, los silencios incómodos y mi inexperiencia me abocaban a que ella tomara la iniciativa… Pero tampoco acababa de suceder. Así que, después de recoger la cena decidí cambiarme.

–Voy a ponerme algo más cómodo –le dije–.
–¿Qué te vas a poner? –me preguntó desde el sofá–.
–No sé, algo que no sean estos vaqueros…
–¡No te pongas chándal! A mí me gustan las mujeres muy femeninas.
–Lo sé –le respondí, mientras se esbozaba una sonrisa nerviosa en mi cara–.

Fui a mi cuarto, me quité todo salvo las bragas y me puse un vestido de algodón negro. Volví al salón y me senté a su lado en el sofá.

–Cierra los ojos –me dijo mirándome intensamente–.

Cerré los ojos, noté su aliento en mi mejilla, deduje que sus labios estaban a milímetros de los míos y me volví a sumir en el pánico.

–Ya los puedes abrir.

Los abrí confundida y algo decepcionada. Otro silencio incómodo recorrió la habitación… Se acercó más, clavando su mirada en mis ojos al tiempo que entreabría sensualmente su boca.

–Estás muy cerca… –le dije con aire coqueto–.

citaElla suspiró, se lanzó encima y me besó. Mi corazón se aceleró y le devolví el beso con el mismo entusiasmo. Sus labios eran muy suaves. Aunque no era la primera vez que besaba a una mujer, era la primera que lo hacía con pasión. La abracé y apreté sus pechos contra los míos. De repente, sentí calor entre mis piernas al imaginar cómo sería verlos y tocarlos.

Me empujó sobre el sofá y se colocó encima de mí. Ahora, ella era la profesora: era la maestra que me iba a examinar de una asignatura que nunca había estudiado. Todo lo que había experimentado sexualmente hasta aquel entonces era totalmente irrelevante: era como si estuviera a punto de volver a perder la virginidad.

Puse mis manos en su cintura y la atraje con fuerza hacia mí. Empezó a subir la mano por mi muslo y mi tripa hasta llegar a los pechos. Con la otra me quitaba aceleradamente el vestido, mientras me besaba los pezones con delicadeza. En ese momento empecé a subirle la camiseta con cierta indecisión. Ella se incorporó y se la quitó junto con el sujetador, tirándolos al suelo como el que se libera de unos pesados grilletes. Suspiré cuando vi sus pechos perfectos: eran redondos y más grandes que los míos. Podía haber pasado horas mirándolos y acariciándolos. Pero ella los acercó a mis tetas, frotándolos suavemente mientras nuestros pezones se endurecían. Un nuevo mundo de sensaciones se descubría ante mí, ¡y tan solo habíamos jugado de cintura para arriba!

citaMe despojó de la prenda que cubría mi sexo, mientras yo me dirigía a la cremallera de sus vaqueros. No esperó a que mis inexpertas manos lo hicieran y se los quitó al mismo tiempo que sus bragas. Añadiendo otro gesto de liberación, los lanzó contra el suelo.  Completamente desnudas, nos besamos de nuevo; abrazadas, deslizaba mis manos por su cuerpo, disfrutando cándidamente de la suavidad de su curvas. Vestida era andrógina, pero desnuda era toda una mujer.

El contraste de su moreno con mi blanquecina piel solo aumentaba más y más mi excitación. Su mano bajó a mis muslos. ¡Al fin sentía los dedos delicados y expertos de una mujer en mi clítoris! Suspiré y bajé la mía entre los suyos; era suave y, a diferencia de mí, ella estaba muy mojada.

–¿Qué te pasa? ¿No estás excitada? –me preguntó decepcionada–.
–Me pones a mil, no sabes cuánto pero… No sé qué me pasa, lo siento. –le susurré al oído, intentando consolarla–.
–No te preocupes porque yo tengo para las dos –me dijo con decisión–.

Empezó a rozarse contra mí. Suspiré cuando noté nuestros labios conectados y su calor mientras ella me lubricaba. Sus gemidos acompañaban los espasmos; cada uno de ellos me encendía aún más. Se corrió y se tumbó sobre mí, agotada. Ya no era ni fría ni distante, sino la mujer más vulnerable y delicada. La abracé fuertemente mientras miraba al techo, procurando entender las sensaciones que acababa de tener. Y lo único que pasaba por mi cabeza era que quería más… mucho más.


Juegos eróticos


Este fue tan solo el comienzo de nuestra historia.

Ya puedes continuar con la segunda parte aquí: Intercambio de fantasías (II). El día después – Relatos eróticos


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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte IV): la orgía – Relato erótico

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte IV): la orgía – Relato erótico

Como os dijimos, esta serie contiene escenas pornográficas. En especial, esta entrega describe una orgía con elementos porno, al menos, en una cuarta parte del escrito. Pero como muchos lectores y muchas más seguidoras ya han leído, en su conjunto es una historia erótica de sexo en grupo.

Si os habéis perdido las precedentes, podéis retomarlas aquí:

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur
La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche
La historia de sexo duro de una psicóloga (parte III): Mamadas

Antes de que os adentréis en esta bacanal, queremos daros las gracias porque ya habéis convertido esta serie en uno de los relatos eróticos más populares de 2015 en España, México, Estados Unidos, Colombia, Chile y Argentina. Y esperamos que disfrutéis con este final apoteósico.

Relatos eróticos


Probablemente, soy la más caliente de las mujeres calientes de mi generación. Al menos, de las que conozco. Pero, ahora que he llegado a los 36 años, sé que no soy una de esas maduras desesperadas por probarlo todo. Y lo sé cada vez que recuerdo esta historia y lo que ocurrió en mi apartamento. Aunque, antes de llegar allí tuvimos que librarnos de Ricardo y su amiguita Eva…

–¡Elsa! –exclamaron Raúl y José a la vez.

–Son Ricardo y… –señalaba un asustadizo Ángel.

–Lo sé, tranquilos –les dije, mientras me levantaba acariciando con mimo sus penes–. Voy a vestirme. Distraedles un poco, no tardo nada…

Los dos se unieron a nosotros con los licores prometidos. Pero, había algo raro en las conversaciones. Se nos notaba. Se respiraba sexo en el ambiente y eso les cohibía. De cualquier modo, todos nos comportamos como socialmente se requiere y como nuestra sagrada educación española nos manda: fingiendo que no había ocurrido nada.

La verdad es que no importan los minutos que pasamos con ellos. Quizás fue media, quizás fue algo más de una hora. La cuestión es que yo había superado mi límite de alcoholemia. Al menos, lo suficiente como para pensar que invitar a todos a una orgía en mi casa era una buena idea…

Años después, Raúl me contó que llegué a proponer un striptease con cunnilingus a Eva como colofón. Y que, en ese instante, ella casi se atraganta con la copa, ante el enfado de un Ricardo que rogó que parase con “la broma”. Pero yo no albergo recuerdos nítidos de aquello, ni de las conversaciones posteriores.

Lo que no se borra de mi memoria es el momento en que agarré a Raúl y a José de la entrepierna, para dirigirlos a coger un taxi.

El tiempo que pasamos esperando y mis constantes negativas a que José fuera a recoger su coche, me despabilaron. Y también me bajaron la libido… Hasta que, al fin, noté el calor de sus cuerpos en el taxi que nos conducía a mi apartamento.

OrgíaDebían ser las seis y pico de la mañana cuando llegamos al portal de mi casa. Ya se notaba cierta claridad. Bajé del taxi y me quedé paralizada. Esa extraña sensación que se tiene a la vuelta de una larga noche de marcha, estaba tremendamente amplificada por todo lo que había acaecido. ¿Cuáles son las probabilidades de que una mujer dé con las personas adecuadas para su primera orgía, justo cuando más lo desea? No lo sabía, pero sí conocía las consecuencias sociales cuando se empezara a correr la voz de lo que había hecho.

Por un instante, la vergüenza recorrió mi piel, erizándose como una gallina y generando esos escalofríos que, en forma de serpiente de cascabel, hacen que el alma se encoja y el cuerpo se petrifique. Por un momento, las imágenes del patio de recreo, ahora caracterizado por caras universitarias, se agolpaban en mi mente señalando, marcando y etiquetándome como la puta más barata de todo Madrid.

–¿Te encuentras bien? –preguntó Raúl, acariciando mis hombros con las palmas de sus manos–. ¿Estás segura de que quieres hacer una orgía? –inquirió con suave tacto.

Me giré y sujeté sus codos para no perder el contacto físico. Le miraba a los ojos sin decir nada. Notaba cómo la vergüenza se disipaba. Volví a sentir ganas de sexo…

–¿Todo bien? –nos preguntó Ángel, tras pagar el taxi con José.

–Sí, muy bien –me anticipé de inmediato–. Subamos a mi apartamento. Pero chicos, ¡tenéis que tratarme como a una dama! –les dije con alegría descarada, para aflojar las tenazas de los miedos anteriores.

Recuerdo que saqué las llaves lentamente imaginando que, a mi espalda, había tres hombres más nerviosos y ansiosos por tener sexo que yo. Despertó en mi mente la necesidad de generarles el sufrimiento del suspense que conlleva mirar el culo de la mujer que te está abriendo las puertas a una noche-amanecida de sexo en grupo desenfrenado. Mis movimientos se ralentizaron. Mi sonrisa se tramaba conspiratoria con las imágenes que anticipaban la bacanal, adelantándose a los hechos para atarlos a su destino: orgasmos y sonoros gemidos de placer. Nalgadas y penetraciones. Penes, testículos y el sudor recorriendo sus pechos, alterados, jadeantes…

Les miraba sin hablar. En medio, en el ascensor, con una perversa sonrisa que sólo podía hacerles sentir inseguros. Esa era mi meta. Así, yo dominaría. Así, yo les haría otorgarme cada uno de mis deseos, todas y cada una de las veces que quisiera.

OrgíaSólo eran cinco pisos, pero les debió parecer que estábamos subiendo a la última planta del Empire State Building. Recuerdo que saqué las llaves con la más absoluta decisión. Me sentía tan segura como confiada en lo que iba a hacer. En ese momento, supe que nada de lo que alguien dijera me haría sentir mal. Era verdaderamente consciente de lo que siempre había pensado; esta única vida es demasiado corta como para negarse los mayores placeres. Y es que estos no dañan realmente a nadie.

–Tenéis suficiente hielo en el congelador –les dije señalando en dirección a la cocina–. Servíos unas copas mientras yo pongo música y venid a la habitación.

–¿Tú no quieres? –preguntó Raúl con un gesto de extrañeza.

–No. Yo quiero recordar todo lo que pase en mi cuarto –respondí–. Pero, vosotros necesitáis que el alcohol afloje vuestra natural timidez –aseveré.

Ángel y José se encargaron de preparar los licores. Raúl seguía mis pasos hacia el dormitorio.

–Voy a ponerme otro juego de lencería –le susurré, al tiempo que abría el armario. Él se sentó en el borde de la cama sin decir nada. Simplemente, me miraba–. Deja de babear, enciende mi portátil y los altavoces –le ordené, con fingido ánimo de desquite.

Sonrió e hizo lo que le había mandado mientras yo me desnudaba, justo cuando oímos a Ángel y José venir desde la cocina.

Orgía–Ahora que estamos todos, os voy a dejar que elijáis… –sus barbillas cayeron cómicamente, al entrar al dormitorio–. Pero chicos… ¡me habéis visto desnuda toda la noche! Ya debería ser algo normal… –reí al tiempo que terminaba la frase–. Os iba a decir que eligierais mis prendas, pero después de ver esas caras las voy a seleccionar yo misma. Vosotros os encargáis de la música, si salís del trance…

–Es que estás muy buena… –farfulló Ángel con torpeza sensual y haciendo ruidos salivares, consecuencia combinada del alcohol y la pulsión libidinal.

–Pues espera a verme con este juego de lencería… Además de estas medias con liga de silicona, voy a ponerme unas braguitas negras que debéis ser capaces de romper… –le informé con la intención de mantener su taquicardia.

Resopló como el toro que se prepara para iniciar una persecución, aunque en su humana timidez sólo pudo apartar la vista y ayudar a Raúl con la playlist.

Me descalcé, y fui al servicio a orinar y asearme. Cuando volví, la música sonaba suave y los tres hablaban pausadamente, como si estuvieran tomando la última copa en un pub.

–No sé cómo explicarlo… Voy a intentar ser lo más clara posible –les dije con teatral enfado–. Quiero sexo duro. No me pongáis a Marvin Gaye porque no tengo ninguna intención de bailar con vosotros… si no es con vuestros penes dentro de mí. ¡Quiero Rock N’ Roll!




Le dije a José que se desnudara y se pusiera de pie sobre la cama. Agarré enérgicamente su pene con las dos manos y lo froté contra mi cara…

–¿A qué esperáis? ¿Os vais a desnudar? –inquirí a Raúl y Ángel sin despegarme del miembro de José.

Llevé su pene dentro de mi boca. Estaba ardiendo y se endurecía rápidamente sobre mi lengua. Estaba tan excitada con aquella felación que no me había percatado de que Raúl estaba acariciando mi vulva. Ángel nos miraba apretándose lentamente para ponerse duro. Mi sexo pedía a gritos ser penetrado, pero mis fantasías requerían algo de dominación.

Me detuve, le dije a José que bajara de la cama y me tumbé boca arriba, abriendo mis piernas y apartando mis braguitas a un lado para que vieran mis labios.

–Comedme –les ordené a los tres.

OrgíaIpso facto, Raúl metió su cabeza entre mis piernas lamiendo intensamente mi clítoris. Notaba cómo introducía su lengua con fuerza, cuando Ángel trajo su pene aún fláccido a mi boca. Mis senos se endurecieron y comencé a sentir que mi cuerpo emitía descargas eléctricas, al tiempo que José me besaba las areolas y rodeaba mis pezones con los labios. Mi temperatura corporal parecía un tiovivo. Me producían espasmos, febriles convulsiones y gemidos tan extraños como extremadamente placenteros.

De pronto, Raúl apartó la cabeza de mi entrepierna.

–¿Qué haces? ¡Sigue, por favor! –rogué más que ordené, sin soltar el miembro de Ángel.

No dijo nada. Simplemente, separó mis rodillas y comenzó penetrarme con dulzura. José se apartó y empecé a notar cómo una verga enorme, gruesa y durísima se fundía en mi ardor interno. Volví a meterme el pene de Ángel en la boca, mientras Raúl me ofrecía las primeras embestidas con suavidad.

Agarraba el pene de Ángel desde la base y estiraba con energía, cuando vi que José me miraba, masturbándose. Le dije a Raúl que se acostara de lado sin sacar su miembro y ofrecí mi trasero a José, levantando mi nalga con las yemas de los dedos.

–Vamos José, hazlo –le ordené.

La postura era incómoda para seguir lamiendo a Ángel que, de otro lado, no conseguía la erección. Pero, no era momento para ser la hermanita de la caridad. Quería disfrutar de la primera vez que iba a tener simultáneamente dos penes dentro de mí.

Noté cómo ensalivaba un dedo y hacía circulitos sobre mi ano. Lo abría lentamente. Yo lo notaba tenso. Sabía que iba a doler, pero también sabía que José lo iba a hacer bien.

Cambié de postura, dejando a Raúl debajo. Coloqué su miembro, insertándome sólo el glande, para poder ofrecerme a José.

–¡Ábreme! –le grité.

OrgíaLas sensaciones eran sublimes. Sus férreos miembros subían y bajaban en mi interior, acariciando mis tejidos, hendiendo mis esfínteres. No sabía dónde posar las manos, el sudor de ambos se diluía sobre mi piel, abrazándome en un éxtasis glorioso. Tras unos minutos de absoluta excitación, José salió de mí y embadurnó mi espalda con un arrollador e hirviente orgasmo.

–Perdona… –susurró jadeante.

–¿Por qué? Has estado fenomenal –respondí, con una sonrisa.

Me levanté sacando con delicadeza el durísimo pene de Raúl. Me aproximé a José y, sujetando su miembro semi-erecto, le di un beso en la boca. Me acerqué a Ángel e hice exactamente lo mismo.

–Voy a secarme. Enseguida regreso. Y, cuando vuelva, me voy a poner a cuatro patitas sobre la cama y me vais a follar uno a uno –sentencié, y dejé aquellas caras enternecedoras dar reposo a sus cuerpos por unos instantes.

A mi vuelta, hicieron de mi piel un objeto de adoración. El objeto que yo quería ser. Caímos exhaustos tras un par de horas y dormimos todos juntos durante un buen rato.

Recuerdo mirar el reloj-despertador allá por las 4 de la tarde. Me giré y me di cuenta de que Ángel y José habían abandonado la escena del crimen. Una maravillosa y dulce orgía, perpetrada con la insondable espontaneidad de un crimen perfecto. Ahora, quedaba mi preferido para disfrutar el resto del fin de semana.


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Os decía que, como madura, os puedo contar que esta fue mi primera y única orgía, pero no la última vez que me acosté con más de un hombre. Como os dije, estoy casada y tengo tres hijos. Lo que no os conté es que mi marido es Raúl y, de vez en cuando, revivimos –con formas más sutiles– aquellos tiempos pasados. Pero esas son otras historias…



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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche – Relato erótico

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche – Relato erótico

No te pierdas el segundo de los cuatro relatos eróticos de la intensa historia de Elsa. Ahora, vuelve a Madrid con cuatro hombres, en un coche.

Si lo deseas, puedes disfrutarla más abajo o empezar por la primera parte aquí: La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur


Relatos eróticos


Culminando con un enorme orgasmo, acababa de vivir el primer episodio voyerista de mi vida. En ese momento, no podía ni quería auto-analizarme, aunque algo había quedado claro: la excitación que me provocaba exhibir mi cuerpo y, sobre todo, el hecho de haber estado cabalgando encima de Ricardo sin dejar de mirar a mis tres compañeros, era de todo punto la mejor experiencia sexual que había tenido. Sin embargo, mi cuerpo pedía más, mucho más…

Casi no quedaba gente en la fiesta y la situación era un poco tensa. Ricardo se encontraba bajo la escrutadora mirada de su ex y la presión de cumplir con su palabra, y continuar con nuestra sesión de sexo. Pero, ni siquiera estaba pensando lo que le acababa de decir.

–Tierra llamando a Ricardo… ¡Hola! No hay autobuses… –le repetí, con un tono tierno para no provocarle más estrés.

–Lo sé, pero ella sigue mirándonos… –susurró.

De algún modo, tenía que distraerle.

–¿Crees que el comportamiento de Clara podría ser cercano al candaulismo? –le pregunté para exorcizar la hechizante sensación del cruce de miradas con su ex novia.

–Elsa, ¡tía! –reaccionó, con media sonrisa–. No sé. Quizás si se lo preguntas tú… –respondió, recuperando el humor.

–Puede ser. ¿Cómo sacarías el tema?

relatos eroticos–Si fuera tú, yo le diría: Mira, Clara… Acabo de echar un polvo impresionante con el tío que rompió contigo hace un par de semanas. Y, te quiero pedir perdón porque no te hemos invitado a observar cómo nos lo montábamos. De cualquier modo, sabemos que te excitas viendo cómo la persona que amas tiene sexo conmigo, así que puedes venir a mi casa porque vamos a seguir haciéndolo como animales.

Me encantaban este tipo de conversaciones a caballo entre el humor negro y el surrealismo. Los hombres con este tipo de ingenio siempre me habían resultado los más sensuales. Y Ricardo, el que más. Ahora, tenía ganas de reposar mi cabeza sobre su pecho y que me abrazara. Pero, de momento, no podía…

–Creo que nuestros tres mirones tienen coche y Clara se está yendo definitivamente –me dijo esperanzado.

–¿Quieres volver a Madrid con los tres tipos que han compartido nuestro primer polvo? –pregunté, ciertamente interesada.

–¿Tenemos otra opción? –replicó encogiendo los hombros, pero con total seguridad.

–Vamos con ellos –le dije, cogiéndole de la mano y esbozando una romántica sonrisa.

Me miró como los enamorados miran en las películas, acariciando mis dedos mientras caminábamos hacia el coche de los tres voyeurs.

Al tiempo que nos acercábamos, notábamos tanto la tensión de los que se sienten culpables de haber hecho algo ofensivo, como el miedo a enfrentarse a un tío de la contundencia física de Ricardo. Él sabe que provoca estas reacciones…

–¡Eh, chicos! ¿Cómo lo lleváis? –les preguntó con una entonación de lo más amistosa–. ¿Os queda alguna birra en el maletero para compartir con nosotros?

En un abrir y cerrar de ojos, los tres se destensaron; los hombros bajaron, los pechos se desinflaron y las caras de letárgicas sonrisas cerveceras se apoderaron del ambiente en el que, al tiempo, se omitía cualquier palabra relativa al sexo… Hasta que Ricardo dijo:

–Bueno, chicos. Espero que lo que habéis visto no se lo contéis a nadie.

–¿Por qué? –pregunté, compulsiva y claramente enojada por el alarde dominante.

relatos eroticosRápidamente y para evitar cualquier conflicto, Raúl sacó una botella de ron y sirvió unos chupitos, como si nada malo hubiera ocurrido. Pasamos una hora hablando sentados sobre el capot del coche, contando chismes sexuales que habían ocurrido durante los cinco años de carrera. Cada chupito me ponía más a tono y cada una de las historias elevaba mi libido a niveles insospechados.

Ángel contó que hacía un año se había enterado de que un grupo de la facultad había organizado una orgía por todo lo alto…

–Y tú, ¿no asististe? –le pregunté con cadencia y melodía viciosa. Las orgías son buenas para la salud –proseguí increpando.

Se hizo un breve silencio y todos estallaron en risitas nerviosas, sofocadas, y mirándose entre ellos.

Si durante cinco años me había masturbado después de las conversaciones pseudo-intelectuales con Ricardo, ahora estaba multiplicando por cuatro aquellos mismos estímulos. Esta vez, sin embargo, no iba a volver a casa sola.

–Ya no queda más ron. No sé si tenéis alguna propuesta para salir, pero yo quiero que me llevéis de vuelta a Madrid –les exhorté.

–Tenemos unos amigos de los colegios mayores que hay al lado del Parque del oeste. Podríamos hacer un botellón allí…

–O podríamos hacer una orgía… –repliqué de inmediato.

Todos callaron. Las caras se volvieron serias. Los cuerpos se encogieron. Y es que no hay nada como cuando una mujer detalla su voluntad sexual sin pelos en la lengua, para que los hombres se conviertan en pequeñas, dóciles y acobardadas criaturas.

–¿Qué os pasa? Os habéis quedado helados. No podéis ejercer como psicólogos con esas respuestas corpóreas. Lo sabéis, ¿verdad?

–Bueno, tiene toda la razón del mundo… –expresó Raúl, con fingida frustración.

Todos se rieron pero, al tiempo, había conseguido mi propósito de ponerles en predisposición a la aventura sexual en grupo…

relatos eroticosNos subimos al coche. José al volante y Ángel de copiloto; yo me senté detrás entre Raúl y Ricardo. Nada más arrancar, deslicé mi mano sobre el miembro de Ricardo, por encima del pantalón. Ángel seguía contando cotilleos sobre los estudiantes que habían montado aquella orgía, mientras el resto reía. Llevé mi otra mano sobre el muslo de Raúl. No puso ninguna resistencia. Creo que se miraron de reojo, pero ninguno dijo nada. Ángel proseguía, y ellos fingían escuchar…

Ricardo no se ponía duro. En contraste, Raúl iba a romper el pantalón, por lo que decidí jugar más; me alcé el vestido y le susurré al oído que me masturbara por encima del tanga. Me giré de lado para dejar mi vulva a su merced, mientras desabrochaba a Ricardo. Acaricié su pene fláccido, agarrándole desde el escroto y subiendo y bajando su piel para reposarlo sobre mi lengua. Absorbiendo, comiéndole con toda la pasión del mundo, empecé a notar los dedos de Raúl. Y comencé a gemir…

Habíamos salido de Somosaguas. La oscuridad de la carretera del pueblecito de Humera delataba, tal y como mis ruiditos alertaban a José y a Ángel de lo que estaba sucediendo a sus espaldas. El silencio se hizo por unos minutos. Sólo se oían nuestras fricciones y las respiraciones forzadas.

De repente, noté cómo una mano me sujetaba torpemente un pecho. Ricardo, ya estaba completamente férreo y Raúl palpaba el interior de mi vagina magistralmente. Quien acariciaba mi areola no era otro que Ángel. Sentí cómo me ardía el cuerpo. Incluso más que antes. Estaba completamente desatada…

–¡Más dentro, Raúl! –grité, mientras agarraba fuertemente el miembro de Ricardo.


Calidad HIRO


Cada uno siguió en su deleite personal durante un buen rato. Todos menos José que, al tiempo, extinguió el lujurioso frenesí en el que nos habíamos embarcado, cuando tímidamente dijo:

–Estamos llegando al Parque del oeste.





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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte III): Mamadas – Relato erótico

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte III): Mamadas – Relato erótico

Aquí tienes el tercer relato erótico de esta popular serie de sexo duro. Su título “Mamadas” parece que lo dice todo, pero hay mucho más…  Sólo te puedo contar que, en este punto, Elsa es una fiera desatada decidida a consumar sus anhelos más salvajes.

Si lo deseas, puedes comenzar la serie aquí: La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur. O continuar en La historia de sexo duro de una psicóloga (parte II): el coche.

Si ya los leíste, deléitate con esta entrega de sexo oral…


Sexo en el parque


Ricardo apartó bruscamente mi boca de su pene. No porque la mamada que le estaba haciendo le disgustara, sino más bien por algún tipo de pudor pueril que, impulsivamente, surgió cuando José nos avisó de que estábamos llegando al Parque del oeste.

–Aparca en el Paseo de Ruperto Chapí –indicó Raúl a José, al tiempo que sacaba sus dedos de mi vagina.

–Un poco más abajo de donde se coge el bus, José –confirmó Ángel.

Nos recompusimos fugazmente, como si nada hubiera ocurrido. Cada uno abrochándose discretamente los pantalones, y yo colocando torpemente el tanga, bajando el vestido y resituando mis pechos.

Aparcamos más allá de las marquesinas, cerca de una pequeña caseta escondida entre los pinos y cedros que rodean el exterior del parque, y que guardan sus paseos y secretos.

Salimos del coche casi en silencio. Las farolas alumbraban en las sombras de la noche y de los árboles una especie de vergüenza instintiva colectiva, de la que intenté zafarme de inmediato.

–Bueno, ¿dónde está la fiesta, chicos? –pregunté para romper el hielo, saliendo de los focos y yendo hacia la caseta. Todos sonrieron, menos Ricardo.

–Voy a llamar a Eva. Me dijo que iba a estar por aquí con sus amigas del colegio mayor –explicó con semblante serio, mientras cogía aquel móvil prehistórico y se separaba unos metros, como si fuera a ordenar una operación bursátil.

Ángel comenzó una conversación banal sobre las calenturas masculinas veraniegas para eludir el mal rollo que empezaba a reinar, animando a José y Raúl a participar de la misma. Yo sólo pensaba en follar. En seguir follando…

Relatos eróticos–Chicos, perdonad que interrumpa vuestro debate filosófico en torno al calor que está haciendo y las perversas consecuencias del verano, pero me apetece una copa. De hecho, quiero otro ron con coca cola –les dije con la arrogancia que me confería ser la única chica en el grupo. En realidad, lo que quería era una excusa para pasar la noche con ellos y experimentar el sexo en grupo más libertino, gamberro y despreocupado. Mi cuerpo pedía más guerra; quería saber lo que era una orgía de primera mano, y una de esas molestias susceptibles de arruinarla podía ser su amiguita, Eva.

En ese momento, Ricardo regresaba colgando el teléfono.

–He pillado a Eva volviendo a su colegio mayor. Pero, la he convencido para que diese media vuelta y se uniera a nosotros –dijo con tono altanero–. Al parecer, los demás se fueron a una fiesta en Pachá –añadió.

–Me parece fantástico que Eva se una a nosotros. No sé quién es, pero me resulta ideal de la muerte. Ahora bien, ¡yo quiero una copa ya! ¿Alguna idea?

–Eva trae licores sobrantes del botellón –replicó inmediatamente Ricardo…

La idea que había construido de él, durante todos esos años; todos los sueños húmedos; todas las veces que me había masturbado… Hasta el travieso y sensual polvo que habíamos echado en la Facultad, se desvanecía desfigurándose en forma de chulería moralmente dominante. Se acababa de convertir en la balanza de la justicia machista, detestable carne prometeica de los ojos de una Inquisición silenciosa. Ese fogoso cuerpo que hacía una hora me amaba, que sensualmente me hendía, se había transformado en una mirada penetrante que me etiquetaba como la zorra más detestable, la nueva puta de Babilonia. Pero, yo no iba a caer en esa trampa.

–Genial, ¡licores y otra mujer que alegre la noche! –exclamé, con una sonrisa de oreja a oreja.

–Pues para mí la noche está siendo muy alegre, Elsa –murmuró Ángel, cabizbajo y con traviesa sonrisa de satisfacción. Probablemente, por su mente pasaban las recientes imágenes en la que se masturbaba en el coche o en la que observaba cómo Ricardo me follaba en el parterre de la Facultad.

Se hizo un pequeño silencio, y todos nos echamos a reír a carcajadas. Todos, menos Ricardo.

–Creo que voy a ir a su encuentro. Eva no conoce muy bien el parque –justificó con tono serio, fingiendo que miraba el móvil y saliendo al paso con un breve aspaviento para indicarnos que volvía.

En ese instante, nos miramos como se miran los niños buscando un líder que les dirija a consumar la diablura.

–¿Qué le pasa? –preguntó Raúl, encogido los hombros.

–Lo que a todos los hombres –dije, mirándole fijamente a los ojos–. Pueriles celos sin fundamento… Pero no os preocupéis, lo vamos a pasar mucho mejor sin él… y sin su amiguita. ¿Queréis organizar una pequeña fiesta?

–Llevamos intentándolo un rato –respondió Ángel.

–Bien, pues escuchad: vamos a seguir ese caminito hasta que encontremos un banco apartado donde podamos estar a gusto. Pero, uno de vosotros se tiene que encargar de traer las copas. ¿Qué os parece?

José era el más tímido de los tres, y el que aún no había hecho nada conmigo. Así que, se ofreció a ir a por las bebidas. Ángel se sumó como buen amigo, dejándome a solas con Raúl.

–¿Tienes miedo? –le pregunté al momento en que ellos marchaban.

–¿Por qué debería tenerlo? –respondió con un leve tartamudeo.

–Es lo que parece –le susurré, acercándome de frente
.
Relatos eróticosMe colgué de sus hombros y comencé a besarle el cuello. Se quedó quieto, no hacía nada, pero su cuerpo estaba receptivo. Su piel respondía a las caricias de mi lengua que, ahora, giraba húmeda en círculos por su yugular, tensando los tendones. Intermitentemente, mi boca fingía agarrar sus músculos y sus lóbulos y se intercalaba de nuevo con más lengua… Y mis uñas en su torso.

–Joder Elsa, me estás poniendo a cien… –confesó sofocado.

–Aún no estás realmente excitado –respondí desafiante, posando las palmas de mis manos sobre su pecho.

Me separé un metro y le ordené que no apartara la vista de mí. Empecé a desnudarme. Sus ojos se salían de las órbitas. Cuanto más notaba su desazón, más me excitaba. Me quité toda la ropa, me abalancé sobre él con mis erizados y rocosos senos, y nos arrojamos sobre el césped.

Probablemente, ese fue el instante en que le rasgué la camiseta. Volvía a encontrarme drogada por otra oleada de ardiente deseo y excitación sexual que me embrutecía y, sin perdón, aniquilaba cualquier posible resistencia de Raúl. Se dejaba llevar demasiado, así que refrené mis instintos de loba. Me posé a horcajadas sobre su tripa y le agarré levemente de la camiseta para mirarle a los ojos, ahora frágiles y sumisos.

–Está bien, Raúl. Sólo te lo voy a preguntar una vez: ¿Quieres follarme?

–Claro, Elsa. Pero, todo esto me está dando un poco de corte. Creo que necesito un poco más de alcohol para asumirlo…

–Pero, ¿quieres? ¿Sí o no? –inquirí una vez más.

–¡Sí! –exclamó vociferando.

Por un instante nos reímos… Sonreímos y dulcemente nos besamos. No sé cuánto tiempo estuve encima de él, acariciando su cara y besándole con ternura como si me hubiera enamorado. Pero, sé que el romántico momento súbitamente terminó cuando oímos a Ángel y a José acercarse desde la lejanía.

–¿Quieres que te ayude a vestirte? –me preguntó apresuradamente Raúl.

–¿Te vas a poner celoso como Ricardo si me ven desnuda?

–No, claro que no –reafirmó con honestidad.

José y Ángel iban decelerando el paso conforme se acercaban, ciertamente incrédulos… Supongo que por sus mentes centrifugaba la pregunta de si realmente estaba desnuda.

–Chicos, ¡venid! –les exhorté con alegría–. No debéis tener miedo de una mujer desnuda, hace mucho tiempo que vuestro género mordió la manzana…

Relatos eróticosLlegaron con una sonrisa tan infantil, traviesa y sin palabras, como encantadora. Abrieron una botella y sirvieron unas copas. Les invité a hablar sobre todo lo que había pasado durante la noche… Desnuda, frente a ellos, pidiéndoles que fueran honestos con sus sensaciones. Y hablaron. Y nos reímos… Hasta que saqué mi lado teatral y me puse seria y, con la melodía más histriónicamente viciosa y perversa, les dije que se bajaran los pantalones.

–¿Qué? –exclamó José, casi atragantado.

–Os voy a hacer unas mamadas que no podréis olvidar. O ¿preferís que diga felaciones para que suene más refinada?

Los tres dejaron sus copas sobre el suelo y se desabrocharon casi al unísono. Les dije que se acercaran. Dejé que mis rodillas cayeran sobre la tierra fina del caminillo. Raúl estaba a un lado y José al otro, así que ordené a Ángel que metiera su pene en mi boca, mientras asía las vergas de sus amigos, familiarizándome con ellas.

Nunca había hecho algo remotamente parecido, salvo en mis sueños más húmedos. Tenía que concentrarme para guardar el equilibrio y el ritmo. El alcohol no ayudaba pero, el calor que manaba por mis poros, el fuego que ardía en mis venas, podían con todo.

Apreté sus penes con las palmas de mis manos de modo que cuando bajaba la piel de uno, mis dedos notaban el glande del otro. Mi lengua jugaba con el miembro de Ángel dentro de mi boca; como si le estuviera haciendo un masaje, apretaba la punta de la lengua contra su frenillo y absorbía con los labios; la posaba sobre su prepucio y volvía a absorber. Por breves segundos, le procuraba balanceos de garganta profunda, para que notase mi campanilla y la presión de mi faringe contra su glande. Quise mantenerle en ese estado durante un rato, pero no pudo contenerse…

Suave, gimió y discreto se apartó para servirse una copa en el banco. Me quedé con José y Raúl, mirándoles de rodillas.

–¿Quién quiere ser el siguiente? –les pregunté cual colegiala.


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Como tartamudearon palabras ininteligibles, me decidí por el pene de José con la intención de dejarme lo mejor para el final… Recuerdo que, al punto de lamer con salvaje intensidad su miembro, emitió un sonido de placer absoluto que vino acompañado de otra voz desde la oscura lejanía en el parque. Eran Ricardo y Eva.

Ya puedes continuar con la última parte aquí: La historia de sexo duro de una psicóloga (parte IV): la orgía



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La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur

La historia de sexo duro de una psicóloga (parte I): Voyeur

Este es el primer relato erótico de una serie de cuatro que nos ha enviado Elsa, psicóloga de 36 años y actualmente madre de 3 niños. Nos cuenta que esta fue la experiencia sexual más alucinante de su vida. Y que no le da vergüenza reconocerse en ninguno de sus pasajes, aunque no la volvería  a repetir porque “ya no es una veinteañera”.

Por nuestra parte os avisamos de que este es el más light de los cuatro. Y que hemos tenido nuestras dudas en clasificarlos como relatos porno, si bien al final optamos por conservar la definición de su propia autora como una “Historia de sexo duro”.


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Acababa de terminar Psicología y, por supuesto, esa noche había una macro fiesta en el campus de Somosaguas, al lado de Pozuelo de Alarcón, en las afueras de Madrid. Terreno que cedió un aristócrata para ubicar a las carreras clasificadas como peligrosas durante la dictadura, pasé cinco años descubriendo cada pequeño parterre entre edificios e imaginando cómo sería la vida laboral. Todos los humanos tendemos a trivializar nuestra existencia, dándole vueltas a cosas en vez de vivirlas con pasión. Y, hasta la fiesta de licenciatura, yo era una más.

Hasta aquel día, el sexo había sido muy importante en mi vida académica y privada. Había estudiado los comportamientos más pervertidos y siempre había hecho el amor con esa intensidad que los hombres adoran, aunque sin la variedad que las mujeres deseamos. Hasta la fiesta fin de carrera. Aquella noche iba a materializar mis anhelos más profundos. Aquella noche se ha quedado grabada en mi memoria como la primera y –probablemente– única experiencia de sexo duro y grupal de mi vida. Increíbles, adorables y pedagógicos recuerdos…

No fue premeditado. Simplemente, me vestí tan puta como deseaba mostrarme frente a Ricardo…

VoyeurÉl había sido mi objetivo durante los dos últimos años de carrera y, por fin, lo había dejado con su eterna novia y mi coyuntural amiga, Clara. No puedo contar las veces que hablé con él totalmente empapada. Teníamos la excusa de comentar las clases con una cerveza hasta que cerraban la cafetería de la Facultad. Sobre todo, las lecciones que trataban sobre aspectos sexuales. Desde la disfunción eréctil a la ansiedad sexual; del sadomasoquismo al voyerismo. Todos eran temas ideales para nombrar pene, vagina, penetración, sumisión… Delante de él. Y notar cómo se me erizaba el vello mientras las decía, aparentemente seria, locuaz y académica. Como si realmente no estuviese buscando la imagen de su cara al oírlas; como si no almacenase sus gestos para masturbarme al volver a casa. En muchas ocasiones, me tocaba pensando que él me veía, como si hubiera pagado la cabina en un Peep show. Y yo, tumbada sobre la cama, abría las piernas frente a un espejo para reflejar la secuencia por la que él insertaba monedas…

Ricardo medía más de un metro y ochenta, y sus rasgos faciales eran tan atractivos como poderosos eran su torso y sus brazos. Estaba convencida de que para llevármelo a la cama debía estar exuberante, sensualmente matadora y con un toque de golfa que expresara las ganas que tenía de comerle sin necesidad de decirlo con palabras.

Con los tacones más altos llegaría a besarle sin problemas, y mi vestido rojo entallado no sólo le atraería, sino que desviaría las miradas suficientes para que él actuara como el protector que espanta a los típicos y molestos moscardones.

Aunque mi pecho es menudito, mis glúteos ya habían sido condecorados con sendos piropos. Así que añadí un extra para volverle loco: me puse un precioso liguero, acompañado por mi tanga más caro. Eso y la cinturita de avispa que tenía con 23 años serían (tenían que ser) irrechazables.

Llegué a la parada de autobuses del laberíntico Parque del oeste en Moncloa, para coger el autobús A. La misma línea que me había llevado durante cinco años a estudiar al campus de Somosaguas, ahora me conduciría a la experiencia sexual de mi vida.

Tras 15 minutos haciendo cola, por fin apareció. Subí ensimismada, pensando tan sólo en mi presa. Y, como no vi asientos libres, me agarré a un pasamanos fijando la vista en el parque. En ese momento, oí una voz familiar a mi espalda…

–Sí, tía. Vamos a pasarlo bomba este verano, que después ya seremos personas serias. Jiji… –decía Clara con su estridente tono a otra ñoña que había terminado los estudios con nosotras.

VoyeurPensé en hacerme la sueca, pero el arrebato morboso de iniciar una conversación superficial con la ex del hombre que me quería follar, eliminó todo rastro de timidez.

–Hola Clara, ¿cómo estás? Chica, no sabía que venías a la fiesta… –le dije con altanería y expreso fingimiento.

Estuvimos hablando de trivialidades hasta que llegamos al campus. Al bajar del autobús, en un clarividente gesto de control, Clara insistió en que regresáramos juntas a Madrid, en el coche de unos amigos tras la fiesta. Accedí por quitármela de encima y me dirigí a los aparcamientos, repletos de gente, donde me paré a tomar unas copas con un grupo de compañeros de clase.

–Elsa, ¡estás tremenda! –exclamó Raúl, un amigo de clase, mientras clavaba sus ojos en mi escote.

–Son pequeñitas… –le increpé, al tiempo que me recogía el pecho con las dos manos a modo de ofrenda.

Pasé un buen rato flirteando con todos, hasta que Ricardo se unió al grupo. Empezamos a hablar y, como siempre, construimos un muro invisible a nuestro alrededor. Pusimos tierra de por medio, yendo a la barra improvisada donde la música sólo permitía esas conversaciones de labios pegados al oído. Bebimos cubatas y bailamos. Me susurró que estaba preciosa. Le susurré que me volvía loca con su cuerpo. Me preguntó que si quería que me besara. Le respondí que deseaba que me follase salvajemente…

Me cogió de la cintura y me besó. Nuestras lenguas se entrelazaron pasionales, deseosas de alcanzar más partes de nuestros cuerpos. Me agarraba fuerte. Notaba su miembro erecto bajo el pantalón. Me acarició los glúteos para que notase con mi abdomen la dureza de su pene.

–Ricardo, fóllame por favor –le supliqué, bajo el estado más ardiente que jamás hubiera experimentado.

–Vamos al parterre que hay entre la entrada de la facultad y la cafetería de profesores –me dijo, cogiendo mi mano con firmeza y tirando de mí.

Por un momento, mientras nos dirigíamos allí, sopesé si era correcto. Alguien podría vernos, pensé. Y, al instante, me puse más cachonda. Las pulsiones de mi libido eran enormes. Todo mi cuerpo pedía sexo. Todo yo era sexo.

VoyeurMe sujetó, asiéndome por las nalgas para alzarme contra la pared. Mi vestido se subió hasta la cadera, dejando la fina tela de mi tanga como última y húmeda frontera. No paramos de besarnos y acariciarnos, aumentando la intensidad, mientras conquistábamos nuestras zonas erógenas. Empecé a palpar su pene por encima del pantalón. Él me acariciaba los senos. De repente, bajó uno de los tirantes del vestido con tanta energía, que también descolgó el del sujetador. Uno de mis pechos quedó al descubierto. Paró por un segundo. Me miró fijamente, y se abalanzó a lamerlo. En ese momento, debí oír algún ruido que me hizo frenarle.

–Para… Ricardo, para. Creo que hay alguien observando –le supliqué, intentando apartar su cabeza.

Había gente en la oscuridad. Seguramente, estaban allí fumando o simplemente orinando, cuando nos oyeron. Eran tres. De pronto, las luces de un coche iluminaron sus caras. Para mi sorpresa, eran los compañeros de clase con los que había empezado la fiesta; Raúl, José y Ángel me miraban como si fuera una stripper.

A pesar de que le estaba tirando del pelo para apartar su boca de mi pezón, Ricardo no paraba. Del primer sentimiento de vergüenza compulsiva, instintivamente pasé a la inacción y, de ahí, a una sensación de excitación sublime. Miraba las caras de los tres, fundiéndose de nuevo en la oscuridad, cuando Ricardo se bajaba la cremallera y deslizaba el tanga con su glande para penetrarme.

VoyeurMe encajé a su inflexible miembro, abriéndome, cabalgando y arañando su espalda. Él me empujaba y me subía contra la pared una y otra vez. Mis compañeros, sigilosamente, se acercaron un poco más, descubriendo sus rostros. No podía dejar de mirarlos y no cesaba de gemir cada vez más fuerte. Raúl se estaba tocando por dentro del pantalón. Los otros dos sólo miraban. Cada embestida era más profunda. Yo las provocaba. Me encajaba con vehemencia hasta la base de su pene, hasta que oía cómo mi flujo se derramaba sobre su pubis. De fondo, la música de la fiesta. Al lado, mis tres voyeurs. Dentro, Ricardo. Mis pezones se erizaron súbitamente y grité… No gemí, aullé cuando el orgasmo implosionó como una bomba de racimo, estrellándose contra el anverso de mi piel, como si mi alma fuera un fantasma que quisiera dejar mi cuerpo inanimado.

Al borde del desvanecimiento, me percaté de que Ricardo no había terminado. Me separé y me puse de rodillas para hacerle una mamada. No estuve mucho rato, él llegó enseguida. Pero todo el tiempo, estuve observando a esos tres mirones, mientras mi vulva se volvía a empapar…

–¿Te ha gustado? –le pregunté, mientras buscaba un clínex en mi bolso y mis tres compañeros abandonaban la escena.

–Claro, Elsa. Pero, aún no hemos terminado la noche, ¿verdad? –replicó, confiando en oír un sí.

–Sí, pero tomemos otra copa y después vayamos a mi apartamento –le dije, con unas inusitadas ganas de bailar con él.

Cuando regresamos a la barra, la fiesta se estaba acabando. Nos sirvieron la penúltima y seguimos bailando sobre vasos de plástico rotos, al ritmo del desagradable sonido del alcohol adherido al suelo.

–¡Mierda! –exclamó entre dientes, dirigiendo su mirada hacia algo o alguien a mi espalda.

Mientras me giraba, cinco letras iban pasando por mi mente: C… l…a…r…a. Efectivamente, era ella contemplando nuestra danza post-orgásmica. Me volví hacia él y, para quitarle hierro al asunto, le dije con total seguridad y descaro:


Juguetes eróticos


–Ahora sólo tenemos un problema: no hay autobuses, los amigos de Clara no nos van a llevar a Madrid y yo quiero follarte hasta perder el aliento en mi casa. ¿Cómo lo hacemos?


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Hola Cristina,
He visto que no tienes ningún relato sobre dominación. Por eso te mando esta historia de sexo que narra mi primera experiencia sumisa. Mi primer contacto con el BDSM light, fue también la primera vez que hice un trío. Mi pandilla de chicas me ha dicho que es una de las mejores historias lésbicas han oído. Nos encantaría leerla en vuestro blog. Así que, espero que te guste.
PD- Por favor, corrige los pasajes que consideres oportunos.
Besos,
Elena

Relatos eróticos


Era el año 2009. La crisis empezaba a sentirse en la médula de la fiesta madrileña. Las típicas caras de los bares en Lavapiés ya no sonreían porque no se daban cita. Laura siempre me decía que yo era una afortunada por el trabajo que tenía, y yo siempre respondía que mi dicha era tener sus senos en mi lecho, para que amamantaran los sueños que secábamos al despertar.

-¡Así no habla una bollera! –me regañaba, cada vez que dejaba aflorar la lírica.

-No sabía que hubiera un diccionario de obligado uso para lesbianas…

Había programado esa respuesta como autodefensa, pero también como elemento pacificador. Su activismo no le permitía rebatir moralmente, aunque la rabia estuviera devorando su alma.

Era la primera persona con la que había conseguido tener una relación durante más de 365 días. Ninguna pareja había sido tan duradera; ni antes de salir del armario, cuando era una teenager y los niños se armaban de valor –ingiriendo licores baratos– para tocarme las tetas.

Siempre he tenido esa extraña sensación de llegar tarde a todas partes: confesé que era lesbiana 3 años después de sentir el frescor, y ahora notaba que el mundo se acababa si Laura se apartaba de mi lado.




Pasados los 30, resulta que lo único que quiero es contar mis batallitas sexuales. Quizás porque me pone cachonda hacerlo… Quizás porque mi relación amorosa con Laura distaba de ser sexualmente satisfactoria. Ya no juego a ser moralmente perfecta, ni respetuosamente suave en la cama porque sé qué juegos me excitan… y, sobre todo, sé con quién quiero jugarlos.

Laura era exactamente lo opuesto a lo que soy ahora. Tan discreta en la vida social como en la cama; nunca hablaba de más en público, así como era todo consideración en la alcoba. Desde luego, no me enamoré de ella porque su lengua recorriera suavemente mi clítoris, ni mucho menos porque (sieeempre) me preguntara si me molestaba la posición del vibrador. Y, como son las cosas en la vida, me derrumbé cuando –sin sentido aparente– me abandonó en un abrir y cerrar de ojos, el mismo día en que cumplía 25 años. El Whatsapp simplemente decía: NO PUEDO SEGUIR CON ESTA RELACIÓN.

Aunque no parecía una buena idea, me dejé recomponer por Lidia, nuestra mejor amiga y ex de Laura. Habría sido más ridículo no coger la llamada o no aceptar las cañas. Al fin y al cabo era mi cumpleaños y siempre me lo había pasado bien con ella…

Las cervezas ya se habían convertido en rones con coca cola cuando Lidia, mordiendo levemente sus labios, confesó que tenía el regalo perfecto para una ‘inocente dama’ como yo. En ese momento, ya notaba el mareo propiciado por las copas y la consecuente levedad con la que se juzgan –las que ya eran– trasnochadas ideas.

-Hay un club… –me dijo en voz baja, mientras removía la copa con la pajita.

-Soy todo oídos, Lidia –interrumpí.

Relatos eróticos-Shhh… Hay un club exclusivo para damas inocentes y delicadas que necesitan un correctivo por ser tan bellas… –su mirada de soslayo reafirmaba el sentido que ya tenían sus palabras.

-¿Esa dama soy yo? –seguí jugando.

-Lo más importante no eres tú, la cuestión es quiénes regentan ese club, pues son las mismas que van a decorar tu piel –aseveró.

-¿Quién regenta el club?

-Su apodo es tan conocido como extrañamente nombrado. Y la confidencialidad de las Hermanas Tijera es, de hecho, la moneda de cambio… para entrar en un nuevo mundo de placeres que, al parecer, no has explorado.

Me bebí la copa de un trago y la miré fijamente esperando a que me guiara. Se puso la chaqueta con tranquilidad y decisión, y me dijo que antes debíamos hacer una breve parada en su casa. Así lo hicimos. Pasamos a su salón. Allí había una caja negra…

-Venga, no pierdas tiempo. Nos están esperando en el club. Ponte eso, es tu regalo de cumpleaños.

Me enfundé en cuero negro y cogimos el taxi que nos esperaba en el portal de su edificio.

-¿Qué me voy a encontrar, Lidia?

-Mucho amor, cariño –susurró, regalándome una perversa sonrisa.

Bajé del taxi mientras Lidia recibía el cambio. Era un pub normal. Fachada blanca y puerta negra de dos hojas metálicas. Nada del otro mundo.

Relatos eróticosEntra libremente y por tu propia voluntad y deja parte de la felicidad que traes contigo… -dijo, imitando la voz de un hombre.

-Tía, no te pongas en plan Drácula. Ahora sí que me está dando miedo… –le dije con cierto temblor en el cuerpo.

Sonrió y me empujó levemente hacia el bar. Otra vez, nada sorprendente. La gente era la misma que me había encontrado en cientos de pubs. Es más, creo que había estado en sitios mucho más extraños en mi vida…


-Vale, ¿de qué va esto? ¿Es una fiesta sorpresa o algo así?

-Algo así, cari.

Nos dirigimos al fondo de la barra. El último camarero parecía conocerla. Se giró, sonrió y nos hizo una seña para que le esperásemos al lado de una puerta, que podía ser el acceso a la misma barra, o quizás a la cocina del bar.

Sin embargo, pasados unos minutos el barman apareció por nuestra espalda, haciéndose hueco entre nosotras para abrir aquella enigmática entrada. Sin duda lo era, una luz roja acompañaba la bajada por unas estrechas escaleras, vestidas por paredes de ladrillo visto. Nuestros tacones ponían ritmo a un descenso que comenzaba a sonar a conversaciones y copas. Así era, otro pub nos aguardaba en esa planta subterránea. Allí, la clientela vestía cuero negro, cadenas, piercings, gorras y, a diferencia de los ‘normales’, no nos miraban ni cuchicheaban a nuestro paso. Estaban a lo suyo…

-Vale Lidia, ahora sí me has sorprendido –le dije en señal de agradecimiento.

-Aún no has visto nada, niña.

Mis ojos recorrían ese ‘bar clandestino’, mientras ella pedía nuestras bebidas. Una barra de madera se alargaba en forma de ele, por delante de tres arcos ciegos de medio punto, que almacenaban bebidas e imágenes de sumisión en blanco y negro. Las paredes recubiertas en madera, sujetaban candiles que dejaban ver los taburetes y mesas altas, en una especie de pasillo antes de un pórtico, cuyo friso rezaba:


Relatos eróticos


-¿Es ella? –le oí preguntar al barman.

-Sí, Calvito. ¿Tenemos la habitación lista?

-Por supuesto. ¡Felicidades! –exclamó con una sonrisa abiertamente sincera.

Poniéndose al frente, nos abrió paso hacia otras escaleras que quedaban justo al lado de La Mazmorra. Como si estuviera preparado, comenzó a sonar Do I wanna know de Artic Monkeys.




¡Estábamos subiendo a otra habitación! Ahora sentía algo muy parecido al miedo, pero mucho más intenso. En algún sitio recóndito de mi mente, albergaba la esperanza –al tiempo, indeseada– de oír la estúpida canción del ‘cumpleaños feliz’ al cruzar la puerta que –en ese instante– abría Calvito…

-Que pases una feliz noche de cumpleaños –me deseó.

-Gracias, lo intentaré –le respondí, mientras regresaba por las escaleras con la misma alegre discreción.

-Venga, déjate de cumplidos y entra –me ordenó una Lidia impaciente por ver mi cara de sorpresa.

Relatos eróticos¿Sorpresa? ¡Conmoción! Las sorpresas se hacen con globos de colores y confeti… Esto eran dos dominatrices que llevaban pinzas con mariposas colgando de los pezones y una fusta en la mano, que sacudían esporádicamente contra sus Catsuits de látex.

-¿Sabes lo que es una cruz de San Andrés? –me preguntó la primera Hermana Tijera.

-No…

-¡No, ama! –me gritó la segunda Hermana.

-No, ama –respondí temblorosa.

Coreográficamente se apartaron, dejándome ver una cruz en forma de X con cadenas y otros amarres.

-No pongas esa cara –me dijo compasivamente una Hermana. No vamos a atarte con cadenas…

Cada una me cogió de un brazo para conducirme hacia mi penitencia. No podía ver las esquinas de la habitación, estaban demasiado oscuras. Tuve la fugaz paranoia de que alguien estaba observándonos, pero esa ilusión se disipó cuando las Hermanas empezaron a desnudarme y mostraron un pequeño látigo de ante, con el que –aseguraron– me iban a azotar.

Me ataron a la cruz, me masturbaron, me pellizcaron los pezones y me sacudieron en el culo con sus fustas. Más tarde, hicieron lo propio con el –anunciado– látigo. Mientras una hermana flagelaba mis nalgas, la otra me acariciaba el clítoris. Los cambios de temperatura en el cuerpo me sumían en un placer absolutamente sumiso cuando, de repente, escuché una voz familiar desde uno de esos oscuros rincones…

-¡Basta, ella es mía!

-¿Laura?

-¿Qué pensabas? ¿No creerías que iba a dejar a un bombón como tú? –me dijo, con los labios pegados a mi oído. Pero, no podía seguir viéndote sufrir en silencio nuestra penosa relación sexual…

Relatos eróticosEscuché cómo las Hermanas se iban tras los agudos pisares de los taconazos de aguja que las erguían, mientras Laura y Lidia me desataban de la cruz. Estaban elegantemente vestidas con ligueros y botas negras, dejando al descubierto sus depiladas y preciosas vulvas. La puerta se cerró y las tres liberamos nuestros anhelos más atávicos, a lo largo de una noche repleta de orgasmos, gemidos… y sendos chillidos y azotes.

Nunca más lo hemos hecho con Lidia, aunque he de reconocer que muchas veces pienso en repetir.






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Desde hace 5 años tengo una relación con otra persona: ella es Laura. Una Laura que ya no pregunta si me molesta el vibrador, sino que me ordena cómo ponerme en la cama… Ahora, mi lírica se acompasa al ritmo de la disciplina del látigo. Y es que el amor no tiene que ser suave para ser respetuoso.


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